Lunes, 31 de Marzo de 2008
primer periódico ciudadano de españa
Manel Gozalbo
La vigésima cumbre de la Liga Árabe se ha celebrado este sábado y domingo en Damasco (Siria). Siendo una ocasión tradicional para que los jefes de Estado y de gobierno de los países miembros se encuentren y debatan sus asuntos, en esta ocasión exactamente la mitad de sus 22 miembros ha mandado diplomáticos de segunda y tercera fila cuando no, como Líbano, han excusado cualquier presencia. La silla vacía del representante libanés ha sido, con diferencia, lo más fotografiado de la cumbre. Por este boicot masivo, la cumbre comenzó ya fracasada como muchas de las anteriores, cada una con su letra pequeña, y tampoco pudo remontar el vuelo. Se han puesto de acuerdo en lo fácil —Fitna, caricaturas de Mahoma—, y han permitido que todo lo demás les separe. Pero ningún drama. Estamos en el punto en que, como razona Rime Allaf, el éxito o fracaso de una cumbre se mide por el número de asistentes, no por los acuerdos que se logren. Que la Liga Árabe acumule cumbre fracasada tras cumbre fracasada es casi un elemento más del paisaje de la zona como los minaretes, las palmeras, la arena, el analfabetismo y los pozos de petróleo, nada por lo que alarmarse, consecuencia inevitable del fracaso histórico de la propia Liga Árabe así como, en último término, del fracaso de la cultura política árabe en sí, asentada sobre dictaduras reales, dictaduras militares y experimentos con las urnas tan plurales como la democracia orgánica del franquismo. Puede que el franquismo les avergonzara en un certamen, si se compara.
Gadafi, histrión de la revolución socialista popular árabe, ha sido quien más ha puesto el dedo en la llaga. Al menos en la llaga de los efectos, que no de las causas. Desvergonzado y pasando de todo como de costumbre, el líder libio replicaba así a quienes atolondradamente recordaron la vieja propuesta de un programa nuclear conjunto: «¿Y eso cómo lo vamos a hacer? Pero si nos odiamos unos a otros, nos deseamos lo peor y nuestros servicios de inteligencia conspiran contra los demás…». Declaraciones similares las ha prodigado estos días, para consternación de anfitriones y entretenido escándalo de espectadores. Pero como es de rigor en la cultura política árabe, que padece de micronacionalismo endémico en su constitución —familias, clanes y tribus— y de macronacionalismo religioso incurable en su finalización —la Umma, esa «nación natural» a la que se refirió Bashir el Assad en su discurso inaugural—, le echa la culpa de la división existente al enemigo exterior, vulgo los Estados Unidos, a cuya presión, y como si el fracaso fuere el boicot, atribuye la ausencia en la cumbre de Arabia Saudí, Egipto, Marruecos, Jordania y otros. A juego con el eterno coronel, guía de la revolución, su ministro de Exteriores protestó que «los árabes no interfieren en las cumbres europeas», olvidando seguramente que los países de la Liga, cuyo PIB conjunto es solo un 25% más grande que el de España, reciben cuantiosas ayudas de todo tipo de la UE y que eso les obliga a cierta decencia diplomática. En cualquier caso, el aparatoso argumento de la interferencia exterior, por más fundado que uno quiera admitirlo, no explica lo que ha sucedido en Damasco.
Y lo que ha sucedido es que, para empezar, Siria era un mal lugar para celebrar el banquete por distintas razones, muchas relacionadas con Líbano, varias con el terrorismo y todas con Irán. Si en la cumbre de 2007 celebrada en Riyad se criticaba acerbamente a Israel por la guerra de Líbano, en esta ocasión, y como si no se tratara de dos momentos de una misma estrategia iranosiria, todos los ausentes —con Líbano a la cabeza— y varios de los presentes han exigido a Siria que se abstenga de mangonear en el país de los cedros y deje de bloquear, vía la oposición liderada por Hizbolá, que el candidato de consenso, el general Michel Suleiman, asuma la presidencia del país, que carece de dirección desde noviembre de 2007. El mandato a Suleiman es erradicar la capacidad de veto parlamentario que actualmente mantiene al país en el marasmo y redactar una nueva ley electoral más representativa que sustituya a la que Siria impuso en 2000 por mano del sospechoso fiambre Ghazi Kanaan. Damasco tiene poderosos motivos para mantener bloqueado políticamente Líbano, no siendo el menor de ellos la facilidad con que un país inestable puede ser volcado en una guerra patriótica contra Israel como sucedió en 2006 y como lleva camino de repetirse en un futuro inmediato.
El truco de las proxy wars —guerras por poderes—, tan frecuentes en Oriente Medio, donde por lo demás es el único lugar del mundo que son aplaudidas por la mitad izquierda del planeta —acaso porque el pagano siempre sea el mismo—, también le ha sido echado en cara al dictador alauita anfitrión del sarao. Que basta con chinchar con Hizbolá en Líbano; que basta de cerrar los ojos cuando los terroristas deciden pasar por el país; que basta con apoyar a Hamas frente a la Autoridad Nacional Palestina, encizañando la relación entre los palestinos y la solución al conflicto con Israel, que hay que respetar el liderazgo de Mahmud Abbas; que basta de servir a los intereses de Irán, joder, que no es de los nuestros, que no es miembro de la Liga Árabe ni puede serlo: mira además cómo se ha puesto Teherán cuando hemos dado la razón a los Emiratos por un lío de terrenitos (obsérvense las filigranas argumentativas del portavoz del régimen ayatolesco para justificar la soberanía sobre Tres Islas [.pdf], en el Pérsico).
Porque no pequemos de candidez. El factor primordial en la querella contra Siria de media Liga Árabe radica en que la inestabilidad política libanesa se materializa a costa de los sunitas libaneses y en favor de los chiítas liderados por Hizbolá. Por ello, abundando, se le ha pedido a Siria que rompa o congele su alianza non sancta con Irán, cueva de chiítas y verdadero padre de la crisis libanesa. Y por eso mismo, sobreabundando en lo siniestro, la Declaración de Damasco, o sea el documento final de la cumbre, no condena específicamente el terrorismo en Irak —motivo por el cual este país no la ha suscrito—, y es que ya se sabe que el terrorismo en Irak consiste principalmente en sunitas matando chiítas (sí se ha pedido, en cambio, la disolución del Ejército del Mahdi de Muqtada al Sadr… que son chiítas matando sunitas y chiítas; todo muy aleccionador). De cualquier modo, que nadie se sorprenda si la cumbre no ha supuesto ningún avance en ninguna de estas materias: ni se ha desbloqueado el asunto de la presidencia libanesa, ni Siria rompe con Irán, Hizbolá o Hamás. Es como si la cumbre jamás se hubiera celebrado.
En definitiva, estos dos días de charletas han servido para perfilar de nuevo los tres grandes ejes alrededor de los que gira Oriente Medio: en un lado, Irán, Siria, Hizbolá y los palestinos de Hamás; en el otro, los demás; y en medio la ridícula minoría que considera que el Islam debe ser compatible con la democracia. Entre estos últimos se encuentra el periodista argelino Mohamed Sifaoui, que no solo ha colgado Fitna en su blog y ha animado a sus lectores a verla sino que tiene a bien explicar lo que a él más le ha escandalizado:
Lo que personalmente me cabrea, me entristece y me rebela no es la película de Geert Wilders, ni mucho menos, sino las imágenes de odio y horror provocadas por los fascistas salafistas, los de Arabia Saudí, Egipto o de donde sean, lo que me cabrea y me rebela es la imagen de esa cosa fea llamada Ahmadineyad, que persigue meter a los iraníes y al mundo en el caos, lo que me entristece y me rebela son las imágenes de niños a quienes los ideólogos de la muerte enseñan el odio al otro, lo que me cabrea y me rebela son las imágenes de cadáveres degollados por la locura asesina de estos soldados del diablo que proclaman lealtad a Dios.
Dicho esto, el filme de Geert Wilders oscurece un aspecto importante. Olvida mencionar que las primera víctimas de la barbarie islamista son los musulmanes. Olvida subrayar que no estamos en una guerra de civilizaciones sino en una guerra donde se oponen LA civilización de aquellos que nos identificamos con los valores universales y las ideas humanísticas y la barbarie representada por estos infames, estos nazis de los tiempos modernos, estos rompecabezas de la sociedad: hablo de todos los islamistas.
Es verdad, no obstante, que los auténticos males de la región no son fruto del agobio islámico ni religioso; esos males, que los hay, son añadidos y hasta cierto punto fingidos o superfluos. Los males de fondo, los que machacan cualquier perspectiva de acuerdo entre los árabes o del mundo árabe con Occidente, proceden de una deficiente estatalización durante y tras la descolonización. Los estados apenas son chiringuitos con cachiporra que garantizan la supervivencia o preeminencia de la familia, clan o tribu que ostenta el poder (conseguido por las malas o por las peores). Con solas excepciones de los diminutos países del Golfo Pérsico, que en términos de defensa dependen mayormente de los Estados Unidos, las maquinarias estatales —desde el majzen marroquí a la complicada tribu saudí— tienen por principal razón de ser el abortar toda oposición al estatus quo. Lo que dice Gadafi de que todos se odian es la pura realidad, solo que el odio no es un sentimiento especialmente interestatal sino que está entrañado en los niveles más elementales de la sociedad: Libia odia a Egipto, sí, pero es que en Libia todos se odian entre sí, igual que en Egipto. No se fían ni de su padre, y ahí que viene el aparato represivo a cerrar bocas y poner orden. Una vez la cachiporra se relaja —véase Irak ahora, o Líbano desde los 70—, es la guerra civil. Este panorama fatricida, que resulta especialmente doliente por la paradoja de que, de boquilla, todos proclamen formar parte de una sola gran nación, es la inevitable causa de que, históricamente, la Liga Árabe sea un fiasco. Se ha repetido hasta la saciedad estos días: los mayores enemigos de los árabes son los propios árabes, y para no salir del espejismo no se les ocurre nada mejor que engañarse con la causa palestina y el odio a Israel, que siempre da mucho juego, o con las injerencias de las grandes potencias occidentales.
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