Jueves, 7 de Enero de 2010

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Jueves, 7 de Enero de 2010, 08:25 horas | David Millán, Tribuna
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¿Qué es una veguería? Aunque lo parezca no se trata de una pregunta baladí, lanzada a la buena de Dios. En un sondeo del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat de Catalunya publicado en 2007, prácticamente la mitad de los catalanes encuestados confesaron ignorar la respuesta a cuestión de tan hondo calado. El hecho en sí no tendría especial importancia, de no ser porque las veguerías ocupan un lugar estelar en el texto del estatuto de autonomía de 2006. Según el versículo primero del artículo 83, «Cataluña estructura su organización territorial básica en municipios y veguerías». Más adelante, en el artículo 90, se dice que «la veguería es el ámbito territorial específico para el ejercicio del gobierno intermunicipal de cooperación local y tiene personalidad jurídica propia».

Que lo de las veguerías nos suene a chino mandarín viene a confirmar —una vez más— lo que ya sabíamos: que el 18 de junio de 2006 acudimos a las urnas a votar un estatuto que no habíamos leído, y que tres años y medio más tarde sus analectas siguen siendo un misterio insondable para nosotros. Pasa como con otros ladrillos del empaque de El Quijote o del Antiguo Testamento: es muy habitual hablar de ellos —tanto a favor como en contra—, pero prácticamente nadie se ha zambullido en sus páginas.

Yo, para qué les voy a engañar a estas alturas, todavía no tengo muy claro lo que son, ni para qué sirven las susodichas veguerías. Según he leído en algún que otro blog, el sistema provincial de división territorial —vigente en España desde los añejos tiempos de Fernando VII— está más caduco que el estoque del capitán Alatriste. Por ello, es conveniente suprimir las cuatro provincias (online desde 1822) en favor de un sistema mucho más moderno, acorde a los usos y costumbres del siglo XXI. O lo que viene a ser lo mismo: las cuatro provincias y sus correspondientes diputaciones serán sustituidas por como mínimo siete (y como máximo nueve) veguerías: unas demarcaciones futuristas que tienen su origen en el siglo XII (¡!) de Nuestro Señor Jesucristo. Es el último grito en moderneces de nueva generación y pico.

¿Será sencilla la transición entre los dos modelos? Me temo que va a ser que no. De hecho, las guerras fratricidas entre territorios están siendo de aúpa. En la Vall d’Aran no quieren ni oír hablar del tema. Las gentes del Penedès aspiran a tener su propia veguería. En Lérida no están dispuestos a que su provincia se divida en tres partes. Tarragona y Reus andan a la greña, disputándose la capitalidad de la veguería que les corresponde. En cuanto a Vic y Manresa mejor no hablar. Es mejor callar y contemplar el espectáculo como Manel: con las palomitas y la bebida a mano. Estoy convencido de que ni siquiera James Cameron sería capaz de recrear en 3D un espectáculo semejante.

Por su parte, para variar, los partidos políticos también están lanzándose los trastos a la cabeza. Los enfrentamientos son multilaterales e indiscriminados, ya que unas veces es el gobierno el que arremete contra la oposición, otras veces es la oposición la que lanza duros ataques contra el gobierno y las más de las veces es el gobierno el que se da de coces contra sí mismo (en la guerra del 14 lo llamaban fuego amigo). Por si fuera poco, la sombra del Tribunal Constitucional asoma —de nuevo— por el horizonte. Para acabar de liarla parda solo falta que la OTAN y los extraterrestres se metan en el fregado. Total, que el asunto queda aplazado sine die. No vaya a ser que acabemos mal.

Y todo este lío de mil pares, ¿para qué? Es la parte más turbia y misteriosa del asunto. De momento, el affaire ha servido para convertir Cataluña en un avispero y crear mil y un problemas que antes de ayer no existían. Sin embargo, no seré yo el que niegue que el invento puede tener alguna ventaja. ¿Acaso hay algo mejor que siete, ocho o nueve veguerías para derrochar (todavía más) dinero público, aumentar el número de funcionarios y contratar a más amiguetes afines al partido de turno? Además, las veguerías son una estupenda cortina de humo, especialmente a la hora de distraer al personal y no hablar de los más de 561.761 parados y de tantas y tantas menudencias de tercera división.

Sí, quizá después de todo lo de las veguerías sea un buen invento. Medieval pero efectivo. Habrá que registrarlo en la Oficina Española de Patentes y Marcas para que nadie nos lo fusile…

2 comentarios

  1. Pepe7 de Enero de 2010, 20:43 - 20:43:38

    David, Pongo un comentario ya que veo que lo que escribes no le interesa ni comenta nadie.
    Elige otro tema. No hay nada más que criticar sin dar ninguna razón?

  2. Donís7 de Enero de 2010, 21:12 - 21:12:39

    A mí me interesa y no he comentado porque lo dice todo.

    Un cuento más para multiplicar las administraciones y colocar amiguetes. Al agotarse el chollo autonomista toca pasar a los cantones, que con Jaume II eran 19. Y además, una buena forma de hacer férreo el centralismo barcelonés, que para eso se inventaron las veguerías, para acabar con la descentralización.

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