Martes, 14 de Octubre de 2008
primer periódico ciudadano de españa
José Donís
Han pasado siete años. Casi parece otra vida. Por aquel lejanísimo entonces andaba yo trabajando en el paraíso, o sea en una administración local. Recién terminada mi jornada (laboral sería un exceso), y mientras le metía un tiento a la paella, cortaron el programa de radio para anunciar que un aparatoso accidente había dado con un Boeing 767 de American Airlines en la Torre Norte del WTC. No sé por qué con la muerte se te viene a la cabeza su contrario, así que bajé corriendo las escaleras para ver la tele en el salón mientras repetía el mantra de las ,alas ocasiones: ¡joder joder joder!… Segundos después, con las primeras imágenes, me encomendé a lo más sagrado: ¡Cooollóns!
Un nene de pocos años, hijo de mi compañera, protestaba airadamente porque le había quitado no sé qué dibujos, y mientras le amenazaba con ser el próximo ovni incrustado en un edificio si no callaba pude ver en directo cómo otro 767, éste de United, arremetía contra la Torre Sur. Hasta el niño comprendió que se cocía algo gordo. Yo no podía creerlo. Es como echar un vistazo al abismo. De pronto, el suelo bajo nuestros pies deja de existir y cualquier cosa es posible. Una película, telerrealidad, los documentales de grandes guerras convertidos en la vida misma, como en un mal sueño. Eran las 3 de la tarde, 2 minutos y 59 segundos cuando el mundo cambió.
Dos meses más tarde, el 6 de noviembre de 2001, con el mundo bajo estado de shock y en plena invasión afgana, la cadena Fox daba a luz 24h. El estreno se retrasó varias semanas, pues en la cadena no sabían cómo podía sentar una historia sobre terrorismo, aunque nada tuviera que ver con ese terrorismo. Todavía esperando el visto bueno para seguir filmando, el protagonista, Kiefer Shutherland, era premiado en los Globos de Oro por su trabajo en los diez primeros episodios. El 28 de octubre de 2002, cuando empezó la 2ª temporada de 24h, las cosas estaban claras y por fin habíamos entrado en el nuevo milenio. Nada de atentados a un candidato negro, nada de genocidas kosovares… La amenaza es una bomba atómica en pleno centro de Los Angeles y los villanos son islamistas con peligrosas relaciones en Oriente Medio, como magnates del petróleo que buscan provocar la tercera Guerra Mundial.
Y llega marzo de 2003, con una invasión de Irak de la que, igual que Barack Obama, algunos seguimos preguntándonos por sus causas. En octubre lanzan la tercera temporada de 24h, paréntesis de narcos mexicanos; cuatro meses después Madrid es atacada por terroristas islamistas y los productores se ponen manos a la obra con El día 4, en que un álter ego de Ben Laden toma el control de todas las centrales nucleares estadounidenses. Poco a poco, y debido a las desastrosas políticas de las cadenas generalistas, la serie fue llegando a las provincias del imperio, y con ella, una revolución.
Si el cine no ha muerto, agoniza en la UVI
El American Film Institute hizo en 1998 una lista de las cien mejores películas. En ella, la calidad va disminuyendo a medida que se va acabando el milenio, y de los últimos años solo figuran Bailando con lobos (1990), Uno de los nuestros (1990), El silencio de los corderos (1991), Sin perdón (1992), La lista de Schindler (1993), Forrest Gump (1994), Pulp Fiction (1994) y Fargo (1996). En lo que llevamos de nuevo milenio, ¿qué se puede destacar? ¿Cuánto hace que no ves una buena película? Según TIME, en el s. XXI tenemos una serie, El Señor de los Anillos (2001-2003), alguna rareza como la emocionante Hable con ella de Almodóvar en 2002 o genialidades aisladas de los hermanos Coen. De cine español (comedieta, teta, guerra civil y plomazo con pretensiones) mejor ni hablamos, aunque el problema es el mismo: no se saben contar historias. Al respecto dice Paul Auster:
No he visto una buena adaptación de una obra literaria en los últimos 30 años: todo libro de más de 150 páginas ha de recibir tantos cortes que se convierte en un bodrio.
La aldea global, aunque vivas en un suburbio lujoso como España, está creando un nuevo ciudadano que no atiende a limitaciones y cuya principal fuente de referencias está en Internet. A un chaval de Tokyo, Florida o Berlín le interesan las mismas cosas y, lo que es más preocupante, le desinteresan también las mismas. Son el siguiente paso en la evolución del Homo Sapiens al Homo Internauticus, la profecía de Scott Card cumplida cuando el ser humano, por fin, se conecte a Jane.
Dice Nicholas Carr que
Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y nuestra televisión.
El lector se está transformando en ojeador de la red, y con ello en miembro de un club elitista que en lugar de novelas mira series de televisión. Están ahí, no hay que respetar horarios ni estrenos tardíos, no hace falta esperar una semana para seguir… De hecho, cada cual administra sus tiempos y sus querencias como se hace con una buena novela. Juan José Millás:
Me he convertido en un espectador de series de televisión en un proceso semejante al que en otra época de mi vida me convirtió en lector.
Pues ya somos dos. ¿Y eso llamado cultura? El conocimiento llega mediante filtros que, para reducirlos, se transforman en ensayos. Esa lectura no novelada se mantiene, pero es cuestión de tiempo que los reportajes de la 2 sustituyan a los grandes manuscritos técnicos. Fernando Savater:
La cultura no parte de la caverna (de Platón), sino de la taberna de Moe y de Homer.
La cadena que pegó el petardazo con otros tipos de series se llama HBO. La sitcom que fue su buque insignia, Sex and the City, tuvo que hacer un alto con el 11-S transmitiendo la cuarta temporada en dos partes (de junio a agosto de 2001, y luego enero y febrero del 2002), pero el intento fue vano y en dos temporadas más dejaron finiquitada su historia. Hoy, el bebé de Family´s Dad describe Sexo en Nueva York como «la historia de tres zorras y su madre ninfómana». No está mal para ser un dibujo animado. HBO recogió otra idea rechazada por Fox que sí entra de lleno en la narrativa post-11S, Los Soprano. Dice Javier Marías que los mafiosos de Nueva Jersey son «como La comedia humana de Balzac y nos atañe a todos y todos vamos a salir retratados».
Narrativa post-traumática

Carlos Ruiz Zafón: «Sin duda, Dumas, Shakespeare o Dickens estarían trabajando en televisión. Gente como Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca), David Chase (Los Soprano), Alan Ball (A dos metros bajo tierra y True Blood), David Milch (Deadwood), David Shore (House) probablemente producen, mal que les pese a muchos, buena parte de la mejor narrativa que se hace en el mundo».
Hay algunas características comunes de la narrativa 11-S. El paisaje apocalíptico de finales de siglo ha dado paso a lo que podría llamarse cultura post-traumática, donde la amenaza apenas entrevista se disfraza constantemente y pasea entre nosotros. La cámara al hombro de Blair Witch Project se ha hecho dueña del caos, sustentando así la base estética para distintas líneas de tiempo. Desde una cronología minuto a minuto (contando los anuncios) como 24h, hasta la poética del tiempo en A dos metros bajo tierra o el desmadre total de Perdidos, todo aprovechando la influencia de los reality. Esa historicidad temporal o narración diacrónica sirve a dos fines: especial interés por la evolución de personajes, y guiones que se desarrollan en episodios pero principalmente en el conjunto de la temporada, o incluso en la historia completa (Galactica). La técnica del caos visual-temporal aplicada a películas como United 93 encuentra una limitación fundamental: los personajes no tienen tiempo para evolucionar en dos horas, necesitan más tiempo o más genialidad. Los personajes y la historia suceden hoy mismo, cambian interactuando con el público, recuperando la fórmula que un día inventara el mejor contador de historias: Cervantes.
El productor de Lost y Fringe, J.J. Abrams, parece que lo ha visto claro (ambas historias parten de terribles catástrofes aéreas), y así lo ha expuesto en su film-firma Monstruoso (Cloverfield, enero 2008), que, como Perdidos, fue promocionada mediante márketing viral. El plano narrativo afecta a civiles, personas corrientes enfrentadas a una amenaza bestial apenas entrevista que irrumpe como un armagedón en la vida cotidiana. Toda la película está narrada como un documental casero «cámara al hombro», plagado de cortes y saltos desconcertantes. La historia empieza a las 6:42 am. y termina a las 6:42 am desde la Zona antes conocida como Central Park, y algunas escenas de pánico parecen sacadas directamente del 11S, con la civilización derrumbándose al fondo.
J.J. Abrams estrenará el próximo mes de mayo la undécima entrega de la serie que Gene Roddenberry creó en 1966, año en que nació el propio Abrams: Star Trek. Tanto él como su máximo colaborador en Lost, Damon Lindelof, son los creadores de un argumento que, cómo no, está basado en los viajes temporales. Si no puedes hacer que el señor Spok sea gente corriente, si no puedes meter la Steady cam que inventara Kubrick en un glorioso resplandor, al menos te quedan los peligros indefinidos de las estrellas y el desbarajuste del tiempo para ser post-traumático.
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