Lunes, 11 de Agosto de 2008
primer periódico ciudadano de españa
Antonio Garcia
Si hacemos caso de lo dicho por el Partido Socialista tras dictar sentencia el Tribunal Supremo, la posición del Partido Popular acerca de los atentados del 11 de marzo de 2004 no deja lugar a dudas. El presidente del PSOE, Manuel Chaves, y su vicesecretario general, José Blanco, lo tienen claro: Mariano Rajoy debe pedir disculpas «por todo lo que dijo e hizo los cuatro años pasados» y soltar de una vez «el clavo ardiendo de las tesis conspirativas».
No menos claro lo tiene el Gobierno. Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido el último en pedir a los populares que dejen de «alimentar patrañas», zanjen la cuestión y cierren «una de las páginas más negras» de su historia. La opinión de Rubalcaba es compartida por sus colegas en el Consejo de Ministros, alguno de los cuales no ha dudado en concretar nombres y apellidos, por si alguien no se daba por enterado: «Los responsables [de las mentiras sobre el 11M] son Rajoy, Acebes y Zaplana», afirmaba el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, poco después de conocerse la sentencia de la Audiencia Nacional
Si cruzamos el espejo, las ideas parecen igual de claras. Para quienes, con espíritu de gaviota, se han creído bandera de la derecha española, la actitud del Partido Popular a raíz de la masacre terrorista se mueve entre la cobardía al denunciar y la traición por ocultar, cuando no en la directa complicidad:
Ha pasado mucho tiempo y Rajoy no lo ha desmentido. Y si fuera falso lo haría ante una denuncia tan grave. Nada menos que proteger a los condenados por el 11-M. Una condena que le parece muy bien. Dice que no hay que investigar más. ¿Para que no se investigue su protección a la trama asturiana de la mentira oficial?
Si la versión oficial es cierta, como asegura el PP, Rajoy es culpable del 11-M, pudo haberlo evitado. No lo hizo sino que protegió a los suministradores del arma asesina.
Pero, ¿qué ha dicho en realidad el PP? Lo predecible, y los políticos suelen ser predecibles si de aprovechar una situación se trata, habría sido que aquellos que cercaron en el piso de Leganés a varios de los autores, aquellos que detuvieron y pusieron a disposición de la Justicia a la mayor parte de los condenados, hubieran sacado solapa en busca de medalla. Pero, incomprensiblemente, no ha sido así.
La derrota electoral de 2004, esa que Mariano Rajoy no quiere repetir y que José María Aznar no está dispuesto a olvidar, alteró el manual de lo políticamente aconsejable y en Génova se quedaron sin guión. Los responsables del que desde entonces es el principal partido de la oposición se han quedado atrapados en el vale, pero…, algunos con más querencia al vale, otros con más interés en el pero. La confianza puesta en las encuestas (y eso que Aznar ya experimentó en su espalda el patinazo de los sondeos en 1993) hizo más amargo el sabor de la derrota y los atentados sirvieron para saltarse el examen de conciencia y pasar directamente a pedir revisión de notas. Nadie quiso mirar a los compañeros de pupitre: a George Bush, que pese a los atentados del 11S renovó mandato ampliando su ventaja; a Tony Blair, que pese al 7J londinense haría historia convirtiéndose en el primer presidente laborista que encadenaba tres victorias electorales. Aznar, que el 14 de marzo de 2004 se machacó los dedos (el índice más que ningún otro) con la tapa de la urna, necesitaba una explicación y no estaba dispuesto a buscarla en la pésima defensa que su Gobierno hizo de la intervención en Irak.
El propio Aznar fue el encargado de tirar la primera piedra cuando en la Comisión de Investigación sobre el 11M del Congreso de los Diputados, remataba un centro medido de Zaplana: «Sinceramente, no creo que los autores que usted llama intelectuales de esos atentados, los que hicieron esa planificación, los que yo antes he preguntado cuándo, quién y por qué deciden ese día, precisamente ese día, anden en desiertos muy remotos, ni en montañas muy lejanas, no lo creo». Lástima que el presidente no advirtiese que era en su propia portería donde acababa de alojar el balón. Las montañas de Aznar ocultaron las pocas referencias que él mismo había hecho, momentos antes, a la autoría islamista:
Déjeme, por favor, señor portavoz, que cite expresamente la frase que pronunció don Gaspar Llamazares, hoy miembro de la coalición gubernamental y aquí presente. El señor Llamazares dijo: A este paso, cualquiera que sea un poco moreno y que quiera colaborar en las tareas del hogar, va a terminar detenido por ustedes como miembro de Al Qaeda. Yo no sé si los individuos del piso de Leganés o de Morata de Tajuña querían colaborar en las tareas del hogar, pero sí les aseguro que hubiese sido muy feliz si les hubiésemos podido detener y encarcelar.
No, no dijo descongelar.
A partir de ahí, todo es moviola. Repetición del mismo discurso durante cuatro años de la que solo han escapado unos pocos y no gratis. Es el caso de Alberto Ruiz Gallardón, Josep Piqué (ahora fuera del partido) y más recientemente Pío García Escudero. El resto, a nadar y guardar la ropa.
Eso sí, los hay con inveterada afición al chapuzón. Eduardo Zaplana, por un poner, nos dejó en la memoria un histórico carpado con tirabuzón en la piscina del Congreso:
Señorías, son ya demasiadas casualidades, contradicciones y apelaciones a la casualidad que menosprecian en muchos casos el sentido común de los españoles y ofenden seriamente el dolor y la memoria de las víctimas. Mire, señor ministro, cuesta creer, sinceramente, que fuera casualidad que la banda terrorista ETA robe un coche en el mismo callejón en el que reside el principal imputado de estos atentados. Cuesta creerlo, pero puede ser.
Cuesta creer que sea una práctica habitual de la Policía conservar en un domicilio particular del jefe de los Tedax la prueba clave que ha guiado toda la investigación. Reconocerán que cuesta creerlo, pero puede ser.
Cuesta creer que dos policías que registran una furgoneta con perros no encuentren ningún objeto y que después esa furgoneta salga con 61 evidencias clave para el sostenimiento de la versión oficial. Cuesta creerlo también, pero puede ser.
Cuesta creer que el jefe de la desactivación de explosivos de este país se equivoque en sede parlamentaria sobre el elemento central del debate político, los explosivos que fueron utilizados en los atentados y que eso también permita sostener la versión oficial.
Cuesta creer que estemos ante una intervención parlamentaria y no perdidos en el bosque buscando fantasmas entre los pinos, pero Zaplana nos saca de dudas cuando sale de la piscina y se sacude el agua:
Cuesta creerlo, pero no seré yo el que diga que eso no puede ser y no puede ser cierto.
Dobladita la ropa y el bronceado en su sitio. Piruetas parecidas encontramos en el repertorio de saltos piscineros de Jaime Ignacio del Burgo, Ignacio Astarloa, Ángel Acebes, Esperanza Aguirre… y Mariano Rajoy.
Cuando la Audiencia Nacional dictó sentencia en otoño de 2007, el líder conservador tuvo la oportunidad de acabar con peligrosas dependencias y zanjar una cuestión que ha hecho mucho daño a su partido. Y la tuvo a solo unos meses de medirse con Zapatero en las urnas. Como siempre, acertó en el vale:
Al hilo de esta sentencia quiero recordar que la mayoría de los condenados fueron detenidos en un tiempo record por un Gobierno del Partido Popular. Aquellas detenciones permitieron que se haya celebrado el juicio, se haya condenado a los autores materiales y se haya evitado la comisión de nuevos atentados.
Y se perdió en el pero:
Y seguiremos apoyando cualquier otra que permita avanzar sin límites en la acción de la justicia ya que los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales.
No falta mucho para que se cumpla un año desde aquella intervención de Mariano Rajoy, tiempo que le ha servido para perder de nuevo unas elecciones, romper algún eslabón y renovar el coro. Lástima que las nuevas voces sigan entonando el mismo estribillo:
Queremos que se sepa absolutamente toda la verdad. Hemos tenido un juicio sobre autores materiales y la sentencia dice que no queda probado que las personas acusadas como autores intelectuales lo fueran.
Cospedal afina la expresión: «no queda probado que … lo fueran» no es lo mismo que «lo fueron y no pudo probarse» y es distinto de «no lo fueron y por eso no pudo probarse».
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