Lunes, 19 de Junio de 2006
primer periódico ciudadano de españa
Manel Gozalbo
Esto será largo, como largo fue todo para mí. He llegado a Castellón a las 6:28 de la mañana de hoy lunes, y tras cruzar en taxi la ciudad (la estación está justo al lado contrario de donde vivo, ya no podía con otra caminata) y echar un reparador sueño de 6 horas, me pongo a escribir esta crónica sobre el e-findex con la memoria aun fresca.
La quedada
Hacía 23 horas que no pegaba ojo cuando llegué a Madrid a las 5 de la mañana del pasado sábado. Ya puesto en situación, me voy a esperar el autobús de Oviedo en que llegará el subdirector de HispaLibertas a la Estación Sur de autobuses, junto a la ferroviaria de Atocha. Un paseíto de aproximadamente una hora cargado con mi veterana bolsa de viaje. A las 6:35, solo con 5 minutos de retraso, Antonio y yo nos saludamos y, dado que hasta las 11 no tenemos nada que hacer, nos sentamos en un banco de la estación a charlar. Desde ese momento hasta aproximadamente las 8, rehacemos la historia del universo, reinventamos el botijo —con y sin pitorro—, analizamos la situación política, periodística, internética y blogocósica, y de postre cambiamos cromos repes. No nos sorprende coincidir plenamente en reflexiones y pronósticos, enriqueciéndonos mutuamente con distintos ángulos en diversas cuestiones.
Después el paseo es más largo: unas dos horas y media hasta la puerta principal de la plaza de toros de Las Ventas —incluidas un par de calles equivocadas—, donde hemos quedado con otros colaboradores de HL, amigos y residentes en Madrid. Durante ese tiempo, y para nuestra desgracia, pintamos a cuatro manos el duro porvenir del liberalismo en España, y nos felicitamos por encima de haber tomado las decisiones correctas en el momento oportuno. A las 10 empezamos a repetirnos, está todo dicho. Habrá que ver qué opinan nuestros colegas sobre los puntos clave que hemos abordado. A las 11 y un poquito llegan el Editor Enmascarado, Febles el Noble Empresario Que Las Vuelve Locas (a las empresas, digo) y Manning. Mucho más tarde, cuando ya nos hemos cansado de soportar el sol y estamos tomando un piscolabis en una cervecería Cruzcampo (jeje) cercana, aparece Carmelo, tan guapo como dicen, quien nos localiza con una llamada telefónica. Y ahí que pasamos algún tiempo y comemos, discutiendo de actualidad, de HispaLibertas, de blogs, de tontas y tontos, de listas y listos, teniendo tiempo incluso de traer a colación oportunos pasajes de Economía y achique de espacio, de Van Nistelrooy, importante teórico liberal al que muchos profesamos la debida admiración. Matices por aquí, esperanzas por allá. Tomamos algunas decisiones, aplazamos otras y terminamos hablando del nuevo diseño de HL, que lleva en obras algún tiempo, como Madrid, y que confiamos estrenar en breve para mayor utilidad general y para regocijo propio mayormente. Llegada la hora, nos vamos el subdire y el dire, él a Oviedo y yo a Cáceres, quedándose los demás conspirando contra nosotros como es su obligación.
El viaje
Llevo 36 horas sin dormir, 4 horas arrastrando una bolsa pesadita y 12 horas de incesante palique, subalimentado a precio de oro con un bocata de jamón, bocabits, cortezas, un bocata de calamares y algunas cocacolas. Para darle más sabor local al viaje, el autobús permanece parado no sé cuánto tiempo en la autovía en medio de la provincia de Madrid, en un atasco de esos tan simpáticos en que los conductores hasta bajan del coche y estiran las piernas o sacan las cartas y echan un tute (a la vuelta pasaría de nuevo). Todavía no he tenido un momento para pensar en el e-findex, pero es que para postre tampoco tengo ganas porque lo que voy a decir es algo que tengo demasiado claro (y escrito cuando el blog). Solo quiero conocer a Lobo. Son las 12 menos cuarto de la noche cuando llego a Cáceres. Un par de llamadas telefónicas a intermediarios, para que alguien me diga cómo y dónde dirigirme. Sin suerte; agradezco a Iñigo las molestias y a cuantos él fastidiara a su vez por mi culpa. Cojo un taxi hasta el hotel V Centenario, de la cadena Barceló, cuatro estrellas típico (dirigí una agencia de viajes suya hace unos 20 años, me trae recuerdos). Me presento al recepcionista y le digo que creo tener una habitación reservada. Mira sus papeles. Mi nombre está tachado porque me esperaban el viernes. Mi habitación la ocupa ahora la señorita Jessica Fillol. «Joder, menudo puntazo —pienso para mí mismo—. Cuando escriba mis memorias, el capítulo que dedique a esta parte de mi vida se podrá llamar, muy apropiadamente, El día que Jessica durmió en mi cama». Me asignan la 428, creo que junto a la de Juan Varela (427), y allí que me voy. La tarjeta-llave no está muy convencida, sin embargo. Bajo a recepción. El recepcionista manosea en el ordenador, enter, F8, la trócola, enter de nuevo, y me dice que ahora sí, que perdón por el descuido. Le pregunto si se puede comer algo. Mira el reloj y mueve negativamente la cabeza. Tras descargar bártulos en la habitación salgo en busca de víveres, porque me pareció ver un bar o similar cerca del hotel. Soporto bien las 43 horas sin dormir y hasta cierto punto las caminatas con la bolsa o la vida a cuestas, pero los conciertos de estómago me ponen melancólico. A eso de la 1:20 estoy por fin tumbado en la cama con las tripas en silencio.
El prólogo
Good morning, Cáceres. Deben ser las 9:45 cuando en el ascensor (creo que planta 3) entra una cara conocida:
—Yo diría que usted es mi especialista en carámbanos.
—¿Usted es… don Manel? —nos estrechamos las manos, ambos sonrientes.
Una vez en el vestíbulo, volvemos a estrecharnos las manos e intercambiamos cortesías. Tiene que salir hacia Madrid, no podemos conversar como acaso nos hubiera gustado, y lamenta perderse la mesa en que participaré. Me intereso por su dedo («¡Ah, pero si resulta que me lees!») y me enseña un horrible muñón a la altura del codo. Comprendo su insuperable trauma tras la cura de urgencia. Minutos después conozco en el vestíbulo a J.L. Prieto y a César Calderón. Me dirijo a la zona de fumadores (vulgo la puta calle) y luego de desperezar mis pulmones y acostumbrarlos al trajín de los placeres modernos vuelvo al vestíbulo, donde me siento a esperar un autobús que me han dicho viene a por nosotros para llevarnos al C.C. donde se celebra el e-findex. Veo a Sonia Blanco camino del ascensor. Me dirijo a ella y me presento, besito-besito, manos estrechadas, que no, que no vaya en el autobús, que ha quedado con José A. Martínez Soler (JAMS) para desayunar en el hotel y que nos iremos los tres en el coche de ella. Vale. Recojo mi equipaje de la habitación, y bajo de nuevo. Sonia está desayunando sola. Me siento con ella y hablamos de todo un poco, una conversación agradable. Minutos después llega JAMS, que nos encuentra disertando académicamente con vocablos de cinco sílabas o más y se preocupa, porque todavía no tiene aclarada ni la garganta. «Tienes pinta de profesor y te expresas igual, Manel, esas cosas se notan». JAMS es simpático, extravertido, campechano, fiel a su imagen. Una media hora después, salimos hacia el C.C. del e-findex. Cuando estamos entrando en el aparcamiento, JAMS recibe una llamada de César Calderón, preocupado por nuestro paradero, y todo termina en risas y bromas, casi a la vez que César ve el coche de Sonia aparcar a unos 50 metros.
Me reciben muy amablemente y me llevan a la sala de acreditación, donde me piden unos datos para poder reintegrarme los gastos por transferencia bancaria y me dan una tarjeta de ponente con la preceptiva cuerdecita, además de una bolsa serigrafiada que contiene un bloc en blanco, un bolígrafo bicolor con una cuerdecita, un enorme carpetón cuyo contenido ignoro, una camiseta azul celeste metida en una bolsa de plástico, un periódico en papel satinado (Gaceta Tecnológica) y una serie de mapas y prospectos turísticos de Extremadura. Tras salir de allí, y en espera de que acabe el acto en curso, me llevan a la cafetería del C.C. y pido conocer a Lobo. Van a por él. Al verle le saludo con la contraseña ultrasecreta y sonríe, extrañado de que yo haya sido el único en darse cuenta. Me saca de territorio comanche y departimos unos 10 minutos. Lo que me cuenta y lo que le cuento, por supuesto, queda entre nosotros. Me avisan de que tengo que entrar, que va a empezar la mesa redonda. Nos colocan en este orden (de izquierda a derecha o viceversa, según desde dónde se mire): Sonia Blanco, Juan Varela, Fernando Jáuregui, Jesús Clavijo, un servidor y José A. Martínez Soler. JAMS le dice a Clavijo, el moderador, situado entre Jáuregui y yo, algo que entonces me parece una simple gracieta divertida de las decenas que prodigará JAMS, pero más tarde se me ocurrirá que a lo mejor no era solo eso: «Jesús, yo el último, que si hablo primero agotaré el tiempo y les dejaré a todos estos sin nada que decir» (horas más tarde leo la camiseta azul celeste de la bolsa serigrafiada: Yo llegué hasta el final, Premios 20 Blogs, www.20minutos.es). Jesús Clavijo ha traído impreso su «discurso de apertura de la mesa», 4 o 5 folios. Sonia Blanco se ha traído el Mac, con el que apoyará su charla mediante imágenes y esquemas que un proyector ampliará a nuestras espaldas (yo veo bien el contenido del portátil de Sonia, pero solo sé que se está reflejando detrás cuando JAMS me hace mirar, luego de verle yo a él girarse unas cuantas veces). Juan Varela viene a pelo, sin papeles. Jáuregui trae un folio garabateado con letra minúscula. JAMS tiene otro par de folios garabateados, flechitas, cuadraditos. Yo, que también vengo a pelo, saco el bloc de la bolsa y apenas empieza Clavijo a hablar me hago un exhaustivo índice de las cosas a decir:
Agrad Jesús
Barra de bar
Alfabetización no forma/fondo
blogs políticos
Autocensura
Prensa mala + blogs malos
cosa jasemo lo mecanico
Tribus/sectas/equipos
Cuento 70 personas, más varios técnicos, fotógrafos y gente del C.C., a quienes reitero mi agradecimiento por su hospitalidad y amabilidad para conmigo. Digamos 77 en total y acabamos antes.
Mucho de lo que dije y algo de lo que quise decir
Comencé agradeciendo la invitación de la organización, señalando con el dedo (qué mala educación) al responsable de que yo estuviera allí, con quien ahora mantengo una mayor deuda de gratitud. Y acto seguido, como es lógico, natural y archisabido, precisé que no estaba de acuerdo con nada de lo que se había dicho (primeras risas y murmullos), puros fuegos de artificio con lenguaje niquelado, lo cual fundé en que yo, de todos los presentes, era el único que no tenía intereses de ningún tipo que mantener: ni soy periodista, ni hago periodismo, ni vendo periódicos, ni vivo de esto. Soy blogger by the face desde hace 3 años y en HL las he visto de todos los colores, o sea que las plumas de las cosas no me distraen de su verdadera naturaleza. Por cuestiones de tiempo —íbamos pillados, al parecer—, no era cosa de demorarse en casos concretos o en anécdotas reveladoras; por lo mismo, tampoco quise polemizar sobre afirmaciones realizadas bastante a la ligera por otros intervinientes. Un ejemplo al que más tarde me referí fue cierta casuística suscitada primero por Clavijo y luego por Sonia, a saber, el impacto de los blogs en casos como los de Dan Rather, Jeff Gannon o Eason Jordan. Dije que sí, que muy bien, pero que eso solo ocurría en la blogocosa yanqui, no en España, donde la prensa no hace el menor caso de los blogs, entre otras cosas porque los blogs no están encima de la prensa y, peor aun, porque los bitacoreros no se creen apremiados a documentar lo que escriben. Las bitácoras, en general, son malas, en lo cual coincidí con Varela, pero la prensa también es mala, por tanto la relación que mantengan medios tradicionales y blogs será la que sea pero dista de ser la ideal (cabeceo afirmativo de JAMS a mi derecha). En conclusión, la blogosfera (los 33, 35 o 10 millones de blogs de Technorati, me da igual la cantidad) no es sino una gigantesca taberna, una barra de bar en el monitor y el teclado donde todo el mundo opina de lo que sea, a menudo sin tener ni idea del trasfondo de los asuntos que aborda. (Más tarde, acabado el acto, en la zona de fumadores [vulgo la puta calle], me hicieron un podcast-entrevista y redefiní todo esto más o menos así: «Los pocos inteligentes que hay en la blogosfera son como una cereza puesta encima de una enorme bolsa de basura»). Leo lo serigrafiado en el boli de la bolsa del e-findex, boli con el que juego durante toda mi intervención: Plan de Alfabetización Tecnológica, lo que a mi juicio es una mera etiqueta pomposa y prematura. Primero habrá que alfabetizar a la gente; luego que vengan los tecnólogos a poner un ratón en su mano. Las bitácoras en España, que viven en un alto porcentaje de enlazar con medios, son vulgares opinódromos donde se escribe mal, muy mal, donde la sintaxis es una enfermedad tropical y la gramática un ave en extinción, donde en los comentarios se usa un lenguaje violento a más no poder, insultos, amenazas sin cuento y todo en ese plan. Precisé que hablaba de bitácoras políticas porque la mesa trataba de la relación entre prensa y blogs políticos. JAMS me reconvino amablemente manifestando su incredulidad —o extrañeza— sobre si ese era el asunto de la mesa, y aclaré que en todo caso yo era especialista en blogs políticos, no en blogs de filatelia o de jardinería en el Indostán, que ignoro si los hay.
En el curso de esas reflexiones, y a propósito del aterrizaje en la Internet de muchos escritores y periodistas famosos —mencioné como ejemplo a Antonio García Trevijano—, aludí a una de las afirmaciones de Fernando Jáuregui, lo típico sobre que esto de los blogs es una revolución y que qué bien que los autores sepan de primera mano qué opinan sus lectores. Discrepé (y discrepo) de forma y fondo. Los autores siempre hemos sabido lo que opinan los lectores, que antes de la Internet usaban el correo tradicional y la presencia en ferias de libros, y ahora usan emails y comentarios. Ninguna novedad, y en caso de haberla menuda novedad, porque los comentarios suelen olvidarse del asunto que se aborda en los artículos y versar sobre cualquier otro que venga a las mientes en cada ocasión, incidiendo con frecuencia en las alusiones personales (las cuales rara vez sirven de nada). La auténtica revolución que ha supuesto la Internet es que ahora el lector dispone de la misma documentación que el autor (JAMS cabecea afirmativamente a mi lado). El lector, cuando lee un artículo de Jáuregui en ociocritico.com o en un periódico («Es que son el mismo artículo», replica Jáuregui; «No me refiero ahora, Fernando, sino un artículo tuyo publicado por ejemplo en El País en 1983 o uno de JAMS de los que hacía sobre economía comparado con uno actual de ociocritico.com o 20minutos.es» [JAMS pone agua en mi copa, risas]), el lector, digo, ahora puede consultar archivos de periódicos, fundaciones e instituciones diversas y comprobar los datos que proporciona el articulista. Antes no podía. O se creía al articulista y se comulgaba con él o no. Punto final. Dicho eso, considero que hay vana palabrería en el binomio autor/lector si el autor no se implica en los comentarios. Descartados los insultos, las amenazas y los comentarios sencillamente improcedentes, un autor debe responder a quienes se dirijan a él en debida forma y/o soliciten aclaración de lo escrito, de lo contrario el nuevo periodismo se quedará en periodismo cero patatero o periodismo cuatro coma uno, etiquetas que en mi opinión son puro esnobismo. (Por la mañana, durante el desayuno con JAMS y Sonia, habíamos abordado este aspecto y les había contado que Antonio Casado, el pasado jueves por la noche, en un debate en Canal 9, había reconocido no leer ya los comentarios de su columna en elconfidencial.com. Al principio los leía metódicamente, pero se asustó de la cantidad de violencia verbal que contenían. Cierta mañana se descubrió autocensurándose, no por nada sino por temor a los comentarios. Se enfureció consigo mismo y renunció a la autocensura al precio de no volver a leer los comentarios a sus anotaciones. Viene al pelo de lo que sigue).
Hablé también de la autocensura asustante que hay en la red, no en el sentido de que uno no pueda cagarse en las muelas de quien sea, que eso sí se puede. Me referí a que es prácticamente imposible que alguien critique a los suyos. A los de enfrente es fácil y hasta exigible, te dan medallitas y eres el héroe del día, pero poner a caldo a los que están en la misma acera que uno es más jodidillo, so pena de tener que soportar los clásicos «vendido», «traidor», etc. Pasa en todas partes, a derecha e izquierda. Hice constar, a propósito de eso, que yo no creía absolutamente nada en el invento ese de las redes sociales donde solo se reunen afines, que quedará muy sonoro pero que no es sino la variante de tribus, equipillos y sectas de toda la vida pero ahora en la taberna que tenemos en el monitor, poniendo como ejemplo Las Ideas, Red Progresista, Socialdemocracia.org o Red Liberal (de la cual, indiqué, nos salimos hace un año entre otras cosas para no tener que hacer nuestras opiniones y posturas ideológicas con las que en absoluto estábamos de acuerdo en HispaLibertas). Protesté que no haya ninguna transversalidad —una red donde convivan blogs antisistema, comunistas, socialistas, centripollas, liberales, fascistas, y que debatan sin descalificaciones personales—, pues en el fondo lo que la gente parece desear es estabularse y ser estabulada. Todos los del mismo equipito se reunen aparte de los demás equipitos, faltando debate y contraste de ideas, blogueando casi que con obediencia ciega y manteniendo con disciplina prusiana «un frente común» que a duras penas, cuando lo hace, oculta su absoluta dependencia final de órganos políticos. Lo que diga el partido de turno, eso es ley. En ese sentido, critiqué que todo fuera predecible hasta la náusea, incluida la relación de esas redes sociales respecto de los diarios de información en lo que estos tienen igualmente de correas de transmisión de los partidos políticos. Los medios merecen aplauso o reprobación a priori, al margen del contenido de la noticia que se enlace o se comente. Cuando se leen blogs zurdos —y solo en función de si el contenido proviene de El País, El Mundo, Libertad Digital, ABC o 20 Minutos (JAMS me pone agua en la copa: «Te lo has ganado»; risas)—, ya se sabe de antemano qué reacción positiva o negativa va a merecer cualquier noticia o análisis de fondo; y ocurre algo similar cuando uno lee blogs liberales o de derechas. A los «enredados» quizá eso les parezca lógico y hasta saludable, pero yo, que soy solo un individuo con matrícula liberal, me niego a formar parte del circo de las redes ideológicas y a ser marcado como ganado por méritos ajenos. Prefiero mil veces la independencia y la libertad de poder decir lo que sea contra quien a mi juicio merezca ser reprendido que el supuesto sentido estratégico que tenga, en un contexto político determinado, no dejar ningún flanco al descubierto que quepa ser aprovechado por el enemigo. No pido que nadie sea objetivo, pues la objetividad es un valor externo difícil de medir, pero sí que uno tenga coraje y sea decente. La decencia es un valor interno, fácil de verificar por uno mismo.
Esas fueron en general las ideas que expuse. Hubo otras, claro, pero meros desarrollos tangenciales.
Lo que no dije y quiero ahora decir
Al margen de que suscriba o no sus opiniones: Jesús Clavijo estuvo bien, solo habría sido de agradecer una mayor frescura y cierta improvisación sobre lo escrito; Sonia Blanco estuvo bien, profesoral, con algunas mínimas ligerezas fácilmente disculpables (alguna cosa sobre El País, otra sobre Eason Jordan…, menudencias que solo alguien de HL comprendería); Juan Varela estuvo bien, descreído pero académico, más al grano que tecnicoide, me gustó; JAMS estuvo bien, además de confidente conmigo y simpático con todos, desplegando dotes de showman y de buen publicista de lo suyo (regaló dos gorras y su taza de 20 Minutos). Pero Fernando Jáuregui me decepcionó, lo siento, muy politizado sin venir a cuento y, al contrario que JAMS, pésimo vendedor de lo suyo (¿qué sentido tiene presumir de incumplidor de la ley del menor? Me aspen). Ya me hago cargo de que venía de mal humor por no sé cuál problema en el coche, según me comentaron, pero algunas de sus observaciones me parecieron bastante fuera de lugar. En una en concreto me llamó la atención la reacción del público: queriendo ilustrar que los partidos políticos, o no sé si solo un partido político, están verdes en esto de la red, Jáuregui aludió a cierta parte de la biografía de Mariano Rajoy tal cual la había visto en la Wikipedia y que él contribuyó a que se eliminara avisando al PP (”¿Wikipedia? Por ese nombre no me viene nada”): «En los ambientes gays se le conoce como La trotona de Pontevedra». A mí me trae sin cuidado que Rajoy sea, fuera, haya sido o piense ser homosexual, y supongo que a Jáuregui también. Lo que me llamó la atención fueron las risas del personal, se supone que de izquierdas y se supone que en contra de la más leve tizna de homofobia cuando la homofobia la detectan en el otro lado. Vaya con estos pogresistas.
Ruego y pregunta
Así en singular. No hubo tiempo para más. Cogió el micro J.L. Prieto, que se despachó un par o tres de minutos con una perorata enrevesada donde encadenaba igual su carnet del PSOE y del Real Madrid que la censura y sus problemas legales con no sé quién. Cuando encaró la recta, repitió su discurso preferido: Red Liberal, ultraderecha, legionarios de Cristo Rey, Opus, disparates dichos por Cristina López Chichi (sic) y demás. El momento de silencio que se hizo tras terminar Prieto supongo que se debió a que realmente nadie sabía si había preguntado algo o no. De todos modos, se sobreentendía que se dirigía a mí, así que pedí la palabra:
—Te has referido a los de Red Liberal como ultraderechistas, pero no sé si me has llamado a mí ultraderechista…
—Sí, te lo he llamado —me interrumpe.
—Entonces será el poco caso que te hago, por eso no me he enterado. De todos modos…
JAMS se queja airado: «No, eso no, Prieto. Eso ha estado mal, eso no es verdad». No distingo con claridad otras voces que se suman al murmullo, pero también parecen desaprobar lo dicho por Prieto. Resumo (no siempre literalmente) el espíritu de lo que siguió:
—Me parece bien que lamentes los disparates dichos por Cristina López Schlichting (sic) o por Federico Jiménez Losantos [falta enlace] o por quien sea. Yo también los deploro, pero no me quedo ahí. Deploro a su vez las barbaridades y disparates de la gente de la izquierda, incluidas las que tú prodigas.
—Pero yo no soy periodista.
—Federico Jiménez Losantos tampoco es periodista, ¿estás diciendo que por tanto está legitimado para los disparates que a veces suelta? Insisto, ¿quieres que te diga disparates y barbaridades de gente de la izquierda?
Rápida asociación mental de Prieto (elocuente pero equivocada, porque yo pensaba en otros casos):
—Tú pediste la censura para Madina.
—Yo no pedí censura para Madina. Dije que si él venía, yo no. Está escrito. No le censuro. Si él viene, yo no. Y resulta ridículo que tú, o vosotros [señalando], habléis de censura, porque en tu blog, en Las Ideas, en Red Progresista y en no sé cuantos sitios más tenéis banners donde pedís la censura. Tiene coj…
Juan Valera sale al quite, en previsión de retóricas mayores, y me pide la palabra, que le concedo sin problema. Enfría el ambiente, lo que es de agradecer. JAMS sigue murmurando que Prieto ha estado mal, muy mal.
No quisiera cerrar este Ruego y pregunta sin, divertidísimo, enmedio de una jartá de reír, enlazar con un comentario de Rosa J.C. que he visto hace un rato. Tenía parte de razón quien me dijo que me tenía manía. Yo añadiría además que muy espabilada no es, porque permite que el sectarismo y la cerrazón se le suban a la chepa de una manera en exceso evidente. Pero, claro, a quien no estuviere allí y no le cuenten realmente lo que sucedió, Rosa J.C. le puede dar el pego. Malditos funcionarios del sectarismo…:D
El epílogo
Una vez terminado el sarao, me dirijo a Lobo y su acompañante, situados al fondo de la sala. Tras las cortesías y felicitaciones de rigor, salimos a la zona de fumadores (vulgo la puta calle) a comentar la jugada, pues está a punto de comenzar el acto de clausura o así y no es cosa de molestar. Rápidamente nos vemos hablando de temas que nos interesan más a los dos y que, como antes, quedarán entre nosotros. A él y a mí nos han aportado jugosos elementos de reflexión. Un señor amabilísimo de la organización, cuyo nombre lamento no haber retenido y que fue quien me atendió en todo momento, me indica que le acompañemos al piso de arriba, donde se está celebrando el cierre. Subimos y vemos al personal en plena y merecida sesión de canapeses y bebestibles varios, a la cual nos sumamos con delectación en el lado de la mesa enmantelada que da a la puerta de salida. Tras apreciar que, en la práctica, diversas autoridades e invitados consideran zona de fumadores esa balconada (de un precioso patio interior al aire libre), me animo a seguir su ejemplo. Por algo, en plan plural, me había puesto una camiseta de publicidad de una marca de tabaco (esto tiene chiste: antes había oído que alguien, habiendo visto el logo de MS 821, decía de mí: «Y encima viene con una camiseta de Microsoft» [ignoro si pronunció Micro$oft]). Al corrillo que formamos Lobo, su acompañante y yo se acercan otros de cuando en cuando. JAMS, por ejemplo, que no se ha quitado todavía de la cabeza los disparates de Prieto. Le digo que no se preocupe, que Prieto siempre suelta ese tipo de chaladuras, que solo sabe articular chaladuras, que las vive como si fueran reales.
—Tengo que hablar con él, ha estado mal, muy mal.
—No adelantarás nada, José Antonio, de verdad.
—Has estado muy bien, Manel, no es un cumplido, lo digo como lo pienso.
—Gracias, tú también, ya te lo he dicho antes.
Más adelante se acerca a saludarme César Calderón, enérgico, efusivo, cálido, espero que sincero. Alguien se lleva a Lobo, que se pierde la escena. Me felicita por decir las cosas más interesantes de la mesa (joder, qué alivio que haya testigos :D, aunque acaso a todos les haya dicho lo mismo) y me da la razón en distintas apreciaciones mías, comprometiéndose además a que el próximo congreso que organicen desde Las Ideas será de verdad más plural, más abierto, más transversal.
—Manel, en serio —dice sin haberme soltado todavía la mano—, será así.
—Joder, César, es que esto es aquello de Torrente que escribí: «¿Qué, nos hacemos unas pajillas?»
Dos mujeres que observan el intercambio tapan unas risitas.
—Cuento contigo, ¿eh, Manel? En la próxima quiero que vengas, me gusta lo que has aportado…
—Seguro, César, cuenta conmigo, sin problemas.
Coincidimos en que conviene bajar la bilirrubina de la Internet, que parecemos pelín desquiciados todos. Se va César, vuelve Lobo y le contamos la conversación con César. Enseguida seguimos donde lo habíamos dejado.
Goyo Tovar se acerca a saludarnos, nos estrechamos la mano.
—Muy bien, compañero.
Me fijo en una chapa que lleva en la camisa, un SÍ blanco sobre fondo rojo, la señalo y le digo con sorna que solo compañeros del e-findex. «Bueno, eso basta: compañeros del e [pausa] findex»
JAMS de nuevo, cargado con 5 o 6 bombones, que retiene entre las manos y el estómago.
—Te lo había dicho, José Antonio: no tenías que haber regalado las gorras. Ahora te vendrían de perlas.
—¡Pero si la gorra te la había dado a ti, jajaja! Ahora me vendría bien, sí, me iría con los bombones «de gorra».
—Tampoco me parecía correcto quedarme la gorra, por eso la he tirado al público.
Se acerca J.L. Prieto, que antes de salir quiere despedirse de nosotros y me estrecha la mano.
—Prieto, qué dirán si saben que le estás dando la mano a un ultraderechista. Pero que sepas que voy a donar esta mano a la ciencia para que estudie qué clase de gérmenes me has contagiado.
—Si yo tuve un amigo ultraderechista que… —dice antes de que sus acompañantes tiren de él y desaparezca. No escucho cómo termina la frase.
Se han ido todos. Los camareros recojen. Lobo, Margarita (gracias) y yo somos los últimos invitados en salir. En la zona de fumadores real (vulgo la puta calle) seguimos la charla. Gente del e-findex me pide por favor que no me vaya todavía, que quieren hacerme una entrevista (debe estar en podcast aquí, pero no he mirado aun). Antes de la entrevista me informan de las dos preguntas que me harán:
—¿Solo dos?
Se ríen. Me leen las preguntas y le dan al botón de grabar, repitiendo las preguntas en voz alta. Lo que haya dicho yo, allí estará en su forma literal.
Ya está todo el pescado vendido. Lobo, Margarita y yo no sabemos cómo tenemos que irnos. Aparece Goyo Tovar, cierran las puertas del C.C., y se presta a llevarme a mí a la estación de autobuses y a Lobo y a Margarita hasta el Casal donde se hospedan. En el camino, Goyo me recuerda que la gorra que he tirado al público la tiene él (de hecho la lleva puesta).
—No me la tirabas a mí, que conste.
—No, la he tirado al azar, y he visto que caía en el pasillo a tu altura y que la has recogido.
Goyo, si lees esto, gracias de nuevo por el viaje.
Son las 4 menos 10 de la tarde cuando llego a la estación. Ya no tiene sentido llamar a Bazán, y bien que lamento no haber podido estar un rato con él. Además, averiguo que no hay parada en Talavera.
Colorín colorado, mis ganas de escribir se han acabado. Necesito reposo, estoy molido.
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Muchas gracias, Manel.
Lo leí en su día y lo he releído por encima. ¿Te suena ahora wikipedia?
Rojobilbao,
Por lo que dices, me temo que lo leíste mal en su día y lo has releído mal ahora. Salvo que, a modo de tablilla ouija, te dirijas al PP desde esta página, claro.