Jueves, 4 de Diciembre de 2008

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Jueves, 4 de Diciembre de 2008, 11:09 horas | David Millán, Tribuna
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Ahora que los sabuesos a sueldo de la SGAE están en la cresta de la ola de la actualidad de la España negra voy a tratar de facilitarles su labor detectivesca —equiparable a la de Auguste Dupin en Los crímenes de la calle Morgue— reconociendo que me descargo gratuitamente todas las semanas el correspondiente capítulo de Prison Break, uno de los culebrones más cansinos de los últimos tiempos, sin pagar por ello canon ni peaje alguno que vaya a parar a las arcas de la susodicha. Vale que la serie comenzó con muy buen pie en su primera temporada, convirtiéndose nada más nacer en todo un clásico de la ficción carcelaria, pero alargarla tanto ha sido un grandísimo error, y somos muchos los que (desde la perspectiva que otorga encontrarnos en el ecuador de la cuarta temporada) estamos deseando que se le dé de una vez un desenlace final lo más digno posible. Michael Scofield y sus compadres (los que sobrevivan) merecen unas vacaciones, a ser posible defintivas, que tanto fugarse de los presidios y tanta huida hacia delante no puede ser buena.

Otro tanto ocurre con Lost, una serie que en sus inicios nos dejaba con la boca abierta y que agotó nuestra capacidad de asombro hace mucho tiempo. Si finalmente termino por ver las dos temporadas que supuestamente quedan será por inercia y por un cierto masoquismo, ya que las peripericias vitales de los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic Airlines cada vez me aburren más, cuando antes por el contrario experimentaba una gran empatía hacia los personajes. Reconozco que siento curiosidad por saber a dónde rayos habrán movido la isla de los palotes en el último capítulo emitido hasta el día de la fecha, no vaya a ser que les haya dado por colocarla en el salón de mi casa o en la plaza de Tiananmen. Pero ahí acaba mi interés por el celebrado folletín audiovisual. Si Jack, Kate, Sawyer, Locke y todos los demás se acabaran afiliando a Esquerra Republicana tras viajar a los tiempos jurásicos o si llegaran al centro de una tierra hueca a lomos de una burra coja me daría exactamente lo mismo.

Otro tanto cabe decir de Heroes. Me encantó la primera temporada, la segunda me aburrió soberanamente y me estoy absteniendo de ver la tercera. Quizá le dé una oportunidad cuando la doblen al román paladino, pero no prometo nada.

Desde luego lo bueno de estas series es que nadie te obliga a verlas, y que si las ves puedes dejar de hacerlo cuando te plazca. Y aquí paz y después gloria. Sin embargo, ¿qué pasaría si viviéramos dentro de una telenovela como las ya citadas, sin posibilidad de escape o de zapeo alguno? ¿Y si formáramos parte de su trama, ya sea como protagonistas, personajes secundarios o simples extras? Por desgracia no se trata del argumento de una película de ciencia ficción, sino de lo que se me ha pasado por la cabeza estos días, al recordar que ha transcurrido todo un lustro desde que el entonces candidato a presidente del gobierno de España, el señor Rodríguez Zapatero, anunciara solemnemente que apoyaría «la reforma del estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento de Cataluña». Por aquel entonces muchos de nosotros ya sabíamos que se estaba marcando un farol como un planeta Júpiter (lo mismo que cuando prometió pleno empleo en la campaña electoral de las generales de este año), pero tanto daba y tanto monta, pues lo fundamental era camelar al personal y llegar a la Moncloa. Lo que por aquel entonces yo al menos era incapaz de sospechar era que con aquella falsa promesa acababa de dar pistoletazo de salida a uno de los culebrones políticos más dilatados, absurdos e improductivos que han visto los siglos, capaz de empujar al bostezo hasta a las piedras más rocosas del gran cañón del Colorado.

Lo peor del caso es que tras cinco años de vituperios, traiciones, prosa defectuosa, cambalaches y onanismos nacionalistas no se ve el final del túnel, dado que la pelota ahora está en el techo del Tribunal Constitucional y nadie sabe cuando moverá ficha ni la cantidad de artículos que van a sufrir cambios, en el hipotético caso de que el nou estatut vaya a sufrir alguna modificación. El expresidente Maragall habla de convocar un nuevo referéndum y de sacar a un millón de personas a la calle a la que se retoque una sola coma, con lo que el lío está garantizado durante mucho más tiempo. Desgraciadamente con actitudes como la de don Pasqual nuestros más ilustres políticos están invitando a los magistrados del Tribunal Constitucional a prevaricar sin compasión, pues pretenden que dejen intacto el texto estatutario aun a sabiendas de que no se aguanta ni con pinzas. En democracia más bajo ya no se puede caer.

Ante unos políticos tan nefastos e irresponsables uno ya solo espera una intervención sobrenatural que resuelva el berenjenal, ya que por la vía terrenal la cosa no tiene mucho arreglo. Así pues, que cada cual se encomiende al dios o a la virgen que tenga más a mano y que rece lo que sepa. A ver si de esta manera el culebrón estatutario termina un lustro de estos y podemos ocuparnos de una vez de los temas verdaderamente serios, como la educación, la sanidad y la economía. Que ya va siendo hora, leñe. AMÉN.

4 comentarios

  1. judas5 de Diciembre de 2008, 04:15 - 04:15:52

    No me puedo creer lo que has escrito de Lost. De hecho, me niego a creerlo.

    Hala, ya lo he dicho.

  2. Donís5 de Diciembre de 2008, 11:33 - 11:33:04

    …Y Scofield es un pringao, que conste.

    ¡Viva Dexter! Porque le va Miami, que si no se venía a España y terminaba en un pis pas con tanta idiotez. Y quien no lo tenga claro, que se vea la tercera temporada.

  3. urodonal5 de Diciembre de 2008, 12:43 - 12:43:49

    Entourage…. sexo, drogas y Ari Gold.

  4. Manel5 de Diciembre de 2008, 16:35 - 16:35:57

    Tós chiflaos. Estáis tós chiflaos.

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