Lunes, 4 de Mayo de 2009

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Lunes, 4 de Mayo de 2009, 07:32 horas | David Millán, Tribuna
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Cuenta el cronista grecolatino Caius Caesar Vidae que, tras la derrota de la flota de Marco Antonio en la Batalla de Actium y el posterior suicidio de Cleopatra VII en Alejandría, la historia universal dio un giro copernicano de imprevisibles consecuencias que cambiaría para siempre la faz del mundo. No en vano, corría el año 2003 d. C. cuando Esquerra Republicana de Catalunya, a la sazón comandada por el ínclito Josep-Lluís Carod-Rovira, obtuvo los mejores resultados de las últimas décadas en unas elecciones autonómicas. Ello, unido a las favorables permutaciones de la aritmética parlamentaria, les permitió hacerse con las llaves del reino de los cielos. O lo que viene a ser lo ídem: con la opción de formar gobierno y escoger pareja en el baile de graduación.

De resultas de aquel espectacular avance, Convergència i Unió, tras veintitrés años de feliz reinado, pasó a engrosar el banquillo de la oposición, emprendiendo de esta guisa una travesía en el desierto que todavía dura. Comenzaban los felices tiempos del primer tripartito catalanista y de izquierdas, para regocijo de los más desfavorecidos y de los promotores de la Universitat Progressista. Sin embargo, para que Esquerra alcanzara el cénit de su poder habría que esperar varios meses más: los justos y necesarios para que (contra casi todo pronóstico) el PSOE ganara las elecciones de 2004 y los ocho diputados de la formación independentista fueran necesarios para conformar mayorías parlamentarias.

Eran tiempos extraños, en los que el bueno de Carod-Rovira pasó de ser un completo desconocido para el gran público a convertirse en la gran bestia parda que rompería España, con el concurso de las hordas hunas. Para dar lustre al mito corrieron rumores a cual más estremecedor. Verbigracia: había quien apuntaba que en realidad Carod-Rovira se llama Pérez (como el ratoncito) y que, lejos de abrirse una cuenta en el banco de la esquina como cualquier hijo de vecino, atesora en Suiza una descomunal fortuna. Eran las leyendas urbanas de una época irrepetible, digna de llevar a la gran pantalla.

Lo que pocos imaginaban era que Esquerra había tocado techo y que a partir ahí su trayectoria sería descendente, en caída libre. Y bien pensado tiene su lógica. Un partido que aspira anexionarse la Franja de Poniente por el Oeste; el Rosellón y Andorra por el norte; Mallorca, Menorca y las Pitiusas por el este y Castellón, Valencia y Alicante por el sur está condenado a darse de bruces con la realidad

Lo que pocos imaginaban era que —ya entonces— Esquerra había tocado techo y que a partir ahí su trayectoria sería descendente, en caída libre. Y bien pensado tiene su lógica. Un partido que aspira anexionarse la Franja de Poniente por el Oeste; el Rosellón y Andorra por el norte; Mallorca, Menorca y las Pitiusas por el este y Castellón, Valencia y Alicante por el sur está condenado a darse de bruces con la realidad a cada paso, lo que (más tarde o más temprano) termina por pasar factura, electoral y psicológicamente. A cualquier otro partido le pasaría un tanto si en su programa electoral figurara el proyecto de reconstruir Trebisonda, la Roma de Nerón o el Califato Omeya, imperios que tuvieron su momento de esplendor pero que ya no volverán. A partir de ahí, la incapacidad de Esquerra para reconstruir (desde el gobierno) la antigua corona cataloaragonesa de Jaime I ha sido total, de tal suerte que no ha dejado de perder apoyos por tierra, mar y aire, elección tras elección. Sin ir más lejos, durante las pasadas elecciones generales Esquerra perdió más de la mitad de sus votantes y casi todos sus diputados.

Ante tamaña tesitura, lo más sensato hubiera sido analizar racionalmente las causas de la debacle electoral, para erradicarlas en la medida de lo posible. Lejos de ello, las gentes de Esquerra se han enzarzado en las polémicas más absurdas y estériles que imaginarse pueda, incomprensibles para la práctica totalidad de la población. Como en tiempos del Gran Cisma de Occidente —-en los que los papas de Roma y Aviñón se excomulgaban mutuamente, poniendo patas arriba el continente europeo— partidarios de la línea oficial y militantes críticos con la susodicha han entrado al quite con vehemencia, acusándose mutuamente de botiflers al servicio de la dinastía borbónica. El último episodio sonado —el de la expulsión de Joan Carretero— no es más que un suma y sigue permanente, un camino que no conduce hacia ninguna parte y que para más inri está repleto de minas. De todos modos, no deja de ser curioso que el partido que aspira a romper España termine por romperse a sí mismo, a lo bruto y sin anestesia. Por lo visto —y parafraseando el famoso adagio— la secesión bien entendida empieza con uno mismo. No hay mayor verdad que esa.

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