Viernes, 23 de Noviembre de 2007
primer periódico ciudadano de españa
David Millán
El pasado lunes, durante el programa Tengo una pregunta para usted de TVE, un joven estudiante de veintitrés años lanzó a quemarropa la siguiente pregunta al presidente de la Generalitat, el Molt Honorable José Montilla: «¿Por qué lleva a sus hijos a la escuela privada?». Su respuesta al respecto fue esclarecedora. Recordó que «mi obligación como presidente es trabajar por la enseñanza pública», y que lo de llevar a sus hijos a la privada es una opción personal e intransferible. Lo cual, a mi entender, le honra como padre. Al fin y al cabo, un buen padre busca el mayor bien para sus hijos, y si está en su mano llevar a sus vástagos a un buen colegio privado se decantará por esa opción sin dudarlo un segundo. En este sentido, felicidades. Nada que objetar en el plano personal ante una decisión de ese calibre, que es la que la mayoría de progenitores tomarían de podérselo permitir. Yo mismo, si alcanzo a tener hijos en una próxima reencarnación, procuraré hacer también lo propio.
Sin embargo, si hemos de considerar el asunto desde el punto de vista político, lo que a todas luces le honra como padre se convierte en un talón de Aquiles que le desacredita cono prohombre de izquierdas. Después de todo, los socialistas se jactan de ser los más ardorosos defensores de la escuela pública, laica y de calidá, en contraposición a la derecha, partidaria —según ellos— del capitalismo salvaje, y por tanto de querer privatizar hasta al aire que respiramos. Por desgracia para la coherencia, mientras nuestros más destacados líderes progresistas defienden la escuela pública en público (valga la redundancia) como si de verdad creyeran en ella, en privado envían a sus hijos a (valga otra vez la redundancia) las mejores escuelas privadas a su alcance, lo cual demuestra que su fe en lo público es más falsa que un folio de cuatro dimensiones.
Lo de la pregunta al presidente Montilla ha coincidido en el tiempo con la publicación de un informe de la Fundació Jaume Bofill, según el cual la calidad del sistema educativo catalán es de lo peorcito, tanto a nivel español como de la Unión Europea. El informe en sí no revela nada que no supiéramos, pero su publicación debería de haber servido de acicate para que se genere un debate público acerca de tan peliagudo tema, en el que el futuro del país —y de nuestros jóvenes— está en juego. Pero nuestros amados socialistas, lejos de horrorizarse y sentir bochorno ante la magnitud de las cifras de fracaso escolar, que no dejan de aumentar, las muy condenadas, prefieren mirar hacia otro lado y beneficiarse de la ignorancia que ellos mismos contribuyen a generar. Lamentablemente, lo único que les preocupa —y de verdad— es que todos hablemos en catalán, veamos TV3, nos dejemos adoctrinar sin oponer resistencia, aceptemos por la vía de la fe la cosmogonía nacionalista y les votemos cada cuatro años. Lo demás —que nuestra formación intelectual ande por los subsuelos, verbigracia— les da lo mismo y así nos va…
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