Sábado, 13 de Agosto de 2005

primer periódico ciudadano de españa

Sábado, 13 de Agosto de 2005, 06:03 horas | Hemeroteca
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Reclama Policronio en estéreo un centrado de la cuestión, y me parece que no solo él. No sintiéndome responsable de tantas maniobras discursivas como ha tenido que hacer Rallo para aclarar su propia posición —y en cuyo curso ha admitido en varias ocasiones, ante mi crítica, haberse expresado mal o insuficientemente, o tener que terminar planteando ciertos asuntos de un modo tan ambiguo que igual vale lo que dice como lo contrario—, me avengo a la petición de mi querido amigo batiburrillesco, con quien tengo una deuda no olvidada, porque para mí es lo más sencillo y cómodo y para el liberalismo lo más sano. De tal forma que retomo el hilo, aprovechando lo que hemos aprendido en estos divertidos días de polémica (quién diría que en un agosto tórrido se puede divertir uno sin ligar), y voy directamente al grano. Pienso exponer por qué la seguridad privada reclamada por los anarcoqués no es posible en España. Tampoco fuera de ella, pero por algún sitio hay que comenzar.

La principal dificultad del discurso anarcoqué es que vive de espaldas a la realidad. Es por eso que, como he lamentado, jamás entra a discutir sobre dificultades históricas que violen el férreo criterio economicista ni cualesquiera otras excepciones a la norma. O, por seguir el hilo de un comentario de Marzo, porque no sepan expresarse en español universal y necesiten argot limitado y especializado, como aborígenes recónditos con cuyo idioma de apenas mil palabras insisten en trasladar a los demás sus descripciones de las maravillas del universo. Todo acaba reducido a la fuerza y todos los problemas resueltos a la fuerza (si parte de la delincuencia se debe a las restricciones estatales, eliminemos las restricciones estatales, etc.; si juzgas que la mafia es iniciativa privada, te equivocas porque en realidad es un Estado inestable, etc.). Curiosamente, si este fuere el caso, y lo es, reclamando no sé cuál precisión científica se comportan exactamente al contrario de lo que habituan a hacer los científicos de verdad cuando se dirigen al pueblo llano, o sea Golan cuando me cuenta sus entretenimientos matemáticos: donde los Golan, en un afán didáctico, traducen complejos fenómenos mediante comparaciones comprensibles («¿A qué se parece un agujero negro? Imagina una sala débilmente iluminada y una bailarina con un traje fosforescente girando alrededor de su pareja, que luce un esmoquin negro»: copyright de Stephen Hawking; Carl Sagan utilizó una bola en una red en forma de embudo), los anarcoqués se empeñan justo en lo contrario, en complicar los fenómenos simples mediante su argot especializado: tras haber logrado, por ejemplo, que Rallo comprenda algo tan básico como «iniciativa privada», ahora me toca que comprenda algo igual de básico como «Estado»; lo próximo será explicar qué significa «básico», me pongo en lo peor. En bella imagen, belaborda me dice a veces que le estoy pegando puñetazos a una estatua de humo. En este sentido, el compañero de bitácora de Policronio le ha planteado más de una vez a Rallo, igual que yo mismo, que el caso de ETA desmonta toda su alambicada teoría economicista del terrorismo, y ambos dos, Smith y un servidor, seguimos sin respuesta, ni por parte de Rallo, ni por parte de Esplugas, ni por parte de José Carlos Rodríguez ni por parte de nadie. Tampoco Smith ha satisfecho su curiosidad sobre las comunas anarcorrepublicanas. Aprovecho para decir que tampoco es que yo espere una refutación[1] a mi post sobre la incongruencia entre la teoría eaquense y la realidad. Hablando de partes, así nos parta un rallo. Tal vez Rallo y compañía no dominen la teoría tan a fondo como para dar cumplida respuesta. Lo contrario, i.e. que la teoría no pueda explicar esas objeciones, resultaría tremendo. No sé, pero al no respondérsenos imagino que se figuran que se da por entendido que no hay ninguna objeción que refutar. Y en cierto modo así es. Porque su teoría no vive en —ni de— la realidad, no la necesita, no se levanta sobre ella, no parte de ella, no trata de explicarla como cualquier teoría mínimamente sensata. Su teoría vive en la página, en la interacción de cada página con la siguiente y con la anterior. Han reunido unas cuantas definiciones axiomáticas —que no requieren demostración de puro evidentes— y dale que te pego a repintar el mundo axiomáticamente. El mundo, claro, se los sacude de encima con facilidad.

De tal modo que esa es la primera, y realmente grande, objeción que cabe interponer, y que llevada al caso español comporta conclusiones cuanto menos dolorosas. Es casi un principiis obsta: en España no puede prosperar un régimen anarcoqué porque para ello es previo que España no exista. Al cabo, ¿qué es España?:

Es la Constitución a la que teóricamente tenemos que sentir apego la que contiene el término “nacionalidad”. ¿Por qué entonces hemos de basar nuestro patriotismo en una norma positiva repleta de entuernos y majaderías? No dudo de que para quienes reduzcan España a la configuración estatal posterior de la Constitución, el secesionismo represente un horizonte espectral, pues la secesión implicaría la muerte de la presente Constitución, pero para quienes creemos que España abarca mucho más que las fronteras mal trazadas de cuatro Estados visionarios-nacionalistas, el secesionismo no supone ningún problema. Ni Hispanoamerica desparece por la profunda división estatal de la zona, ni Europa se circunscribe a la Unión Europea ni, no vamos a ser excepción, España depende de la continuidad del Estado español … no puedo estar de acuerdo en que más nacionalismo signifique menos España, porque la trascendencia histórica, cultural y sobre todo sentimental de ésta supera en mucho las posibilidades dirigistas de unos iluminados. Lo que peligra -incluso más de lo habitual cuando estamos hablando de políticos- es la libertad, pero no España, porque España no es el Estado español.

España no se dice qué es —quizá un cacho de mapa idiomático—, pero podemos prescindir de ella porque siendo «algo más» nunca desaparecerá, como cuando el Barça era mes que un club pero no ganaba una liga. El paisaje antes de la batalla es que España, como la conocemos, ha de desvanecerse: su estructura política material y legal, sí, pero también su administración, onza a onza, sus medios coactivos policiales, jurídicos y militares, sus fronteras, su sociedad… Todo. En esa nada anestatal, el régimen ideológico anarcoqué pide que el ciudadano sea completamente autónomo (ellos se engañan llamándolo libre) y sus relaciones con los demás completamente esforzadas (aquí se engañan llamándolas voluntarias). En la más pura expresión de la teoría hay que hacer borrón y cuenta nueva, aunque en vista de la imposibilidad se acepten transacciones como la eliminación paulatina de esto o aquello. Si pudiérase partir realmente de cero, y no con ninguna componenda de lo que hay, los edificios con más de una vivienda serían verdaderamente escasos —una reunión de vecinos todos con pistola sería para filmarla en vídeo—, las ciudades una exageración impensable y habría que ir a caballo —domado con su consentimiento— a cualquier reunión administrativa en la que decidir si se hace una carretera o no (habría que ir a caballo porque nadie fabricaría coches ni otros medios de locomoción, ya que fábricas e industrias auxiliares necesitan infraestructuras locales y globales de todo tipo, no solo viarias, además de un sinfín de condiciones sociolaborales y facilidades administrativas, que nadie estaría dispuesto a pagar ni atender; el Imperio Romano, todo un señor Estado imperialista, está para aprender eso, al menos: que la Prehistoria con sus caminos de cabras tenía que terminar de una vez; y África está para aprender que existiendo necesidad de automóvil y posibilidad de lucro, no existe ninguna marca africana de automóviles). ¿Estamos ya mentalmente en esa ex-España? Pues dispongámonos a ver qué podría suceder en ella.

Somos todos muy felices, subsistiendo cada uno de nuestro trabajo voluntario o en pleno disfrute de la economía de trueque voluntario. Pero claro, siempre hay hijos de puta económicos que suponen que podemos vivir tan ricamente sin nuestro caballo y deciden hacer un uso mejor de él. Entonces, apenas maculada nuestra felicidad y habiendo sabido que lo mismo ha sucedido en el rancho de los McGregor 17 millas al norte y en la hacienda de Don Emiliano en el sur, entre los tres decidimos contratar libremente una agencia de seguridad que proteja nuestras propiedades y vidas. Durante seis meses la cosa funciona estupendamente, hasta que otro hijoputa económico consigue burlar las medidas de seguridad y nos roba el nuevo pony. Intolerable. Gracias a las excelencias del mercado, la noticia corre de boca en boca por la pradera y más allá: ¡a los Policromanel les han robado el caballo dos veces en seis meses! Se enteran otras agencias de seguridad y vienen a ofrecernos sus servicios. Oye, que nos convencen libremente, y libremente optamos por cambiar de policía en la pradera. Nuestra nueva agencia cuenta con muy buena reputación y realmente consigue eliminar la delincuencia en nuestra zona. A los cinco años nos enteramos de que son tan buenos que dominan un 75% del mercado. Son los Microsoft de la policía, los ATT de la cachiporra, los PRISA de la lupa, los Standard Oil del radar de camino de cabras. Un portento de empresa privada, ágil, eficaz, innovadora, rentable, frente a la cual las demás palidecen. Y es entonces cuando, qué asco, un directivo de la empresa, revolviendo en el baúl del tatarabuelo, encuentra un mohoso volumen en cuya portada a duras penas consigue descifrar unas palabras en español antiguo: Teoría del Estado. Tras absorver incrédulo su contenido, expone el hallazgo en la junta de accionistas, y entre todos, calibradas las posibilidades de éxito, se deciden a intentar un golpe de Anarquía. Hay que ser astutos y audaces: comencemos con una OPA sobre Mortadelo y Filemón, Agencia de Información S.A. antes de que se nos adelante ese maldito superintendente Vicente de la T.I.A. Luego hay que contratar como sea al profesor Bacterio para que diseñe nuevo armamento. Y dicho y hecho. Unos meses después, controlando el 83% del mercado, creen que ha llegado el momento de barrer a la poca competencia que queda e instaurar un concepto que los anticuarios creían olvidado: el Estado como poder absoluto. Se suceden los asesinatos, los atentados y las tropelías, se ajustan cuentas, como siempre que hay un cambio de régimen. Y no hay modo de impedirlo, porque ninguna ley privada antimonopolio se ha podido aprobar dada la inexistente administración nacional (y menudo escándalo, restringir la interactividad del mercado, ¡ni que fuéramos un Estado!), o caso de que sí, nadie cuenta con los medios suficientes para vencer policial o militarmente a la agencia privada monopolística, que para más inri cuenta con delegaciones igualmente poderosas en otras áreas anárquicas del mundo. Es una empresa modelo, guiada por los beneficios, que como dijo no sé quién son la línea de flotación de las empresas.

Naturalmente, hay otra indeseable consecuencia. Atendiendo al capítulo de Stromberg que increíblemente me recomendó Rallo, ya que en todo el mundo rige la ley privada y la justicia del «no seas malo que se lo diré a papá huy no porfa cumpliré el contrato que libremente he firmado», ninguna sociedad anarcoqué necesita —porque no puede financiarlos, realmente— sistemas de defensa que ahora llamamos modernos, ni complejos equipos electrónicos militares, desde aviones AWACS a centros de mando informatizados, ni satélites para observar los movimientos de los posibles enemigos, ni misiles, ni bombarderos stealth ni otros sofisticados artilugios calificados como ofensivos. El efecto de que nadie necesite tales cacharros es que nadie está dispuesto a fabricarlos, y la consecuencia de que nadie los fabrique es que nadie investiga esas tecnologías ni para uso civil —donde resultan igual de onerosas e innecesarias—, y el resultado es que de repente volvemos a los años 30 y arrancamos el Ford T a golpe de manivela. Pero con la seguridad de que no va a haber más guerras, como no las hubo en los años 30. Y lo más gracioso es que todo ello se defiende en la Internet, que tampoco existiría y que, como es sabido, no es otra cosa que un proyecto militar donado a la sociedad civil. Pero, ah, es que cuando se mete uno en arenas economicistas tiende a pensar que todo gira alrededor del beneficio o lucro y se olvida del incentivo de la necesidad (por ello le corregí a Rallo que yo no dibujaba en su teoría una sociedad idílica sino que decía que él la necesitaba para hacer realidad la teoría). Así, ¿qué sentido o necesidad hay en invertir miles de millones de euros en un imaginativo proyecto de defensa a base de colapsos atómicos controlados si todos se muestran satisfechos con su carabina y su trabuco? Figúrate que el proyecto fracasa por estar mal planteado o por no ser científicamente posible o por no haber contratado a los mejores o por no haber invertido lo suficiente… Seríamos igual de ineficientes que el Estado, qué pesadilla más horrible. ¿O para qué empeñar hasta las joyas de la abuela en la cura de una enfermedad que apenas afecta al 2% de la población? Que cada cual se pague sus gripes, coño. ¿O qué sentido tiene una proeza ingenieril reflejada en un túnel quilométrico o en un puente estratosférico? Que rodeen la montaña, cagüenla, y que vadeen el río por allí y se dejen de monsergas. ¿Habría túnel bajo el canal de la Mancha? Nopes. ¿Habríamos llegado a la Luna? Nopes. Teniendo en cuenta que un abrumador porcentaje mundial en I+D es destinado a proyectos con un Estado comprador detrás, ¿se invertiría en I+D siquiera un 1% de lo que dedicamos a ello ahora? Nopes. Volveríamos, como dice AMDG a propósito de la ley y justicia privada, a la Edad Media y sus exenciones, privilegios y feudos.

Todo esto, y otras situaciones y circunstancias que considero ya superfluo añadir, explica por qué le dije a Rallo que el anarcoqué es una ideología retrógrada y extremista, maniática de una eficiencia que ella misma no puede garantizar. La refutación ha de adoptar hechuras de cuento porque estamos ante un cuento a base de axiomas matemáticos. Volviendo a belaborda, una estatua de humo.

Notas

1. Al decir que no espero refutación lo digo asombrado porque Rallo escribe en esa supuesta aclaración que «Segundo, el tamaño del gasto público iraquí es similar al de España o UK, como podemos ver aquí», siendo aquí el World Factbook de la CIA, donde puede verse que el gasto público iraquí es de 28.200 millones de dólares, que como acertadamente señala Rallo es similar a los 386.400 millones de dólares de gasto público español (¿qué es una diferencia de 13.7 veces más [o menos] entre amigos? Naaaaa). Ya ni ganas he tenido de buscar el gasto público del Reino Unido, igual que tampoco de explorar el mapamundi en busca de Argelia.

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