Viernes, 5 de Junio de 2009

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Viernes, 5 de Junio de 2009, 05:13 horas | David Millán, Tribuna
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La hipocresía (entendida como «fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan», según la definición del DRAE) es una de las mayores miserias de la condición humana, a no poca distancia de la envidia y del timo del nigeriano. Bien es verdad que en ocasiones, por motivos de estricta supervivencia y para evitarnos algún que otro problema social, es preferible ocultar nuestros verdaderos pensamientos y unirse al carro de lo políticamente correcto. Verbigracia: para mi vergüenza reconozco que yo mismo he cometido tamaño pecado en alguna que otra ocasión cuando el éxito ha acompañado al deporte español, ya sea en el fútbol, en el ciclismo, en la F1 o en la petanca de precisión. Hago ver que me alegro de los memorables triunfos patrios para no soliviantar los sentimientos de mis interlocutores, pero lo cierto es que lo deportivo me aburre horrores, excepto si se trata de admirar la belleza de la Sharapova y de otras que tal bailan.

Sin embargo, hay quien se une al carro de la hipocresía con profesionalidad y premeditación, con la idea de acceder a la champions league del engaño masivo: la que le permite a uno vivir de la ignorancia del prójimo. No se trata de pronunciar alguna que otra mentira piadosa en el ámbito doméstico para salir del paso, sino de faltar a la verdad ante todo un país para alcanzar el poder o mantenerse en él. Solo hay que echar un vistazo superficial a las sandeces que se están diciendo en esta campaña electoral. No hay que perder de vista que la última vez que acudimos a las urnas para decidir el destino de la Unión Europea, asistimos a una de las más vergonzantes campañas a favor del analfabetismo que se recuerdan, cuando se nos aseguró (por activa y por pasiva) que no era necesario leer el texto de la Constitución Europea para saber que era bueno. Con este bochornoso precedente a nuestras espaldas, no es de extrañar que el nivel de la actual campaña esté a la altura del betún. Más que unas elecciones al Parlamento Europeo, esto parece un casting para presentar Aquí hay tomate.

Por supuesto, nuestros políticos son muy libres de descender al barro y enfangarse en polémicas estériles, de las que no aportan nada positivo y que a lo sumo arrancarán cuatro votos mal contados. Allá ellos y su conciencia. Sin embargo, hay algo de todo esto que me llama poderosamente la atención y que se suele pasar por alto. Aquí en España, todos los partidos del arco parlamentario parecen tener un mismo denominador común: el de la profesión de fe europeísta. PP, PSOE y el resto de formaciones políticas parecen compartir la idea de que la Unión Europea es un invento feliz. No habría nada que objetar a ello de no ser porque lo que afirman con palabras lo niegan a diario por la vía de los hechos. O lo que es lo mismo: en lo que al europeísmo se refiere —y salvo gratas excepciones— nuestros políticos son unos hipócritas de marca mayor. No en vano, lejos de abordar asuntos de alcance —los que afectan a los quinientos millones de habitantes de la Unión—, van y se enzarzan en polémicas localistas y provincianas que fuera de nuestras fronteras nacionales no interesan ni incumben a nadie. A tenor del bochornoso panorama, diríase que lo supranacional en general y lo europeo en particular les importa una higa.

En mi humilde opinión se trata de un euroescepticismo encubierto, que todos practican —en un alarde de hipocresía unánime— pero que nadie reconoce abiertamente, tal como sería de recibo si la honradez intelectual estuviera por delante. Por ese motivo no sería de extrañar que el próximo 7J los índices de abstención alcanzaran cotas históricas. Al fin y al cabo, antes que acudir al colegio electoral a participar en esta absurda farsa siempre será mejor pasar el día en la playa, ir a misa de doce o refugiarse bajo la sombra de un roble para escribir haikus a la persona amada. Y a vivir que son dos días, pardiez.

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