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Viernes, 6 de Noviembre de 2009, 05:30 horas | David Millán, Tribuna
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La Historia Universal —entendida, DRAE en mano, como la «narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados»— no comenzó en el año 4004 a. C. al este del Edén, tal como postulan James Ussher, César Vidal, Harun Yahya y otros que no les van a la zaga. Yo no estaba allí para verlo, pero cuentan los aedos que nuestro debut como especie se produjo en África hace varios cientos de miles de años de nada. A partir de ahí nos extendimos en el ancho mundo para hacer el cabra en los cinco continentes.

Lo que sí es relativamente reciente es nuestro cultivo de la ciencia de la cronología. Gracias a la susodicha, es posible saber con una relativa seguridad en qué año se libró tal o cual batalla, cuando la palmó Tutmosis III o en qué momento se produjo el último eclipse, de tal guisa que tales sucesos queden ordenados en el tiempo, de más antiguos a más recientes. A partir de ahí, el imaginario colectivo se ha jalonado de efemérides notables, que han marcado un antes y un después en el devenir el mundo.

Por desgracia, nadie sabe cuando descubrimos el fuego o cuando nos anticipamos a la moda de París con la invención del taparrabos. Por contra, las fechas de momentos cumbre como la batalla de las Termópilas (480 a. C.), la caída del Imperio Romano de Oriente (1453 d. C.) o la pérdida de nuestras últimas colonias de ultramar (1898 d. C.) permanecen indelebles en nuestra memoria, a pesar de los márgenes de error. Pues un lapsus de nada puede traer a Cristóbal Colón hasta 1980 (pongamos por caso), justo a tiempo para asistir al estreno de El imperio contraataca.

La caída del muro de Berlín es uno de los diluvios de realidad más grandes acaecidos desde el big bang

Sin embargo, hay hechos históricos que están a un tiro de piedra, y ahí es más difícil meter la gamba. Tal es el caso de la caída del muro de Berlín, acaecida hace apenas dos décadas, el 9 de noviembre de 1989. Es difícil explicar en pocas palabras lo que supuso tan magno acontecimiento, pero yo lo definiría como uno de los diluvios de realidad más grandes acaecidos desde el big bang.

Aquel aguacero —que supuso la disolución del Bloque Comunista y el posterior desparrame de la URSS— nos pilló a casi todos con la guardia baja. Incluso el propio Nostradamus (que tenía al alcance de su mano la oportunidad de oro para demostrar la clarividencia de sus centurias) no nos advirtió de la que se avecinaba. Lo mismo cabe decir de la mayor parte de videntes, politólogos, analistas y trapecistas.

Por su parte, el rojerío internacional no daba crédito a lo que sucedía, pues lo que esperaba era el inminente desplome del capitalismo[1] y la plutocracia. No les cabía en la cabeza que el comunismo, que necesita de gulags, STASIs y kilómetros de alambre electrificado para convertir los países en cárceles de máxima seguridad, lejos de constituir el paraíso para el proletario fuera un pufo monumental. Lo mismo que el timo del nigeriano. No en vano, la lucha de clases (sea ello lo que fuere), los planes quinquenales, la censura y el adoctrinamiento propio de las democracias populares (?) no son más que maquinaria averiada, que si de algo sirve es para aplastar la libertad individual, la disidencia y los derechos humanos.

Fueron muchos los que desde la Europa occidental defendieron las supuestas bondades de los regímenes comunistas del otro lado del Telón de Acero (aunque casi nadie quiso irse a vivir a tales vergeles de ensueño). El tema da para escribir una enciclopedia, con prólogo de Saramago. Especialmente reseñable es el caso de Santiago Carrillo, un hombre capaz de defender —simultáneamente— la democracia en España y la dictadura en Rumania y Corea del Norte (al respecto recomiendo la lectura de sus memorias). Por más que trate de comprender estas cosas menos sé. Los misterios de la psiquiatría me superan.

En todo caso, el desplome del Bloque del Este generó una catarata de reacciones vitales de lo más variopinto en el solar patrio. Fueron muchos los que evolucionaron, al darse cuenta de que el comunismo solo ha funcionado a la hora de generar miseria y desgraciar países. Pero hay quien todavía no se ha enterado de nada y cree que la URSS merece un lugar de honor en el catálogo de paraísos perdidos (junto a la Atlántida, la cabaña de Heidi y el jardín de las delicias). Son la viva desmostración de que la dimensión desconocida existe y de que hay gente viviendo allí.

Otros han llegado a la conclusión de que el capitalismo es el mal menor, pero les gusta presumir de rojos, proletarios, obreros y anticapitalistas, ya sea para ganar votos, acumular cargos, recibir subvenciones, comprar un nuevo coche oficial o impresionar a las visitas.

Es lo que nos queda del muro de Berlín. Océanos de ignorancia (casi siempre bienintencionada) y mucha cara dura por parte de unos pocos sinvergüenzas. Así está España…

Notas

1. La caída del capitalismo, del liberalismo y del librecambismo en general se hizo oficial en septiembre de 2008. Fue anunciada por Iñaki Gabilondo en su telediario y por el hoy ministro del gobierno de España Pepiño Blanco. Qué nivel.

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