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Viernes, 27 de Febrero de 2009, 05:42 horas | David Millán, Tribuna
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Como me gusta conocer las cosas antes de opinar sobre ellas y trato de ser lo más abierto de mente que puedo, un buen día (es un decir) descargué en mi ordenador Vicky Cristina Barcelona, la última obra del celebérrimo director de cine Woody Allen. Reconozco que a los dos minutos de estar visionándola sentí la imperiosa necesidad de mandarla a freír monas a la papelera de reciclaje y pasar a otra cosa, pero el hecho de que la mayor parte del metraje esté ambientado en Barcelona (mi ciudad natal) y de que la repercusión que la cinta ha tenido en los medios de comunicación ha sido inmensa me llevó a mantenerme impávido ante la pantalla durante una hora y media, por si acaso encontraba en ella algún elemento de interés (aunque solo se tratara de contemplar a Scarlett Johansson o a Penélope Cruz en cueros vivos). Para mi desgracia no solo me encontré ante un bodrio de proporciones alpinas, sino que las escenas de cama (las únicas que verdaderamente importan cuando la trama carece de interés) son un fraude al consumidor, de tanta mojigatería que las tales rezumaban del primer al último fotograma. No en vano, las mentadas actrices andan más tapadas en la alcoba que una monja de clausura, y es del todo imposible atisbar algún elemento anatómico destacable sin necesidad de recurrir a los rayos X. Pero no nos precipitemos en el análisis y vayamos por partes, como dirían los forenses de CSI.

Toda producción cinematográfica sumergida en una subvención experimenta un declive cualitativo directamente proporcional al dinero desalojado del bolsillo del contribuyente.

En primer lugar, debo admitir que la circunstancia de que la película esté subvencionada y producida por Mediapro (valga la redundancia) me echaba un poco mucho para atrás. Tal como descubriera el bueno de Arquímedes haciendo la siesta en su bañera junto al patito de goma, toda producción cinematográfica sumergida en una subvención experimenta un declive cualitativo directamente proporcional al dinero desalojado del bolsillo del contribuyente. Por supuesto hay excepciones, pero no hacen más que confirmar la regla una y otra vez.

Para mayor escarnio y befa, tiempo atrás me descargué otra película producida por Mediapro, titulada No digas nada. Sí, amigos: reconozco que formo parte del 1% de internautas que de tanto en tanto se descargan cine español, aunque luego me arrepienta por enésima vez y tenga que purgar mi error en la Vía Dolorosa. La historia de marras está protagonizada por unos chavales mu majos y simpáticos que por circunstancias de la vida le cogen gusto a la divertida afición de matar a los conciudadanos que les caen mal. Por supuesto no acabé de verla, ya que una vez has visto cómo se cargan a uno ya les has visto cargarse a todos. Con lo cual, la presunta comedia, además de ser ideologicamente detestable (como diría Caballero Bonald), no tiene la menor gracia y aburre hasta a las caras de Bélmez. Lo único positivo a destacar son las cuantiosas subvenciones que la productora del señor Jaime Roures recibe para dar a luz semejantes engendros del Averno, que ya querría yo para mi maltrecha cuenta corriente.

Con este precedente, era lógico que me asomara a Vicky Cristina Barcelona con cierta prevención. Y si bien hay que reconocer que es bella en lo estético y que la Johansson está para mojar pan, se trata de una de las películas más sobrevaloradas de los últimos tiempos. Si Woody Allen no hubiera sido el padre de la criatura, habría pasado completamente inadvertida y en estos momentos prácticamente nadie se acordaría de ella. No descubriré aquí el desenlace de la historia, pero se nota que a esas alturas de la película el bueno del señor Allen andaba escaso de recursos y no tenía la más remota idea de cómo atar los cabos sueltos de una forma satisfactoria. Es justo ahí —en el desenlace— donde Penélope Cruz protagoniza una de las escenas más ridículas y olvidables de la cinematografía universal, propia de una peli de serie B.

El verdadero premio al que todo artista debe aspirar consiste en hacer feliz al prójimo con su trabajo y en que la máquina de sueños que es el séptimo arte consiga hacernos volar con la imaginación.

Así que cuando desde la cama me enteré de que Pe había sido galardonada con el Oscar a la mejor actriz de reparto me quedé de un aire, por lo apuntado en el párrafo anterior y porque Vicky Cristina Barcelona es una castaña considerable se mire por donde se mire. Ello me reafirma en la idea de que los Oscar —lo mismo que los Goya o cualquier otro premio de este estilo— no son más que un oropel sin valor ni utilidad práctica alguna, puesto que ningún jurado del mundo puede evaluar el arte ajeno de forma objetiva. En realidad, el verdadero premio al que todo artista debe aspirar consiste en hacer feliz al prójimo con su trabajo y en que la máquina de sueños que es el séptimo arte consiga hacernos volar con la imaginación, evadirnos de nuestras prosaicas vidas y meternos durante unas horas en una historia fascinante.

De momento las películas de Mediapro solo consiguen producirme pesadillas de tercera regional, pero nunca perderé la esperanza de que cambien las tornas. Quizá el día menos pensado —cuando el mundo vuelva a ser pasto de los milagros, Jesús ande sobre las aguas sin necesidad del concurso de una moto acuática y el grifo de las subvenciones se cierre definitivamente— consigamos disfrutar de sus largometrajes.

1 comentario

  1. Jose Donís27 de Febrero de 2009, 14:11 - 14:11:55

    Pues aguanta, que estos son capaces de cargarse a Woody Allen forever. Les quedan tres intentos.
    http://www.publico.es/culturas/cine/204623/antonio/banderas/incorpora/reparto/proximo/filme/woody/allen

    ¿el cine? paso… a mí me gusta el Cine:
    http://josedoniscatala.blogspot.com/2009/02/wire-la-escucha.html

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