Domingo, 18 de Octubre de 2009

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Domingo, 18 de Octubre de 2009, 17:34 horas | Manel Gozalbo, Tribuna
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Según conjeturan los historiadores de las ciencias, en algún momento entre 1503 y 1532 —lapso imposible de reducir hoy por hoy, aunque hay buenos indicios que lo acercan más al primer año—, el canónigo polaco Niklas Koppenirgk (Copérnico) escribió un librillo titulado commentariolus de hypothesibus motuum coelestium a se constitutis, en el cual planteaba discursiva pero aún no matemáticamente la idea de un universo heliocéntrico y con un tamaño mucho mayor de lo que suponían los sabios. Giraba literalmente del revés la cosmología ptolemaica, geocéntrica, pero no evitaba el cáncer de ésta: la circularidad de las órbitas, la necesidad de epiciclos y excéntricas que justificaran diversas anomalías. Copérnico conservó en su teoría muchos de los artificiosos cálculos de Ptolomeo y cayó en errores muy similares, pero es que a poco más podía aspirar, ya que todo su equipamiento eran tres o cuatro simples aparatos de madera y un puñado de antiguas observaciones astronómicas muy deficientes.

En definitiva, el commentariolus fue otro libro más en la abarrotada repisa de la chimenea del siglo XVI, pero sabemos que su contenido fue expuesto en 1533 en la Santa Sede ante el papa Clemente VII, y también que en los años siguientes, a falta de las indispensables demostraciones matemáticas, circuló como lo que hoy en día consideraríamos un ensayo infundado. Las reacciones fueron dispares. Roma, frenada en principio por la palabra hipótesis del encabezamiento, guardó sabio silencio, pero los fundamentalistas protestantes, siempre con la susceptibilidad a un milímetro del escozor, la rechazaron abiertamente en general. No podía suceder de otro modo en quienes tenían en las Escrituras su máxima y única autoridad. Así, en 1539, Lutero el visionario, príncipe de tinteros y campeón de cambios radicales, llamó a Copérnico «ese loco que quiere cambiar toda la astronomía», y no justificó su desprecio sino con la incompatible posición planetaria de Jos 10:12-13. (Para entender mejor su paisaje mental recordemos que Lutero también creía que el diluvianismo —los efectos del Diluvio de Gen— explicaba todos los fenómenos geológicos, fósiles incluidos, precediendo así a los airados diluvianistas del XVIII que se liarían a versiculazos contra geólogos y paleontólogos). Melanchton, por su parte, trató de que se impidiera la enseñanza de la nueva hipótesis, y como en la guerra todo vale no desestimó la maledicencia ad hominem: insinuó que Rético, divulgador de Copérnico a quien ahora conoceremos, era maricón[1].

Rético prueba que no todas las reacciones de los protestantes fueron tan agrias. Su espíritu científico predominaba sobre sus creencias religiosas. Se llamaba en realidad Georg Joachim von Lauschen y era un joven profesor de matemáticas en la ciudad de Wittemberg, feudo de Lutero y Melanchton. Pocos meses antes de que estos dos despotricaran contra Copérnico y lo suyo, Rético, habiendo conocido la revolucionaria hipótesis del polaco —seguramente por boca de las mismas personas—, se sintió vivamente interesado en ella y emprendió viaje hasta la lejana Frombork, en el Golfo de Gdansk, en el Báltico. Allí residía nuestro canónigo, que por aquel entonces contaba ya 66 años, custodiando un nuevo manuscrito que no tenía intención de hacer público. Rético trabó amistad con él, se hizo su discípulo y quiso convencerle de que expusiera abiertamente sus investigaciones, pero lo máximo que sacó fue un permiso para copiar el manuscrito. Suficiente; al fin y al cabo era lo mismo que acceder a la publicación. Unos meses más tarde, en 1540, el profesor de Wittemberg divulgó la forma final de la hipótesis copernicana en un compendio publicado en Gdansk y que tituló narratio prima de libris revolutionum. El interés internacional que despertó el compendio de Rético logró que finalmente, en marzo de 1543, y esta vez sí con densas demostraciones matemáticas, el propio Copérnico se viera obligado a dar a la imprenta su de revolutionibus orbium coelestium, libri VI. Pero no tendría tiempo de saborear la revolución que había puesto en marcha: murió dos meses después.

Ahora bien, vale la pena examinar siquiera de pasada la modestia científica del de revolutionibus, oscura cuestión que ha sido extensamente debatida por los especialistas. A largo plazo cuando no inmediatamente, la rotación diaria de la Tierra sobre su eje y su traslación anual alrededor del Sol significaban la superación del paradigma ptolemaico, la ruina de la física aristotélica y un desasosiego para las Escrituras, tan estúpidamente ligadas durante siglos a lo anterior, pero de hecho la obra de Copérnico se presentaba en sociedad casi como un pasatiempos dominguero que, por decirlo en el argot de la antigua Grecia, solo salvaba las apariencias. La verdad es que Copérnico creía en la realidad física de su sistema y que ello se traslucía en el libro. En la dedicatoria al papa Pablo III confesaba que el trabajo estaba concluido ya en 1531, pero, pitagórico él, había dudado durante años si darlo a la publicidad o guardarlo entre sus amigos y allegados, «y aun no por escrito, sino solo oralmente». Tanta cautela no se compadece con un pasatiempos ni con una hipótesis de chicha y nabo; sí cuadra, en cambio, con una creencia íntima cuyo rechazo puede herir la sensibilidad y erosionar el prestigio personal. Copérnico percibía que estaba jugando con fuego y que su sistema sería entendido como un ataque a la literalidad de las Escrituras:

Estoy seguro de que los sabios y profundos matemáticos han de aplaudir mis investigaciones si, como conviene a verdaderos filósofos, examinan a fondo las pruebas que doy en mi obra. Si hubiera hombres sin sentido o ignorantes que quisieran abusar de ciertos párrafos de las Escrituras tergiversando su sentido, no me detendría. Desprecio, desde ahora, sus ataques … Las verdades matemáticas no deben ser juzgadas sino por los matemáticos.

Pero, pese a sus desafiantes protestas, sabía que no podía cobijar esperanzas en contrario, vista la reacción cosechada por su commentariolus:

Imagino, Santo Padre, que cuando algunas gentes sepan que en los libros que he escrito sobre las revoluciones de las esferas del mundo sostengo que la Tierra tiene varios movimientos, protestarán y sostendrán que mis teorías y yo mismo debemos ser condenados inmediatamente.

No tendría, sin embargo, mayores problemas hasta pasados casi ochenta años, cuando de rebote su trabajo fue incluido en el Indice de libros prohibidos, pero en esas fechas no parece probable que pudiera importarle ya. En realidad, el éxito inicial del canónigo polaco fue bastante discreto; ¿qué otra cosa podemos pensar si tenemos en cuenta que la segunda edición del de revolutionibus tardó 23 años en salir al mercado? Por otra parte, sabemos que la aceptación general del heliocentrismo, digamos que su as cosmológico, tardaría mucho tiempo en llegar. Téngase en cuenta que estaba rompiendo un tabú de los más gordos. En cambio, la influencia de sus cálculos entre los matemáticos no se hizo esperar. Fueron puestos a prueba frente a los ptolemaicos en 1544, con ocasión de una conjunción planetaria, y salieron triunfantes. Desde ese momento, los prejuicios filosóficos y/o religiosos de muchos científicos quedaron aparcados sine díe, de tal modo que, en 1551, Erasmus Reinhold, anticopernicano moderado a quien algunos hacen responsable de la parte técnica de la edición del de revolutionibus, pudo presentar con gran éxito sus Tablas Prusianas, compuestas en base a los cálculos de Copérnico. La situación era lo que se dice una paradoja, una más de esas a que nos tiene acostumbrados el cristianismo militante: «Todos los astrónomos prácticos, cualesquiera que fueran sus opiniones sobre la hipótesis de la rotación de la Tierra, se cambiaron a las Tablas Prusianas calculadas según el sistema de Copérnico, aunque, de hecho, eran escasamente más exactas [que las Tablas Alfonsinas del siglo XIII]»[2].

No hemos de referirnos aquí, claro está, ni al conjunto de supersticiones platopitagóricas que arrastraba el canónigo ni al valor científico sensu stricto de su hipótesis, que los expertos hodiernos coinciden en señalar que es bastante discutible «pero con el Sol en el centro». Más bien vamos a incidir en su facilidad para convertirse en paradigma contrabíblico. Pasa generalmente inadvertido que lo copernicano fue la piedra de toque de una nueva actitud ante el poder omnímodo de la religión. Casi en secreto y de modo muy confuso, Copérnico se convirtió en la contraseña del nuevo espíritu que emergía, y estás con él o estás contra él. Es sintomático a este respecto que las principales objeciones y los más rotundos contradictores del sistema copernicano salieran, en primer o segundo grado, del campo teológico. Sin duda, había algo que provocaba la ira de los promotores de ese insano potaje de cristianismo y aristotelismo que fosilizó el progreso en el mismo punto en que lo dejó el anterior y no menos insano régimen de cristianismo y nada para picar. Copérnico les obligaba a definirse, no sobre el valor real de su hipótesis, mero folclore académico que podría quedar obsoleto en pocos años, sino sobre si estaban dispuestos a ceder terreno al enemigo.

Habría que recordar siquiera en líneas generales aquella alianza de peripatéticos y cristianos. La cruz había montado su sistema cerrado sobre el sistema cerrado del Estagirita con el solo trámite de modificar la incómoda cuestión de la eternidad del mundo. Aristóteles, elevado a dogma tras el pertinente nihil obstat y objeto de idolatría científica por parte de quienes (acientíficamente) no necesitaban hacerse preguntas, daba a la cristiandad lo que a ésta las Escrituras le habían negado: un sistema del mundo. Por más escandaloso que resulte, venía a ser lo mismo contradecir al griego que a Moisés en persona. Fue así que desde el siglo XIII la religión se hizo acristotélica, siendo la suma de Cristo, el Redentor de Todos los Seres Humanos, y de Aristóteles, el Hombre Más Sabio de Todos los Tiempos. A través de ambos lo sabíamos todo, y nada necesitábamos que no estuviese en ellos o que atentase contra su autoridad. Cuanto viniera del extrarradio acristotélico venía forzosamente del Diablo y sus huestes bastardas; cuanto surgiera en tinieblas no iluminadas por la Biblia o por la Física era basura de las tinieblas absolutas. Poseída por la carcoma de una mentalidad tan antigua como los cromañones, una carcoma que denunciaba el alarmante estado terminal de la cosmovisión sagrada, la Inteligencia cristiana estaba más encarada hacia la muerte del juicio final que hacia la juventud de la creación y el campo abierto para todo. La humanidad, con Cristo, había tocado el techo redentor y desde ese momento era una cuenta atrás y una cuesta abajo; el mundo acabaría un día de estos y Dios pasaría cuentas, seguramente en consulta con Aristóteles.

El matrimonio acristotélico representaba el perfecto mundo feliz, la obra maestra de Dios Creador (así se dice pese a que no se le conozcan otras obras con las que poder comparar), un hermoso complejo de cielos superpuestos hecho de una tacada mediante la orden de su palabra —al modo de Ptah en la teología menfita—, con finísimos raíles de cristal —las órbitas circulares de los planetas y del Sol y de las estrellas— formando una red entrañable de luces y presagios a descifrar, todo muy cercano a nosotros y hecho por y para nosotros. Y llega el desconsiderado[3] de Copérnico y encuentra una grieta que amenaza ruina. Lo que se les venía encima y lo que les preocupaba de verdad era que se desplomara el centenario edificio acristotélico, y no el corregir la exégesis de algunas decenas de versículos cuya literalidad era contradicha por el heliocentrismo. Corregir sentidos de versículos —o aumentarlos ad libitum o inventárselos on the run— ya lo habían hecho antes muchas otras veces. Esta vez se trataba de otra cosa, se trataba de admitir la mayor cantidad de errores en cadena nunca vista y de poner sobre el tapete si la Tierra era tan importante en el plan creacional de Dios. Según Copérnico, nuestro planeta, que a golpe de navegación Magallanes y Elcano ya habían confirmado como esférico en ese tiempo, rendía pleitesía al Sol, y no al contrario. Para quienes habían construido sus vidas en la creencia de hallarse poco menos que en la plaqueta de cristal de un microscopio manejado personal y continuamente por Dios, la audacia del heliocentrismo rebasaba la cordura (Lutero: «ese loco…»). No era tanto un problema de matemáticas y recauchutados versiculares como de orgullo herido y de sensación de ser tragado por el remolino del tohu bohu de Gen 1:2. Los cielos, que en la mitografía bíblica (y antigua en general) estaban muy cerquita de la Tierra y eran sostenidos por columnas-montañas, ahora se hallaban a un quilometraje inimaginable: «El tamaño del universo es tan grande que la distancia de la Tierra al Sol, aunque apreciable en comparación con las órbitas de otros planetas, es como nada cuando se la compara a la esfera de las estrellas fijas». Definitivamente, según se deducía de la hipótesis del canónigo polaco, el ser humano, hecho a imagen y semejanza del ser divino, se aproximaba al tamaño de un piojo en un piojo. Pero era la ideología acristotélica la que quedaba en evidencia, no la cosmología ptolemaica. Era el Sol obediente de Gabaón, no el Helios ganadero de Homero.

En sentido inmediato, juzgado con el privilegio de la perspectiva que da el paso del tiempo, no podemos por más que reconocer que el de revolutionibus es el primer trabajo serio que profana la cosmovisión sagrada en varios puntos capitales, y no tanto porque el bienintencionado católico Copérnico lo quisiera así —que no lo quiso y ni siquiera lo intentó, y que le hubiera horrorizado de haber sido consciente—, sino porque abrió el camino para que otros sí quisieran despanzurrarla. Si Gutenberg con su imprenta puso fin al mundo antiguo, Copérnico con su heliocentrismo fue el primer chupete del mundo moderno. El bebé crecería y tomó a Copérnico por papá y mamá, lo que en peligrosa jerga judicial se llama un precedente. Por eso, cuando de verdad el nuevo sistema encontró la soga en su cuello fue cuando Galileo jugó a teólogo, arguyendo que el copernicanismo no estaba en contradicción con los pasajes geocéntricos y geostáticos de las Escrituras. Hasta ahí podríamos llegar, avisaron los teólogos. A partir de entonces, pandemonium, todo prohibido. Pero entre la publicación del trabajo de Copérnico y su inclusión en el Indice de libros prohibidos iban a pasar unos ochenta años que, con el debido respeto, solo podemos calificar de cojonudos, con Brahe[4], Bruno[5], Kepler[6] y Galileo de molestosos principales e incluyendo la invención del telescopio en la primera década del siglo XVII, obra de varios ópticos holandeses al mismo tiempo, que nos acercaría al universo y permitiría la comprobación inmediata del nuevo sistema del mundo. El telescopio fue a la teología lo que el testigo al asesinato, o dicho de otro modo, cuando los sabios apuntaron con su reluciente telescopio a los cielos fueron Orfeo mirando atrás en el Hades.

Galileo Galilei (1564-1642), personaje irritante, engreído, inteligente y burlón, de esos que se hacen querer enseguida, fue quien descubrió a los demás las posibilidades del telescopio en astronomía, e incluso a veces se le toma por inventor del artefacto, rumor iniciado por él mismo y que los italianos dejan correr encantados. Ya antes de incorporarse a la nueva tecnología punta de la época era célebre por sus experimentos, por su capacidad matemática (en 1583 formuló la ley del péndulo; más tarde la ley de la caída de los cuerpos) y por sus tratados contra Aristóteles (Sobre el movimiento, 1590), a quien no tenía en demasiado aprecio, actitud que le llevaría finalmente a la ruina y a la condenación.

Con el anteojo en sus manos pronto cambió su estatus de eminencia local, y su fama, reservada a compatriotas y a colegas extranjeros con quienes se carteaba, se extendería a todo el continente y a todas las capas sociales. En 1609 contempló por primera vez la Luna —el inglés Harriot lo había hecho un par de meses antes que él desde un tejado londinense (y con más detalle), aunque la noticia trascendió después—, y quedó claro que no existía aquella cara sobre la que habían fantaseado los antiguos (Plutarco, Sobre la cara visible en el círculo de la Luna) sino cráteres, valles y montañas, y que la Luna no era una monda bola en el billar sidéreo sino un mundo como el nuestro. Galileo vio aumentar sin freno el número de estrellas en el cielo, descubrió que Venus tenía fases (ergo giraba alrededor del Sol), y poco más tarde, el 7 de Enero de 1610, que Júpiter contaba con cuatro satélites, lo cual negaba la excepcionalidad de la pareja Tierra-Luna (argumento habitual contra el heliocentrismo: si la Luna gira en derredor de la Tierra, ¿por qué el Sol, los planetas y las estrellas no habrían de hacerlo?).

En marzo de ese año, sin perder tiempo, publicó El mensajero de las estrellas y expuso sus recientes hallazgos, que confirmaban el sistema copernicano (por cierto que Galileo, por envidia de un talento superior al suyo, nunca creyó en las órbitas elípticas de Kepler; a Tycho Brahe tampocó le amó, y hasta se burló de él en una de sus obras de polémica). Los acontecimientos inmediatamente posteriores se podrían comparar al Desfile de la Victoria del Ego Desbocado: fue recibido por el papa Pablo V, le nombraron Primer Matemático de la Toscana y fue colmado de honores por doquier. Aquello representó una gran infusión para su vanidad, justo lo que menos necesitaba nuestro hombre. En 1613 dio a conocer un opúsculo sobre las manchas del Sol en el que se declaraba, ya, copernicano convencido. Pero quedaba un escollo por superar. Era evidente que el heliocentrismo contradecía ciertos pasajes de las Escrituras (si no su espíritu cosmológico general), por lo que en una Carta al abad Benedetto Castelli, de 21 de Diciembre de 1613, expuso su parecer al respecto, que tantas veces repetiría más adelante y que no era distinto del que Copérnico había manifestado en su momento: ciencia y Escrituras deben mantenerse separadas, porque «el propósito del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo va el cielo» (come si vada al cielo, non come vadi il cielo; el juego de palabras, que atribuyó al cardenal Baronio, hizo fortuna en la teología posterior). Su atrevido enfoque solo sedujo a unos pocos, entre ellos al carmelita P. Antonio Foscarini, que salió en defensa del copernicanismo y de Galileo y que se llevó lo suyo por imprudente. Pintaban bastos en general, así que Foscarini fue seriamente advertido por Bellarmino, el mismo que había hecho quemar a Giordano Bruno, en carta del 12 Abril de 1615:

Querer afirmar que el Sol está en realidad en el centro del mundo y que solamente gira sobre su eje sin ir de Este a Oeste, y que la Tierra está en el tercer cielo y gira con la mayor velocidad alrededor del Sol, es una actitud muy peligrosa y apta no sólo para excitar a todos los filósofos y teólogos escolásticos sino también para injuriar nuestra santa fe al contradecir las Escrituras. V.P. [Vuestra Paternidad] ha demostrado claramente que hay varias formas de interpretar la Palabra de Dios, pero no ha aplicado estos métodos a ningún pasaje concreto. Si usted deseara exponer por el método de su elección todos los textos que ha citado, estoy seguro de que encontraría dificultades muy graves. El Concilio, como V.P. sabe, prohibió explicar las sagradas Escrituras contra el común sentir de los Padres … Considere V.P. si la Iglesia puede consentir que se le dé a la Escritura un sentido opuesto a la tradición de griegos y latinos … Si se evidenciase con una verdadera demostración que el Sol está en el centro del mundo y que la Tierra está en el tercer cielo y que el Sol no gira alrededor de la Tierra sino que la Tierra se revuelve en torno de él, sería menester andar con toda cautela en la explicación de las Escrituras que parecen decir lo contrario, y entonces tendríamos que confesar que no entendemos la palabra de Dios, más bien que dar por falsa una cosa demostrada como verdadera. Por lo que a mí concierne, no creeré que existen tales pruebas hasta que me sean demostradas. No basta demostrar para el caso que, entronizado el Sol en el centro del mundo, se explican hermosamente todas las apariencias; es preciso hacer ver que el Sol, en realidad, ocupa el centro, y que la Tierra es quien se mueve. Lo primero creo que puede demostrarse; lo otro pongo duda en ello. Y en caso de duda, no hay que salir de la Escritura explicada por los santos Padres.

Ante aquel desafiante alea jacta est, Acristóteles de Galileo, el afilador de cuchillos hizo jornada intensiva en Roma y aledaños[7]:

Otros científicos, y sobre todo los filósofos entusiastas de Aristóteles y algunos exégetas bíblicos, basándose en las máximas autoridades del Estagirita y sobre todo de la Sagrada Biblia, iniciaron una violenta campaña contra él, presentando la teoría de Copérnico, defendida por Galileo, de que la tierra gira alrededor del sol, como contraria a la doctrina de Aristóteles y a la Sagrada Escritura.

El toscano reconocería amargamente a su viejo amigo Paolo Sarpi: «No tengo más adversarios que los peripatéticos, que son más aristotélicos que el mismísimo Aristóteles». Fue en 1615 cuando, picado en el orgullo y crecido de moral ante las voces acristotélicas en su contra, Galileo cometió el desliz de su vida: escribir la Carta abierta a la Señora Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana, referente al uso de las citas bíblicas en asuntos científicos. Quiso adoctrinar a los teólogos, suponiendo que las controversias que los científicos tenían entre sí eran reproducibles sin mayores miramientos en el ámbito sagrado. Insistía en lo escrito en su Carta a Castelli: los dos libros —la Biblia y la Naturaleza— habían sido escritos por el mismo autor, luego no podían contradecirse. Pero se daba el caso de que las páginas del libro de la Naturaleza podían experimentarse y demostrarse, y las de la Biblia no. Por tanto, si aquellas indicaban que el Sol asistía inmóvil a las circunvoluciones de la Tierra, todos los pasajes escriturísticos que parecían decir —o decían— lo contrario debían ser entendidos como escritos según las apariencias. Todo un fenomenal avance en exégesis sin el cual la teología de los siglos XIX y XX —acosada por el materialismo y el racionalismo— hubiera sido imposible y desde luego más previsible y retrógrada. A pesar de que no llegó nunca a imprimirse, como tantos otros escritos de Galileo, la Carta abierta fue suficientemente conocida y desencadenó la ofensiva total de sus enemigos.

El 20 de Marzo de 1615 se presentó denuncia contra él ante el Santo Oficio. Casi un año después, el 5 de Marzo de 1616, por medio del cardenal Bellarmino —autor, por cierto, de un libro cuyo expresivo título resume una época: disputationes de controversiis christianæ fidei adversus huius temporis hereticos—, el Santo Oficio le prohibió defender sus teorías heliocéntricas. Al mismo tiempo se prohibía provisionalmente el de revolutionibus de Copérnico así como cuantas obras patrocinaran el heliocentrismo, que serían definitivamente incluidas en el Índice a menos que, como mandaba la costumbre inquisitorial, no fueran expurgadas de sus errores. Traducido: tocaba a los propietarios hacer raspaduras y tachones en sus ejemplares.

Galileo pasó unos seis años en relativo silencio. Pero a principios de los años 20 no supo reprimir sus dotes de polemista en un cruce de disparos literarios con el P. Orazio Grassi. Con ocasión del paso de tres cometas, Grassi había atacado el sistema copernicano en su disputatio astronomica. Galileo le replicó con Discorso delle comete; aquel contratacó con libra astronomia ac philosophica y Galileo puso rotundo fin a la batalla con El experimentador (Il Saggiatore), obra de 1623 en la que, según anuncia el título completo, «si ponderano le cose contenute nella Libra astronomica e filosofica», y donde también, pero eso no se dice, se reía de Grassi, de Brahe y de otros muchos.

Aquel mismo año de 1623 llegó al pontificado el cardenal Barberini, antiguo amigo y defensor suyo, que tomó el nomen de Urbano VIII. De nuevo fue recibido en Roma, y el muy incauto pensó que los vientos soplaban a su favor. En febrero de 1632, en Florencia, impreso por Giovanni Batista Landini, y con un imprimátur eclesial no exento de polémica —porque parece que fue falsificado—, Galileo publicó su célebre Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo[8]. Al viejo estilo platónico, dos personajes principales, Filippo Salviati (copernicano, álter ego de Galileo) y Giovanni Francesco Sagredo (acristotélico), debatían las cuestiones candentes. Pero Galileo fue tan torpe o tan desmedido que no se le ocurrió otra cosa que ridiculizar a su amigo Urbano VIII, a quien embutió en un personaje menor e idiota rematado, Simplicio el peripatético. Las opiniones de este personaje eran las que el romano pontífice le había confiado en sucesivas audiencias.

El libro, según recordaría más tarde su autor, motivó que dos de sus enemigos «de toda la vida», el jesuita cardenal Scheiner (descubridor de las manchas solares en 1612, honor que Galileo pretendió arrebatarle), y el todavía encendido Orazio Grassi, no se mordieran la lengua y dictaminaran que «e piú pernicioso per Santa Chiesa che scritture di Lutero e di Calvino» («Es más pernicioso para la Santa Iglesia que los escritos de Lutero y Calvino»). Aunque no hizo falta mucha insistencia para convencer a Urbano VIII de que había que proceder contra el exasperante Galileo. En agosto de 1632 se prohibió la difusión de los Diálogos, y en enero de 1633 se inició proceso inquisitorial contra el autor. El fin del asunto se conoce: un anciano arrodillado abjurando de sus creencias, o postergándolas frente a otras menos comprobadas por él. Galileo se rajó ante el Tribunal del Santo Oficio y no defendió la teoría heliocéntrica, manifestando en cambio que él defendía lo mismo que Roma. Pero no coló. El 22 de Junio de 1633 se le condenó como sospechoso de herejía y sus Diálogos fueron prohibidos. El de revolutionibus no expurgado seguía en el Índice igual que otras obras similares. De hecho, Copérnico no saldría de tan infame catálogo hasta 1758, con Benedito XIV. Galileo lo haría en 1835.

Debe concederse que los científicos católicos, el Santo Oficio y el mismo romano pontífice cometieron un error. En él influyó sin duda la emulación y apasionamiento personal de algunos; pero, sobre todo, influyeron los prejuicios basados en la exagerada autoridad que se atribuía a Aristóteles y en una interpretación excesivamente literal de la Sagrada Escritura. Pero téngase presente que ni los científicos es raro que se equivoquen en sus opiniones, ni el Santo Oficio es infalible en sus sentencias y ni siquiera el romano pontífice en esta clase de decisiones goza de la infalibilidad pontificia. Fue un error disculpable por la opinión generalizada en aquel tiempo y una falsa interpretación de la Biblia.[9]

A buenas horas. Pero, ¿falsa interpretación de la Biblia? ¿No implica eso que la Escritura ha de contrastarse con la ciencia? Dejémoslo para otro día.

Notas

1. ¡Anda, como el director de cine! Sí, hombre, como… joer… no me acuerdo del nombre… esteee… lo tengo en la punta de la lengua…

2. A. C. Crombie, Historia de la Ciencia: De San Agustín a Galileo, Madrid 1979, vol. II, p. 162. Ese jugar a dos manos, ese mirar y fingir que no se mira, ese trapicheo con subtítulos, es bastante típico de tiempos con mordaza. El propio Crombie nos recuerda en sus páginas copernicanas la experiencia de Nicolás Oresme un par de siglos atrás: había supuesto la rotación de la Tierra pero un salmo forzudo le paró los pies antes de seguir adelante. Beneficios de ser cristiano cumplidor, qué duda cabe.

3. En sentido etimológico: sin las estrellas de su parte.

4. Tycho Brahe (1546-1601), millonario excéntrico, fue el mejor observador astronómico de todos los tiempos hasta la invención del telescopio, que se produjo cuatro o cinco años después de su muerte. Se hizo copernicano en 1572, cuando descubrió la supernova a que aludo aquí. Años después de la supernova, Brahe —que siempre sintió por el canónigo una típica mezcla de amor-odio— sustituyó el sistema copernicano por un invento suyo de dos velocidades en el que la Luna, el Sol y las estrellas fijas giraban alrededor de la Tierra, y Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno (el resto de los planetas conocidos) giraban alrededor del Sol. Su sistema, llamado ticónico, pretendía resolver el problema de las paralajes de las estrellas fijas. La paralaje es la diferencia de posición aparente que registran los cuerpos celestes en función del lugar desde donde son observados. Extiendan el brazo y levanten un dedo; mírenlo alternativamente con uno y otro ojo y verán que el dedo se «desplaza» respecto del fondo; ese desplazamiento aparente es la paralaje. Brahe creyó que la rotación de la Tierra alrededor del Sol revelaría la paralaje de las estrellas si se contemplaban en diferentes momentos del año, y al no encontrar ninguna diseñó su sistema. Con el equipo de que disponía, y nadie tenía nada mejor en el siglo XVI, no se podía detectar la paralaje porque las estrellas se hallaban muchísimo más lejanas de lo que suponía. En cualquier caso, el sistema ticónico gozó de cierta estima hasta finales del siglo XVII. En cuanto a posibilidades de ser verdadero —dicho con el lenguaje del momento— algunos religiosos lo situaban a la par con el ptolemaico y el copernicano.

5. Giordano Bruno fue quemado vivo en 1600 con una cuña en la boca para que no blasfemara («al morir apartó la cabeza de la cruz que le tendían»: María Luisa Ambrosini, con lamentación y espanto). Aunque Bruno no fue ajusticiado por la Inquisición debido a sus opiniones astronómicas sino heréticas, fue un copernicano entusiasta que, demostrando impagable intuición, dio los primeros pasos en lo que ahora se llama algo así como consciencia cósmica. Sostuvo que el universo era infinito y que en realidad no tenía centro ni direcciones absolutas; imaginó infinidad de mundos habitados y puso al ser humano más en su auténtica dimensión que nadie hasta entonces y que muchos otros después. Curiosamente, aunque su cosmos de infinitos mundos habitados gloriaba de un modo infinito a Dios, los inquisidores no se mostraron muy regocijados con semejante infinitud.

6.  Johannes Kepler (1571-1630), excepcional matemático y hombre infatigable que sentó las bases de la moderna astronomía, fue el último ayudante de Brahe y el heredero en 1601 de su «verdadera fortuna», es decir, de sus datos y observaciones. El protestante Kepler iba para sacerdote, pero Michel Mästlin, heliocentrista, su profesor de matemáticas en Tubinga, atento a sus facultades, le reorientó la carrera hacia los números. Kepler fue siempre un platopitagórico, un místico en busca de las armonías celestes navegando entre intuiciones brillantes y ridículas supersticiones. Después de muchos desvelos y de algunas fallidas concepciones geometricistas (mysterium mosmographicum 1596; el título completo de la obra ilustra muy bien su inclinación hermetista: Kepleri prodromus dissertationum cosmographicarum, continens Mysterium Cosmographicum de admirabili proportione orbium coelestium deque causis coelorum numeri, magnitudinis, motuumque periodicorum genuinis et propriis, demonstratum per quinque regularia corpora geometrica), Kepler abandonó por fin en 1604-1606 (de stella nova in pede Serpentarii*) el dogma intangible de la circularidad de las órbitas y todo empezó a fluir hacia la que sería su gran obra, Nueva Astronomía (1609), donde expondría dos de sus tres famosas leyes sobre los movimientos celestes (I. Los planetas se mueven en órbitas elípticas, con el Sol en uno de sus focos. II. Los planetas barren áreas iguales en tiempos iguales). Diez años después sacó harmonices mundi, libri V, con la tercera de sus leyes (III. Los cuadrados de los períodos de los planetas son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol), al que adjuntaría a modo de apéndice el viejo mysterium, muy a tono con el platopitagorismo que irradiaba cada página de la nueva obra. Entre 1618 y 1622 —cuando el heliocentrismo ya estaba prohibido por Roma en la otra media Europa— Kepler publicó triunfalmente los varios tomos de su epitome astronomiæ copernicanæ. (*) El tomo incluía además una rectificación de la fecha del nacimiento de Jesús, que debía retrasarse cuatro años; en 1582, a instancias de Gregorio XIII, se había reformado el calendario, pero, según Kepler, si se tomaba como base el nacimiento del galileo no estaban en 1606 sino en 1610.

7. R. García-Villoslada, Historia de la Iglesia Católica, Madrid 1976, vol III, p. 1055.

8. El título completo, Dialogo di Galileo Galilei dove en i congresi di quattro giornate si discorre sopra i due massimi sistemi del mondo, Tolemaico e Copernicano, proponendo indeterminatamente le ragioni filosofiche e naturali tanto per l‘una quanto per l’altra parte, manifiesta el poco aprecio de Galileo por Kepler o Brahe, conspicuamente omitidos.

9. R. García-Villoslada, op.cit., vol III, p. 1056.

3 comentarios

  1. Benito24 de Octubre de 2009, 01:28 - 01:28:09

    Vive Dios que me he perdido, en esta largo y enjuncioso artículo, pero yo creía (Wikipedia “dixit”) que la encerrona a la que fue sometido Galileo se basaba, fundamentalmente, en el celo que por aquel entonces manifestaban los jesuitas a todo lo que fuera ciencia y que lo tenían por su sacrosanta jurisdicción, de la misma forma que hoy los “agoreros” y “eco-socialistas” manifiestan el mismo celo con el calentamiento global. Y, por cierto, la Iglesia hace hoy el mismo seguidismo de esta doctrina oficial, se ve que siguen siendo los mismos y comportándose igual que antes -lo de Galileo tampoco fue para tanto, poco tiempo después la Iglesia rectificó (Wikipedia “dixit”), Giordano Bruno no corrió la misma suerte porque era otro cantar…

  2. Manel24 de Octubre de 2009, 12:44 - 12:44:07

    @Benito:

    La Wikipedia pocas veces resulta fiable. En cualquier caso, no hubo ninguna encerrona contra Galileo. Si se hubiera limitado a los aspectos científicos no habría tenido problemas (como no los tuvo Copérnico en absoluto). Pero quiso adoctrinar a los teólogos no sobre las circunvoluciones terrestres sino sobre la interpretación de la Biblia, y eso, cuando la religión tiene el martillo, le convierte a uno en clavo. No sé dónde dice la Wikipedia que la Iglesia rectificó, pero de ningún modo puede decirse que tardara poco tiempo. Doscientos años para sacarle del Index no son poco tiempo. Vamos, yo hay vidas que no los cumplo.

    Resulta interesante el paralelismo que planteas con los calentólogos, pero estos, afortunadamente, carecen del martillo. Joden y mienten igual sin él, desde luego, pero a cada año que pasa están quedando más en evidencia. Ya son 11 seguidos los que llevamos de enfriamiento.

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