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    Una anécdota de comercio internacional

    Manel Gozalbo


    Sábado, 12 de junio de 2010 | 05:31 horas

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    La vida se me está poniendo interesante, y lo que te rondaré morena, debido a lo cual, hace un par de semanas, me vi en la necesidad de adquirir algunos utensilios. Aprovechando una recién descubierta red wifi a la que podía acceder, y que ampliaba ad infinitum el inventario del mercado local, la búsqueda del mejor precio terminó llevándome... a China. No podía evitar cierta sensación de inseguridad, así que me informé antes sobre la empresa en cuya página había recalado. Todo eran parabienes. Por lo demás, tanto la letra pequeña de sus páginas como el trato que me dispensaron por correo ante una serie de preguntas me parecieron exquisitos. No había motivo, pues, para no realizar el pedido. Todo lo que quería subía 132 euros (más portes). Por comparar, en España mi pedido habría costado tres veces más, y mediante una hábil combinación USA-Inglaterra cerca del doble.

    Cuatro días después —lo juro: solo cuatro días después—, el repartidor de DHL llama al timbre y me hace entrega de una caja de tamaño mediano. No sé cuánto tiempo hubiera tardado si el pedido lo hubiera hecho a Burgos o a cualquier otro rincón del mundo realmente remoto. Lo primero que me llama la atención, todavía sin abrir la caja, es el importe total que refleja la copia de la factura visible en el embalaje: 6.73 euros. Mi no entender. Volumen y peso coinciden con lo que yo esperaba, pero me mosqueo y empiezo a ensayar algunas imprecaciones en cantonés barriobajero potencialmente provocadoras de un incidente internacional.

    Destripo las solapas superiores de la caja y veo una nota con un sobre de plástico pegado. La nota dice que no me preocupe por el importe que se indica en el exterior de la caja, que es para evitar trámites y problemas aduaneros. El sobre, de hecho, contiene la factura con los importes correctos. Reviso mi pedido y está todo. En realidad, más que todo: incluye una Solar Powered LED Flashlight (una linterna solar, vamos) que no pedí y que no se factura. Bien por los chinos. Haciendo amigos. Fin de la anécdota.

    Primera reflexión: no pienso creerme ni tanto así las cifras chinas —o de cualquier origen pero aplicadas a China— de comercio exterior, y por extensión las económicas. Oficialmente, yo he importado mercancías por un valor unas veinte veces menor que el real. Suponiendo que episodios así se produzcan en el 10% de los casos, aunque no veo motivo para que no ocurra el 100% de las veces en el comercio destinado a particulares, que no tenemos libros que cuadrar y somos más tolerantes que las empresas, la distorsión es enorme.


    3 respuestas a Una anécdota de comercio internacional

    1. Mangeclous dice:

      Curiosa anécdota, efectivamente. A mí nunca me ha pasado nada parecido, aunque quizá se deba a que los artículos que compro nunca llegan a ese precio.

      Esta semana recibí un sintonizador TDT que, como software de visionado, incluía... ¡un programa pirateado! Sin embargo el programa no funcionaba -el sintonizador sí-. Les escribí pidiéndoles una solución y se han empeñado en enviarme otro artículo idéntico.

      Bueno, a lo que iba -lo anterior era anecdótico-: que no, no ocurre el 100% de las veces -tampoco tengo claro cómo se recopilan los datos para calcular las cifras de comercio exterior.

      Un saludo.

    2. javi dice:

      Yo creo que los datos de comercio exterior se extraen de las transacciones bancarias y no de las facturas emitidas.

    3. Pingback: Islamofascismo, fascifismo y culpa por asociación | HispaLibertas

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