Jueves, 11 de Febrero de 2010
primer periódico ciudadano de españa
Entremos en detalles. Gracias a blogs, agregadores, herramientas de socialización virtual y sistemas de comentarios, cualquier hijo de vecino puede opinar sobre cualquier materia imaginable ante una audiencia —potencial o real— sencillamente imposible hace 30 años, cuando ni llenando un polideportivo o un estadio de fútbol se hubiera acercado. Tres hurras por la libertad de expresión y todo eso, pero no se olvide que, como efecto secundario, la incesante proliferación de voces —paja y grano en inextricable revoltijo— causa confusión y provoca indiferencia. Somos demasiados opinando a la vez y uno no tiene ni tiempo ni ganas de averiguar quién merece ser atendido, y por tanto se queda con aquellos que siente más afines. Consecuencia de todo ello es que el valor de la opinión como argumento de venta se degrada hasta cero zapatero. Y la cosa no remonta si se considera de paso que las estrellas del ramo no opinan «en exclusiva» en un solo medio; es posible leerles en el periódico y luego escucharles reiterar «su columna del día» en la radio y verles gesticularla en una tertulia de televisión, donde la manifiestan como si la estuvieran improvisando en ese momento. Hacer la ruta del tertuliano —seguir todas las intervenciones mediáticas de alguien en un mismo día— es un deporte que depara pocas sorpresas, porque los todólogos salen memorizados de casa o con chuletas como Sarah Palin. Repiten y repiten, a veces con exactamente las mismas palabras (caso comprobado de p.ej. Juan Manuel de Prada). ¿Quién está dispuesto a pagar por mercancía tan (auto)devaluada?
Pero es que, además de devaluada, por lo general resulta prescindible. Desde que me incorporé a HL en 2003 y sigo los medios con ojo fiscal, he tenido ocasión de criticar un sinfín de mayúsculos despropósitos sostenidos por personajes de esos que pomposamente se llaman líderes de opinión. Les he visto desinformar, les he sufrido como instrumentos de agitación y propaganda, me han indignado con sus intereses bastardos, me han alarmado con sus interferencias políticas, traducidas en escandalosos favores recibidos e/o indecentes presiones intentadas, y me han decepcionado con conspiranoias para no dormir (no solo la del 11-M, ni solo en ese lado). Al cabo del tiempo he concluido que la formación de los todólogos profesionales deja taaaaanto que desear como su probidad. Saben escribir, hablar o mirar a la cámara, caen simpáticos a unos u otros o tienen padrinos que hacen ofertas que no se pueden rechazar, pero luego se ponen a opinar sobre la próxima posible suspensión cautelar del juez Garzón abriendo con un «desconozco el procedimiento que se sigue en estos casos, pero…», teorizan sobre Afganistán confundiendo muyaidines con talibanes —o Rambo III con History Channel—, y hablan de mercados financieros y sueltan disparates del 15 como que —véase el agitativo Fernando Berlín hace dos días en Veo7— habría que prohibir que un señor de Michigan, de Brasilia, de Singapur o de Cuenca, «que no han sido elegidos democráticamente», puedan comprar o vender deuda pública española con intención de ganar dinero. Y suma y sigue. El panorama todológico es desolador, por emplear un tópico.
Yendo al grano en este apartado, y suponiendo siempre que el objetivo sea mejorar el producto —no entretener a la peña o ponerla de los nervios para provocar visitas de furia y despecho—, los medios harían bien licenciando a sus optiones todológicos por onerosos y carentes de atractivo (se pueden quedar con el que mejor escriba o el que más visitas aporte, si es que les va a entrar la morriña). Si se quiere cobrar, lo sensato y eficiente es recurrir a especialistas en cada ocasión, y procurando que horas después no nos los encontremos recitando lo mismo en Onda Cero, la SER o la COPE, y por la noche en las tertulias de la TDT. Así, si la actualidad dicta que hay que tratar el garzonamiento, nadie mejor para hacerlo que un jurista (porque para la valoración política ya están los editoriales); si hay que abordar un asunto de política exterior, un experto en el país o región de que se trate (que puede ser diplomático en excedencia, militar, etc.); y todo en este plan. Désele ese valor añadido al lector. Désele ese algo con que pocos blogueros pueden competir: no una opinión más, sino la opinión de un experto que mañana volverá a su trajín y no repetirá columna. Que el lector encuentre en un medio generalista algunas de las virtudes de un medio especializado.
Este planteamiento no deja de ser una obviedad, algo tan de cajón como encargar un puente colgante a un ingeniero y no a un recepcionista de hotel, y el caso es que los medios lo aplican parcialmente: en economía, por ejemplo, o en información laboral. Por qué no lo siguen en las secciones principales es un misterio. Debe ser que la ideología con gusto no pica.
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Muy interesante el tema.
Un apunte sobre el bloguerismo: aparte especialistas por temas, lo que hacemos muchos blogueros es opinar sobre las opiniones de los opinólogos. Una especie de nueva escolástica 2.0 a base de argumentos de autoridad y lógica, así la red se convierte en un analista de medios. Es un filtro entre el hecho en sí, el escaparate mediático y el receptor final.