Jueves, 2 de Junio de 2005

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Jueves, 2 de Junio de 2005, 10:38 horas | Hemeroteca, José Manuel Rodríguez
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La salsa boloñesa impregna la universidad española, cada vez más. La salsa boloñesa puede gustar o puede no gustar, pero que nadie dude que la salsa boloñesa está en el menú universitario, y está para quedarse. El problema de la salsa boloñesa es que quieren hacerla combinar con todo. Espaguetis con salsa boloñesa, lasaña con salsa boloñesa, calamares fritos con salsa boloñesa, paella con salsa boloñesa, cocido con salsa boloñesa, ventresca de bonito con salsa boloñesa, natillas con salsa boloñesa… De ese modo se espera que el consumidor se trague la salsa boloñesa a la vez que su plato favorito. Cosa que es imposible que contente a todos

La receta original de la salsa está aquí (con texto iluminado por la ANECA) y aquí en su texto original, en inglés.

De las alergias que la salsa boloñesa ha provocado en las universidades españolas, la primera de ellas, y la que estaba claro que iba a dar más conflictos, era el mismo catálogo de títulos universitarios. Porque detrás de los títulos están los titulados, y con ellos sus asociaciones profesionales, sus intereses corporativos, su qué-hay-de-lo-mío. También hay más cosas, como es su ejercicio profesional y laboral, cierto, pero normalmente esto, que es lo principal, es sólo la excusa para que lo anterior se ponga en marcha.

Parecía ya bastante obvio que la existencia en la Declaración de Bolonia de dos ciclos, undegraduate y graduate, tallados a semejanza del esquema de bachelor y master anglosajón, iba a crear un problema en un sistema universitario que tenía (y tiene aún) dos escalas de undergraduate, un único graduate práctico (el doctorado) y una panoplia de graduates estilo máster de poca implantación entre los colectivos de titulados. Incluso, entre estos master, los hay claramente con más éxito que otros. Ajustar esta realidad al esquema de Bolonia no iba a ser fácil, y menos aún en cuanto se entrara a definir qué títulos iban a convertirse en ingredientes de la salsa boloñesa.

Con nuestro esquema diplomado + licenciado, o ingeniero técnico + ingeniero, parecía evidente que había que ir a una fusión/reordenación/combinación de estudios. Véase, por ejemplo, el ABC del 25 de enero de 2005 (en internet la noticia ya no está disponible). Aunque no tan evidente para algunos, si se tiene en cuenta que ya desde el principio hubo quien dijo que el esquema undergraduate + graduate ya se cumplía con nuestro esquema, obviando (lo que ya es obviar) que no todas las diplomaturas/ingenierías técnicas ofrecen la misma relevancia desde el punto de vista profesional (ya que las hay con directiva europea, las hay con atribuciones profesionales recogidas por ley, y las hay que no), y que además por encima del graduate aún había que montar dos ciclos a la española más.

Esta minoría de espabilados que dijeron ya en 2002 que sus Escuelas cumplían la estructura de Bolonia quedó barrida pronto por la realidad, una realidad tozuda que se lleva arrastrando más de 30 años, y que se pretendía hacer sobrevivir a Bolonia. Esta realidad tozuda es que desde la Ley General de Enseñanza de 1970 hay dos escalones de titulados, unos de primer ciclo (diplomados, arquitectos técnicos e ingenieros técnicos) y otros de primer y segundo ciclo (licenciados, arquitectos e ingenieros). Para enredar aún más las cosas sobre la marcha, a partir de 1991, comenzaron a aparecer títulos de sólo segundo ciclo, sin atribuciones profesionales.

Dejando a estos últimos de lado (puesto que no hay tantos titulados, y además éstos han sido más o menos absorbidos por los colegios profesionales/asociaciones ya existentes), la cuestión era de los dos títulos, cual se iba a morir. En fin, como puede uno imaginarse, aquello hizo que alguno se frotara las manos pensando en que por fin iba a aniquilar a esos desgraciados que llevaban toda la vida estorbando; desgraciadamente, estos, que al principio (2002) eran los menos, ahora son los más.

El punto actual de la salsa boloñesa en España es precisamente la redacción del catálogo de títulos universitarios, que es justo el punto en que puede agriarse la salsa. Hace unos días recibí de una fuente que me merece la mayor de las credibilidades, el borrador de la relación de títulos para el ramo de la ingeniería:

—Ingeniero Electrónico
—Ingeniero en Organización Industrial
—Ingeniero Eléctrico
—Ingeniero Químico
—Ingeniero Energético
—Ingeniero de Materiales
— Ingeniero Geólogo
—Ingeniero Generalista (Industriales, Tecnologías)
—Arquitecto Naval
—Ingeniero de Minas
—Ingeniero en Navegación y Transporte Marítimo
—Ingeniero en Sistemas y Recursos Marinos
—Ingeniero Forestal y del Medio Natural
—Ingeniero Agroalimentario
—Ingeniero del Medio Rural
—Arquitecto
—Ingeniero de la Edificación
—Ingeniero en Geomática y Topografía
—Ingeniero Civil
—Ingeniero de la Construcción
—Ingeniero de Vehículos Aeroespaciales
—Ingeniero de Sistemas Aeroespaciales
—Ingeniero Aeronáutico
—Ingeniero de Telecomunicación
—Ingeniero en Informática

Con los siguientes másters:

—Máster Ingeniero Industrial
—Máster Ingeniero Naval y Oceánico
—Máster Ingeniero Aeronáutico
—Máster Ingeniero Agrónomo
—Máster Ingeniero de Montes
—Máster Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos
—Máster Ingeniero de Minas

La existencia de los másters es muy clara: algo hay que darles a los actuales ingenieros para que se coman sin protestar la salsa boloñesa. Así, ellos y sólo ellos, tendrán derecho a ese «Máster Ingeniero de…» que supuestamente les servirá de hecho diferencial respecto a los que vengan después.

Puede uno preguntarse qué han tenido que ver en la redacción de este catálogo de másters (al que la mayoría de los Colegios profesionales consideran pura y duramente un globo sonda) las presiones de políticos que de repente se han acordado de que son, por ejemplo, Ingeniero de Caminos, Canales y Puentes, o Ingeniero Aeronáutico, y en consecuencia se han movilizado en ayuda de sus colectivos profesionales correspondientes. También puede uno preguntarse qué les pasa, por ejemplo, a los telecos y a los informáticos para que ellos no tengan, en principio, ese hecho diferencial que los reconozca como másters del universo. ¿Será que los informáticos no tienen colegio profesional? Será. ¿Será que los telecos…? No, mejor no sigamos por ahí.

En cuanto a los títulos de Arquitecto/Ingeniero, un somero repaso a la lista basta para darse cuenta de las ausencias y las presencias. Pero lo peor no es eso, sino la relación competencial relativa.

O sea… Más o menos el lego puede entender que el Ingeniero de Vehículos Aeroespaciales será el que diseñe y construya los aviones, el Ingeniero de Sistemas Aeroespaciales el que diseñe y construya la aviónica y el Ingeniero Aeronáutico… ¿qué? ¿Diseñará el aeropuerto? ¿O el aeropuerto es un sistema aeroespacial que ya entra en las competencias de otro titulado? O quizá, ya puestos, a lo mejor un aeropuerto es competencia de un Ingeniero Civil… ¿Y los motores? ¿De quién es competencia el diseño y montaje de los motores?

Es aquí donde está el problema de este catálogo de títulos.

Aunque los idiotas se frotan las manos porque ¡por fin! desaparece la Ingeniería Industrial, o porque están deseando echar mano a ese Ingeniero Electrónico para vaciar en él la electrónica de telecos e informáticos y así escamotearles esos contenidos… el problema no es ése, sino qué competencias van a tener estos titulados. Para qué van a servir. Eso, amigos míos, es lo que no se tiene claro. Los expertos, mientras, siguen debatiendo…

Para este viaje (pdf) a Bolonia (si es que llegamos) no hacen falta alforjas.

Y eso lo tiene muy claro el Ministerio de Educación. Como también que no quiere líos. Ni tiene prisa.

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