Sábado, 20 de Octubre de 2007

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Sábado, 20 de Octubre de 2007, 13:22 horas | David Millán, Tribuna
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No es necesario retrotraerse al patriarca Abraham ni irnos por los cerros de Úbeda para encontrar en nuestro árbol genealógico —tanto ideológico como personal— vestigios de un pasado oscuro. Dicho sea con ánimo de ser sintético y de dejármelo casi todo en el tintero, los católicos tienen en el debe de la historia de su religión las cruzadas y la quema de herejes; los comunistas los gulags y las checas; los monárquicos un larguísimo historial de absolutismo a espuertas. La democracia —tal y como la conocemos y disfrutamos hoy en día— es un descubrimiento muy reciente para nosotros, lo mismo que el desodorante, y si nos remontamos unas pocas décadas en el pasado descubriremos que encontrar un demócrata en España era como dar con una piedra de Rosetta en medio del Polo Norte. O sea, una misión prácticamente imposible.

Por eso, no es nada infrecuente toparnos con antiguos franquistas y con fans del antiguo bloque soviético. Tanto el franquismo como la URSS han pasado felizmente a mejor vida y la mayoría de sus acólitos ibéricos han evolucionado hacia posiciones más democráticas y moderadas, pero en muchos casos persiste la tendencia de justificar un pasado ominoso. Puede que vayamos encorbatados y conduzcamos un Audi, pero aquellos épicos tiempos en los que llevábamos la grasienta camiseta del Che y hacíamos la revolución fumando canutos resultan endiabladamente atractivos. Para otros, en cambio, los años sesenta y principios de los setenta —cuando España todavía no se rompía y se cantaba el Cara el sol como Dios manda— eran la edad de oro de la España eterna, con el permiso de los visigodos. Los unos y los otros ignoran deliberadamente —o lo pretenden— la muerte y el sufrimiento inflingidos contra todo aquel que no comulgara con las ruedas de molino de su sátrapa de cabecera.

Ante tal estado de cosas, no resulta extraño que la muchachada de la redacción de El País se haya amotinado tras la publicación de un editorial en el que no se deja a Ernesto Guevara en buen lugar. Resulta revelador que más de los dos tercios de la redacción de un periódico presuntamente serio haya movido cielo y tierra en defensa de un guerrillero que al más puro estilo spaguetti western fusilaba primero y preguntaba después. En fin, una pena. Seguramente si trabajaran para el Granma serían mucho más felices.

Lo mismo cabe decir del coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, que hizo una encendida defensa de la dictadura cubana en horario de máxima audencia sin que prácticamente nadie le hiciera por ello el menor reproche. Aunque también hay que reconocer que la cosa no nos ha pillado por sorpresa, dado que en Izquierda Unida son asín.

Sin embargo, para mí lo más grave ha sido lo de Jaime Mayor Oreja en particular y el PP en general. Al fin y al cabo, el PP es un partido que gobierna muchos ayuntamientos y comunidades autónomas, que puede volver a gobernar en España y que no puede concederse el lujo de decir o hacer cualquier tontería que se le pase por la imaginación. Que durante una entrevista concedida a La Voz de Galicia este destacado eurodiputado haya salido en defensa del franquismo y se haya negado a condenarlo me parece gravísimo y lamentable.

Pero mucho peor me parece la actitud general del PP y de su presidente, Mariano Rajoy. El silencio pepero al respecto ha sido ensordecedor, una orgía de decibelios inexistentes. En cuanto a Rajoy, ha optado por no desautorizar a Mayor Oreja y mirar hacia otro lado, como si no pasara nada y la cosa no fuera con él. ¿Acaso don Mariano está de acuerdo con las declaraciones de Mayor Oreja dando cumplimiento al refrán que dice que “el que calla otorga”? Sería tremendo que así fuera, pero lo peor del caso es que con su silencio no va a sacarnos de dudas. Por este motivo —y por otros que ya he expuse en su momento— creo que debería dimitir inmediatamente. Mayor Oreja —junto con Zaplana y tantos otros que tal bailan— también debería abandonar la política y dedicarse a cultivar su huerto.

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