Viernes, 12 de Febrero de 2010
primer periódico ciudadano de españa
El balance que cabe hacer en cuanto a las informaciones que ofrecen los medios —vulgo noticias— no es mucho mejor. Hay distintas razones que lo explican, y aquí solo apuntaré unas pocas, pero se pueden resumir diciendo que tratan de fabricar un coche deportivo con unos materiales y un personal que no permiten construir nada mejor que un carro tirado por mulas cojas. Dicho en español viejo, los medios aparentan. Sus plantillas mal pagadas y mal preparadas tienen por objetivo trasladar al lector la confusión de que cantidad de noticias es igual a calidad de noticias. En la red, «lo último» pesa más que «lo importante», lo cual se plasma a diario en una absurda contrarreloj consistente en la sucesión de informaciones de desigual trascendencia en la que todo se somete al dogma de cambiar la portada cada media hora. La persistencia de las noticias tiende a cero (aumentando de paso la sensación de indiferencia). Pero ninguna plantilla rentable es capaz de sostener semejante rotación, y por eso se abusa del rápido y tendencioso periodismo declarativo (Fulanito ha dicho, Menganito reconoce), proliferan las noticias de agencia (que no permiten establecer distinciones cualitativas entre los medios que las recogen), se aceptan los argumentarios levemente cocinados de los partidos políticos (la ideología es la ideología), menudean los publirreportajes de tapadillo (la pela es la pela), ganan terreno las notas de prensa de instituciones y de empresas (equivalente al copia-y-pega de los blogs), etc. ¿Noticias de confección propia? Las mínimas, y por lo general de calidad misérrima. ¿Y se supone que hay que querer pagar por eso?
Veamos un ejemplo de anteayer: Caamaño defiende en el Congreso la constitucionalidad de las veguerías. Quedándose a unos cuantos metros de lo que sería una escuálida crónica parlamentaria —y escrita con tanta prisa o descuido que en algún lugar se habla de la sustición (sic) de las provincias por las veguerías—, la noticia viene acompañada de cinco informaciones relacionadas. Dejando aparte el criterio partidista con que han sido escogidas, y obviando también que el titular de una de ellas está escrito en el idioma de los negocios de Obélix, lo que incide de nuevo en la prisa o descuido con que se trabaja, la más antigua de esas informaciones relacionadas tiene ¡seis días! Eso no es informar; se llama moldear, pasar el rato, cubrirse el culo o salvar las apariencias. De hecho, empezamos por que el titular de la noticia del ejemplo es bastante ambiguo, y por ende tendencioso. Caamaño no defendió la constitucionalidad de las veguerías sin más; dijo que, a su juicio, la creación de veguerías no tiene por qué ser inconstitucional, y que lo que no puede hacerse sin modificar la Constitución es sustituir las provincias por veguerías. Quizá le interesara al lector encontrar entre esas noticias relacionadas un enlace al trabajo al respecto redactado en 2004 por el propio Caamaño, entonces Secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, y al cual se aludió tanto en la pregunta parlamentaria del PP como en la respuesta del ministro. En su última página, Caamaño escribió que
el sistema de gobierno local incurrirá en inevitables disfunciones si se superponen o entrecruzan en un mismo plano de actividad y para una misma red municipal, diversos entes locales intermedios. Provincia y comarca no parecen realidades compatibles [NOTA 37]
[NOTA 37:]Más temprano que tarde habrá que decidir entre suprimir la provincia y adjudicar a las CCAA la creación, según sus peculiaridades, de sus particulares entes locales intermedios (llámense comarcas, veguerías o de cualquier otro modo), lo que obligaría a una reforma de la Constitución, o reconducir funcionalmente el proceso de comarcalización, previsto en muchos Estatutos de Autonomía, al interior de la institución provincial, creando órganos que las representen dentro del entramado orgánico de la provincia.
Pero nada de esto se aclara en la noticia por la que querrían pagáramos, ni en ninguna de las relacionadas, y esa no es manera de hacer negocios.
La incompleción de las noticias, su superficialidad, revela por un lado el desparpajo con que la prensa online desaprovecha una de las características más felices de la Internet, que es la de poner al alcance de unos pocos clics toda la información de fondo posible sobre los más variopintos asuntos, y por el otro subraya la completa ausencia de ningún control de calidad. Los editores, al parecer, solo están para decidir la selección de las noticias y su jerarquía, pero no para preocuparse de la (falta de) excelencia del contenido. No todo se debe a la aceleración con que se informa (y que dificulta de por sí el comprobar cada detalle como debiera… si hubiera intención de comprobarlo); también cuenta que cada información es una pieza de la visión general que el medio tiene de la política o del mundo en general. Los titulares dicen lo que literalmente dicen —que puede ser cierto o no, que puede ser «lo importante» de esa información o no—, y, a la vez, mediante sujetos y verbos, sugieren quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Cada casa tiene establecido un código de sobreentendidos con sus lectores, es decir, con sus afines políticamente, y como el mal menor es mantener el número de visitas no importa si el sobreentendido es fiel a la realidad, si el titular chirría o si el contenido es discutible. Ningún medio quiere disgustar a su público, por lo que si es necesario hay noticias que sencillamente no se dan.
Es evidente que cada periódico tiene derecho a su ideología, o a su falta de ella, y es lícito que quede constancia en los editoriales (la voz de la empresa, que se dice) y en la selección y jerarquía de noticias. El problema es que la ideología en un medio de información no puede contradecir los hechos. Un político puede ser un charlatán, un vendedor de humo, incluso un mentiroso, pues el oficio le obliga a ello más veces de las que quisiera, pero un medio no tiene por qué (salvo que su ideología no se sostenga más que con charlatanería, humo y mentiras, claro). Por eso, si un medio aspira a cobrar por sus servicios tiene que elegir entre seguir siendo un club de fans o una voz —del color que se quiera— autorizada. Si lo primero, su tamaño y posibilidad de crecimiento tienen techo, y más bien bajito; si lo segundo, conviene renunciar a una de las particularidades más abominables de la prensa actual, que es su compadreo ventajista con los políticos. Valga el símil: ¿invertiría uno su dinero en tal o cual político, en tal o cual partido, guiado por las informaciones de un determinado periódico? La respuesta es un rotundo no, sin que importe cuál sea el periódico, el político y el partido. Si las informaciones bursátiles y económicas tuvieran ese nulo grado de confiabilidad, el libre mercado sería historia.
Y ahora llega lo emocionante para el gurú. Suponiendo que los medios cumplan con unas mínimas condiciones de calidad que los hagan apetitosos, ¿cómo conseguir que sean comprables? En el próximo y último capítulo de esta serie veremos que una posibilidad pasa por ser audaz y cañero.
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Bueno, ¿y dónde está el 4?
Manel anda estos días de mudanzas varias, supongo que publicará la cuarta parte en cuanto vuelva a estar operativo.