Sábado, 28 de Enero de 2006
primer periódico ciudadano de españa
Julio Plaza
Fue el físico británico Paul Dirac quien dijo que «la ciencia es intentar hacer simples conceptos complicados. Lo contrario es poesía». Sin entrar a valorar la segunda parte, sí es cierto que entender este mundo en que vivimos no es sencillo, y que gran parte de la tarea de un científico es hacerlo entendible, primero para él mismo y luego para el resto de los ciudadanos. Cuentan también de Dirac que un día en clase un alumno le dijo que todo aquello que en ese momento estaba explicando era palabra por palabra lo mismo que había escrito en el libro de texto del curso, y le preguntó si podía explicarlo de otra manera más fácil. Tras un momento de pausa, Dirac contestó que en su momento esa fue la forma más simple que encontró de exponer el concepto y, por tanto, no podía darle otra explicación.
La moraleja es que esos conceptos complicados muchas veces no pueden llegar hacerse lo suficientemente simples como para poder ser entendidos por el común de los mortales. De hecho, se puede tardar mucho tiempo en poder reconstruir un rompecabezas científico, mientras que la impaciencia humana reclama una respuesta inmediata. No en vano desde Galileo se tardaron 400 años en llegar a la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. Teorías de las que todos hemos oído hablar alguna vez, sin llegar a entender su significado e importancia, mientras que aún nos inquieta el misterio del origen y destino del Universo.
Hasta cierto punto, estas teorías son relativamente nuevas, y quizás estemos aún en el proceso de simplificarlas de cara a una divulgación entendible como para añadirla a una cultura general con que ganar dinero en un concurso de la televisión, pero no hace falta recurrir a estas teorías que atentan contra el sentido común para ver ciertas carencias en otro tipo de conocimiento científico más general.
Por ejemplo, en una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de febrero de 2004, preguntados acerca de la veracidad de la evolución, alrededor del 30% de los encuestados no sabía, o creía que era un hecho falso, un 38 % creía que probablemente era cierto, y sólo un 32% afirmaba sin duda alguna su veracidad. Si a nadie le sorprenden estas respuestas, que piense si la pregunta hubiera sido acerca de si Cervantes escribió el Quijote, y un 38% dijera que sólo «probablemente» (a lo mejor) fuera cierto.
No es de extrañar que en algunas partes tan cercanas como Italia se haya intentado colar en los planes de estudios el llamado «Diseño Inteligente», una presunta alternativa a la evolución que, disfrazada de ciencia, defiende la intervención divina en la aparición del hombre en la Tierra, ignorando las pruebas científicas que demuestran la evolución.
En otro orden de cosas que nos afectan más, esta misma encuesta pregunta acerca del efecto invernadero, del que cerca del 64% afirman o creen que probablemente sea cierto que es debido «a un agujero en la atmósfera», mientras que en la siguiente pregunta el 70% afirma o cree que es «debido al uso de carbón, petróleo o gas», entrando en contradicción quienes así responden en ambos casos (la mayoría) en cuanto al origen del fenómeno, o al menos creando en una relación un poco enrevesada en la que el hombre crea un agujero en la atmósfera usando petróleo, que a su vez genera el efecto invernadero.
¿Es por una mala divulgación? ¿Por desinterés? ¿Predisposición en contra de esos conceptos complicados de la ciencia? Posiblemente un poco de todo. La simplificación lleva a la pérdida de rigor, mientras que el desinterés y predisposición en contra llevan a una asimilación superficial de los conceptos. Y ambas razones juntas pueden originar un mal entendimiento o conocimiento radicalmente equivocado.
El caso es que el desconocimiento puede llevar a la desconfianza. Algo que no se comprende, siempre será sospechoso de tener la culpa de algo que no controlamos. Tirando una vez más de datos de la misma encuesta del CIS, un 55% de los encuestados declara «con frecuencia confiamos demasiado en la ciencia y no lo suficiente en los sentimientos y en la fe».
Con este ambiente, es habitual encontrar noticias acerca de antenas de telefonía móvil que causan cáncer. A pesar de los estudios en contra de esta relación causa–efecto, la ausencia de una respuesta que indique el verdadero origen, incluso si es sólo por pura casualidad, hace que se siga señalando al mismo culpable. Curiosamente, sin embargo, nadie atribuye un cáncer a un horno microondas, cuya potencia puede ser hasta 250 veces mayor que la de un móvil.
Pero en cuanto a desconfianza, no hay nada como la energía nuclear. Las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki demostraron la gran cantidad de energía que puede contener la materia, a la vez que grabaron en la memoria imágenes de un horror que han lastrado su uso pacífico para la producción de energía. El accidente (o más bien imprudencia) de Chernobyl, del que se cumplen 20 años en 2006, se esgrime como argumento final para la eliminación de este tipo de energía, a pesar de que ninguna instalación posee tanta seguridad y tantos controles como una planta nuclear. Lo cual no elimina los graves problemas de residuos que genera.
Hoy día, muchos piensan que la ciencia nos ha metido en un montón de problemas, y no falta quien piensa prácticamente que deberíamos volver a las cavernas. Sin embargo, son la ciencia y el desarrollo tecnológico quienes nos pueden ayudar a sacar las castañas del fuego. Y para ello se requiere confianza en ellos, y su conocimiento, al menos a nivel de cultura general. Un conocimiento que vamos a tratar de transmitir desde este pequeño rincón a base de aproximarnos a esos conceptos tan complicados para hacerlos parecer más simples.
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