Sábado, 5 de Septiembre de 2009
primer periódico ciudadano de españa
En El gato al agua, a cuento de los recientes combates entre tropas españolas y milicias talibanas, Isabel Durán, todóloga cuya foto ilustra esta nota, se anima a responder la pregunta de qué hacemos nosotros en Afganistán (además del canelo, se entiende). Pero su conocimiento del percal compite con el sentido de la melodía de Jimi Hendrix, aviados estamos, así que se ve impelida a introducir una cuña publicitaria progre (o asín) que, por lo demás, abunda en la obviedad de que el problema nunca han sido los medios de comunicación, que si de derechas o de izquierdas, sino la ignorancia de los emisores y/o de los receptores [1]:
Es verdad que Afganistán tiene unas causas que podríamos analizar, y ahí estoy de acuerdo, o sea, que los Estados Unidos crearan a los talibanes para meterlos, para acabar con el imperio ruso, con los soviéticos, que alimentaran, que alementeran [sic], que les alimentaran, que les dieran armas, que les convirtieran en esa hidra de doscientas mil cabezas que es ahora, que son los talibanes, y que si nos vamos a analizar las causas habría que entonar [sic] Estados Unidos el mea culpa, pero dicho esto … [2]
Aclarando que es gerundio. Isabel Durán comete un anacronismo de tres pares de narices, algo parecido a la sandez aquella de Obama sobre la tolerancia andalusí y la pérfida inquisición. Estados Unidos y Arabia Saudí, vía Pakistán, ayudaron con armas y dinero a los muyahidines, que fueron quienes se enfrentaron al «imperio ruso», sí, pero entonces los talibanes todavía no existían [3]. Los soviéticos se fueron de Afganistán en 1989 —y con ellos la financiación saudí y las armas estadounidenses—, y la guerra civil continuó. El régimen prosoviético de Najibulá siguió existiendo hasta 1992, cuando tropas tayikas y uzbekas del norte (años después se les llamaría Alianza del Norte) conquistaron Kabul. Lejos de amainar con la caída de los comunistas locales, la guerra civil se intensificó. Los pashtunes, principal etnia del país, juzgaron intolerable que la capital cayera en manos «extrañas» por primera vez en los últimos trescientos años, y procedieron a su bombardeo intensivo.
Dos años después (1994), Afganistán se había fragmentado y andaba repartido entre cuatro grandes facciones con sus respectivos ejércitos privados —el gobierno tayiko-uzbeko de la capital, el caudillo Ismail Jan, el caudillo Gulbudin Hikmetyar y una coalición de tribus pashtunas—, amén de un rosario de caudillitos y gangstas. Probando por enésima vez la pulcritud de la teoría anarcoqué, pero tampoco a este turrón le hincarán el diente, existía tal pasión por los actos espontáneos que todos se aliaron con todos en algún momento y todos traicionaron a todos en algún momento. Mientras hacían y deshacían, sin embargo, cada facción impuso su propio régimen tiránico, destacando cierta predilección por la expropiación prefuneraria, o sea primero te robo y luego te mato, y los impuestos arbitrarios. Ahmed Rashid fue testigo de este florecimiento del libre mercado, que los pipiolos sin duda llamaremos bandidaje[4]:
La situación perjudicaba a la poderosa mafia de los camioneros radicados en Quetta y Kandahar, hasta el punto de hacerse intolerable. En 1993 recorrí los 209 kilómetros de carretera entre Quetta y Kandahar, y en esa distancia relativamente corta nos detuvieron por lo menos veinte grupos diferentes, que habían colocado cadenas por encima de la calzada y exigían peaje para circular. A la mafia del transporte, que intentaba abrir rutas para el contrabando de mercancías entre Quetta, Irán y el estado de Turkmenistán, que acababa de obtener la independencia, le resultaba imposible llevar a cabo sus negocios.
Esa fue la situación general que propició el nacimiento de los talibanes, señora Durán. Surgieron a finales de 1994 para poner fin a la anarquía, en lo que contaron con el beneplácito popular (que se terminó cuando se comprobó que las brasas tampoco eran tan distintas del fuego). Nada que ver Estados Unidos, ni siquiera Arabia, y hacía cinco años que el «imperio ruso» había tomado las de Villadiego. Si le interesa saberlo, quien les impulsó, entrenó, financió y armó fue Pakistán[5], que ha sido su sostén desde entonces, incluso contra Estados Unidos (!) y hasta ahora que se les han desmandado en los territorios federales, y no por nada referido a la vigente guerra contra el terrorismo sino por algo más en consonancia con la guerra tradicional. Pakistán, desde su independencia, y de nuevo por culpa de los británicos —el divide and conquer de los cojones—, anda a la greña con India, con la que mantiene una sangrienta disputa territorial en Cachemira y con la cual ha entrado en guerra tres veces en medio siglo. Los talibanes fueron su «¡eureka!» para evitar que India alcanzara preponderancia en Afganistán mediante sus (conspiranoia on) «agentes en el terreno», ora los tayiko-uzbekos, ora Hamid Karzai, ora cualquier otro que se les ocurriera/ocurra (conspiranoia off).
Pero esto se lo explicaré la próxima vez que meta la pata.
Notas
1. Quicir, Isabel Durán ha publicado en Libertad Digital, ha sido tertuliana en COPE con Losantos y César Vidal, ahora en Intereconomía, etc. Es decir, «credenciales» no le faltan. Pues ya ves. O mejor dicho, vas a ver. ↑
2. Enrique de Diego interviene acto seguido para desmentir que Estados Unidos creara a los talibanes, desplazando la responsabilidad de su financiación y armamento hacia Arabia Saudí. Mejor, pero también insuficiente. ↑
3. No existían como grupo organizado, quiero decir. Talibán es plural de talib, que significa estudiante, y claro que había estudiantes, o sea talibanes. ↑
4. Cito desde la edición española, Ahmed Rashid, Los Taliban: el Islam, el petróleo y el nuevo gran juego en Asia Central, p. 63. ↑
5. Contando también para ello con cuantiosos fondos saudíes, aunque no inmediatamente. Esta es la parte que acierta de Diego. ↑
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