Domingo, 27 de Agosto de 2006

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Domingo, 27 de Agosto de 2006, 11:13 horas | Hemeroteca
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La propaganda es como el buen papel higiénico: tiene tres capas. La exterior, la que está más en contacto con la realidad, resuelve groseramente las cuestiones mediante una polarización extrema: La culpa de todo es de los judíos. La capa intermedia consiste en afirmaciones contradictorias que satisfacen a mentes no tan en barbecho: La culpa de todo es de los judíos. No respetan la legalidad internacional. La interior, que solo alcanza a quienes replican que la legalidad internacional creó el Estado de Israel y que no fue ni es respetada por los árabes, apela a las emociones históricas: La culpa de todo es de los judíos. No respetan la legalidad internacional y están cometiendo un genocidio con el pueblo palestino. A partir de ahí, en vano se argüirá que el palestinismo no es otra cosa que una momia nazi en la flor de la vida, una odiosa maquinaria feudal creada por racistas, vivida por criminales y jaleada por idiotas ignorantes. En vano, sí, porque la propaganda es como el buen papel higiénico: un rollo circular.

A Gustavo de Arístegui, no sé si por la amenaza de muerte o por las mortales estupideces que tiene que leer (eso de que Mahoma el Grande sea probablemente un seudónimo hará historia, y más vale que olvidemos los comentarios de odio que tanta gente le dedica).

Oriens cane (1 de 4)

Oriens cane (2 de 4)

4. Aquellos polvos racistas.

La política colonial británica desde Disraeli —divide and conquer—, no exenta de racismo supremacista blanco, es la gran responsable del nacimiento y desarrollo del terrorismo islámico —y del islamofascismo en general— de nuestros días, harto más que la francesa. Cuando pudo atajar el fuego en los años 10-30 del pasado siglo, el Imperio quiso hacerlo con gasolina (más o menos como Blair ahora a escala nacional, según deduzco por un reportaje de Martin Bright en Channel 4 que ví hace unas dos semanas, y no soy el único que lo piensa). Descubrió que carecía de medios humanos y materiales para imponer el orden, por lo que recurrió a empozoñar las sociedades colonizadas enfrentando a las distintas partes en la esperanza de que estuvieran demasiado ocupadas guerreando entre sí como para preocuparse de quien esquilmaba sus recursos. El insano mapeado del cadáver del Imperio Otomano solo es el más clamoroso ejemplo geoestratégico de dicha política en Oriente Medio, pero queda la letra pequeña. Durante los siguientes 30 años, los británicos alentaron de todos los modos imaginables que los árabes masacraran a los judíos en Palestina y también que se mataran entre sí —Majlesiyouns y Nashashibis—, a la vez que favorecían la inmigración judía y reservaban una parte de primero Siria y luego Transjordania para la creación de un futuro hogar nacional judío. (Los judíos, sin embargo, no resultaron fáciles de confundir: cuando se organizaron, la emprendieron antes contra los británicos que contra los árabes). La criminal y vitalicia tolerancia respecto de un genocida como Amin al Husseini, el mufti de Jerusalém al que indultó en los años 20 y llegó a tener a sueldo, es la horrible guinda del pastel.

Finalizada la IIGM, Husseini fue detenido por los franceses en Suiza y llevado a París. Los británicos, pese a las numerosas pruebas que le incriminaban en las matanzas de unos 200.000 judíos, cristianos y partisanos en Bosnia, pese a su destacado papel en el farhoud (anarquía, por ext. pogrom, holocausto) adjunto al golpe de estado del pronazi Rashid Ali al Gaylani en Irak en 1941, pese a ser denunciado en Nüremberg por el propio ayuda de cámara de Eichmann como instigador del holocausto de la judería europea, jamás solicitaron su extradición a los franceses (y nunca se le juzgó en Nüremberg; Yugoslavia, en cambio, sí pidió la extradición, mas infructuosamente, de modo que le juzgó y condenó in absentia). John Roy Carlson, en Cairo To Damascus (un extraordinario libro-reportaje sobre nazismo e islamismo publicado ¡en 1951!, imprescindible de todo punto para los interesados en el asunto, fácil de localizar escaneado en formato .pdf), tuvo la oportunidad de conocer al mufti circa 1949 en su cuartel general egipcio, donde vivía rodeado de, y protegido por, antiguos oficiales y suboficiales nazis con identidades árabes (Keil Zanovitch, que sirvió bajo el mando del general Guderian en Smolensk y Stalingrado, y luego a las órdenes de Ante Pavelic, líder de los ustashi croatas, se hacía llamar Mahmud, y todo así). Allí, Maruf Dawalibi —profesor de leyes en la universidad siria y destacado dirigente de la Hermandad Musulmana de al Banna, conocida matriz ideológica de todo el terrorismo islámico actual— le contó cómo fue la reclusión de Husseini en París, en cuya huida él jugó un papel clave:

—Al principio estaba bajo un arresto [domiciliario] estricto y nadie podía verle. Más tarde fue dándosele más y más libertad. Finalmente la policía fue retirada, y se encargó a tres sirvientes que le vigilaran. A esas alturas ya podía recibir visitas sin límite y hacer salidas cortas. Cuando fui para traerle en junio de 1946, el mufti mandó a dos de sus sirvientes a comprar comida, y al tercero a un recado. Estábamos solos en la casa, excepto por su chófer, un sirviente leal de Damasco. Fuimos en coche directamente al aeropuerto, donde ya habíamos hecho nuestros arreglos.

—¿Puede hablarme de esos arreglos? —le pregunté.

—Todavía no ha llegado el tiempo de dar todos los detalles —dijo Dawalibi.

—¿Qué pasaporte usó Su Eminencia?

—Tenía un pasaporte especial.

Yo había oído que utilizó el pasaporte de un inglés que se le parecía.

—El mufti —repitió Dawalibi con voz áspera e impaciente— usó un pasaporte especial. Con nombre falso. Estaba disfrazado. Se afeitó la barba.

Dawalibi continuó:

—Antes de que el mufti tomara el avión en París yo ya había examinado la ruta.

—¿Cómo que la había examinado?

—Quería saber hasta qué punto la ruta estaba bajo control militar francés y americano. Quería comprobar si el avión pararía en colonias británicas como Malta o Chipre. Por tanto, hice un viaje de París a El Cairo y quedé satisfecho con el descuido en las inspecciones y con la seguridad del vuelo respecto de las necesidades del mufti. Recomendé a Su Eminencia que hiciera el viaje. Agradecemos todos a Alá que llegara a El Cairo sano y salvo.

Dawalibi hizo una pausa y sonrió oblicuamente:

—Esta es la parte de la historia que puedo contar.

Husseini, que vivió toda la IIGM en Alemania —fue, por cierto, sujeto del primer libro (fotos y texto) de Simon Wiesenthal—, disponía de oficina propia en Berlín (y más tarde en Oybin): Das Arabische Büro der Grossmufti, una central de propaganda con radio de onda corta, imprenta, etc., hervidero de espías y quintacolumnistas para África y Oriente Medio y centro de reclutamiento de musulmanes. Carlson reproduce el documento NG-5461 de la Office of Chief Counsel for War Crimes (dirigida por el general Telford Taylor, la OCCWC fue una agencia militar dedicada a la caza de criminales del Eje que operaba desde la Oficina del Gobierno Militar de Alemania del Ejército de los Estados Unidos). Detalla los fondos que el régimen de Hitler destinó a pagar al mufti y su gente en Berlín: en sueldos de Husseini se fueron 802.200 marcos —unos 320.000 dólares de la época—, más 300.000 marcos en divisas para gastos especiales; en sueldos de sus colaboradores cerca de 2 millones de marcos; y, atención a esto, para gastos de manutención y alejamiento de 150 «estudiantes» árabes en París, 1.920.000 marcos. Ayudado a escapar por la Hermandad Musulmana, se instaló en una villa de la Hermandad en Alejandría, desde donde siguió ejerciendo de líder indiscutido de la lucha contra los judíos. Carlson, loc. cit., p. 415, notó que «by the time Haj Amin had finished fighting for «independence» [en 1937], no spokesman for genuine Arab independence remained», pero no es que hubiere que felicitarle por su notable agudeza, aunque todavía hoy, medio siglo más tarde, abunden los que no capten la esencia del palestinismo del clan Husseini. En un debate de la Casa de los Lores de 8 de diciembre de 1938, Lord Harlech ya había observado que

El mufti … está jugando su propia partida dinástica, y esa partida pasa indudablemente por convertirle no meramente en soberano de Palestina, no meramente por ser rey coronado o sin corona de Palestina, sino por ser cabeza de Palestina, luego de Palestina y Transjordania juntas, y luego de toda Siria y, por supuesto, desde esa posición ser considerado el líder del mundo sunita … Es un hombre de ambiciones absolutamente ilimitadas … que practica en provecho propio el asesinato de los árabes de Palestina no favorables a sus ambiciones dinásticas.

Lo mismo dijo días después, pero en Jerusalém, Fajri Bey Nashabishi, de la mu’arada (oposición [al clan Husseini]): «Yo acuso a Haj Amin al Husseini, antiguo mufti de Jerusalém, de desviar la noble revuelta árabe hacia sus propios fines egoístas. También le acuso de emplear los fondos colectados para ayudar a los árabes pobres de Palestina en comprar armas y munición para adelantar sus propias ambiciones». (De esas sus desmedidas ambiciones dio prueba él mismo al anteponer el adjetivo Gran a la dignidad mufti, pasando así a la Historia como el único Gran Mufti). Poco ha de sorprender al cabo que, a la libanesa, el bastón de mando que Amin Al Husseini heredó de Musa Qazem al Husseini, pasara en 1969 a su sobrino Mohamed Abderramán Abdel Rauf Arafat Al Qudua Al Husseini —o sea Mohamed Abderramán, hijo de Abdel Rauf, que fue hijo de Arafat, de la familia Al Qudwa, del clan Al Husseini—, más conocido como Yaser Arafat, militante de la Hermandad Musulmana cuando el mufti llegó a Egipto procedente de París y, que como sabemos, también pavimentó su carrera con asesinatos sin fin y, corrupto como él desde los pies hasta la cofia, murió podrido de dinero. (Naturalmente la cosa no queda ahí, que una dinastía da para mucho: p.ej., Leila Shahid, representante palestina en Bruselas ante la Comisión Europea desde 2005 —aparece a menudo en televisión—, es sobrina de Arafat y nieta de Amin Al Husseini. Por tanto, yo ya me he cogido la cartera).

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