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  • La amenaza yijadista en Libia

    Manel Gozalbo


    Sábado, 26 de marzo de 2011 | 19:37 horas

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    Portada del pdf32. El origen del yijadismo en Libia hay que buscarlo, como en tantos otros casos, en el Afganistán de finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo. Allí fueron a parar unas decenas de seguidores del emir Awaza al Zuwawi, que llevaba desde 1982 organizando en Libia algo parecido a un grupo armado para instaurar la shari'a. Nunca pasaron de charlas en secreto y grandes planes sobre el papel, así que cuando se dio la posibilidad de ir a Afganistán a pegar tiros de verdad muchos de ellos —unos 200 a finales de los 80— no se lo pensaron. Recibieron el entrenamiento guerrillero que no había sido posible en Libia, instrucción en táctica de emboscadas, manejo de explosivos, maniobras con fuego real —que se llevaron por delante a varios torpes desgraciados—, técnicas de supervivencia, etc. Cuando la URSS abandonó Afganistán en 1989, ellos se quedaron para seguir luchando contra el gobierno del comunista Najibullah. Pronto dispusieron de sus propios campos de entrenamiento cerca de la frontera con Pakistán, e inevitablemente comenzaron a plantearse llevar la yijad a Libia.

    En 1990-91, la situación empezaba a ser confusa y peligrosa para todos, no una guerra civil sino muchas guerras civiles solapadas, y el grupo libio decidió emigrar casi al completo. Tras la caída de Kabul en 1992, unos regresaron a Libia, otros eligieron Europa —básicamente Londonistán— y los más tenaces se refugiaron en Sudán, igual que el grupo de Bin Ladin, con el que no habían tenido relación ya que, pese a la posterior propaganda, Bin Ladin entonces era más conocido como financiero y patrocinador de yijadistas que como yijadista, y su presencia en el campo de batalla afgano había sido prácticamente nula (los diferentes grupos nacionales de Afghan arabs tenían sus propios líderes y cadenas de mando independientes de Bin Ladin; los libios un libio, los argelinos un argelino, etc.). El gobierno sudanés del peculiar islamista Hasán al Turabi toleró la presencia de los recién llegados pero no consintió que montaran campos de entrenamiento, de modo que se entretuvieron de nuevo con grandes planes sobre el papel, esos que nunca fallan. En Afganistán ya se llamaban a sí mismos al Muqatilah (los combatientes), y en Sudán lo alargaron hasta Al Jama'a al Islamiyyah al Muqatilah bi Libya (Grupo Islámico Combatiente en Libia), pero se pasaron los siguientes tres años dando y recibiendo clases teóricas como si fueran una autoescuela. En ese tiempo establecieron y cultivaron contactos con otros grupos yijadistas, esta vez ya bajo el paraguas del Consejo del Ejército Islámico que Bin Ladin había fundado en Sudán, donde se integraron una decena larga de libios. Empezaba a fraguarse una verdadera red internacional de grupos yijadistas.

    El GICL como tal saldría a la luz a raíz de un infortunado incidente ocurrido en Libia en 1995. Uno de sus miembros en el país resultó herido. El torpe intento de rescatarlo del hospital sirvió para que el régimen de Gaddafi descubriera la existencia del GIGL —que llevaba unos cuantos meses realizando operaciones de perfil bajo, más que nada como entrenamiento para los más pardillos— y les puso sobre su pista, que les condujo a una granja próxima a Bengasi donde se entrenaban y recibían formación militar. La inteligencia libia aprendió con asombro que habían adiestrado a cientos de islamistas, y que los pocos veteranos de Afganistán regresados a Libia que hasta entonces habían capturado y torturado —o que les habían sido entregados por Egipto y otros países— no representaban la verdadera amenaza. Pasaron una lista de 50 nombres a Sudán, donde no se pudo detener a nadie porque los nombres eran alias, nombres de guerra, y no se correspondían con identidades reales; incluso invitaron a los libios a que fueran allí a comprobarlo. Sudán, no obstante, no pudo soportar la presión y, vía Bin Ladin, urgió al GICL a levar anclas. Bin Ladin les dijo a los libios que ya no podría garantizar su seguridad, les ofreció pasajes para ellos y sus familias a donde quisieran y unos dos mil dólares por cabeza. La mayoría aceptó el dinero pero, a la vez, se le hizo saber a Bin Ladin que rompían sus relaciones con el Consejo del Ejército Islámico y con él mismo.

    De nuevo tuvieron que emigrar, unos a Europa, otros a Argelia, muchos a la cercana Libia, donde vivieron de tapadillo en las montañas. Todos los que fueron a Argelia prestos a colaborar con el GIA acabaron horrorizados por las tácticas sanguinarias —matanzas sin cuartel, no prisoners allowed— de su emir Jamal Zeitouni, y en realidad, dado que tomaron partido por una facción disidente de Zeitouni, también acabaron en un estado ligeramente peor: torturados y asesinados por orden de Antar Zouabri, el siguiente emir del GIA, bajo la acusación de mupteda al zilal (= desviados de la doctrina por moderneces). Todos ellos, menos dos que lograron escapar. Cuando trascendieron los hechos, se encendieron los ánimos de los libios y de sus apoyos internacionales —Abu Qutada condenó públicamente a los yijadistas de Argelia—, aunque tal matanza solo sería el preludio de una barbaridad mayor cuando Zouabri declaró kuffar —plural de kafir: increyente, ateo, pagano, y por extensión fiambre en potencia— a toda la población argelina, sí, todo el país, lo que equivalía a que todos eran objetivos del grupo. Fue el fin del GIA.

    En octubre de 1995, tras una larga serie de atentados en la Cirenaica, entre Bengasi y Darnah, el GICL daba a la publicidad su primer comunicado, el típico aquí estamos y venimos para tal y cual. Se hicieron fuertes en las Montañas Verdes (espectacular vulgar fotografía satelital), una cordillera paralela al Mediterráneo, cerca de Darnah. La reacción de Gaddafi fue más o menos la misma que en las actuales revueltas (historia revolvo ipsum). Hubo batallas en el sentido convencional: miles de soldados por un lado, cientos de yijadistas por el otro. Y bombardeos de la aviación libia. Y represalias generalizadas en la zona por si acaso. Los líderes del GICL comprendieron que no podían plantear una guerra abierta contra el régimen y volvieron a su deporte favorito: largarse cagando leches. Algunos recalaron en Londonistán, donde construyeron una red de apoyo tolerada por el gobierno británico en tanto en cuanto no hicieran tonterías que perjudicaran a británicos. La investigación del atentado del vuelo 103 de Pan Am estrellado en Lockerbie se había concretado en 1992 en una acusación contra dos agentes libios, Naciones Unidas había establecido sanciones contra la Jamahiriyya, y los yijadistas enemigos de Gaddafi podían contar, por tanto, con cierta indulgencia de Londres, que podría usarles como proxies llegado el caso. Pero la mayor parte de los líderes y yijadistas del GICL volvieron a Afganistán, entonces bajo la férula talibán, e hicieron las paces con Bin Ladin, que —temeroso por su vida: sufrió un atentado— también había escapado de Sudán ante las crecientes presiones que Egipto (por financiar esto), Arabia Saudí y Estados Unidos ejercieron sobre sus anfitriones.

    Entre 1997 y 2001, el GICL y Al Qa'ida estrecharon relaciones y compartieron recursos. En 1998, con ocasión del ataque con misiles a algunos campos de entrenamiento afganos en represalia por los atentados islamistas contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, el grupo libio publicó un comunicado de apoyo a su aliado ex saudí (Bin Ladin había sido despojado de la nacionalidad unos años antes) y, en plena orgía de desconcierto, no olvidaron acusar a Washington por el ataque contra Libia en 1986, el famoso bombardeo de Reagan, que según el GICL no tenía por objeto matar a Gaddafi sino destruir hogares musulmanes. Un clásico ejemplo, en fin, de lo del enemigo de mi enemigo es también mi enemigo.

    Desde que volvieron a Afganistán, el GICL había tenido varios campos de entrenamiento exclusivos para ellos, pero en 2001, poco antes del 11-S, fueron cerrados por orden del mulá Omar, que quería centralizar toda la actividad de entrenamiento yijadista en instalaciones dirigidas por Al Qa'ida y por los propios talibanes bajo su mando. Ni que decir tiene que también esos campos serían abandonados poco después del 11-S. A raíz de los atentados en Estados Unidos, el GICL, junto a Al Qa'ida y otros grupos, fue marcado como SDGT por la administración Bush, y en respuesta los yijadistas libios declararon obligación de cualquier muslime atacar a los estadounidenses y sus aliados en todos los modos y ámbitos posibles. La relación con Al Qa'ida había dado paso a algo más que una buena amistad: ya compartían enemigo directo.

    Sin embargo, muchos discreparon de esa línea alqa'idica, de hecho la mayoría, reclamando ser el auténtico GICL y manteniendo un estricto espíritu nacionalista que desde luego no casa bien con el internacionalismo de Bin Ladin. Según ellos, el GICL siempre y solo se había preocupado por constituir una república islámica en Libia, solo había atentado en Libia y solo quería la deposición del corrupto régimen de Gaddafi y la subsiguiente implantación de la shari'a (habría que decir de su shari'a, pues dejando aparte la peculiar shari'a del régimen, que es la religión oficial, a nivel tribal se viene aplicando otra shari'a más ecléctica y localizada de la escuela Maliki desde hace mucho). Los yijadistas libios capturados en Afganistán y Pakistán, así como los que luego en Irak se pondrían a las órdenes de Al Zarqawi o los que en algún momento han figurado en las esferas de mando en Al Qa'ida (1 | 2 | 3| 4 | 5 | etc.), no pertenecen al GICL. Algunos precisan que «nunca han pertenecido»; coincidió nacionalidad y yijadismo, pero no obediencia. Tal vez para dejar clara la diferencia, varios líderes del CIGL en Europa condenaron los ataques del 11-S y los consideraron el principio del fin del movimiento yijadista.

    Nada de eso importó en Al Qa'ida. En noviembre de 2007, Zawahiri, segundo de Bin Ladin, hizo público un mensaje de audio (era vídeo, pero con imagen congelada) en el que anunció que el GICL se había unido a Al Qa'ida (amenazando de paso a España, entre otros países [pdf | inglés | 6 p. | 35 K]) y presentó en sociedad a Abu Laiz el libio como jefe de operaciones de Al Qa'ida en Libia. Realmente carecían de operatividad en el país, ya que Gaddafi, con los años, había hecho tal limpieza de islamistas (zanadiq en la jerga gaddafiana, herejes) que la célula —si se puede llamar así— más nutrida no pasaba de dos individuos. Dos aquí, aislados de otros dos allá, y de un tercero (sin pareja) acullá. Los líderes y principales miembros del GICL habían sido ejecutados o estaban en la cárcel, y nunca habían podido rehacer su estructura, ni lejanamente. El anuncio fue, en suma, un acto propagandístico de Zawahiri, más un deseo que una realidad.

    Así se comprobó cuando, tras unas negociaciones que duraron dos años con los líderes encarcelados, gestionadas por Saif al Islam, hijo de Gaddafi, y Ali Al Salabi en nombre de los presos, estos denunciaron el terrorismo de Al Qa'ida. El primer comunicado, publicado por representantes del GICL en Reino Unido, señalaba que Abu Laiz el libio había tomado la decisión de vincularse con Al Qa'ida a nivel individual, violando las normas del grupo, que exigen que esas materias sean votadas por la Shura Majlis (Consejo Consultivo). Que allá él, porque el GICL no le seguía. Un mes después se anunció la publicación de una larga refutación de los métodos y doctrinas alqa'idicas (de más de 400 páginas; aquí un resumen: A Selected Translation of the LIGF Recantation Document [pdf | inglés | 31 p. | 681 K]). Su repudio tuvo mucha repercusión en medios yijadistas y todavía mayor entre los islamistas (y no deja de ser curioso que una de las razones aducidas por los libios fuera el inhumano comportamiento de Al Qa'ida en Irak).

    Como parte de la negociación, los yijadistas arrepentidos se sometieron a programas de rehabilitación e integración y fueron amnistiados poco a poco. Los últimos 110 fueron liberados la misma semana que empezaron las revueltas en Libia el pasado mes de febrero, destacando entre todos ellos la presencia de 'Abd al Wahhab Qayid, alias Abu Idris, hermano mayor de Abu Yahya el libio (pdf | inglés | 15 p. | 362 K)... que actualmente es uno de los máximos líderes de Al Qa'ida. The Next Osama (suscripción; gratis), le ha llamado —o destinado a ser— Jarrett Brachman, uno de los que mejor le conocen.

    Hoy mismo se ha difundido la noticia de que un comandante de los rebeldes ha admitido que entre los rebeldes hay antiguos yijadistas que lucharon en Irak, y todo el mundo se ha espantado como si fuera una increíble novedad (o, por tocar de oído, en vez de espantarse ven ahí un motivo de gastado sarcasmo). Hoy también, El País empieza a darse cuenta de la jugada que adelanté anteayer. Y como si los astros se hubieran alineado a la pajiniana manera, anteayer fue cuando James Brandon y Norman Benotman, antiguo comandante del GICL del que ya he hablado en alguna ocasión anterior, publicaron a través de la Fundación Quilliam su opinión sobre la amenaza islamista en Libia: The Jihadist Threat in Libya (pdf | inglés | 9 p. | 452 K).

    Para completar ideas, esta entrevista en profundidad con Benotman (pdf | inglés | 12 p. | 232 K), del año 2008, no viene mal. Y dado que Abu Yahya el libio tiene cierta ascendencia sobre Al Qa'ida en el Magreb Islámico, acompañemos con una tesis de Jalifa Hajji: The Origins and Strategic Objectives of the Al-Qaeda Organization in the Islamic Maghreb (AQIM) (pdf | inglés | 101 p. | 602 K).

    Hablando de Abu Yahya, por cierto, se ha manifestado a favor de los rebeldes, i.e. que Al Qa'ida apoya la rebelión contra Gaddafi, creándose así la... la... la... digamos parajoda de que Estados Unidos, con su 11-S, Reino Unido, con su 7-J, y España, con su 11-M, son aliados de quien atentó contra ellos o de quien inspiró directamente a los autores de los atentados. Varios veteranos jihadistas, como se acaba de indicar, participan en las revueltas, y alguno incluso ha muerto en ellas. Otros han sido capturados por Gaddafi. ¿Han vuelto los islamistas a Libia? ¿Es para preocuparse que el jeque Ali Al Salabi, recuérdese: quien medió ante el hijo de Gaddafi en las negociaciones que condujeron al desmantelamiento del GICL, demuestre el ojo avizor de decir, a finales de febrero, que Libia no corría riesgo de guerra civil? ¿Estamos en el lado correcto o se nos han tragado los ominosos espejos de Borges?


    2 respuestas a La amenaza yijadista en Libia

    1. Mountolive dice:

      Ojo, el link de las Montañas Verdes lleva a una sierra homónima en Omán, no en Libia.

    2. Manel dice:

      Tienes razón, Mountolive. Gracias. Me ha engañado el enlace que me ha llevado ahí. Voy a ver si encuentro una foto equivalente del Jabal Ajdar que corresponde.

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