Martes, 1 de Diciembre de 2009
primer periódico ciudadano de españa
David Millán
Como ya casi todo el mundo sabe, entre los pasados jueves y viernes doce periódicos catalanes publicaron un editorial conjunto en defensa del estatut de autonomía catalán de 2006. A punto estuve de dar mi opinión sobre el tema, pero la divina providencia tuvo planes mejores. Manel se me adelantó y publicó un post titulado El editorial que prueba la existencia de una tribu. El susodicho expresaba (al menos en espíritu) lo que yo tenía en mente, con la diferencia de que Manel escribe tal como me gustaría escribir a mí cuando sea mayor. Así pues, aparqué los asuntos relativos a tan cansino tema y seguí dándole a la tecla, con la esperanza de terminar mi enésima novela antes de que nos den las uvas. Voy por la página 61 y todavía queda mucho trabajo por delante.
Huelga decir que no conseguí quitarme el tema del estatut y del editorial de la cabeza. Viviendo en Cataluña resulta difícil mantenerse al margen de estas movidas macabeas, que solo sirven para trajinar el sexo de los pobres querubes. Sin embargo, no se me ocurría nada que no estuviera dicho ya. El aluvión de opiniones al respecto era torrencial, y repetir lo que otros habían puesto en negro sobre blanco no tenía mucho sentido. Además, mi imaginación no atraviesa por sus mejores horas.
En esas estaba cuando me di cuenta de que en mi biblioteca particular de e-books existía una omisión importante: y es que no había ningún ejemplar del estatut a la vista. Lo descargué en su momento, eso seguro, pero lo más probable era que acabara perdido en la dimensión desconocida. No tardé en acceder a Google para cubrir este imperdonable vacío.
Por suerte no se trataba de una pérdida irreparable. Segundos más tarde me hice con una copia (pdf de 2.8 megas), que cualquiera puede descargarse acudiendo a la web del Parlament de Catalunya. Abrí el archivo, y comprobé con alborozo que la presentación y maquetación del mismo es muy buena. Son 396 páginas (poca cosa si lo comparamos con el Libro de Urantia), pero se dejan leer y mantienen en vilo al lector hasta el final. Además pronto advertí un detalle que hay que agradecer a los editores.
En la página cuatro se incluye el registro CIP del volumen, muy útil (entre otras cosas) para que los libreros y bibliotecarios cataloguen los libros antes, durante o después de su publicación. Entre otros datos se incluye el código CDU, ese que vemos en los lomos de los libros de la biblioteca y que permite clasificar las obras según su temática. En este caso particular, le habían adjudicado al estatut el 342.4(467.1)”2006″(094). Pensé que traducido al castellano guardaría relación con los gobiernos regionales o con alguna temática similar, pero estaba equivocado.
El código 342.4 significa constituciones en román paladino, con lo que dicho ejemplar del estatut (no olvidemos que se trata de una ley orgánica) debe compartir espacio con las constituciones de España, Francia y Estados Unidos, como si acaso fueran lo mismo y estuvieran en pie de igualdad. ¿No hubiera sido lo más aconsejable adjudicarle el código 342.25, que corresponde a la descentralización y autonomía regional? Se ve que no. Por lo visto, de lo que se trata es de reinterpretar, falsear e inventar la realidad. Y la realidad de las cosas está hecha de un material flexible que se puede moldear a voluntad, según el nacionalismo felizmente gobernante. Nada nuevo bajo el sol.
Por esa regla de tres, yo podría autoproclamarme archiduque de Austria o masón grado 33 de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Y de la misma manera, el vecino del quinto podría convertir su piso en un paraíso fiscal, para no tener que rendir cuentas al fisco. Si vivimos en un país de fantasía en el que los políticos pueden convertir el agua en vino y las leyes orgánicas en constituciones, sería injusto que los ciudadanos de a pie no pudiéramos hacer lo mismo con nuestra vida privada. Al fin y al cabo, solo se trata de echarle morro e imaginación…
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