Viernes, 19 de Junio de 2009
primer periódico ciudadano de españa
Rafael Herrera
Una de las cosas que más le sorprenden a uno cuando ha pasado algún tiempo viviendo fuera es el exceso de tolerancia y de corrección política en que vive España. La carencia histórica de libertad nos ha llevado, en la actualidad, a malinterpretar el ejercicio de la misma hasta el punto de sufrir lo que ya se empieza a sentir como un exceso de permisividad. La paradoja es que el exceso de tolerancia termina dificultando el propio ejercicio de la libertad. La fórmula es simple: a mayor tolerancia excesiva, menor libertad cívica.
No quiero decir que la tolerancia sea algo malo, faltaría más, pero sí afirmo que, en exceso, es terriblemente perniciosa. A mí no me cabe duda de que la causa de esta deriva cívica, está basada, además de en la poca tradición de libertad en España a la que aludía antes, en el imperio de la moralina socialdemócrata que, como dice el filósofo John Gray, devora el continente europeo. Pero en España la situación es peor…
En Italia, un país a cuyos gobernantes con tanta autosuficiencia criticamos en España, sorprende la libertad con que en la calle y en los medios se habla de ciertas cosas que aquí a uno, con solo insinuarlos, le tacharían inmediatamente de fascista para arriba. Así, por ejemplo, la población de algunas ciudades italianas del tamaño de Murcia, y sus medios de comunicación, están muy sensibilizados con el hecho estadísticamente objetivo de que existe una íntima relación entre el incremento de la delincuencia y la inmigración. De hecho, en estas ciudades, un pequeño robo en una tienda o en un cajero es motivo de escándalo ciudadano y se exigen inmediatamente medidas a las autoridades, que actúan. Naturalmente, en España, como somos megatolerantes, nos escandalizamos cuando en Italia patrullan las calles permanentemente grupos de carabinieri y soldados del ejército. «¡Oh, qué exagerados y pseudofascistas son estos italianos!», rezongan aquí los medios.
Pero, para entonces, hechos tan graves como un asesinato o una violación en un pueblo de una ciudad mediana en España apenas escandaliza a nadie, porque los españoles padecemos una excesiva tolerancia al mal. Eso sí, cuando un grupo de descerebrados acosa a unos gitanos rumanos en Irlanda, todos los telediarios europeos enseguida se apresuran a ponerlo como noticia del día. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que sea más noticia un hecho como el de Irlanda que el asesinato o la violación de una joven que vive a escasos kilómetros de nuestras casas, por ejemplo? ¿Por qué es noticia lo que ha pasado en Irlanda, y sin embargo, nadie dice nada de que los gitanos rumanos atemorizan a las jóvenes conductoras que pasan por Castellana en Madrid, a las que asaltan en sus coches? ¿Por qué nadie dice nada de las redes de mendicidad claramente organizadas que en menos de dos años se están asentando en las calles de Murcia? ¿Por qué permitimos que un grupo de hombres organizados nos extorsionen cada vez que aparcamos el coche en ciertas zonas de Murcia? ¿Por qué nosotros, y los medios y los políticos que nos gobiernan, miramos a otro lado, en un gesto de excesiva tolerancia? ¿Por qué se permite cursar una reclamación por xenofobia contra una trabajadora de una biblioteca de la región murciana que había recriminado a un africano por quitarse los zapatos, a lo cual éste repuso que no había ningún cartel en la biblioteca que lo prohibiera? ¿Por qué muchas calles parecen cada día más bien granjas asquerosas?
Lo único que sé es que estos excesos de tolerancia son profundamente injustos, porque contribuyen a mermar la libertad de los ciudadanos en el disfrute de su entorno, que con tanto esfuerzo construimos y mantenemos con nuestros impuestos. Mañana les diremos a nuestros hijos: «¡Qué lástima, hijo, que no conocieras Murcia cuando se podía pasear tranquilamente por la ciudad!» La lucha por mantener lo bueno que hoy nos ofrece esta tierra comienza hoy mismo, y requiere de pequeños gestos de valiente civismo que los medios de comunicación y los políticos que nos representan han de fomentar, en pro de la libertad, y no en pro de esa estupidez que nos oprime de la tolerancia mal entendida.
Ahora, algún lector ya puede llamarme xenófobo o fascista, que a mí, plin, faltaría más.
Dicho queda.
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No es cierto que nadie diga nada: tú mismo, aquí y ahora. En cuanto a la reclamación contra la bibliotecaria, ¿prosperó? Y en cuanto a las calles, dos cosas: falta de civismo y mal funcionamiento del servicio municipal de limpieza. Lástima de Plan E, con la falta que hacen las papeleras y ellos levantando aceras…
Ah, y revisa tu instalación de TV porque si hace meses que no recibes la señal igual deberías hacerte con un aparato de esos para la TDT. Más que nada, porque decir precisamente ahora que el asesinato o la violación de una joven que vive a escasos kilómetros de nuestras casas no es noticia, suena a broma macabra o a apagón analógico sin arreglar. Y reírse de según-que-cosas no es propio del civismo valiente.