Miércoles, 15 de Agosto de 2007

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Miércoles, 15 de Agosto de 2007, 12:30 horas | Hemeroteca, Manel Gozalbo
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La semana pasada, Stephen McIntyre, blogger de Climate Audit, hizo público que el Goddard Institute for Space Sciences (GISS) de la NASA, dirigido por el superstar Jim Hansen, había sustituido —reescribiendo el archivo original y sin más trompetería que un paréntesis: «(We wish to thank Stephen McIntyre for bringing to our attention that such an adjustment is necessary to prevent creating an artificial jump in year 2000)»— la vieja tabla de temperaturas medias anuales de los Estados Unidos por una nueva que rebajaba la posición de los últimos años en los primeros puestos. Esta nueva tabla era producto de las advertencias que el propio McIntyre había hecho llegar al GISS acerca de algunos errores procedimentales —el más importante, que se usaron datos de dos redes meteorológicas distintas— que recalentaban los años posteriores al 2000. Ahora, en los EEUU, se está discutiendo apasionadamente si las diferencias en las tablas son trascendentes y en qué medida afectan a la temperatura media anual del planeta en eso que la lucrativa industria climatólogica llama calentamiento global. En verdad, son discusiones por el placer de la afonía. Los verdaderos problemas del calentamiento global se encuentran antes de que este episodio del GISS les afecte.

Este artículo ha sido sometido a un proceso de peer-review.

A qué llaman calentamiento global

Se entiende por calentamiento global la actual tendencia de la temperatura media del planeta a subir respecto de una fecha anterior convencionalmente establecida. Según la lucrativa industria mencionada, este calentamiento global está causado específicamente por las emisiones de CO2, CH4 y otros gases de efecto invernadero (GHG = Greenhouse Gases), de ahí que se le apellide antropogénico, o sea causado por el ser humano (AGW = Anthropogenic Global Warming). Ahora bien, el planeta tiene muchas temperaturas medias en función de la altitud; el calentamiento global se refiere a la temperatura del aire en superficie (SAT = Surface Air Temperature), es decir, la temperatura que soportamos los humanos en el suelo. Algunos modelos climáticos incluyen en ella la SST (Sea Surface Temperature, temperatura del aire sobre la superficie del mar), pero otros no, arguyendo que no existen diferencias significativas y que se puede usar una estimación. Otras temperaturas medias posibles, por ejemplo la troposférica —entre 1 km y 15 de altitud aprox., hasta la tropopausa—, que se obtiene mediante una ecuación a partir de datos proporcionados por satélites y globos, no registra una tendencia análoga a la del suelo y más bien muestra discrepancias con ella, aunque no hay discrepancia que un nuevo cálculo no pueda aliviar. El International Panel for Climate Change (IPCC), organismo de la ONU que pastorea el entramado mercantil del cambio climático, solo tiene en cuenta la temperatura SAT, que es la única que, a su decir, demuestra claramente que el mundo se calienta por culpa nuestra, y esa es la única con que los medios martillean a la opinión pública. Si tienen suerte, estas otras temperaturas medias posibles figuran en notas al pie de los informes del IPPC como evidencias suplementarias.

Un concepto acientífico

La rica variedad de fuertes emociones que promete el negocio del calentamiento global —extinciones masivas, tornados, huracanes, inundaciones, sequías y lluvias torrenciales, anegaciones por subidas del nivel del mar, deshielos, días más cortos, etc.— oculta de hecho que el concepto en sí no es muy científico y, desde luego, impide darse cuenta de que, como síntesis de una hipótesis, carece de sentido. Nótese que el IPCC advierte que entre 1901 y 2000 la temperatura media mundial subió 0.57°C (con un margen de ±0.17°C; suele redondearse como 0.6). La cifra impresiona por su precisión, de aire científico y meticuloso, pero todavía impresiona más cuando se considera que se refiere a un planeta complejísimo con miles de microclimas heterogéneos sometido a incontables variables biofísicas y bioquímicas, no todas conocidas y algunas de ellas dependientes de factores e influencias no necesariamente planetarios (rayos cósmicos, campo magnético y actividad solar, p.ej.). Sacar un promedio de tanta diversidad —y pese a tantas lagunas en nuestro conocimiento— en una extensión de 510 millones de Km2 —de los cuales el 71% [362 millones de km2] son mar— es lo mismo que establecer un promedio con tres decimales entre manzanas, tornillos, botellas y haikus. Sirve para entretener a quien se ponga, pero dudo que nadie lo considerara válido para imponer políticas sobre agricultura, industria metalúrgica, fabricación de vidrio y poesía japonesa. Sin embargo, es lo que ocurre con el calentamiento global: como llueve en Galicia, en el desierto de Almería será obligatorio salir a la calle con gabardina y botas de agua. La media dice que llueve en ambos sitios.

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