Miércoles, 15 de Febrero de 2006
primer periódico ciudadano de españa
Pedro Espinosa García
Estoy comprobando día a día, desde que regresé a esta tierra hará unos tres años, que los murcianos van adquiriendo el hábito de no rendirse con facilidad. El mejor ejemplo de ello es el asunto del agua. Es natural, se juegan el bienestar y quizá la misma vida de su castigada tierra. Castigada por un clima extremo de extrema sequedad, donde las lagartijas y las hortalizas ofrecen tres cosechas al año si se les da de beber. Castigada aún más por los sucesivos gobiernos, que otorgaron toda suerte de privilegios a territorios llorones, mientras ignoraron a Murcia durante los últimos 200 años. Gobiernos en verdad insensibles a los que el Ejecutivo de ahora se ha sumado con gran obstinación. Castigada incluso por una población murciana, desmotivada e inerte, que se echó durante décadas en brazos de la apatía o prefirió emigrar en altísimo número (se habla de más de un millón de personas) a otras latitudes no tan de miseria.
Pero llegó la democracia a España, y con ella la capacidad de los ciudadanos para influir en la prosperidad. Mediante la opción de castigar en las urnas a los malos gobernantes, especialmente a los caciques locales o territoriales que en la Región de Murcia se instalaron secularmente, casi siempre impuestos por señorones de la Corte o la poderosa industria norteña de los que hoy se creen distintos. Fue a partir del año 1977 cuando Murcia comenzó a importarse a sí misma. Se frenó en seco la emigración. Se eligieron regidores locales que iban cumpliendo con su deber o se arrinconaban en la siguiente etapa electoral. El gobierno autonómico, uno de los más decentes desde la Transición para acá, fue administrando con bastante buen sentido las competencias que le asignaba el Estado.
Hoy, tras más de 20 años de haberse establecido una comunidad autónoma que, ante todo, permanece leal a la idea de España —no desea ser diferente a nadie y en la educación evita el adoctrinamiento—, Murcia es una de las regiones que más crece en riqueza y bienestar, hasta el punto de traer de vuelta a miles de murcianos, a los que se suman habitantes de otras provincias aledañas, que han incrementado notablemente su población y que a medio plazo acaso personifiquen, junto a los que no se fueron, ese nuevo gran impulso que es preciso para abandonar el furgón de cola de las regiones pobres.
Hay otra característica en esta tierra que la hace envidiable: la normalidad. Nada se reivindica, salvo el agua, ni a nadie se le envidia o se le desprecia. Ni por su origen étnico, ni por la provincia o país del que se proceda. Digamos que esto es una especie de Madrid pero con rompeolas real. Por su costa de ensueño, aún de playas vírgenes y aguas cristalinas entre cabo Cope (como la radio) y Mazarrón; por sus inviernos templados, que facilita el paseo relajante incluso a primera hora de la mañana; por sus primaveras y otoños que ofrecen calorcito y manga corta; no así por sus veranos, infernales de calor, que la técnica de nuestros días, gracias al aire acondicionado, suaviza y permite dormir ya a pierna suelta o echarse a la calle hasta altas horas, en las que se frecuentan terrazas donde el limón helado se confunde con el jarabe medicinal. Y eso ocurre en unas noches de estío a las que el propio Shakespeare envidiaría.
Pero los murcianos saben, y claman al cielo por ello, que ese bienestar puede quedar truncado por algo que se ha suprimido: el PHN, más conocido como el trasvase del Ebro. Las desalinizadoras volando ofrecidas a cambio por el Gobierno, que brillan por su ausencia tras casi dos años de promesas, no son la solución a la sequía que aquí se padece. Se sabe también que el agua de las cuencas hidrográficas es patrimonio del Estado y por lo tanto de todos los españoles. Y que es una inmoralidad blindar cauces de ríos para arrojar su agua al mar. Los murcianos, que como se dijo van adquiriendo el hábito de no rendirse, no sé si es porque Murcia capital es ya mayor que Bilbao, intentan cargarse de razones para demostrarle al Poder que el Levante español —de Castellón a Almería— no puede permitirse el lujo de salinizar sus feraces tierras con aguas procedentes de desaladoras. No mientras el Ebro, en su desembocadura, sufra agobios para expulsar tanta agua como lleva.
Hace pocos días se reunieron en Murcia, auspiciados por el Ente Público del Agua de la Región, una serie de científicos israelíes y españoles que debatieron sobre el efecto de las desaladoras en los campos. La experiencia de los israelíes viene de más atrás que la nuestra, y la conclusión a la que llegaron pudiera resumirse en una frase: “Nunca se podrá pagar el alto coste de la desalación de agua marina”. Los citados técnicos abogaron por los trasvases para solucionar el déficit hídrico y alertaron sobre los efectos perniciosos del agua desalada, aludiendo a problemas de salinización de acuíferos que comienzan ya a advertirse en Israel.
El jefe de la delegación israelí, Simón Tall, fue concluyente: «La solución definitiva a los problemas del agua en Murcia es el trasvase del Ebro, que ya estaba previsto, junto con el trasvase del Tajo … Esto supone el uso adecuado de los recursos naturales, que de lo contrario se perderían en el mar sin añadir valor y sin resolver problemas en el sur de la Península». Y en el resto del Levante, debería añadirse.
Como vemos, en Murcia no se descansa ni un minuto para cargarse de razones, no pocas de ellas de índole técnico, que contraponer al absurdo egoísmo nacionalista y recobrar algún día la idea del trasvase del Ebro. No será mientras Zapatero esté en el poder, por supuesto, pero como indica Cicerón: El recuerdo del mal pasado es alegre. La alegría sea con nosotros a no tardar.
![]()