Jueves, 28 de Febrero de 2008

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Jueves, 28 de Febrero de 2008, 11:54 horas | José Manuel Rodríguez, Tribuna
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No es la primera vez que escribo en HispaLibertas acerca de la reforma universitaria que nos acontece, bautizando la serie como Salsa boloñesa. En esos artículos he expuesto varias veces mis motivos para ser escéptico (y a ratos incluso pesimista) sobre dicha reforma, aclarando además que no por estar ésta mal planteada, sino por la desconfianza que me produce quien ha de implementar dicha reforma, esto es, la Universidad española. Asimismo, he añadido que al entrar en el mismo juego los intereses políticos de las administraciones educativas (en primerísimo lugar el Ministerio de Educación) y los intereses profesional-gremiales de los Colegios Profesionales, el ruido del sistema alcanzaba un nivel altísimo. Demasiado para poder sintonizar con la fidelidad necesaria.

Ahora bien, también soy consciente de que hay profesores universitarios, y de no poca valía, que están convencidos de que las cosas no van a ser así porque en primer lugar existe una nueva generación de docentes que asume (interioriza, en politiqués) la necesidad de dar cuentas de lo que hacen a quien les paga (ellos hablan de la sociedad; yo prefiero hablar de los usuarios del sistema, en primer lugar estudiantes y de los que ponen los dineros de las matrículas: ellos mismos o sus padres), de que las estructuras burocráticas de la Universidad del siglo XIX, heredadas a través de la LRU por la Universidad de finales del siglo XX, han de cambiarse, y de que la merma del número de estudiantes (reales o potenciales) así como la aparición creciente de estudiantes (matriculados) post-universitarios (ya graduados) obliga a replantearse el target de la Universidad. Y concluyen que como consecuencia de esto las cosas van a cambiar a mejor. Yo espero sinceramente que lo consigan.

Reflexionando sobre este asunto he llegado a la conclusión de que existe un peligro aún mayor para la Universidad española. Un peligro que, además, no es una amenaza futura. No son nubes oscuras apelotonándose en tanto el viento quizá las arrastre hacia aquí. No. Son nubes de tormenta que ya están descargando de firme en parcela ajena. Y el viento sopla hacia la parcela de Universidad. Este peligro real e inminente lo constituye nuestro sistema educativo en primaria y secundaria.

Nuestro sistema educativo en primaria y secundaria lo forman tres ciclos en teoría independientes entre sí. Primer ciclo de seis años de Primaria entre los 5 y los 11-12 años. Segundo ciclo de cuatro años de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) hasta los 16 años. Y tercer ciclo de Bachillerato hasta los 18 años. A efectos de este artículo voy a considerar que los tres ciclos son el mismo. Y así lo voy a considerar porque lo relevante, a efectos de su impacto sobre la Universidad, es que los tres están tallados de la misma manera, a la hechura de dos mitos.

Los mitos de la educación primaria y secundaria a la moderna son: la comprehensividad y el acompañar en el aprendizaje. El primer mito se refiere a la permanencia del mismo grupo de chavales a lo largo de los años que han de cursar. Con este mito se fue al guano la posibilidad de la segregación de estudiantes según aptitudes y capacidades. Incluyendo, por supuesto, la segregación por repetición de cursos de los que fueran incapaces de pasar los procesos de evaluación de dicho curso, y, como víctima colateral, la segregación por itinerarios curriculares de libre elección. Adiós a la formación profesional. El segundo mito se refiere a que el alumno ha de descubrir por sí mismo, por su investigación y experiencia particular los arcanos de su programa escolar.

El profesor (reconvertido en docente) era el guía de dicho descubrimiento y dicha investigación personal. Con ello se fue al guano la autoridad académica de los profesores, cuya materia podía ser puesta en solfa por alumnos que descubrieran algo distinto a lo que explicara el profesor.

Mientras este proceso de destrucción de la escuela tradicional (y por tanto también arcaica, en lenguaje politiqués) se daba en las aulas, fuera de las aulas se puso un impedimento más a la tarea de los profesores mediante dos palos en las ruedas: los consejos escolares (donde ya no sólo el alumno pone en solfa al profesor, sino también madres y padres todos a una), y la sustracción de los programas de estudios. No sólo han de impartir sin rechistar aquello que (teóricamente) ha pactado (o reñido) Ministerio con Consejería, sino que además han de justificar los enfoques docentes y las explicaciones de todo tipo que han de elevar a la superioridad para argumentar porqué hacen lo que hacen como lo hacen. En este esquema de cosas no sólo los alumnos han perdido el interés por el aprendizaje (total, si tan válida es su experiencia sobre una materia como la que aporte su profesor, no hay que esforzarse en estudiar libros de texto), sino que los profesores se ven desmotivados para tratar de modificar los programas de estudio (aunque sea por la tortuosa vía de su jerarquía docente) a causa de la cantidad de papeles que han de rellenar para justificarse. ¡Y eso en los contenidos que ya están aprobados por la autoridad educativa! Cuánto más si los contenidos son novedosos o van en otra dirección de la que esta misma autoridad ha trazado como la correcta. Por no hablar de los peligros que puede tener para una carrera docente (funcionario) el mostrarse peligrosamente como dueño de una opinión propia.

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