Miércoles, 15 de Marzo de 2006
primer periódico ciudadano de españa
Carlos Tarrazona
Ahora mismo no son soldados quienes asaltan las fronteras de Europa, sino un ejército de personas desesperadas que no dudan en arrojarse al mar o contra una alambrada para tratar de rascar algo de la prosperidad que el capitalismo ha traido a Occidente. La inmigración se encuentra desde hace varios años entre las tres principales preocupaciones de los españoles en una doble vertiente: la humanitaria, por el drama que suponen los cientos o miles de vidas perdidas en el intento de cruzar hasta el Primer Mundo; y la de la seguridad, por los problemas de delincuencia que ha traido cierta inmigración.
El problema de la seguridad depende más de un sistema judicial lento e ineficiente y de unas leyes tremendamente blandas que no disuaden de cometer delitos, antes al contrario. Así como los nacionales asentados en un pais suelen tener nóminas o bienes que embargar, o viven razonablemente bien como para considerar la cárcel como un lugar peligroso o incómodo, en el caso de los inmigrantes ni tienen nada que perder, ni tienen nada que temer a nuestras cárceles. Unas penas acordes con el daño causado, la restitución de ese daño, y la expulsión del pais en caso de reincidencia, harían más por la seguridad que el simple hecho de blindar las fronteras.
Y por otra parte, el sistema de acogida de inmigrantes tiene a su vez gran parte de culpa de la llegada masiva de estos. Tener un techo y comida caliente ya es suficiente aliciente para muchas de estas personas que dejan atrás situaciones realmente desesperadas. Si encima tienen acceso luego a sanidad gratuita y educación para sus hijos, tienen prioridad a la hora de acceder a las VPO y son objetivo prioritario de ayudas, subvenciones, cursos, etc., la percepción que además transmiten a los suyos en su pais de origen es que esto es Jauja. La solidaridad está muy bien, siempre que sea voluntaria, pero eso de obligar a todos los contribuyentes a ser solidarios con todos los recién llegados al pais es un abuso intolerable.
Esto lleva a otro punto esencial: ¿quién se tiene que hacer cargo de los inmigrantes? O como mínimo, ¿dónde vivirán estos? Si un particular responde por un grupo de personas, proporcionándoles alojamiento y manutención, y no causan problemas, adelante, siempre y cuando esa persona responda por ellos. Del mismo modo si una ONG quiere montar granjas, campamentos, albergues, etc., con capacidad para alojar a miles de inmigrantes y puede mantenerlos mientras les da formación o les busca trabajo, perfecto. Pero desde luego no es el caso de los cientos que han desembarcado estos días en nuestras costas. Estas personas ya están alojadas en instalaciones pagadas con el dinero de todos, y los que no hayan sido llevados a albergues estarán ocupando calles también pagadas con el dinero de todos.
En el tema de la inmigración se dan multitud de paradojas. La primera es cómo consiguen los inmigrantes el dinero necesario para pagar el «billete» de la patera. Suelen ser cantidades escandalosas con las que podrían vivir incluso unos meses en España, alquilando un apartamento y buscando trabajo. Sólo que las rigideces fronterizas les impide la entrada legal, y es donde aparece el mercado negro de personas. El beneficio se lo quedan los desaprensivos que los meten en una barquichuela y que cruzan los dedos para que se les hunda, porque eso les causará menos problemas. Muy distinto es el caso de los que simplemente tratan de asaltar las fronteras terrestres. Si eso no es una forma de invasión, que se lo digan a los saharauis cuyo pais fue ocupado a golpe de «marcha verde» pacífica y desarmada.
Pero no olvidemos que la principal via de entrada a España es Barajas, y con billetes de avión que no son baratos, si son comprados en América latina. Y aquí tenemos una segunda paradoja: que esos inmigrantes latinoamericanos son a su vez descendientes (no importa de cuantas generaciones) de españoles (o portugueses, o italianos, da igual) que en su momento fueron inmigrantes. Sin embargo, sus antepasados emigrantes españoles que iban a hacer las Américas no acudían a la llamada de un omnipresente Estado del Bienestar, sino a la posibilidad de trabajar, hacer negocios y hacer fortuna. Pocos españoles acudirían a Argentina, Cuba, Uruguay o Venezuela a vivir del estado. Pero sus descendientes, víctimas a su vez del socialismo que ha imperado en las últimas décadas en América latina, ya vienen con el chip de que el estado tiene que proveer. ¿Por qué hay tan pocos inmigrantes chilenos, por ejemplo, que al mismo tiempo causan tan pocos problemas comparados con otras nacionalidades?
Del mismo modo que muchos inmigrantes americanos descienden de emigrantes españoles, muchos españoles de hoy en día tienen, y sólo una o dos generaciones atrás, parientes que emigraron al resto de Europa. Pero de nuevo acudieron a trabajar, no a vivir del estado. Buenos eran alemanes, suizos u holandeses para mantener a la sopa boba a los españoles.
Y una última paradoja que se plantea en el tema de la inmigración es filtrar a los inmigrantes por criterios políticos. Durante la Guerra Fría se ayudaba a los europeos orientales que pasaban al oeste. Una vez caido el Muro de Berlín se les levanta un nuevo y vergonzoso muro de proteccionismo. Actualmente los EEUU proporcionan a los inmigrantes cubanos ventajas de las que no disfrutan el resto de inmigrantes latinoamericanos (ni siquiera los que huían de otras dictaduras que no fuese la castrista). ¿Es lógico filtrar a los inmigrantes según la ideología del régimen del cual huyen?
Pero lo más importante, lo que no puede perder de vista Occidente, Europa, y España en particular, es que de seguir la situación actual por pura presión demográfica las fronteras terminarán derrumbándose, como cayó la frontera romana en el Rin y como cayó Constantinopla. Los inmigrantes del siglo XXI no persiguen la ocupación de un territorio y la expulsión o sometimiento de los invadidos: buscan un modo de ganarse la vida para ellos y sus familias. Si en España ni en Europa no cabe toda Africa (es evidente que la simple apertura de las fronteras es un disparate) para que puedan beneficiarse de la riqueza creada, hagamos que puedan crear riqueza en sus paises.
De entrada, renunciemos al proteccionismo, y permitamos que las mercancías que produzcan los paises del Tercer Mundo crucen libremente nuestras fronteras. Si los tomates cultivados en Marruecos pueden entrar libremente en España no será necesario que vengan los marroquíes a cultivarlos en Almería. Si el arroz cultivado en Vietnam puede llegar sin límites ni aranceles a España no tendrán que venir los vietnamitas a sembrarlo aquí. ¿Se perderán puestos de trabajo? Los mismos que cuando se pasó del arado al tractor. Del mismo modo que si las fábricas de coches cierran para abrir en Rumanía o Checoslovaquia. Antes se las «quitamos» a los alemanes y no fue el fin del mundo para Alemania. Del mismo modo que los robots eliminaron muchos puestos de trabajo en las cadenas de montaje, y tampoco ocurrió nada: hay más población ocupada que nunca. Sólo que una sociedad desarrollada de cada vez necesita menos trabajadores en los sectores primario y secundario y más en los servicios, y ahí seguimos teniendo ventaja.
Si permitimos que aquellos bienes que pueden producirse más eficientemente en el Tercer Mundo luego puedan cruzar libremente nuestras fronteras estaremos fomentando el desarrollo real de esos paises, y eliminando la necesidad real de que sus habitantes se jueguen y pierdan la vida en nuestras costas y nuestras vallas. Nuestra propia supervivencia depende de que permitamos el desarrollo del capitalismo en esos paises, para lo cual también es imprescindible dejar de hacer el juego a regímenes corruptos y totalitarios.
Pero la realidad es que nos encontramos apoyando a dictadores socialistas como Chávez y Castro, nos oponemos al derrocamiento de sátrapas sanguinarios como Saddam Hussein, nos plegamos a las amenazas de dictaduras teocráticas como Marruecos e Irán, y para calmar nuestras conciencias damos mantas y sopa caliente a los que huyen de esas situaciones.
No hay mar lo suficientemente grande para detener a quien ha perdido toda esperanza, ni vergüenza mayor que tener a unos gobernantes que son sostén de quienes causan toda esa desesperanza.
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