Jueves, 21 de Mayo de 2009
primer periódico ciudadano de españa
David Millán
En uno de los sketches más memorables del dúo Martes y Trece, el mítico Millán Salcedo encarna a Fernando Sánchez Dragó, celebérrimo y controvertido autor de Gárgoris y Habidis. Se trata de una de las más certeras aproximaciones al personaje que he visto nunca. En un momento dado, el falso Sánchez Dragó asegura haber estudiado en la Universidad de la Sorbona. O lo que es mejor todavía: mucho antes de que la Universidad de la Sorbona fuera construida y de que la gente estudiara, él ya se iba allí (con los libros en ristre) a estudiar bajo un pino. Fue en esos andurriales donde se le ocurrió que quizá algún día las personas normales y corrientes de la calle llegarían a estudiar. Por supuesto, con el andar del tiempo se confirmaría su hipótesis.
Puede parecer una exageración, pero la realidad tiene la extraña costumbre de superar a la ficción. A mediados de los años noventa, en las revistas Próximo Milenio y Época, descubrí el diario personal de Dragó, La dragontea, donde relataba buena parte de sus vivencias, acaecidas tanto en el solar patrio como por el ancho mundo. En aquel tiempo —mucho antes de que la serie Lost se inventara—, nuestro hombre pasaba largas temporadas en un islote sin identificar de los mares del sur. En compañía de sus respectivos ángeles de la guarda, Jai y Oisinoid, tomaba distancia prudencial respecto a la actualidad española, lo que le permitía opinar con mayor perspectiva. La señal (débil y con interferencias) de Radio Exterior de España y los periódicos atrasados (que viajaban de España a las antípodas por la vía de la providencia) le permitían estar al tanto de lo esencial.
Asi pues, lustros antes de que los capítulos 5×16 y 5×17 de Lost nos dejaran en vilo, Sánchez Dragó añadía misterio tras misterio a su vida y milagros. La localización exacta de su isla era uno de los secretos mejor guardados de finales del siglo XX, pero ahí no acababa todo. ¿Cómo lo hacía para enviar puntualmente, semana tras semana, todas las entregas de La Dragontea a la redacción de la revista? ¿Y por qué, siendo tal lugar el paraíso en la Tierra, siempre terminaba por volver a este purgatorio de Dante llamado España?
Enigmas del universo aparte, lo cierto es que Sánchez Dragó tenía razón. Los periódicos se leen mejor cuando sus páginas amarillean y el tiempo ha puesto las noticias en su sitio. Ahora, gracias a este bendito invento llamado Internet, no podemos usar los periódicos viejos para envolver el bocadillo. Tampoco podemos conservar viejos ejemplares en el armario para echarles un vistazo cuando haya transcurrido un tiempo prudencial, pero sí que podemos bucear fácilmente en las hemerotecas y recordarnos los unos a los otros las mentiras (o simplemente las medias verdades) de nuestros gobernantes.
Verbigracia, la semana pasada asistí (metafóricamente hablando) a la intervención del presidente Zapatero en el Debate Sobre el Estado de la Nación con el mismo interés con el que observo a los trileros mientras paseo por las Ramblas de Barcelona. No hacía falta estudiar en la Sorbona bajo un pino para darse cuenta de que la batería de promesas de ZP tenía la misma credibilidad que un hoax de la bandeja de entrada de Hotmail. No en vano, solo se trataba de una cortina de humo para distraer la atención del respetable, evitando de esta guisa hacer balance de la pésima gestión de la crisis por parte del gobierno de la nación.
A los que pensábamos así, el tiempo (dos días mal contados) ha acabado por darnos la razón. Una de las primeras confirmaciones nos vino cuando no tardó en circular por Internet la noticia de que Zapatero ya prometió ordenadores para todos los alumnos allá por 2004. Prácticamente nadie se acordaba de ello, pero las hemerotecas y la velocidad con la que circula la información por las autopistas de la ídem fueron suficiente para que nuestra memoria no tardara en refrescarse.
Desde luego, lo suyo sería encontrarme en el islote de Dragó en estos momentos. Allí de buen seguro se hubiera producido alguna especie de milagro. Quizá en el hall de un hotel (cuyo nombre me vería obligado a omitir para preservar el anonimato) habría encontrado, semioculto bajo otras publicaciones de los cinco continentes, un viejo ejemplar del periódico El Mundo, y me habría preguntado por su peripecia, cómo llegó al islote desde España, cruzando tal vez el cabo de Buena Esperanza, sorteando acaso la amenaza de los piratas somalíes y permaneciendo intacto tras la dura travesía y cinco años de pensión completa. ¿Casualidad o causalidad?, me preguntaría de forma protocolaria, conociendo de antemano la respuesta. En realidad, poco importaría. Lo abriría con sumo cuidado para no malograr sus páginas quebradizas y me quedaría de un aire al leer lo que el hombre del talante y la sonrisa zen prometió hace poco más de un lustro. Creería que se trata de un espejismo producto del consumo de substancias enteógenas de la ruta de la seda, pero el titular (del año 2004) no dejaría margen para la duda: “Zapatero promete una educación pública de lujo, bilingüe y con un ordenador por cada dos alumnos“. Así, a lo bruto y sin vaselina. Sin embargo, no tardaría en sentir alivio al encontrarme a miles de kilómetros de distancia de un presidente del gobierno tan irresponsable que combate las crisis económicas reciclando las promesas incumplidas del año del cuplé. Dragó, desde luego, demostró ser un hombre sabio al perderse —siquiera temporalmente— por tales ínsulas de las antípodas.
La cruda realidad es que estamos en España y que ZP va a seguir gobernando (es un decir) nuestros destinos durante una buena temporada, a base de promesas vacías y constante improvisación cortoplacista. Nadie sabe lo que va a pasar de aquí en adelante, pero al menos una cosa está clara y es segura: poner tierra por medio no es mala idea, si es que acaso uno se lo puede permitir. Puede que salgamos de la crisis y que España vuelva a ir bien, pero el gobierno (empeñado en aumentar el diámetro del agujero negro del déficit público siguiendo el patrón de la progresión geométrica) no parece estar por la labor de solucionar las cosas. En momentos así, desearía que los ángeles de la guarda de Dragó existieran realmente. Los vamos a necesitar. No en vano, ante la que se nos ha venido encima cualquier ayuda —incluso la divina— va a ser poca.
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