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    Los alelados siempre emiten dos veces

    Manel Gozalbo


    Domingo, 20 de febrero de 2011 | 03:39 horas

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    El episodio este del acabóse de la emisión ilegal de varias cadenas de televisión catalanas en la Comunidad Valenciana —vulgo el cierre de TV3 por parte de Acció Cultural del País Valencià— es uno de los más divertidos de los últimos años. Lo es por puramente estrafalario, pero todavía más por estrafalariamente simbólico. De hecho, algunos de sus aspectos son tan ridículos que rebasan cualquier posibilidad de adjetivación.

    Empecemos por el final: la audiencia de TV3 en la Comunidad Valenciana era minúscula. Mínima. Paupérrima. Risible. Increíblemente baja. Los aficionados cabían todos en un taxi, o en una moto bien apretujaos, por citar al clásico. Nunca ha superado el 0.7% (con retransmisiones deportivas), y la media histórica estaba en menos de la mitad de la mitad de eso. Ni que decir tiene que los canales adjuntos —C33, 3/24 y alguno más—, que también se emitían ilegalmente en la Comunidad Valenciana, no conseguían ni que la aguja del sismómetro parpadeara. Lo cual tiene su mérito, ya que la valenciana es la comunidad autónoma que más televisión ve.

    No es difícil explicarlo: la inmensa mayoría del pueblo valenciano se siente insultada a diario por TV3, y en general por la clase política catalana y sus circunstancias socialistas. Y ello se refleja en las urnas de un modo devastador. Hace un rato se lo decía a David Miller: me resulta inconcebible que los propagandistas de todo este rollo dels països catalans no se den cuenta de que en Baleares el PP siempre roza la mayoría absoluta o la obtiene y de que en la Comunidad Valencia repite sobradísimas mayorías absolutas con distintos candidatos (y todo apunta a que en las próximas elecciones romperá techo). O sea, que no entiendo cómo no perciben que se trata de una estrategia seriamente averiada.

    Lo que ya es más difícil de explicar sin perderse en risas flojas son las reacciones que esto de TV3 ha suscitado entre los mártires catalanes, y que han ido desde lo psicotrópico a lo macarrónico. Sale un pueblerino al campanario pegado y le dice a Rivera, de C's, que estamos ante un genocidio (otro pueblerino con el campanario a cuestas refina el concepto y habla de genocidio cultural). Válgame el cielo. Los asesinos haciéndose el muerto. ¿Y qué decir de la banda del campanario de Laporta, que tilda la cosa como «uno de los mayores atentados contra el catalán a lo largo de la historia»? ¿Qué palabra de las que emplean no entenderán: atentado, catalán o historia? Resulta que el problema no es que las emisiones fueran ilegales —ya sabemos que el cumplimiento de las leyes de otros, en Cataluña, como que no mola mucho—, y por tanto, igual que en casos recientes y más graves, sale la enterada del campanario a pedir que entre Zapatero y Mas resuelvan este asunto. Al gobierno valenciano, que cuenta con un apoyo en las urnas con el que ni pueden soñar ellos, que lo zurzan.

    Que lo zurzan pero con estilo. Por ejemplo, acusándole de agitar la catalanofobia. Que no, que no importa que las emisiones fueran ilegales y que todo el mundo lo supiera. Lo que importan son los gritos del asesino —"¡Agh! ¡Man matao!"— mientras dispara a sus vecinos del sur, que observan la cansina farsa con rabia mal contenida. Catalanofobia, dicen. Porque ellos quieren entenderse con los valencianos. Les respetan mucho. Respetan sus señas de identidad. Respetan todo lo sureño. Y la culpa es de Camps, a quien Mas, haciendo amigos y tendiendo puentes, acusa de ser un insensible. Por eso, Oriol Pujol, hijo de, pide recuperar el punto de astucia que se perdió durante el tripartito. En román no muy paladino: loopholes, que dice que os fijéis en los loopholes.

    Toda esta histeria pueril, y no he mencionado en absoluto las mendaces noticias aparecidas en Público y otros medios, ni los ataques DDOS contra páginas del Consell, ni las nutridas manifestaciones de protesta —en mi Castellón natal, unas 300 personas—, abundará en el resentimiento que los valencianos sienten respecto de sus fallidos conquistadores culturales del norte. Y no se dan cuenta. Serán idiotas. Allá ellos. A la larga lista de quejas, que por hacerla muy breve va desde el trasvase del Ebro abortado hasta el favoritismo financiero del gobierno de Zapatero hacia Cataluña en detrimento de la Comunidad Valenciana, se añadirá la escandalera por lo de TV3, donde, como es sabido, se sigue llamando País Valencià a la Comunidad Valenciana, que es su nombre oficial. Por decirlo en esquerrorrepublicanense: la llaman José Luis cuando ella se llama Josep Lluis. Talking about respect. Y mejor ni acordarse del fantasmal mapa donde la incrustan.

    Y ahora, por debajo del festival aldeano, la realidad del genocidio: las emisiones ilegales de TV3 las pagaba, generosamente, la Generalitat catalana. Diez millones de euros, al menos, en cinco años; o para que la perspectiva salga más caballera: 17.2 millones de euros en diez años. A dichas asombrosas cantidades faltaría añadir otras procedentes de diputaciones, ayuntamientos y hasta del club de petanca artística de Santa Coloma, si lo hubiere, así como las provinentes de varios ayuntamientos valencianos gobernados por el PSPV-PSOE. Entiéndase: la Generalitat catalana, o el mundo político zurdo-catalán si se prefiere —para no dejarse a nadie fuera—, regaba con dinero a Acció Cultural del País Valencià para que se cometiera una ilegalidad en la Comunidad Valenciana; una ilegalidad que solo beneficiaba a Cataluña, de ahí que ahora hayan puesto el grito en el genocidio y repitan lo de man matao; y una ilegalidad de la que eran conscientes, ya que les fue comunicada por la otra Generalitat, la valenciana.

    Es peor que lo de las subvenciones del cine. Hace unas semanas todos se reían de que las películas de los Goya recaudaran menos dinero que lo recibido en subvenciones. Esto, digo, es peor: se ha financiado durante años un chiringuito catalanista en la Comunidad Valenciana para que los partidos valencianos con simpatías catalanistas obtengan una mierda decreciente de votos. Y la única excusa que se les ocurre, pese a que la cosa arranca de muy atrás, de mucho antes, es que Camps quiere tapar el caso Gürtel. Vírgen santísima. Será verdad que las subvenciones alelan.


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