Domingo, 13 de Diciembre de 2009

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Domingo, 13 de Diciembre de 2009, 10:05 horas | David Millán, Tribuna
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En 1994, durante la cuadragésimo tercera edición de la Fira del Llibre d’Ocasió Antic i Modern, cayó en mis manos un libro bastante curioso. Era una edición de bolsillo maltratada por los sinsabores de la vida, pero su bajo precio —trescientas pesetas de las antiguas— y lo atractivo de su temática me llevaron a adquirirlo y a devorarlo con fruición. Se titula Las amenazas de nuestro mundo, y en él el prolífico escritor estadounidense Isaac Asimov dio buena cuenta de la fragilidad de la vida humana. Pues por lo visto, el mundo que conocemos puede irse al garete en cualquier momento. No en vano, un agente patógeno del microcosmos (tal es el caso de virus y bacterias) o un pedrusco del macrocosmos (meteoritos, cometas, asteroides y todo lo demás) puede mandarnos al otro barrio en menos que canta un gallo. Esto es así nos guste o no, y sería de ilusos vivir como si la espada de Damocles de un fin trágico no pendiera sobre nuestras cabezas.

Una de las cosas que más me gustó del libro es el hecho de que nos expone la intríngulis de las eventuales catástrofes de forma sistemática, desde aquellas que conciernen al universo en su conjunto (big crunches, black holes…) hasta aquellas que únicamente afectan a la especie humana. O sea, que con su lectura me quedó perfectamente claro que la función terminará tarde o temprano. Al fin y al cabo, salvo las leyes de la conservación de la energía, el número pi, las tablas de la ley y el derecho natural no hay nada eterno e inmutable en esta vida. Nunca olvidaría tan dura lección.

Desde luego es una faena del quince, ya que lo suyo sería vivir durante al menos un par de eternidades. Por eso mismo creo que hemos de tratar de compensar el carácter efímero de la vida humana buscando (aquí y ahora) nuestra felicidad y la de cuantos nos rodean. O dando lo mejor de nosotros mismos y disfrutando de las cosas buenas que hay a nuestro alcance, que no son pocas. Ya que no sabemos si el mundo se acabará esta misma noche, el 21 de diciembre de 2012 o el día que decida pasarme a Ubuntu, lo mejor que podemos hacer es vivir intensamente, como si cada día fuera el último. Luego ya nadie podrá quitarnos lo que hayamos bailado.

Por desgracia, no siempre es posible ver las cosas en positivo. Sin ir más lejos, hay quienes —conscientes de que el miedo ajeno mueve molinos— se aprovechan de nuestros temores, anunciando fines del mundo a plazo fijo y llenándose los bolsillos a nuestra costa. Nos dicen que la llegada del Cataclismo Definitivo será tal día a las siete de la tarde, una hora menos en Canarias, y a efectos prácticos de lo que se trata es de que el listo de turno llene hasta las cachas su cuenta corriente. Y aunque se trate de un engaño tan antiguo como la propia Humanidad, vaya por delante que estoy convencido de que algún día —ni que sea por casualidad estadística— acabarán acertando en sus pronósticos. Con tanto cantamañanas suelto anunciando catástrofes por aquí y recibiendo donativos, subvenciones y prebendas por allá, es natural que alguno acabe llevándose el gato al agua.

Según el viento de las modas y de las corrientes estéticas, la amenaza en cuestión puede ser el Apocalipsis de San Juan, las bodas gay, el rompimiento de España, la gripe A o el cambio climático. Cada amenaza tiene sus propias características y es de su padre y de su madre, pero todas y cada una de ellas pueden destruir el orden mundial tal y como lo conocemos. Solo el dinero del contribuyente evitará el desastre.

Respecto al cambio climático —que es el asunto que últimamente ha copado más portadas, manifiestos e histerias colectivas— no tiene sentido que me pronuncie ni a favor ni en contra. El clima lleva cambiando desde que el mundo gira (hace la friolera de cuatro mil y pico millones de años), y por lo que yo sé mi opinión no le importa nada. Por lo demás, desconozco si el planeta se calienta o se enfría, si nos encaminamos hacia una glaciación o hacia un largo verano. Será cuestión de descubrirlo por nosotros mismos durante las próximas décadas por el rudimentario método de la observación directa.

Lo que sí sé con seguridad es que la 15ª Conferencia de las Partes de la Convención de la ONU sobre Cambio Climático es una colosal tomadura de pelo, digna de los testigos de Jehová en sus mejores tiempos. De entrada las continuas alusiones a «salvar el mundo» suenan a pitorreo. Son palabras que rechinan en los oídos en el mundo real, aunque hay que convenir en que dan el pego en un cómic de superhéroes o en una peli de serie B. Con el agravante de que Batman, el Capitán América y toda esa peña al menos tienen la decencia de no pedir subvenciones multimillonarias para darse la gran vida. En cuanto a los contenidos de la multitudinaria conferencia solo hay que echar un vistazo al vídeo de apertura. Reconozco que está muy logrado. Me recordó a la peli Los diez mandamientos, esa en la que Dios Nuestro Señor envía plagas a mansalva a los marvados egipcios por negarse a suscribir el protocolo de Kyoto.

 

Según el demagógico cortometraje, si no soltamos la pasta y hacemos cuanto nos piden caerán sobre nosotros las más terribles catástrofes naturales, y la pobre niña que lo protagoniza morirá. Y todo ello, mientras los delegados de la megacumbre viven a cuerpo de príncipe, viajando en jet privado, liberando CO2 por los miles de tubos de escape de sus coches oficiales, alojándose en hoteles de cinco estrellas y tal. Es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que predican. Con un par. Y todo a cuenta del sufrido ciudadano, como no podía ser de otra forma.

Como ya he sugerido, los paralelismos entre esta cumbre y los tejemanejes de las sectas milenaristas son pasmosos e interminables. Puedo estar equivocado, pero creo que solo por aprovecharse así de los temores y los sentimientos de las personas de buen corazón ya merecen que se les mande a paseo. Por desgracia, de la ONU —una de las instituciones más corruptas del planeta— no podía esperarse otra cosa.

Post scriptum. Parece ser que este domingo varias confesiones cristianas van a hacer resonar las campanas, las conchas, los tambores y los gongs 350 veces por la justicia climática, y que dedicarán al asunto su liturgia dominical. No sé en qué consistirá tal cosa, aunque me recuerda a la danza de la lluvia de los cherokees. Por si fuera poco, el propio Vaticano anda metido en fregados del mismo jaez.

A este paso (quizá durante el curso del Concilio Vaticano III), habrá que actualizar el Credo Niceno para incluir el dogma del calentamiento global…

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