Lunes, 24 de Septiembre de 2007

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Lunes, 24 de Septiembre de 2007, 13:16 horas | David Millán, Tribuna
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Amigos, familiares y vecinos, ¿después de todo lo que ha llovido en los últimos años alguien se acuerda del Consell Audiovisual de Catalunya (CAC)? Tuvo sus días de gloria mediática cuando —en su afán por colocar a la comunidad autónoma de Cataluña a la altura de gobiernos respetuosos de la libertad de expresión como el de la República Bolivariana de Venezuela y similares— hizo pender la espada de Damocles del cierre de la COPE sobre la emisora episcopal y correr ríos de tinta a mansalva, con sus correspondientes afluentes.

Por suerte -en buena parte gracias al alboroto que se organizó a la sazón- la cosa no pasó a mayores, y don Federico, doña Cristina, don César y todos los demás pudieron seguir expresándose libremente —lo que implica ejercer su derecho de decir cosas sensatas, tonterías o lo que estimen oportuno— a través de las ondas herzianas del Principado. Sin embargo y para desgracia de los que amamos la causa de la libertad, el daño ya estaba hecho: a partir de aquel momento cualquier medio de comunicación audiovisual sabía que podía ser clausurado por el sanedrín del CAC, que en virtud de la Llei de L’audiovisual tiene plenos poderes para cerrar los medios de comunicación que estime oportuno, emulando el buen hacer del comandante Hugo Chávez Frías.

Ya no basta con que la mayor parte de radios y televisiones de factura autóctona estén profusamente subvencionados por la administración local de turno, sea municipal, comarcal, provincial, autonómica o filarmónica —lo que implica que los medios independientes del poder político brillen por su ausencia y que el periodismo audiovisual crítico con la cosmovisión de los que nos gobiernan se encuentre en muerte clínica—, sino que también era necesaria la existencia de un órgano censor como el CAC, que actúe a guisa de Santo Oficio posmoderno.

Con el andar del tiempo, nos fuimos olvidando del CAC, relegándolo a las capas más profundas de nuestra limitadísima psique. No por falta de interés en verlo desaparecer —interés que, al menos por mi parte, permanece intacto, lozano y fresco como el primer día—, sino porque el permanente tsunami de la actualidad no nos da tregua, y cada día surgen nuevos asuntos, desafíos, fazañas y afrentas que le impiden a uno estar por todo. La falta de omniscencia, omnipotencia y omnipresencia por nuestra parte nos obliga a ser descaradamente selectivos, lo cual nos impide hablar o escribir sobre todo aquello que nos gustaría.

Por caprichos del destino, la marea del actualidad ha vuelto a poner al CAC en las páginas de nuestros periódicos. Concretamente, tras la presentación de un informe en el que nuestros neoinquisidores dan un tirón de orejas a TV3 —la televisión autonómica catalana— por la producción y emisión de un documental (supuestamente) demasiado favorable a las tesis de la banda terrorista Terra Lliure.

No sé si eso será verdad o no, dado que no he visto todavía el documental de marras y no puedo opinar acerca de algo que no conozco. Sin embargo, lo sí que me ha llamado poderosísimamente la atención es que en el informe del CAC acerca del documental ¡la palabra terrorismo no aparece ni una sola vez! Además —y para más inri— se refieren a ellos como a l’organització armada Terra Lliure. Podéis comprobarlo por vosotros mismos descargando el documento en vuestros ordenadores personales, pero como muestra reproduciré el primer párrafo. Por supuesto, las negritas son mías; el resto todo suyo:

L’informe sotmet a anàlisi el documental “Terra lliure, punt final”, dedicat a la història de l’organització armada Terra Lliure, emès pel programa El documental el 14 d’abril de 2007, d’una hora i deu minuts de durada. L’objectiu és avaluar el contingut del documental i, concretament, el tractament que es fa de l’organització armada Terra Lliure.

No hace falta ser un lince para percatarse de que es el mismo neolenguaje que utiliza el diario Gara —y demás medios afines a ETA— a la hora de redactar sus noticias… Ante una barbaridad de este calibre, si el CAC fuera consecuente consigo mismo debería solicitar su inminente disolución, multiplicarse por cero —tal como diría Bart Simpson en, valga la redundancia, Los Simpsons— y desaparecer para siempre de nuestras vidas.

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