Lunes, 30 de Junio de 2008
primer periódico ciudadano de españa
Manel Gozalbo
Se lo tengo dicho a mi amigo el de feisbú: me fastidian las consignas. Mucho. Tanto la cara A como la cara B. El emisor le hace un siete a la opinión pública, y el receptor aquiescente se acomoda en una venturosa involución hacia el cerebelo borreguil del paleoceno, si alguna vez tuvimos uno, que yo diría que beeeeee. No hay nada que me dé peor impresión de una persona que verle repetir propaganda ajena como si fuera de cosecha propia, prohijándola hasta en sus flagrantes inconsistencias, acrítico, ahogado en la baba del babero de otro. Tal es mi rechazo al agitprop que de siempre me he negado a ser abajofirmante de nada, así sea la causa más justa y noble, y creo que alcanzo extremos patológicos si encima se trata de publicitar que abajofirmo o que abajodejodefirmar. Uno ha de abajofirmar cada día de su vida con la muda rutina de sus actos, a espaldas de todos, en la cabina de teléfono donde se pone su verdadera ropa, no con el DNI agitado por esbeltas majorettes mientras la banda desafina en los primeros compases de My Ego Is Richer Than Your Taylor.
Dado que la política es un consignódromo con toda la barba y uno tiene su corazoncito de coleccionista, con los años he recopilado una cantidad considerable de consignas de varia procedencia y condición. Tuve alguna vez intención de inventariarlas y clasificarlas: simplérrimas, tontósimas, merluzófilas, oscurólogas o cerebrífugas, según fuera la característica dominante, y hasta especialicé parte de la biblioteca de mi vida en libros técnicos —por aquello de la terminología— y biografías de expertos. Pero la juventud se cura pronto, lo cual es una buena idea de la naturaleza, y muchos proyectos no salen de los sesos, lo cual es una mejor idea del adulto. Hace un par de años, a cuenta de la conspiranoia del 11M, alicatada hasta el techo de consignas y propaganda, estuve a punto de recaer en proyectos juveniles —no faltó quien me tentase ni faltará quien me tentare—, y al día de la fecha, aunque con creciente desgana, todavía añado materiales a mi caótica colección. La semana pasada, sin ir más lejos, reparé en que Luis del Pino y Jiménez Losantos, inasequibles al desaliento o impermeables al teletipo, siguen hablando del suicidio de Leganés como un hecho único. Ya solo falta que repitan aquello de que la versión oficial es increíble porque los islamistas se reunieron en un McDonald’s. Pero pelillos to the sea, que la estrategia de los propagandistas —estrategia: no vicio, defecto, mala suerte ni costumbre— consiste en fingir cándida honestidad como si siempre fuera la primera vez que a uno le desvirga la realidad:
Me siento estafado como votante. Y como persona, lamento haber inducido a muchos a creer a Aznar.
Yo fui, si no el primer engañado [por Rajoy], uno de tantos votantes del PP que creyó de buena fe en su discurso, pero si persuadí a algún indeciso de que, por razones morales, lo votara como Presidente del Gobierno, le ruego me perdone.
Por menos que eso han cerrado muchas casas de apuestas.
El centro no existe
Entre los cientos de consignas políticas que apilo, personalmente siempre me ha podido la que enuncia que el c-e-n-t-r-o político no existe. Infalible método para ubicar topológicamente al emisor, por cierto: si de izquierdas, más allá del Éufrates; si de derechas, más allá del Tigris. O sea, fundamentalistas de lo suyo e intransigentes con lo ajeno, dictadores de la rectitud universal. En la legislatura pasada, que no fue de centro en ningún sentido ni por parte de nadie, y precisamente por eso mismo, menudeó la especie. Los eufrásicos acuñaron lo del extremo centro para burlarse del centrismo que no representaba el PP, y los tigretones denunciaron por chekista a quien no se manifestara contra el extremista gobierno zapateril. Choteo y sectarismo en ambos lados, con la sola diferencia de burlarse a favor de corriente o no. En todo caso, superioridad moral, autocomplacencia e insultos a guisa de argumentos. Del espectáculo no se deriva necesariamente que el centro no exista; más bien se perfila el tipo de individuo cerrado, fanático, adoctrinado —más que doctrinario— y/o prosélito que es incapaz de verlo. Carne de trinchera.
El XVI Congreso del PP ha puesto de nuevo sobre el tapete la cosa esa del centro, y la famosa consigna ha reaparecido bajo diferentes oropeles. Aznar, por caso, en su desleal, desmemoriado y contradictorio discurso —que me aspen si sé cómo nadie ha podido comulgar con una pieza tan seriamente averiada—, se refirió en célebre pasaje, y solo esa vez, al centro:
Somos, lo hemos sido desde hace mucho tiempo y debemos seguir siéndolo, un gran partido nacional que forma parte de la gran corriente de centro reformista europea. Nunca he comprendido y sigo sin comprender esa idea del centro como el final imposible de un viaje interminable. Nadie nos tiene que enseñar el camino del centro. No vamos al centro, estamos en el centro desde hace muchos años.
Este remedo de le centre ces’t moi del beatle de la FAES les sonaría a los viejos del lugar, y no a música celestial precisamente. Por supuesto, expone todo el gustirrinín que el escepticismo puede conferirle a la ideología. Qué lejos este Aznar, en cualquier caso, del que clausuraba el lejano congreso de la refundación de 1989 afirmando que «no hay más política posible que la de avanzar a la búsqueda de nuevos espacios electorales», lo cual, viniendo de AP, solo significaba el tan traído y llevado viaje al centro o, por decirlo en los términos espantosos que se han reproducido estos días, virar hacia la izquierda (¡horror, escándalo, depravación, vicio, fin del bundo!). Será que veinte años después la receta ya no es tan buena, por más que el pesado de Rajoy lleve un tiempo insistiendo en que ahora las elecciones se ganan con doce millones de votos. O será que los nuevos espacios electorales, como los caladeros de gambas y las pilas que no son Duracell, se agotan. O será que, últimamente —qué generoso tratamiento del tiempo el mío—, Aznar vive descentrado con tanto jet y tanto pito.
Por suerte —y también por desgracia—, ahí estaba Rajoy para, a continuación, deletrearle a Aznar su error de soberbia:
Como dice nuestra ponencia política, somos un partido de centro. ¿Y esto qué quiere decir? Quiere decir que nosotros no arrastramos doctrinas ni orejeras. Que no tenemos ideas preconcebidas sobre las cosas. Que huimos de cualquier radicalismo. Y que entendemos la acción política desde la moderación, el diálogo y la convivencia. Y esto no significa tibieza o indiferencia o relativismo, como si todo nos diera igual. A nosotros no nos da todo igual. Nuestra conducta se guía por dos referencias: unos principios que la encauzan y un propósito principal que es el bienestar de todos los españoles. ¿Cómo nos va a dar todo igual? Lo que ocurre es que nosotros buscamos lo mejor, no tenemos prejuicios sectarios y no despreciamos nada que parezca razonable, venga de donde venga.
Hay quien nos reprocha que el centrismo representa el vacío ideológico. ¡Claro! El centrismo no es una ideología; no es una doctrina política. El centrismo es una voluntad. La voluntad de evitar cualquier exageración. La voluntad de sacar el mejor partido de las cosas sin prejuicios doctrinarios. La voluntad de sintonizar con los deseos y las necesidades reales del pueblo español, que es fundamentalmente moderado y rechaza todo extremismo porque lo entiende como una mezcla de insensatez y de ineficacia.
La mayoría de los españoles habitan este centro y esta actitud de la moderación. Y están deseando reformas que mejoren su bienestar, pero no quiere que las reformas representen saltos en el vacío o aventuras temerarias, y, mucho menos, que se hagan a expensas de la justicia, de la igualdad o de la libertad. A los españoles les gusta soñar en un futuro mejor, pero con los pies en el suelo, sin dar saltos mortales.

La taberna del río Leteo
Esta parte del discurso de Rajoy —que en premio a su traición solo ha recibido de Aznar un respaldo responsable; a puntito estuvo de apoyarle por imperativo legal— ha hecho las delicias de los progres de derechas, ay qué risas, ay qué juergas, ay que tal y cual, nosotros gente tan de principios y este que nos sale con una versión pirata del talante zapateril. Que un progre de derechas entre en razón es tan jodido como que lo haga un progre de izquierdas: va contra su naturaleza y contra su propia función social. Que se enfrente sin red a su visión guerrillera de la política —actividad que consiste en el exterminio público del otro— es propósito inane, ya que si carece de culpable carece de ideología y carece de referente. Quicir, esto es como el laberinto de espejos de las ferias: se le puede intentar demostrar que el talante zapateril es en realidad la versión pirata de una idea pepera del XIII Congreso de 1999, que a su vez bebía en la tercera vía del socialista Tony Blair, al que el más pepero de los socialistas españoles calificó de «gilipollas integral» por recibir a Rajoy en período preelectoral, pero con tanto ir y venir de derecha a izquierda y viceversa solo puede esperarse que se maree y vomite. Porque el progre de derechas, como el de izquierdas, odia los espejos tanto como fascinaban a Borges: por mostrar el verdadero ser.
A lo que íbamos. Lucas, que entonces era algo del PP y algo de Aznar, fue bastante más lejos y más arriba que Rajoy en lo intelectual —Bobbio, Tourain, Blair, e incluso Azaña sin venir mucho a cuento—, pero se quedó igual de cerca en la expresión concreta del centrismo:
Estos valores debemos realizarlos con un talante específico, como es la tolerancia. El centrista se debe caracterizar no tanto por lo que defiende, sino por el talante con que lo defiende; basándose en la tolerancia antidogmática, el consenso y el diálogo. Naturalmente, diálogo, negociación y compromiso no serán incompatibles con una firme defensa de las convicciones. Negociar o dialogar no es sinónimo de ceder por sistema. Lo único que se debe desechar es la premisa de que se está en posesión de la verdad absoluta. En el centrismo reformista no deben existir dogmas, pero sí principios, alguno de los cuales son, en efecto, irrenunciables …
El centrismo busca ser una síntesis integradora de los extremos. Por ello, la libertad debe ser completada y perfeccionada por la solidaridad. Pero, ¿en qué se debe traducir esta solidaridad? Se debe traducir en el mantenimiento de unos niveles mínimos de calidad de vida para la sociedad en general y para sus sectores más sensibles, en particular. Se debe traducir en el acceder a unos servicios sociales, a una educación, a una cultura, a una sanidad y a un medio ambiente de calidad y garantizados por los poderes públicos. Se debe traducir, en suma, en la seguridad de que los diversos territorios de España accedan a un nivel similar de dotaciones y servicios …
A través de este XIII Congreso Nacional, el Partido Popular quiere difundir al conjunto del pueblo español su deseo de mirar permanentemente al futuro. No quiere encastillarse en posiciones ya caducas. Quiere estar atento a los cambios de la sociedad y estar siempre cerca de las aspiraciones de los ciudadanos, buscando ser el instrumento en que ellos confían para afrontar los retos que trae el nuevo milenio.
Resulta todo tan elocuente que produce vergüenza ajena tener que señalar las palmarias coincidencias de Juan José Lucas con Rajoy, o de este con aquel (por ser respetuosos con la cronología). A la luz de lo cual no está de más preguntarse qué carajo de principios o de discurso del partido ha traicionado Rajoy, como no sea la leonina ambición metomentodo de algunos cabilderos mediáticos y su coro progre de derechas, capaces aquellos de pontificar sobre moral y Nación desde la más inquietante amoralidad y el más alarmante liberalismo y capaz este de …ificar, …ificar, …ificar a tontas y locas excitado por el más ridículo culto a la personalidad que haya visto la política española de los últimos cinco millones de años o más. Y si, como solía decir José María García, «el tiempo es ese juez insobornable que da y quita razones» —el mismo Butanito, por cierto, que le zurra la badana al talibán cobarde y manipulador (sic) en El Gato al Agua (a partir del minuto 43:45, y eso en concreto a partir del 57:10) el pasado jueves 26—, no hay duda de que el tiempo desautoriza el actual discurso de Aznar hasta en los detalles más chuscos.
Sostenía Aznar cuando disfrutaba de las mieles del gobierno que «si no fuéramos básicamente un partido centrista no estaríamos en el Gobierno», lo que resulta ser una afirmación —ignoro si certera pero— ciertamente hilarante, entre otras cosas por implicar que el centrismo desde 2004 habría estado alejado del PP y más cerca del PSOE, y que Rajoy tendría razón en su nueva estrategia. El caso es que aquí mismo encajan como un Fiat Multipla en un museo de los horrores las preguntas que se ha hecho Esperanza Aguirre en reciente entrevista:
Es sorprendente que la nueva dirección del partido pretenda volver al centro sin explicar por qué la anterior dirección, que estaba dirigida por Rajoy, se alejó del centro. Si hay que volver será porque nos hemos alejado. ¿Quién, cómo y por qué dijo que nos alejáramos? ¿Quién es el responsable último de que lo hayamos hecho?
La enigmática frase de Mariano Rajoy de que se presentaría a la reelección en el partido «con [su] propio equipo» invita a muchas especulaciones, acaso no todas mal encaminadas. Como fuere, el veredicto freudiano unánime de los analistas, ese según el cual Rajoy «habría matado al padre» en el XVI Congreso —parricidio, por otro lado, que pone de los nervios a Esperanza Aguirre—, podría indicar que Rajoy heredó un partido derechizado durante la mayoría absoluta de Aznar, traumatizado por el 11M y radicalizado por la derrota electoral, un partido al que su cintura de melón no le dejó otra salida que sostenella y que fue embaucado en el no enmendalla por los espabilados propagandistas de siempre, esos que luego no tienen inconveniente en pedir perdón por equivocarse una y otra vez en el mismo sentido. Y menos mal que Aznar tenía la solución a su problema:
Las elecciones se pueden ganar desde donde estamos nosotros. O sea, desde un partido centrista, muy moderno, muy abierto al futuro. Desde una fuerza política responsable que lleva muchos años formando parte del proyecto democrático de España y que ahora se renueva. Pero el PP no se renueva como un gesto de fulanismo político en función de una opción individual, sino de acuerdo con una dirección política de la que saldrá reforzado el partido en su conjunto.
Eso mismo dice Rajoy, sí señor. Pero entretanto el liberalismo se ha convertido en “liberalismo”, la nación en tótem de propiedad privada y el centro en quesquesé.
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