Sábado, 20 de Diciembre de 2008
primer periódico ciudadano de españa
Aquella tarde había tenido una monumental bronca con un colega del Department of Arabic and Near Eastern Languages de la American University of Beirut (AUB) y me fui antes de hora para evitar salir en la sección de sucesos del Daily Star bajo un desagradable Wanted. Parecía que iba a dejar de llover y me quedé unos minutos en los soportales del viejo College Hall, dando pataditas a las palmeras del patio, ajeno a que pocos meses después la explosión de una bomba dañaría irreversiblemente el edificio y obligaría a su demolición (me enteré más tarde de que hubo una campaña para conservar en ruinas el campanario como recuerdo de la barbarie —todavía tendré por ahí alguna amarillenta hoja con Save the Clock Tower en verde fosforito—, pero la administración de la AUB decidió levantar un nuevo College Hall con un nuevo campanario, que se inauguró [creo que] en 1998 ó 1999).
Cuando en efecto cesó la lluvia, me dirigí a través de la Peripheral Gate por la calle Bliss (en honor del misionero fundador de la AUB en el s. XIX) en dirección al puerto, dispuesto a desaparecer bajo un montón de libros en mi pequeño apartamento. Pero tras unos momentos de indecisión me dije que necesitaba diversión, así que doblé a la derecha hasta dar de narices con la divertida calle Hamra, de largo la menos afectada por la guerra de los últimos años. Lo había pasado bien una vez por allí, en no recordaba exactamente qué bocacalle, en no recordaba qué antro pomposamente llamado cabaret. Todavía no había anochecido y quedaba algo cutre eso de buscar marcha, de modo que hice tiempo en el Cafe du Paris, envenenándome la líbido con un café turco aliñado con cardamomo. Prueba evidente de un humor de perros por mi parte: aquel fue el primer y último café turco de mi vida, gracias a lo cual mi líbido sigue viva.
Aunque sabía que el experto lingüista David Miller había llegado a Beirut días antes comisionado por el Departamento de Estado para mediar en no sé qué conflicto entre la débil administración libanesa y varias facciones partidistas, no esperaba encontrarle aquella tarde en aquella libertina calle. Y desde luego lo que menos esperaba era verle de camarero en el Cafe du Paris sirviéndome el qahva.
—Tengo que hablar contigo. Es urgente.
—¿Qué coño haces disfrazado de camarero?
—Largo de explicar. Unos libios que… Bah, ya te contaré. A las 8 en el vestíbulo del Lido, no faltes.
—Me jodes vivo, porque hoy quería escalar unos cuantos picos pardos.
—Cuando terminemos te presentaré a Candy Sheila, todo un himalaya pardo que no terminarás de escalar en tu vida. A las 8, no faltes —dijo antes de la típica pequeña reverencia de los camareros libaneses cuando acaban de servir.
Cinco minutos antes de las 8 ya estaba yo allí, disfrutando de las fotografías en blanco y negro de las bailarinas del Lido. De vez en cuando se oían disparos lejanos, pero la noche era más tranquila de lo habitual. Poca clientela. Se me había pasado el mal humor, o mejor dicho se me convirtió en simple amargura. A las 8 en punto apareció Miller y sin mediar saludo, como a veces hace, me entregó un sobre.
—Ábrelo cuando estés en tu apartamento. Ahí está todo lo que necesitas. Hay una hoja de mi blog con instrucciones. Y pasajes. Y dinero.
—¿De qué se trata? ¿No puedes explicarme la cosa aunque sea por encima?
—Un grupo de mujeres corre peligro. Hay que ayudarlas a salir de allí. La masa, de un momento a otro, puede empezar a comportarse como el gentío aquel de Frankenstein —por cierto, una persona amabilísima, todo un caballero—, con antorchas y toda la pesca.
—¿Eso es todo?
—No. ¡Candy Sheila! ¡Ven, quiero presentarte a un buen amigo!
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