Viernes, 2 de Octubre de 2009

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Viernes, 2 de Octubre de 2009, 17:38 horas | David Millán, Tribuna
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Hace poco más de una semana -exactamente el 20 de septiembre del año en curso- se celebró en la plaza de la Revolución de la Habana un concierto histórico, que bajo el nombre de Paz sin Fronteras reunió —se dice pronto…— a más de un millón de personas. Fue promovido por el cantante Juanes y secundado por más de una docena de grupos y solistas de renombre, con lo que era inevitable que su repercusión —tanto en la propia Cuba como en el resto del mundo— fuera inmensa. Sin embargo, lo que en circunstancias normales hubiera quedado circunscrito dentro del ámbito de lo artístico, festivo y musical, en esta ocasión ha estado ensombrecido por la controversia política y la mala uva de unos pocos.

He tratado de entender los motivos de tanta animadversión hacia el concierto de marras, pero cada vez que lo intento mis pensamientos se estrellan contra un pino. En principio, prácticamente todos estamos de acuerdo en que Cuba vive bajo una dictadura de la peor especie, y que durante medio siglo los hermanos Castro han sojuzgado la isla a sangre y fuego. Veinte años después de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría el régimen cubano sobrevive a guisa de fósil del cuaternario, sin más horizonte que restringir las libertades y oprimir a su propia ciudadanía. Con la caspa del comunismo siempre por montera.

Sin embargo, el consenso se rompe y la cosa se lía parda cuando se trata de esclarecer si es lícito (o no) viajar a un país dictatorial para amenizar un poco la existencia de sus sufridos habitantes, ya sea a través del canto o de cualquier otra disciplina artística. A fin de esclarecer esta cuestión, mi opción consiste (dentro de mis modestas capacidades empáticas) en ponerme en el lugar de un cubano, marroquí, saudí o norcoreano. No me resulta fácil —gracias al hecho de haber vivido siempre en democracia—, pero mi conclusión siempre es la misma: y es que cualquier habitante del planeta Tierra —ya viva en una teocracia, en una gerontocracia, en una talasocracia o bajo la férula de la aristocracia— merece disfrutar de la vida, pasarlo en grande y recibir con regularidad corriente fresca de otras culturas y países. Nosotros los españoles nos beneficiamos de ello durante la dictadura de Franco gracias a la visita de un largo surtido de artistas e intelectuales del diablo mundo. Sus aportaciones —y las de las suecas— nos ayudaron a ser más felices y a evolucionar (sin prisa pero sin pausa) en la buena dirección. Estoy convencido de que el pueblo cubano también merece esa misma suerte.

Por desgracia, Juanes ha tenido que lidiar con una dura y desafortunada campaña en su contra, que ha incluido la quema de sus discos, así como amenazas de muerte para él y su familia. Además ha recibido acusaciones muy injustas, tales como las del mismísimo Jiménez Losantos y otros que tal bailan. Afortunadamente, de la misma forma que el viento sopla de donde quiere (Juan 3:8) la música hace lo ídem, atravesando fronteras y diques de contención, con todo lo positivo que ello implica. Por ese motivo no solo pienso que el concierto de Juanes fue una buena cosa, sino que iniciativas como la suya deberían prosperar por los cuatro puntos cardinales, tanto en la Habana como en Pekín o en Beijing.

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