Lunes, 30 de Octubre de 2006

primer periódico ciudadano de españa

Lunes, 30 de Octubre de 2006, 03:50 horas | Hemeroteca
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Unamuno es una de mis debilidades juveniles, así que no puedo sino enojarme viendo que Rodríguez Zapatero tiene algo de Unamuno: todo lo que la ignorancia alcanza a imitar y deformar por descuido o voluntad. Si el rector noveló filosóficamente la oposición entre la razón y la vida, mutuamente excluyentes en un sentido humano, el presidente, ante nuestras propias narices y con indiferente aserción de los suyos, está mostrando tenebrosamente la oposición entre democracia y zapaterismo, mutuamente excluyentes en un sentido menos que humano y casi casi mineral. Hay abrumador desnivel de hondura entrambos personajes, por más que compartan irracionalismo y desdén por lo palpable, lo cual que solo puede concebirse al presidente como parodia invertida de una tragedia, o sea como una tragedia con los porqués de una comedia. ¿«¡Que inventen ellos!»? No, estamos en otra nivola: «¡que se jodan ellos!». Ellos entonces eran los ellos de allá; ellos, ahora, somos los nosotros de aquí. Voluntarismo creador del objeto de fe. Las cosas son porque se quiere que sean.

Ni socialismo ni liberalismo ni izquierdas ni derechas ni centripollas ni hostias. España hoy es franquista en modales y sustancia, como ya era franquista antes del franquismo al modo póstumo y providencial en que los Padres de la Iglesia hicieron de Sócrates un cristiano antes de Cristo. Franco fue nuestro epítome, nuestro gen peculiar, nuestra auténtica forma de ser. No hay más que vernos: genéticamente totalitarios, incapaces de trascender visualmente la punta de la nariz, súbditos del gallo del campanario, más tiesos moralmente que la mojama, tontolculos diplomados, indolentes ante el disparate, circuitos cerrados, más burros que el arado, manada. Esa es, se supone, nuestra gracia, porque somos a destiempo o no somos. Todo nos parece normal —o discutible como mucho, cuando queremos aparentar modernez— porque acaso el irracionalismo medre entre nosotros desde que en Atapuerca decidieron no alicatar las cuevas, o sea que a qué vienen esos gritos y por qué te pones así que no es para tanto. Abusar de los demás es nuestro modus faciendi, engañarles nuestro modus vivendi y molestarnos entre nosotros nuestra atávica rutina burocrática, sello y póliza de tres por ciento aparte. Que no hemos despertado del franquismo de nuestra sangre, joder. Que somos una unidad de destino en lo irracional, remedando —a medias— aquello. Que el colmo es español, porque aquí el colmo solo es un colmo antes de otro colmo y de muchos otros colmos hasta llegar do Gárgoris el tartesio o por ahí. Véase, qué menos, la impunidad moral y la apatía pública con que el presidente Rodríguez Zapatero hace malabares con las leyes que sirven de sostén de la convivencia. Lo que yo te diga, hay que desenterrar a Unamuno para llevar esto con porte prerrepublicano.

Nuestros polymazestatos inventan fregonas y futbolines; lo de las ideas políticas lo tenemos muy abandonado por su reconocida inutilidad para conseguir más baratas las lechugas en los mercados del lunes. Cómodo poner sufijos a lo de otros; ir a remolque; improvisar a la carrera; parchear por omisión. Que nos monten la Mecanópolis y ya nos apañaremos. Es así que cuando se nos murió el último dictador no teníamos fundamento psicológico ni andamios teóricos con que levantar una democracia. Lo sabíamos todo por revistas extranjeras llenas de fotos en blanco y negro, y éramos tan patosos que no aprendimos que las leyes son superiores a los fines. Esa L de los coches, inicial de learner, no la vimos en la espalda de todos y cada uno de nosotros, inicial de Ley, y escribimos una Constitución para consolidar y propagar nuevas formas de tribalismo antes que para estipular la sacralidad individual. Solo cinco o seis años tardó en aparecer el asesino de Montesquieu —Alfonso Guerra— y aun no hemos salido del funeral ni asomo de irnos. La idea guerrista —todos los organismos que dependen parcial o totalmente del Estado deben reflejar en su composición directiva los resultados electorales— es, además de ridícula, pura e indisimulablemente totalitaria (bailemos y cantemos, sin embargo, por que solo matara a Montesquieu: también quiso matar a Fernández Pacheco, y del atentado frustrado vienen Cebrián y Anson a la Real Academia, ambos dos comisarios por izquierda y derecha, no por literatos de lustre). Pardillos franquistas los del PSOE, franquistas del Pardo los del PP, la ley perdió lo poco que tuvo de lecho para individuos y se reafirmó en hormigonera para tribus. Ahora mirad: la democracia, partitocracia; la partitocracia, taifas y coras; cada taifa y cada cora, franquismos pequeñitos de aldea; en cada franquismo pequeñito de aldea, un gran dictador centralista.

Esa es la democracia mamada por Rodríguez Zapatero: ganar las elecciones significa mandar en todo durante 4 años —salvo conspiración que acorte el plazo—, replicando la mayoría legislativa hasta en las plazas de parking. Vacuidad de izquierdas que es, Rodríguez Zapatero considera que la igualdad la proporcionan las intervenciones correctoras del Estado, no las leyes, y por ello no encuentra nada objetable en intervenir en las leyes fuera del cauce que las leyes contienen en sí mismas. Eso, ya digo, está mal; pero está cadavérico que no se monte un pollo cuando ocurre. Parece que a los mandados como que nos da igual, porque en España el Poder es algo que ejercen los demás y es siempre lejano y hostil como una selva de Papúa Nueva Guinea con mosquitos del tamaño de helicópteros Apache. Tanto franquismo en la sopa, tanta Historia de España en vena, nos ha dejado atontados de por siglos y no sabemos pensar más que en términos tribales, clasistas o comunales. Peor: nos han convencido de que asomarse a la realidad en términos de individuo es pecaminoso, por egoísta o algo, y la consecuencia es que desconfiamos de los sucesos naturales. Fíjate los idiomas, que algunos suponen que tienen que formar parte de una ideología pagada con dinero de todos porque no son herramientas de comunicación sino la madre del cordero del ser: resulta, después de tanto racionalismo, que alguien es lo que habla, menuda payasada prehistórica; resulta, después de haber matado a Dios por demasiado humano, que la lengua vuelve a ser sagrada y susceptible de cábala etnocéntrica; resulta, después de haber aprendido a volar y haber pisado la Luna (esto último me lo ha dicho Manning, yo no sé si es cierto), que algunos hablan así o asá para tener raíces. La madre que los. Neanderthal, vuelve, hombre, que no quisimos evolucionarte de verdad; si es que no aguantas una broma, chico, si ya sabemos que la prehistoria es calentita y confortable, palabrita de Marvin Harris el posthistórico.

Rodríguez Zapatero, a decir verdad, no ha hecho sino encadenar legalismos fronterizos o chapuzas directamente ilegales. Empezó con aquello de modificar el orden del día parlamentario para repetir una votación perdida por ausencia de diputados. Siguió con interpretaciones cañí de ciertos artículos constitucionales, culminando la parranda en la ambigüedad del vocablo nación a fin de tolerar cambalaches estatutarios. Se lució consecutivas veces en la historia de la(s) OPA(s) de Endesa, donde se han cometido tantas irregularidades e ilegalidades a nivel local e internacional que hasta da vergüenza ponerlas en fila india, no sea que rompamos la estratosfera y tengamos una desgracia. La ley, como diría aquel, es molestosa. Y si el Poder se salta la ley, solo queda la tiranía cuatrianual: cada uno de nosotros a merced del capricho gubernamental para lo que usía guste, afectuosamente le saluda etc. etc. A lo tonto, pues, lo de de Juana Chaos. Otro serial killer con txapela, sí. Otro malnacido, sí. Pero un individuo usado como cromo en la política del proceso bananero, esa cosa esotérica que algunos llaman el proceso de paz, otros el llamado proceso de paz, otros el falsamente llamado proceso de paz y aun otros el proceso de rendición. Está bien —y es sintomático— que el fiscal Alonso se niegue a colaborar en una farsa orquestada por la Fiscalía General del Estado; pero ello no significa que el fiscal Alonso tenga razón. La petición de 96 años por dos artículos de opinión —con o sin amenazas (lo cual es harto discutible, no hay más que leerlos)— era singularmente desproporcionada, aunque también elemento necesario de presión en el proceso bananero y factor propicio para ganarse la simpatía del PP y acallar el clamor tribal. La «doctrina Parot de tira y afloja», para entendernos. De repente, cuando el sol despunta por el norte, la Fiscalía General del Estado descubre que los publicitadísimos 96 años son excesivos y Rodríguez Zapatero se acuerda de que De Juana Chaos es un hombre de paz.

No es el Estado el que se está rindiendo, no. Y tampoco sé por qué uso el gerundio. Asco no es gerundio.

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