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    El error de la NASA y el calentamiento global

    Manel Gozalbo


    Miércoles, 15 de agosto de 2007 | 12:30 horas

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    Este artículo ha sido sometido a un proceso de peer-review.

    A qué llaman calentamiento global

    Se entiende por calentamiento global la actual tendencia de la temperatura media del planeta a subir respecto de una fecha anterior convencionalmente establecida. Según la lucrativa industria mencionada, este calentamiento global está causado específicamente por las emisiones de CO2, CH4 y otros gases de efecto invernadero (GHG = Greenhouse Gases), de ahí que se le apellide antropogénico, o sea causado por el ser humano (AGW = Anthropogenic Global Warming).

    Ahora bien, el planeta tiene muchas temperaturas medias en función de la altitud; el calentamiento global se refiere a la temperatura del aire en superficie (SAT = Surface Air Temperature), es decir, la temperatura que soportamos los humanos en el suelo. Algunos modelos climáticos incluyen en ella la SST (Sea Surface Temperature, temperatura del aire sobre la superficie del mar), pero otros no, arguyendo que no existen diferencias significativas y que se puede usar una estimación.

    Otras temperaturas medias posibles, por ejemplo la troposférica —entre 1 km y 15 de altitud aprox., hasta la tropopausa—, que se obtiene mediante una ecuación a partir de datos proporcionados por satélites y globos, no registra una tendencia análoga a la del suelo y más bien muestra discrepancias con ella, aunque no hay discrepancia que un nuevo cálculo no pueda aliviar. El International Panel for Climate Change (IPCC), organismo de la ONU que pastorea el entramado mercantil del cambio climático, solo tiene en cuenta la temperatura SAT, que es la única que, a su decir, demuestra claramente que el mundo se calienta por culpa nuestra, y esa es la única con que los medios martillean a la opinión pública. Si tienen suerte, estas otras temperaturas medias posibles figuran en notas al pie de los informes del IPPC como evidencias suplementarias.

    Un concepto acientífico

    La rica variedad de fuertes emociones que promete el negocio del calentamiento global —extinciones masivas, tornados, huracanes, inundaciones, sequías y lluvias torrenciales, anegaciones por subidas del nivel del mar, deshielos, días más cortos, etc.— oculta de hecho que el concepto en sí no es muy científico y, desde luego, impide darse cuenta de que, como síntesis de una hipótesis, carece de sentido.

    Nótese que el IPCC advierte que entre 1901 y 2000 la temperatura media mundial subió 0.57°C (con un margen de ±0.17°C; suele redondearse como 0.6). La cifra impresiona por su precisión, de aire científico y meticuloso, pero todavía impresiona más cuando se considera que se refiere a un planeta complejísimo con miles de microclimas heterogéneos sometido a incontables variables biofísicas y bioquímicas, no todas conocidas y algunas de ellas dependientes de factores e influencias no necesariamente planetarios (rayos cósmicos, campo magnético y actividad solar, p.ej.).

    Sacar un promedio de tanta diversidad —y pese a tantas lagunas en nuestro conocimiento— en una extensión de 510 millones de Km2 —de los cuales el 71% [362 millones de km2] son mar— es lo mismo que establecer un promedio con tres decimales entre manzanas, tornillos, botellas y haikus. Sirve para entretener a quien se ponga, pero dudo que nadie lo considerara válido para imponer políticas sobre agricultura, industria metalúrgica, fabricación de vidrio y poesía japonesa. Sin embargo, es lo que ocurre con el calentamiento global: como llueve en Galicia, en el desierto de Almería será obligatorio salir a la calle con gabardina y botas de agua. La media dice que llueve en ambos sitios.

    Que no es muy científico se confirma por el modo en que el concepto sortea cualquier intento de falsación. La falsabilidad significa que debe ser posible refutar con observaciones directas aquello que se propone. «Todos los hombres miden menos de 1.60 metros» es una afirmación falsable, y se falsa (i.e. se refuta) encontrando un solo hombre que mida más de 1.60 metros. «Todos los hombres miden menos» no es falsable, ya que no se indica «menos de cuánto» o «menos que cuándo». Para poder falsar una afirmación es necesario, pues, que esta sea lo menos ambigua posible. Si no cabe falsarla con observaciones contrarias, lo que se propone es fe o filosofía, no ciencia.

    En este sentido, es evidente que una temperatura media mundial es una afirmación ambigua, por las razones de diversidad y extensión aducidas arriba; la falsación, de ser posible —que no lo es—, debería aplicarse a los datos y procedimientos estadísticos por los que se establece la media. En las teorías, lo falsable no son los resultados («hace más calor globalmente que hace 100 años») sino la causa que lo explica («Hace más calor globalmente que hace 100 años por una farola de la calle Mayor»). Que haga más calor lo puede verificar o desmentir el termómetro; que sea por esa causa no. Para falsar el ejemplo hay dos procedimientos primeros y sencillos (u otros más elaborados).

    1) Se elimina esa farola y se miran consecuencias: ¿la temperatura sigue subiendo durante un plazo significativo? Entonces la teoría ha sido refutada: la farola no es el motivo del calentamiento. ¿La temperatura ha bajado? Entonces la teoría ha sido provisionalmente confirmada y procede una observación distinta para descartar causas concurrentes.

    2) Se ponen otras 100 farolas junto a la farola de la teoría, apiñaditas. Si la temperatura no registra una subida notable —proporcional o tendente a proporcional—, la explicación teórica es incorrecta por incompleta. Las farolas no son la causa principal. Esta observación de falsabilidad puede acometerse poniendo 100 farolas en línea en la misma u otras calles, a intervalos regulares e irregulares, etc.

    Así funciona la ciencia. De hecho, es tan evidente el alejamiento de la climatología de cualquier base epistemológica que en el propio informe del IPCC de 2001 se hacía constar:

    Reconocemos que, a diferencia del concepto clásico de Popper (1982), nuestro proceso de evaluación no es tan definido que permita una simple búsqueda de «falsabilidad». Aunque no consideremos que la complejidad de un modelo climático haga imposible probar siempre que tal modelo sea «falso» en ningún sentido absoluto, sí que hace la tarea de evaluación extremadamente difícil y deja espacio para un componente subjetivo en cualquier afirmación. La propia complejidad de los modelos climáticos implica que hay límites severos en nuestra capacidad de analizar y de entender los procesos del modelo, sus interacciones e incertidumbres.

    IPCC, 2001

    Pese a que la metodología sigue siendo la misma, semejante reconocimiento de ojimetría ha desaparecido en el informe IPCC de 2007, lo que no extraña viendo la extrema politización del asunto. En su lugar (Historical Overview of Climate Change, cap. 1, pp. 95.98) hay una más elaborada exposición que convierte el franco reconocimiento de 2001 en una duda casi hasta perdonable:

    La ciencia puede ser estimulada por la discusión y el debate, pero avanza generalmente mediante formulación de hipótesis claras y su comprobación objetiva. Esta comprobación es la llave de la ciencia. De hecho, un filósofo de la ciencia insistió en que para ser genuinamente científico, una afirmación debe ser susceptible de comprobación de tal modo que podría potencialmente demostrarse ser falsa (Popper, 1934) … Los atributos científicos brevemente descritos aquí pueden ser empleados en la valoración de las afirmaciones pertinentes sobre el cambio climático. ¿Puede la afirmación bajo consideración, en principio, ser demostrada falsa? ¿Ha sido rigurosamente comprobada? ¿Apareció en literatura revisada colegiadamente? ¿Se basa en las investigaciones existentes donde proceda? Si la respuesta a alguna de esas preguntas es no, entonces se debería conceder menos crédito a tal afirmación hasta que sea demostrada … Una característica de las ciencias terrestres es que son incapaces de realizar experimentos controlados sobre el planeta en su conjunto y luego observar los resultados. En este sentido, las ciencias terrestres son similares a las diciplinas de la astronomía y la cosmología, que no pueden efectuar experimentos en galaxias o en el universo. Esta es una consideración importante, porque son precisamente estos experimentos de escala planetaria sobre el planeta en su conjunto, incorporando toda la complejidad de los procesos que interactúan y sus respuestas, lo que se necesitaría idealmente para verificar o falsar las hipótesis del cambio climático.

    IPCC, 2007

    El caso es que, epistemológicamente, la teoría del calentamiento global antropogénico ha nacido refutada. Los mismos que mercadean el actual apocalipsis establecen que en el siglo XX hubo tres grandes períodos térmicos: entre 1901 y 1940 calentamiento; entre mediados de los 40 y mediados de los 70 enfriamiento; desde 1980 hasta 2001 calentamiento. Interesa, de cara a la falsabilidad, el período intermedio: todavía nadie ha explicado convincentemente cómo es posible que hubiera enfriamiento en una época, la del boom industrial y demográfico de la posguerra, con pruebas nucleares a gogó —¿nadie se acuerda del invierno nuclear?—, donde se batieron todas las marcas de emisiones de GHG. En consecuencia, la teoría cojea en su descripción de la actualidad: o bien se está exagerando el componente antropogénico o este tiene una relevancia neta insignificante frente a otros factores concurrentes, que serían, por demás, los responsables de varios conocidos períodos fríos y cálidos a lo largo de la Historia que no cabe achacar en ningún orden a la actividad del ser humano.

    La continua sucesión de camelos, como el del palo de hockey o este de ahora de la NASA, no invita a la confianza. Al cabo, algunos recordamos cuando se nos amenazaba con una nueva era glacial —sirvan de testigo también The Clash— y más o menos las mismas catástrofes que ahora; un enfriamiento promovido, irónicamente, por el CO2, que entonces resultaba ser un agente de enfriamiento (no en vano industrialmente se le llama «hielo seco») tal como recuerdan en IPCC, loc. cit., p. 98:

    A mediados de los 70, aparecieron diversos artículos sobre un posible enfriamiento global en la prensa popular, motivados básicamente por análisis que indicaban que las temperaturas del Hemisferio Norte (HN) habían descendido durante las anteriores tres décadas (p.ej. Gwynne, 1975). En la literatura revisada colegiadamente, un trabajo de Bryson y Dittberner (1976) informaba que aumentos de dióxido de carbono (CO2) deberían estar asociados a un descenso de la temperatura global. Cuando Woronko (1977) les objetó, Bryson y Dittberner explicaron que el enfriamiento proyectado por su modelo se debía a los aerosoles (pequeñas partículas en la atmósfera) producidos por la misma combustión que causaba el aumento de CO2. De todos modos, dado que los aerosoles permanecen en la atmósfera solo un breve lapso comparado con el CO2, los resultados no eran aplicables a proyecciones a largo plazo del cambio climático. Este ejemplo de predicción de enfriamiento global es un clásico ejemplo de la naturaleza autocorrectora de las ciencias terrestres. Los científicos implicados eran investigadores intachables que seguían el paradigma aceptado de proponer sus resultados a sus colegas (aunque la revisión colegiada no captó este problema), y responder a la legítima crítica.

    IPCC, 2007

    Climatología es un nuevo sistema operativo

    Los científicos experimentales —los que se mojan y se manchan— se refieren a los nuevos climatólogos como computer scientists que pretenden describir el mundo desde sus mainframes antes con modelos que con datos reales. Un modelo climatológico es un programa de ordenador.

    Dado que la potencia de cálculo actual no permite introducir las variables correspondientes a millones de procesos de pequeña escala —IPCC dixit—, y dado que dichos procesos de pequeña escala son desconocidos en un 95% —IPCC y científicos experimentales dixit—, la práctica de los climatólogos consiste en introducir en sus modelos aproximaciones y estimaciones (= datos) que son resumen de aproximaciones y estimaciones (= correcciones) que a su vez son resumen de aproximaciones y estimaciones (= ojímetro) acerca de procesos de pequeña escala.

    Las personas educadas saben concluir cuánto de fiabilidad hay en todo ello y, desde luego, no se creen a pies juntillas la clasificación porcentual de confianza de fiabilidad científica (manda huevos) con que trabaja el IPCC. La falsación de McIntyre (buen sumario ahí; no enlazo con Climate Audit porque está caída producto de sobrecarga y repetidos ataques DoS) con que se abre este artículo ha puesto de manifiesto precisamente un error en el modelo cuyas consecuencias reales sobre el calentamiento global se están debatiendo. Es interesante notar, aunque sea de pasada, que el error favorecía las tesis de quien lo cometió y que no fue el famoso y absurdo consenso científico quien lo descubrió.

    Pero he dicho, a propósito de esa historia, que los problemas del calentamiento global son anteriores. Ya he indicado unos cuantos. Faltan los más sangrantes. Trabajando con modelos informáticos debe ser tentación prescindir de datos a pie de obra y desenvolverse con estimaciones y aproximaciones de estimaciones y aproximaciones de datos a pie de obra (que en sí mismos son harto recusables).

    Así, por ejemplo, pese a los miles de estaciones meteorológicas repartidas por el mundo, ningún modelo climatológico las usa todas o siquiera una mayoría. El GISS saca su tabla de temperaturas medias anuales estadounidenses en base a solo 250 estaciones de las 1200 y pico que existen en su país, el National Climatic Data Center trabaja con datos de la GCOS Surface Network, de la que, para no aburrir con cifras, diré que consigue la aportación española al calentamiento global en base a solo 9 estaciones, y así todo. Y aquí comienza lo ridículo: los problemas específicos de las estaciones meteorológicas terrestres —si están bien ubicadas, si no hay fuentes de frío o calor próximas, etc.— se conocen desde antiguo y no se ha hecho nada para remediarlos.

    En Surface Stations, página de un programa civil destinado a hacer lo que las tropas climatológicas gubernamentales no hacen, se dedican a comprobar la funcionalidad de las estaciones estadounidenses, de la que dejan constancia mediante fotografías. Algunos casos son escandalosos, como el de la estación que dio pie a que McIntyre revisara los datos de la NASA. Pero insisto: aunque las deficiencias se conocen desde hace años, los computer scientists prefieren resolverlas a golpe de ojímetro en sus modelos que reconstruir una red meteorológica decente. Al cabo, si se hiciera esto último estarían reconociendo que lo que ha sido global ha sido la tomadura de pelo, no el calentamiento.

    El 1999, un organismo perteneciente a la Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos publicó un informe titulado Adequacy of Climate Observing Systems en el que consignaba el lamentable estado de utilidad de la red estadounidense de estaciones. Tras citar diez principios que debieran ser aplicables a las estaciones, se estableció que

    El estudio que ha hecho esta comisión de los registros climáticos existentes, usando estos diez principios, muestra que solo la mitad aproximadamente de los principios han sido seguido en algunas de las variables más útiles para la detección y atribución del cambio climático. En otros registros, solo uno o dos principios han sido seguidos adecuadamente. La aplicación de todos, excepto uno, de los principios de vigilancia del clima necesita mejorar.

    Adequacy of Climate Observing Systems

    Y se concluyó entonces, en 1999, que:

    HECHO: Ha habido una falta de progreso por parte de las agencias federales responsables de los sistemas de observación climática, individual y colectivamente, para el desarrollo y mantenimiento de un sistema de observación climática integrado y fiable, limitando, en consecuencia, nuestra capacidad para documentar adecuadamente el cambio climático.

    loc. cit.

    A lo que seguían una serie de recomendaciones de puro sentido común que, naturalmente, no han sido tenidas en cuenta por las sucesivas —Clinton, Bush 1 y Bush 2— administraciones. Si eso ocurre en los Estados Unidos, me abstengo de especular qué no sucederá en otros países, como recordaba el difunto John L. Daly:

    En la antigua Unión Soviética (un sexto de la superficie terrestre del planeta), la falsificación de toda clase de datos era una forma de vida (especialmente durante los mandatos de Stalin, Jrushov y Breznev, cuando las estadísticas se alteraban de forma rutinaria para evitar problemas con la burocracia planificadora. La exactitud por tanto de los datos históricos soviéticos depende de si los funcionarios locales encontraron conveniente, por razones económicas, aumentar o reducir su registro de temperaturas. Anomalías en las adjudicaciones de combustible para el transporte, la industria y la calefacción en el contexto de rígidos planes a cinco años suponen un poderoso motivo para falsificar los datos de temperatura en algunas comunidades soviéticas.

    John L. Daly

    La estampita del timo de la estampita

    Para salir del atolladero, es obvio que los climatólogos han preferido invertir en ordenadores y programas que en pantallas Stevenson y tal. El resto del informe de la Academia estadounidense es un suplicio para quien confíe ciegamente en las rutinas de los modelos que predicen el calentamiento global, pero cojamos un atajo y dejemos que sea el propio GISS de Hansen el que extraiga las consecuencias:

    P. ¿Qué queremos decir exactamente con SAT?
    R. Dudo que haya consenso en cómo responder esa pregunta. Incluso en un mismo sitio, la temperatura cerca del suelo puede ser muy diferente de la temperatura a metro y medio del suelo y ser diferente también a 3 metros o a 15. En presencia de vegetación, digamos en un bosque, la temperatura por encima de la vegetación puede ser muy diferente de la temperatura por debajo de la vegetación. Una idea razonable podría ser utilizar la media de los primeros 15 metros por encima del suelo o por encima de la vegetación. Para medir la SAT tenemos que ponernos de acuerdo en qué es y, hasta donde yo sé, no se ha propuesto ningún acuerdo al respecto ni ha sido generalmente aceptado. Incluso si aceptáramos lo de los 15 metros, no puedo imaginarme que una estación meteorológica construyera una torre de 15 metros de termómetros para ser capaces de averiguar la verdadera SAT a esa altura.

    P. ¿Qué queremos decir con SAT media diaria?
    R. De nuevo, no hay una respuesta aceptada universalmente. ¿Deberíamos consignar la temperatura cada 6 horas y sacar la media, o cada 2 horas, cada hora, tener una máquina que la consigne cada segundo, o simplemente tomar una media entre la más y la más baja del día? En cierto días, distintos métodos pueden conducir a resultados drásticamente diferentes.

    P. ¿De qué SAT informan los medios locales?
    R. Los medios informan de 1 termómetro en particular de alguna estación cercana. Esta temperatura puede ser muy distinta de la verdadera SAT incluso en ese lugar y desde luego no tiene nada que ver con la verdadera SAT de la región. Para medir la verdadera SAT regional habría que utilizar muchas torres 15 metros con termómetros distribuidas uniformemente por toda la región, algo que es obviamente imposible.

    P. Si las SAT de las que se nos informa no son verdaderas SAT, ¿por qué siguen siendo útiles?
    R. Esas temperaturas tienen sentido solo para una persona que se encuentre en la estación meteorlógica en el preciso momento en que es tomada, en otras palabras, para nadie. De todos modos, además de la SAT, se informa tanto de la temperatura que es inusualmente alta o inusualmente baja, cuánto difiere de la temperatura normal, y esa información —la anomalía— es significativa para toda la región. También, si oímos que una temperatura (digamos 20 grados), instintivamente la traducimos a calor o a frío, pero nuestra traducción depende de la temporada y de la región, la misma temperatura puede ser 'calor' en invierno y 'frío' en julio, ya que por 'calor' siempre queremos decir 'más caluroso de los normal', i.e. todos traducimos automáticamente temperaturas absolutas en anomalías tanto si nos damos cuenta como si no.

    P. Si las SAT no pueden medirse, ¿cómo se crean los mapas de SAT?
    R. Esto solo puede hacerse con ayuda de modelos informáticos, los mismos modelos que se utilizan para crear los pronósticos diarios del tiempo. Podemos iniciar el modelo con los pocos datos obervados disponibles y llenar el resto con suposiciones —también llamadas extrapolaciones— y luego dejar que el modelo rule lo suficiente para que la suposición inicial deje de importar, pero no demasiado al objeto de evitar que las inexactitudes del modelo adquieran importancia. Esto puede hacerse empezando con las condiciones desde hace muchos años, de modo que la media —llamada climatología— con suerte represente un mapa típico para ese mes en particular o ese día del año.

    P. ¿Qué hago si necesito SAT absolutas, no anomalías?
    R. En el 99% de los casos encontrarás que las anomalías son exactamente lo que necesitas, no temperaturas absolutas. El resto de ocasiones tienes que elegir alguna de las climatología disponibles y añadir las anomalías (correspondientes al período base pertinente). Para la media global, los modelos más confiables producen un valor aproximado de 14 grados celsius (i.e. 57 farenheit), pero eso puede estar fácilmente en cualquier punto entre 13.5 y 14.5 grados, y regionalmente, no digamos localmente, la situación es incluso peor.

    GISS

    Podría estar más claro, pero lo dudo: el calentamiento global no es una media de temperaturas. Es una media de voluntades. O algo así.

    Baste comprobar qué expeditivo procedimiento recomienda y usa Hansen mismamente (en A closer look at United States and global surface temperature change) para «deshacerse» del problema de las urban heat islands: fotos satelitales nocturnas. Divide todas las estaciones entre rurales (ubicadas en lugares con población entre 0 y 10.000 habs., las más fiables), periurbanas (entre 10.000 y 50.000 habs., poco fiables) y urbanas (más de 50.000 habs., nada fiables).

    El grado de validez de las estaciones no se determina visitándolas y comprobando su adecuación al propósito: se discriminan por la luminosidad que, en fotos de satélite, tiene la zona donde se encuentran. Naturalmente, si una estación «no iluminada» (ergo rural, ergo fiable) está situada junto a grandes acondicionadores de aire de un edificio rural, o sobre el asfalto de una carretera, etc., al modelo no le importa. No se trata de saber la verdad; se trata de demostrar que el calentamiento global existe. Se trata de cambiarnos la vida y de deshuesarnos a impuestos. Se trata, te lo juro por el protocolo de Kyoto, de política.


    Una respuesta a El error de la NASA y el calentamiento global

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