Sábado, 16 de Septiembre de 2006

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Sábado, 16 de Septiembre de 2006, 07:01 horas | Hemeroteca
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Oriana Fallaci ha muerto. No por esperada desde que se sabía que el cáncer la corroía por dentro, la noticia habrá causado menos regocijo a una legión de pusilánimes, cobardes, lameculos e hijos de la gran puta de diversa catadura que tenían que odiarla como a la misma encarnación de Satanás. Un flagelo menos para ello y, correlativamente, una pérdida irreparable para quienes, incluso desde la discrepancia ocasional, admirábamos su bravura. Cuantas más razones tenían ellos para detestarla, más acumulábamos otros para quererla. Una mujer mediterránea de raza, luchadora, a la que el cobarde no puede sostener la mirada.

Decía que quería caer en Nueva York. Pero tengo para mí que es mentira. No puedo creerme que Oriana quisiera exhalar su último suspiro lejos de Italia. Ha muerto en esa Florencia que amaba tanto como despreciaba a los politicastros que permitían a cierta gente orinar en sus tapias. Esa es, precisamente, la imagen más gráfica, el grito más agudo que lanzó para despertar las conciencias anestesiadas por cuatro décadas de pensamiento fofo y políticamente correcto: ¡despertaos, europeos gilipollas, se están meando en las mismas puertas del baptisterio de la catedral de Florencia! Ya que no nos basta saber que están asesinando a nuestros hijos, que tratan de putas a nuestras mujeres y que se mofan de la totalidad de nuestro sistema de valores, al menos reaccionemos ante esto.

Sus últimos libros, ciertamente en un tono fuerte, y su posicionamiento nada correcto con respecto a la cuestión musulmana en Europa le granjearon todo tipo de insultos. Insultos, claro, que no la arredraron. Al fin y al cabo, como decía ella misma, no pudo con ella el fascismo de la Italia más oscura, como para que la achantara una legión de soplagaitas del tres al cuarto, que es más o menos la definición que ella hubiera dado de la clase política y la intelligentsia europeas contemporáneas.

Fallaci compartió el destino de todos aquellos que osan sublevarse de veras contra el discurso oficial, que no es otro que el de sufrir el ostracismo. Ya sabemos que viene siendo así desde Sócrates. Y aún hay imbéciles que piensan que los verdaderos transgresores son los Pepe Rubianes de turno. O sea, los que, viendo que se mean en la tapia del baptisterio, aprovechan para sacarla y unirse al coro, en micción multicultural. El verdadero transgresor y el intelectual que cumple su función es el que arriesga algo. Y Oriana arriesgó mucho.

En sus líneas de trazo grueso se adivinaba una cierta desesperación, la constatación de que de poco valen ya las críticas mesuradas. Es tal el adocenamiento producido por todos los años de eufemismos, de palabras que no significan nada que, pensaba ella, sólo le quedaba subirse desnuda encima de una fuente a gritar como una loca, a ver si así alguien se animaba a hacerle un poco de caso. Inútil, me temo, y ojalá me equivoque.

Oriana Fallaci nos puso en evidencia que vivimos en una auténtica cárcel. La prisión de la censura autoimpuesta, que es la peor de todas. La censura que impone que lo que todo el mundo ve, siente y oye no se pueda, sin embargo, nombrar, señalar ni analizar, como no sea partiendo de premisas, y poco importa que estas sean erróneas. Los costes a medio plazo de este discurso artificioso son incalculables. La Europa oficial está cada día más lejos de la Europa real, porque, presa del virus de la corrección política, es incapaz de algo tan elemental como llamar a las cosas por su nombre.

Basta que se citen palabras-tabú como “inmigración”, “cultura” o “musulmán” para que el político, el intelectual, -por lo demás lúcidos, al menos a veces- vomiten una catarata de lugares comunes que, por supuesto, en nada ayudan a resolver problemas que son bien reales e independientes del discurso. Afortunadamente, de cuando en cuando, surge alguien que, como Fallaci, decide que no tiene nada que perder o que lo que pierde no merece la pena y está dispuesto a dejarse el prestigio a jirones si es que con eso logra un mínimo de atención. No les importa dilapidar el aprecio de los muchos –que al fin y al cabo vale lo que vale- si ello sirve de aldabonazo en la conciencia de los pocos.

Algunos no la olvidaremos. Descanse en paz.

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