Jueves, 19 de Febrero de 2009
primer periódico ciudadano de españa
Manel Gozalbo
Un modo de resumir lo acontecido entre los s. III y XVII en el ámbito de la autoría bíblica, y concretamente de la atribución a Moisés del Pentateuco, son estas medio quejosas palabras de Alexa Suelzer: «Hasta [1650] la exégesis cristiana solía considerar la Biblia como un bloque literario bajado del cielo.» [1] Hacia esa fecha, efectivamente, comenzó a cambiar el panorama, aunque no por arte de magia. Fue necesaria una completa re-creación del mundo. Como si hubiera que pasar por encima del cádaver de la Biblia para que los guardianes de la letra dieran por muerta su cosmovisión
Desde Colón, el número de tierras habitadas no había dejado de aumentar, y ello había malherido la universalidad bíblica (¿cómo remontar hasta Adám a los nativos de América, África y Oceanía?, preguntábanse perplejos; una de las salidas más sonadas consistió en decir que eran preadamitas). En paralelo, la observación astronómica había demostrado que la letra bíblica era falible[2], ergo objetable. La imprenta, por lo demás, con su abismal abaratamiento de los libros, había propagado toda suerte de voces y despertado una peligrosa nómina de ismos. Los «hechos establecidos» y los conocimientos seculares estaban en vilo. Comenzaron a sufrir tensiones mayúsculas, harto superiores a su capacidad de resistencia, y uno tras otro fueron cogidos en pecado de obsolescencia. Ninguno se revelaba eterno, ninguno enteramente fiable. Hoy cambiaba esto, mañana aquello y pasado lo de más allá. Solo era cuestión de tiempo que alguien trasladara a la Biblia el criticismo y la insatisfacción que provocaba semejante provisionalidad. No valía cualquiera; no valía un Descartes, por ejemplo, que en al menos dos ocasiones[3] tuvo miedo de estirar su pluma más que su biblia. El descubrimiento de la Biblia necesitaba héroes. Y los tuvo. Iban por libre, luminarias aisladas que, de tanto en tanto y generalmente a escondidas —con pies de imprenta falsos y seudónimos—, sostuvieron que la Biblia era humana, demasiado humana. Unos pocos brillantes estudiosos contra un enjambre de chamanes e instituciones tratando de conjurar sus peligrosísimas conclusiones. Y lo de siempre, claro: aquellos perdiéronlo todo o casi todo. Porque no solo la letra bíblica era humana, demasiado humana.
De Moisés el escritor calamitoso
En la época patrística nadie dudó de la autoría mosaica de todo el Pentateuco, excepción hecha de unos pocos lugares que se atribuían ocasionalmente a su sucesor Josué. Los anacronismos que hoy escandalizan [4] eran entendidos entonces, caso de detectarse, como profecías divinas admirablemente cumplidas. Otras anomalías incompatibles con la autoría mosaica [5] no llamaban demasiado la atención, mitad por carecer de relevancia teológica y mitad por no saber explicarse. En cuanto al extraño fluir de la narración pentatéuquica —recuérdese p.ej. la vuelta atrás en el tiempo que supone Gen 2:4b respecto de Gen 2:4a, como si se quisiese recomenzar la narración, o de Gen 5:1 respecto de Gen 4:26; o nótese que el hilo de Gen 35:29 prosigue en Gen 37:1, siendo cortado, sin aparente sentido, por el detalle de las generaciones de Esaú, que ocupa todo Gen 36; o véase que lo mismo sucede con la vida de José, interrumpida entre Gen 37:36 y Gen 39:1s—, ese extraño ir y venir, obedecía a las siempre impredecibles «necesidades expositivas del autor», que no había encontrado mejor modo de presentar las diversas cuestiones que afectaban al tema interrumpido.
Los muchos relatos y motivos multiplicados de la Torah estaban a la vista de todo el mundo, incluso de quienes no disponían de la menor preparación escriturística:
• Dos antropogonías: Gen 1:26-27 y 2:7.21-22.
• Dos zoogonías: Gen 1:20-25 y 2:19.
• Dos linajes adámicos: Gen 4 y 5.
• Dos narraciones superpuestas del diluvio, con sus peculiaridades: dos pactos con Noé (Gen 6:18; 7:1); dos instrucciones sobre la carga animal (6:19-20; 7:2-3); dos entradas en el arca (7:7; 7:13); dos distintas duraciones del chaparrón (7:12 + 8:6.8.10.12; 7:24 + 8:3.5); etc.
• Dos protecciones del honor de Sarah: Gen 12:11s y 20:2s (¡siendo ya una anciana!). (El tema se repite en Gen 26 con Rebeca).
• Dos expulsiones de Agar: Gen 16:6 y 21:10.
• Dos entierros de Jacob (en lugares distintos): Gen 49:29s; 50:13 y 50:5.11.
• Dos milagros del maná y las codornices: Ex 16 y Num 11.
• Dos milagros del agua en Meribah: Ex 17:1-7 y Num 20:1-13.
• Dos decálogos: Ex 20 y Dt 5.
• Cinco legislaciones sobre el sábado: Ex 20:8-11; 31:14-17; 35:2-3, Lev 19:30; 23:3 y Dt 5:12-15 (¡y pese a ello: Num 15:32-34!).
• Dos legislaciones esclavistas: Ex 21:2-11 y Dt 15:12-18.
• Cuatro legislaciones acerca de lesiones mortales y homicidios: Ex 21:12-36, Lev 24:17s, Num 35:16-31 y Dt 19:4-21.
• Cinco legislaciones sobre fiestas: Ex 23:14-19; 34:18-26, Lev 23, Num 28-29 y Dt 16:1-17.
• Dos diferentes instrucciones censales: Num 4:3 y 8:24.
• Tres legislaciones sobre ciudades de asilo: Num 35, Dt 4:41-44 y Dt 19.
Catálogos así no alteraron los espíritus, concluyéndose que no eran verdaderas repeticiones sino relatos con mínimos cambios de perspectiva. De modo que, durante siglos, la cristiandad estuvo dale que te pego tratando de casar lo incasable (algo que todavía no se ha conseguido, pese a los esfuerzos de bastantes teólogos creyentes modernos, que siguen en ello). A absolutamente nadie se le ocurrió plantear el problema en sus justos términos: o bien Moisés fue una auténtica calamidad literaria (repetitivo, despistado y contradictorio), o bien el Pentateuco había tenido también otros autores. Como quiera que este dilema hubiera supuesto menoscabar en alguna medida la inspiración divina de que Moisés había sido fiduciario (y al igual que él, los demás hagiógrafos bíblicos), los teólogos, tras devanarse los sesos en pos de una solución más lógica y no encontrarla, llegaron a que todas las anomalías pentatéuquicas eran deliberadas, como una especie de misterios diseminados por Yhvh al objeto de testar la perseverancia y sinceridad de los creyentes. Según la célebre sentencia de Agustín, ya antes insinuada por Clemente Alejandrino, Orígenes y otros, si luego de un detenido estudio no se alcanzaba el tuétano secreto de los pasajes bíblicos más enigmáticos, era preferible acusarse uno mismo de incomprensión que decidir que las Escrituras eran imperfectas. La parte humana de la Biblia, en este caso de la Torah, o sea la parte de Moisés, simplemente no existía. Yhvh le había inspirado el texto, eso era lo único que importaba. Imposible, pues, que estuviera contaminado de errores y absurdos, entre otras cosas porque la Providencia no hubiera permitido la supervivencia histórica de un texto imperfecto. Si no se entendía lo que se leía, la culpa la tenía el lector, no Moisés y ni mucho menos Yhvh.
En el s. XVI-XVII, empero, las cosas empezaron a verse de otra manera. La parte humana de la Torah empezó a pesar tanto como su parte divina.
El despertar de la crítica
Enfatizando la incompatibilidad que las irregularidades entrañaban con la autoría única de Moisés, los primeros críticos —Carlstadt, van Maes, Pereira, Bonfrère, Hobbes— se contentaron con atribuir la paternidad de los lugares más problemáticos a Josué, como ya antaño se había hecho con el pasaje de la muerte y entierro de Moisés. Sin embargo, una segunda hornada de autores —Simón, Spinoza, Leclerc—, equipada con una sólida formación metodológica y humanística, no mostró tantos remilgos. Reconocieron que la Torah era un cúmulo de textos de épocas muy distintas, y observando el predominio de piezas posmosaicas sentenciaron con rotundidad que Moisés no fue ni mucho menos su principal autor, honor que Richard Simón distribuyó entre decenas de «escribas públicos» muy posteriores y que Baruj Spinoza distrajo entre un rosario centenario de autores. Por primera vez, el hallazgo de la Torah por parte de Hilqqiyahu [6] se consideró como un indicio de que la fecha de la Torah había que ponerla en tiempos del rey Josías (s. VII a.C.).
El siguiente paso se daría en el s. XVIII, gracias a los renacidos estudios hebraicos. La Torah leída en hebreo reveló la existencia de distintos nombres divinos (principalmente Yhvh y ‘Elohim) y se reparó en que la utilización de uno u otro no era tan aleatoria como pudiera pensarse, sino que seguía ciertas misteriosas pautas. Jean Astruc, en Conjetures sur les mémoires originaux dont il paroit que Moyse c’est servi pour composer le livre de la Genèse (1753, publicado anónimamente en «Bruselas», en realidad París), se dedicó a investigar los nombres divinos en el Génesis y descubrió que encabezaban dos historias completas de los mismos acontecimientos, paralelas por lo general pero discrepantes en no pocas ocasiones, una yahvista (por el teónimo Yhvh) y la otra elohista (por el teónimo ‘Elohim). Treinta años más tarde, el alemán Eichhorn alargaría el mismo recuento (y una equivalente conclusión) hasta Levítico, dando forma a la primera hipótesis documental de la historia del criticismo bíblico, hoy conocida como antigua hipótesis documental.
Ya se había avanzado algo, aunque las cosas continuaban inmaduras y casi que cogidas por los pelos. K.D. Ilgen, en 1798, refinando las herramientas y los análisis, descompone en dos uno de los documentos de Astruc-Eichhorn, concretamente el elohista, en el que identifica un primer elohista (posteriormente conocido por la sigla P, ver más abajo) y un segundo elohista (posteriormente E). Los documentos pentatéuquicos, pues, crecen de dos a tres: dos elohistas y un yahvista.
En la última década del XVIII se perfila una teoría radicalmente nueva, no tan preocupada por los documentos cuanto por las anomalías pentatéuquicas: se trata de la hipótesis de los fragmentos, enunciada por Alexander Geddes (1792; 1800) y en principio apoyada por J.S. Vater y M.L. de Wette (que desertaría pasados unos años). Según esta hipótesis, la Torah sería la compilación de numerosos fragmentos independientes y casi todos posteriores a Moisés, conjuntados en algún momento —aquí discrepaban los autores, seguramente para subrayar la personalidad de sus respectivos puntos de vista— entre los s. VII y V a.C. La hipótesis de los fragmentos, considerablemente más certera que otras teorías pero también mucho más explosiva e ingobernable, insistía en el carácter artificial de la Torah y en su ficticia linealidad histórica, mérito exclusivo del redactor final (a quien se dio la sigla R), que con los pobres materiales a su disposición enhebró una historia antigua de Israel a duras penas inteligible.
Y tras la acción, la reacción. Insatisfecha con la fragmentariedad de la Torah, la siguiente teoría crítica, conocida como hipótesis de los suplementos (defendida entre otros por Kelle, De Wette, Ewald y Delitzsch), puso el acento en su cohesión, no obstante reconocerle un período redaccional relativamente prolongado. En un documento elohista de los tiempos de Salomón —el escrito fundamental o Grundschrift de la Torah—, el redactor final habría intercalado una serie de suplementos de procedencia yahvista, con los cuales, a base de rellenar huecos, consiguió una notable unidad narrativa. En definitiva, estos añadidos equivalían a los fragmentos de la anterior teoría, y permitían deducir que la cohesión de la Torah alegada por Ewald y compañía era más un deseo que un hecho. No es de sorprender, en consecuencia, que la hipótesis de los suplementos conociera un tan rápido declive.
Nueva reacción: la segunda hipótesis documental. En sus estudios sobre Génesis, Hermann Hupfeld reformula la antigua hipótesis documental (1853) y convence a los críticos. Asimilando el escrito fundamental elohista (posteriormente P), redactado alrededor del s. XI a.C., postula la adición de un documento yahvista ligeramente posterior y la adición a este de un segundo documento elohista (posteriormente E) algo más tardío. Aunque el esquema E-JE-R se presenta como una solución específica para Génesis, rápidamente se aplica a los cuatro primeros libros del Pentateuco. Por esas fechas, de Wette ya había propuesto que el autor de Deutoronomio, apodado deuteronomista o D, había vivido cuando Josías (he aquí de nuevo a Hilqqiyahu). El esquema redaccional dominante mediado el s. XIX es E-JE-D-R, o traducido a las siglas actuales P-JE-D-R.
Y más de lo mismo, aunque muy mejorado: la tercera hipótesis documental (Vatke, Graf, Kuenen). Su principal novedad es la gran caída cronológica del escrito fundamental elohista, que pasa de ser el documento más antiguo a ser el más reciente, como todavía hoy es considerado, fechado en época exílica o posexílica. Terminológicamente, también sufre una modificación radical: de documento elohista pasa a denominarse Priesterkodex (Libro o código Sacerdotal), de donde la sigla P, quedándose la E para el segundo elohista de la teoría de Hupfeld. El esquema resultante, por tanto, es J-E-D-P-R, sustancialmente el mismo que todavía impera hoy, y la cronología redaccional se sitúa entre los s. XI a IV a.C., sustancialmente igual que en nuestros días.
Pero el s. XIX, especialmente su segunda mitad, todavía tenía que ponerse interesante.
Notas
1. Comentario Bíblico San Jerónimo, V, 244. ↑
2. Tycho Brahe avistó en 1572 una supernova (visible en pleno día) en la constelación de Casiopea. Antes de que se extinguiese año y medio después, también otros la vieron y estudiaron. El mundo científico se alteró de tal modo que dijérase había olvidado aquella antigua noticia de Plinio según la cual Hiparco también habría presenciado un fenómeno similar. En 1604 Kepler fue testigo de otra supernova, descubierta por Brunowsky, a la que se llamó Serpentaria (Ofiuco). Kepler le dedicó el trabajo de stella nova in pede Serpentarii (1606), volumen que incluía además una justa rectificación de la fecha del nacimiento de Jesús, que debía adelantarse cuatro años (pasando por lo tanto de estar en 1606 a estar en 1610). Pero bien, la aparición de la Estrella de Tycho y de la Serpentaria (o mejor decir su desaparición, pues una supernova no es una stella nova sino la explosión final de una extrella) les probó a los astrónomos de la época —más allá de las polémicas que entonces provocaba el heliocentrismo— que los cielos no eran inmutables ni estaban «acabados con todo su cortejo», según celebérrima locución del salmista. Por cierto que la supernova de 1604 fue la última vista desde la Tierra hasta que estalló la del 23 de Marzo de 1987 en la Gran Nube de Magallanes. Como los tiempos son menos poéticos, a ésta se la ha llamado SN1987A. ↑
3. A raíz del caso Galileo (1633), el francés retiró de la imprenta su Traité du monde, donde postulaba el heliocentrismo. «Quiero poder vivir en paz y continuar la vida que he emprendido al tomar como mi máxima: bene vixit, bene qui latuit [= bien vivió quien bien se ocultó; es cita, con inversión de cláusulas, de Ovidio, Tristes, 3, 4, 25]», escribió a su colega y fraile Marin Mersenne en 1634. El libro no se publicaría sino póstumamente. Similar cautela demostró en sus Principia Philosophiae (1647), donde desarrollaba una novedosa cosmología evolutiva sin una mísera referencia a las Escrituras. A fin de evitarse problemas, Descartes sugiere que su hipótesis es falsa, una mera simulación que explica las apariencias. Dios creó el mundo de la nada —dice—, pero todo puede explicarse como si no. ↑
4. P.ej. Gen 36:31: «Los reyes que reinaron en el país de Edom antes de que reinara un monarca sobre los hijos de Israel», o Dt 3:11: «Su lecho, un lecho de hierro», o el «certero» Dt 4:25-31. ↑
5. P.ej. Dt 1:1 (cf. Dt 4:46): «Y estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel al otro lado del Jordán» (contra Dt 3:25-27; 4:21-22; 31:2). ↑
6. Recuérdese que el sacerdote Hilqqiyahu encontró un libro en el Templo de Jerusalém (2Re 22:8s; 2Cr 34:14s), libro que recibe distintos nombres aunque todos elocuentes: Libro de la Torah (2Re 22:8.11), Libro de la Alianza (2Re 23:2.21; 2Cr 23:30), Libro de Moisés (2Cr 35:12) y Libro de la Torah de Yhvh (2Cr 34:14). ↑
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