Lunes, 23 de Octubre de 2006

primer periódico ciudadano de españa

Lunes, 23 de Octubre de 2006, 08:26 horas | Hemeroteca
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Siempre que se siente ilusión, grande y sincera ilusión, la mente hace una cabriola de calentamiento y luego se despacha dos involuntarios tirabuzones mortales sin red a partir de los cuales concibe la realidad como fárrago de alegorías personalizadas cuyo propósito principal estriba en alentar y alimentar la ilusión. Y es que la gente ilusionada no entiende de símbolos: los sobreentiende. Están en vena y todo les cuadra, desde los principios que rigen el universo a las anécdotas en que se desparraman. Saben que son el centro del mundo y la vida se les llena de sincronicidades junguianas y de analogías demasiado perfectas para ser falsas. Tienen al crupier del destino en el bolsillo. Solo secundariamente, y casi como excipiente, la realidad sirve de tierra habitable a los demás, quienes, pobres ignorantes de tantas significativas alteraciones paracósmicas, no se enteran de nada. La gente con la ilusión desbordada suele ser llamada ilusa. O, para el caso que nos ocupa, Ciutadans del Santo Grial. Que no tienen nada de malo, si a eso vamos. Pero lo hacen todo mal, si vamos a eso.

El Santo Grial de marras, por supuesto, es el antinacionalismo que según las antiguas leyendas está oculto en el corazón de muchos catalanes oprimidos. O para seguir la copla: encerrado en el Castillo de la Identidad cuyas húmedas mazmorras custodian ogros y terribles humanoides desproporcionados con fama de infligir maldades y castigos que sobrepasan toda descripción. Nuestros Ciutadans del Santo Grial, a quienes no escatimaré otros dos adjetivos: heroicos y hartos, han comenzado su trascendente búsqueda tan escasamente preparados como Perceval, apodado El Perfecto Idiota. Se han perdido ya varias veces en un camino sin curvas ni cruces —dos millones de abstencionistas históricos—, andando y desandando los mismos cien metros entre consultas al mapa, la brújula que no carbura y los consejos de uno que decía saber por dónde ir y que ha terminado en el Himalaya gritando que le sigan, que son los Pirineos, que hasta los Pirineos se cabrean. Escasamente preparados, digo, porque no son una maquinaria, y en política o se es una maquinaria vestida para funcionar —personal diligente, relaciones públicas, agenda al día, contactos en el hampa y en la jet, corresponsales en radio macuto, grapadora, típex, cuentas corrientes— o se resigna uno a hacer el pino en las fiestas del pueblo, te lo juro por ese crack del extraparlamentarismo llamado Antonio Robles, que va por su tercer o cuarto partido político (a no sé quién y a no sé cuánto, por mucho menos, les sacan nombres feos) y el Grial sin aparecer. Será la prisa de toda estampida por la supervivencia, y en tales circunstancias el amateurismo resulta comprensible, disculpable y hasta llama a la empatía, como los tortazos contra los muebles que se da un bebé en sus primeras audaces zancadas de goma.

Sin embargo, en no poca medida, también huele a ideología-de-Ikea-que-se-monta-uno-mismo-en-diez-minutos, y por ahí ya resulta difícil dedicarles una sonrisa. Cuando se aspira a merecer un milagro se ha de estar donde reparten milagros, no en la higuera. Coge uno el programa —una mezcla de Programa Máximo y argumentario electoral— y aprende que el ideario básico de los Ciutadans del Santo Grial es un contubernio entre el socialismo democrático y el liberalismo progresista. Bien empezamos. Con lo primero se entiende que significan socialdemocracia de tintorro y tortilla de patatas. Pero lo que se escapa es lo otro, una especie de calor calentito, frío fresquito o viento ventoso que provoca perplejidad no por la redundancia cuanto por su virtuosismo en el camuflaje. Vamos, que no se ve liberalismo, ni progresista ni del otro ni del de más allá, por ninguna parte; lo que se ve es intervencionismo: progresista, del otro y del de más allá. Recuerdan en esto —solo en esto— al G.I.L. de Gil y Gil, del que solo consta que fuera un Grupo, pero no Independiente y menos aún Liberal (algunos han propuesto Grupo de Increíbles Ladrones, pero ese otro tema). Para mí que Ciutadans del Santo Grial consideraron excesivo, todo un susto, decir liberalismo intervencionista, pero es lo que hay a raudales en el programa: intervencionismo corrector de intervencionismos anteriores. Lo cual hace temer que, de primeras, la etiqueta liberal sea banderín de enganche o tarjeta publicitaria mediante la que atraerse descontentos y ampliar la base de simpatizantes, y que, de segundas, se refiera crípticamente al Grial. Habrían informado mejor de otro modo: «Nuestro ideario básico se fundamenta en el socialismo democrático y en la decencia». Porque, al cabo, de eso se trata, antes que de una búsqueda del Grial: de regenerar el sector socialista de una clase política corrupta, acomodada y en quiebra moral. Ciutadans del Santo Grial los necesitaba el PSC, no el PP. Los regeneradores del PP, por fuerza, habrán de ser otros. Liberales o nadie, quiero decir.

Hablando del PP. Hace unos días, Piqué abrió el bote de mala leche pasteurizada y soltó aquello de que Ciutadans del Santo Grial terminarán derivando hacia la extrema derecha. No le falta su aquel a la observación, no por el ideario prima facie ni por la integridad de sus padrinos —todos intachables, desde Francesc de Carreras a Sabino Méndez o desde Arcadi Espada a Félix de Azúa— cuanto por el personal que puede ir arrimándose o se ha arrimado ya animado por el parpadeante neón antinacionalista, incitante como el de un nuevo puticlub en la carretera para viejos verdes. Sucede siempre con todo partido nuevo en cuya ideología se detectan oscilaciones, radicalismos descafeinados o excesivos compromisos tácticos. En este caso, y de ahí la mala leche, Piqué aludía más bien a los extraños compañeros de viaje, a esos que van detrás de Ciutadans del Santo Grial chocando dos cáscaras de coco en imitación del ágil cotocloc cotocloc hípico. Con motivo o sin él —no es esta la ocasión para profundizar en ello—, presentarse ante las murallas de Cataluña con el aval del paniaguado de Federico Jiménez Losantos —u otros de su cuerda o peores— equivale directamente al ostracismo y la sospecha. Más éxito les auguraría vendiendo bolsas de hielo en las gasolineras de los esquimales, ciertamente. Ha pasado el tiempo suficiente para que los estrategas de Ciutadans del Santo Grial hayan calibrado la rentabilidad: crecen las simpatías y la cobertura mediática fuera de Cataluña, en enésima demostración de que algunos antinacionalismos solo son nacionalismos a la contra, pero dentro del Castillo de la Identidad no están para tirar más de 300 cohetes. El hecho, además, de que se pierdan en demasiados dimes y diretes con el Partido Popular induce al observador a pensar que pelean por el mismo espacio electoral, no por el de los socialistas, y en Cataluña, hoy, más por gracia de los medios ultrasur afines que por desgracia del partido mismo, decir PP casi equivale a gritar ¡fuego! en un teatro abarrotado.

Tus padres no lo dicen, pero me miran mal
¿quién es la gente tan rara con la que vas?

Cuando yo estoy delante me tratan muy normal
y a solas se imaginan alguien más formal

Ello da ocasión a la siguiente consideración. A no mucho tardar, la implantación de Ciutadans del Santo Grial en el resto de España dejará en evidencia las razones espurias, oportunistas y malsanas por las que algunos, ahora, desde fuera o desde dentro, les apoyan en Cataluña. No se les respalda, en efecto, ni se les presta privilegiadas tribunas de opinión por comulgar más o menos con el ideario, sino con intención de dañar a terceros. Los Ciutadans del Santo Grial son meros espantajos mestizos con que asustar a los maricomplejines del PP, que a ojos de muchos flaquean en eso de guardar las esencias. Una farsa más de los conservadores españolistas, en definitiva. Quítese el antinacionalismo catalanista, o váyase más allá e introdúzcase en el resto de España el antinacionalismo españolista, y los hurras se convertirán en Boadelletxes o Arcarcadis y las adhesiones en trifulcas dignas de Vídeos de primera. Con todo, el final de la luna de miel entre los regeneracionistas catalanes y la derecha-derecha española será lo de menos; lo preocupante es que cada vez que fracasa un intento de regeneración, el siguiente cuesta mucho más de poner en marcha. La regeneración democrática de la socialdemocracia en España —empezando o terminando en Cataluña, da igual— la tendríamos que dejar para nuestros bisnietos, y con ella todo lo que pudiere contribuir a la total limpieza del país. Y las personas decentes ya estamos en una fase de desesperación aguda, entre tanto latrocinio urbanístico, tanta justicia politizada, tanto proceso bananero de negociación con los malos y tanta nación prêt à porter para sacarle la lengua al vecino. El racismo de Artur Mas y su carnet de puntos —trasunto de la identidad tal como se definió en el primer Pacto Nacional Palestino: «Los judíos de origen palestino son considerados palestinos si desean vivir pacífica y lealmente en Palestina» y eco catalán del pensamiento de Arzallus: «Prefiero el negro-negro que hable euskera a un vasco que no lo hable»— apenas representa el penúltimo acceso de fiebre en una larguísima agonía. Síntomas de similar gravedad a ese los hay también en Madrid, porque la enfermedad es el sistema, no Artur Mas, ni CiU o los nacionalistas. Y en tanto en cuanto Ciutadans del Santo Grial no batallen contra la enfermedad, todo quedará en la búsqueda de un imposible.

Cualquier noche los gatos uh-uh-uh de tu callejón
aullarán a gritos esta canción

Porque hoy aquí en la calle se oye un rumor uo-u-o
Porque hoy los ciudadanos quieren su voz

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