Jueves, 18 de Diciembre de 2008
primer periódico ciudadano de españa
Conocí al célebre científico David Miller en los años 80 del siglo pasado en una pequeña taberna londinense. Era una noche cerrada, con más niebla de la habitual, y el frío molía los huesos. Yo volvía de dar una charla en el Millennium Conference Center y me vi obligado a esconderme en la Goose & Pander de McGruder Street huyendo de dos pelmas que no aceptaban que el turno de ruegos y preguntas hubiera terminado una hora antes. Les di esquinazo mientras Brigham, que atendía la barra, mantenía sus ojos clavados en mí, quizá esperando acontecimientos. Con desparpajo de nativo le pedí un Rosie Lee y algo que masticar. Enarcó las cejas, dio un respingo y desapareció tras una cortina. Seguramente le decepcionó que yo no fuera ningún espía internacional, pese a mi gabardina con las solapas levantadas.
Entonces vi que no estaba solo en la Goose & Pander. Miller, en un extremo de la barra, me miraba impaciente y me hacía raras señales. Agitaba un cuaderno de tapas brillantes con su mano derecha, y me pareció entender que quería que lo viera.
—Nuff malarkey today, mate, ‘m sick ‘n’ tired, yo’ kno’ —protesté en tono agrio y aparentando haber nacido dos calles más abajo.
—No, no. Tranquilo. Te conozco. Sé lo que te va a pasar—respondió sonriente en perfecto español casi a la vez que Brigham me servía el té y unos panecillos de avena de Yorkshire—, y por si acaso tu padre, que no he entendido un pijo de lo que has dicho.
—A ver, ¿qué es eso? —pregunté acercándome y señalando su libreta de tapas brillantes.
—¿Esto? Ná, un blog… mi cuaderno de bitácora —dijo rectificándose, aclarándome sin duda el significado del entonces inexistente término—. Ahí apunto lo que veo o lo que pasa a mi alrededor. Es que vengo de 2015.
—¿2015? ¿El pub ese nuevo que…?
—No, 2015, el futuro. He inventado una máquina del tiempo.
Miller estuvo hablándome del futuro, que era su pasado, durante casi dos horas, hasta que Brigham nos indicó que era hora de cerrar y que la cuenta ascendía a 6 libras y 3 guineas. Seguí a Miller hasta la calle. No parecía un chalado, aunque tampoco le reconocí una especial lucidez. De modo que no me inquieté demasiado cuando dijo repentinamente que tenía que irse. Arrancó una hoja de su blog y la puso en uno de los bolsillos de mi gabardina, rogándome que la leyera en cuanto pudiera, pero no allí ni en su presencia para no causar una paradoja espacio-temporal del copón bendito.
La niebla se había espesado todavía más. Anduve encogido y pensativo unas cuantas manzanas. Agradecí un farol en el portón de una mansión de Grosvenor Gardens, pero tuve que ponerme justo debajo para poder leer la hoja de Miller y enterarme de que, aun habiendo nacido en Castellón y mereciéndola por astropsigión, los concedepatrias catalanes nunca me darían la nacionalidad catalana. Qué gran depresión me entró. Qué dos minutos pasé. Luego me dí cuenta de que Miller me había enseñado en realidad que el futuro era un cachondeo y volví silbando a casa.
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