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    Neocón. 3. El fin de la ideología

    Manel Gozalbo


    Domingo, 17 de abril de 2011 | 23:55 horas

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    Durante la década de los 50, los de la Partisan Review fueron progresando a nivel personal. Todos eran profesores o catedráticos en universidades, publicaban también en periódicos y revistas de alcance nacional con grandes tiradas, y comenzaba un lento proceso de reconocimientos que al cabo de los años se plasmaría en todos los premios literarios posibles, incluyendo el Nobel de Literatura para Saul Bellow y Doris Lessing, y varias Medallas Presidenciales de la Libertad, el más alto honor civil a que se puede aspirar en Estados Unidos. Influyente y oracular, la minúscula revista se consideraba ya una Institución Americana (con lo que esas dos palabras significan allí): lugar idóneo para que autores consagrados como T.S. Elliot, Stephen Spender —traductor de Miguel Hernández—, William Faulkner o Albert Camus dieran salida a su erudición crítica o a cualquier desahogo literario. Los INY constituían la referencia de esa elite epatante que caricaturiza Woody Allen en tantas de sus películas, eran faro y guía de la izquierda. Sin embargo, la Partisan Review, aun en sus momentos más boyantes, nunca superó los 8.000 ejemplares de tirada, como recuerda Norman Podhoretz en algún capítulo de esta entrevista. La leían pocos, pero esos pocos eran los que cortaban el bacalao.

    Los editores trataron de salvar las dificultades económicas solicitando ayudas a fundaciones privadas, entre ellas la Rockefeller y la Ford, pero el país vivía la etapa conocida como Pánico Rojo y sus peticiones siempre eran rechazadas debido al carácter rojillo (pinko) de la publicación. Finalmente, en 1963, William Phillips, fundador de la revista y uno de sus dos editores principales, llegó a un acuerdo con la Rutgers University para el traslado de los archivos y oficinas de la Partisan Review a su campus, lo que incluía también la subvención necesaria para que la revista siguiera publicándose, sueldos para el personal —un editor, alguna secretaria—, posibilidad de que estudiantes de postgrado colaboraran en la edición y otras menudencias. Fue algo así como el fichaje de Messi por el Fútbol Club Barcelona, que se firmó en una servilleta. En este caso no fue en una servilleta, pero sí en un papel sumamente impreciso y coloquial. En 1978, Phillips quiso llevarse la Partisan Review a la Universidad de Boston, que le ofrecía mejores condiciones, y ante la oposición de la Rutgers U. la situación acabó en un pleito de no te menees (pdf) sobre el significado legal del concepto depósito. Los litigantes alcanzaron un pacto: la Rutgers U. podría microfilmar todos los archivos y originales de la Partisan Review pero las copias físicas se irían a Boston. Si la Rutgers U. quisiere hacer uso del material microfilmado, debería solicitar permiso.

    El triángulo de oro del papel impreso

    El Holocausto había despertado la dormida conciencia judía de los agnósticos y ateos neoyorquinos. La necesidad de vindicar esa parte descuidada de su identidad personal y cultural se hizo imperiosa. Así, en 1945, el American Jewish Committee (AJC) fundó la revista Commentary para que sirviera de puente entre el inasequible mundo intelectual y las corrientes populares del judaísmo estadounidense. En su declaración de intenciones se presentó como una revista apartidista, no sectaria, no sionista, preocupada por los derechos humanos y combatiente contra los abusos y la discriminación que sufrían los judíos. A su primer editor —contra la costumbre en este tipo de casos— se le concedió completa libertad editorial. La estrecha relación de Commentary con los de la Partisan Review fue evidente desde su misma fundación: Eliot Cohen, ese primer editor, un brillante judío de Alabama que había estudiado en Yale hasta abandonar por culpa de la judeofobia reinante, fue nombrado por el AJC por recomendación de Daniel Bell y Lionel Trilling; su secretaria era Midge Decter, que se casaría en 1956 con Norman Podhoretz... que a su vez sucedería a Cohen como editor de Commentary en 1960 (la familia a que aludí en el capítulo 1 tenía bastante de literal). Además, prácticamente todos los INY que venían publicando en la Partisan Review publicarían asiduamente también en Commentary, dando pie a un sano debate con continuos ataques y refutaciones entre ambas revistas. Una actitud abierta y honesta bastante diferente a la de los cordones sanitarios a que estamos habituados en España, con las habituales pichas-hechas-un-lío como saldo de cavilaciones.

    Dado el público al que se dirigía la revista del AJC, que era potencialmente toda la comunidad judía de Estados Unidos, su difusión pronto alcanzó las decenas de miles de ejemplares, pero, igual que sucedía con su hermana partisana, su influencia resultó indeciblemente mayor que su tirada. El colmo de la influencia de Commentary llegó con Ronald Reagan elegido presidente, cuando la revista había dejado atrás su filiación socialista y era ya el bastión neocón por excelencia. Reagan, antiguo izquierdista, no solo sacó de ella casi todos los mimbres de la política exterior que propició el colapso de la URSS y el final de la Guerra Fría, sino que bastantes miembros de su administración procedían directamente de las páginas de Commentary: Michael Novak, Jeane Kirkpatrick —Reagan admitió haberla fichado tras leer Dictatorships and Double Standards (pdf)—, Carl Gershman, Richard Pipes, Eugene V. Rostow, Elliot Abrams —casado con la hijastra de Norman Podhoretz—, Chester Finn y varios otros. O sea, como cuando Zapatero ficha a gente de Prisa o Mediapro pero a lo bestia, tanto en cantidad cuanto en talento.

    Y una tercera pequeña gran revista se sumaría al cotarro en 1954, Dissent, fundada por Irving Howe y algunos otros disidentes de los INY. En cierto modo, Dissent tomaba el relevo de Politics, la revista fundada por Dwight McDonald en 1944 y que, tras sablear a todo dios para mantenerla a flote, cerró en 1949 por insuperables dificultades financieras. Para justificar la fundación de la nueva revista, que compartiría con sus hermanas el desfase entre tirada e influencia, Howe argüiría que el ambiente entre los intelectuales de Nueva York se había aburguesado, despolitizado, acartonado y anquilosado, y que la crítica política se estaba limitando en demasía al antiestalinismo. Hacía falta algo más que despachar piezas sobre la cultura avant-garde y la crítica literaria. También el sistema político de Estados Unidos, en pleno macarthismo, merecía serios reproches y censuras. Años más tarde, en 1977, habida cuenta de que se trataba de un nuevo vehículo editorial para que los INY expusieran sus pareceres y ampliaran los campos de batalla para sus disputas, Woody Allen, de nuevo él, judío neoyorquino desencantado de izquierdas, parió un buen chiste: «I heard Dissent and Commentary had merged and formed Dysentery» (en Annie Hall).

    Afirmativos y disidentes

    Desde que mantuvieron aquellos primeros debates sobre la posición a adoptar en la Segunda Guerra Mundial, y aunque en general todos se habían reconciliado un poco con su país por contraste con el fascismo y luego con el comunismo, los INY se habían consolidado en dos grandes bandos: affirmers y dissenters. Para los primeros, liderados por Sidney Hook —que nunca llegó a publicar en Dissent—, los Estados Unidos eran recuperables para la causa: el sistema podía ser modificado desde dentro —en su jerga, hacer la revolución— y en consecuencia era imaginable algún tipo de transición socializante que redujera o eliminara las injusticias. Para los segundos, por más que celebraban vivir en el mundo libre, no había esperanza de superar las contradicciones del capitalismo sin mediar procesos auténticamente revolucionarios. Para los affirmers, mantenerse en una perpetua oposición resultaba impropio de un intelectual solvente, cuya función es ofrecer soluciones a los problemas sociales (public intellectual). Para los segundos, que criticaban con dureza la falta de contenido sociológico y económico en Partisan Review, era necesaria una nueva posición entre el marxismo y el capitalismo, y también entre el aislacionismo y la Guerra Fría. Los affirmers eran proamericanos (a fuer de anticomunistas en algunos casos) y los dissenters apostaban por el radicalismo de una tercera vía al margen de los dos mundos en conflicto (en 1952, en un debate público, Dwight MacDonald, antiguo pacifista neutralista, defendió I choose the West frente a Norman Mailer, que patrocinaba I cannot choose). En términos actuales, diríamos que los unos eran socialdemócratas y los otros socialistas internacionalistas, de esos que apoyan movimientos de liberación nacional for the sake of it. Ambos grupos coincidían en su anticomunismo y en su antitotalitarismo, pero también, aunque por distintas razones, en algo más: la desilusión. Unos y otros se enfrentaban a distintos aspectos de 'teoría incapaz de explicar la realidad'.

    La verdad es que ya venían todos muy tocados por varias memorias escritas por amigos ex comunistas. Primero fueron las denuncias de George Orwell y Arthur Koestler, pero la que les devastó anímica e intelectualmente fue la publicación en 1952 de Testigo (Witness), de Whittaker Chambers, conocido de todos ellos y testigo clave en el caso de espionaje de Alger Hiss, que mantuvo en vilo al país entero durante años (y todavía siguieron durante décadas, a nivel académico y mediático, las disputas sobre su inocencia o culpabilidad; los archivos soviéticos, empero, confirmaron que Hiss había trabajado para la URSS, como había denunciado Chambers). Una cosa eran las calamidades humanas e intelectuales descritas por los viejos amigos de Europa, y otra muy distinta verlas calcadas en el submundo comunista estadounidense. Lionel Trilling, compañero de clase suyo en la Columbia University, y que era el mentor de los más jóvenes en la Partisan Review, había publicado en 1947 The Middle of the Journey —su única novela— basándose en las experiencias de Whittaker Chambers (Gifford Maxim en la novela), su abandono del comunismo, su crisis existencial, sus tensiones con los progres (liberals) y con quienes seguían leales a Moscú, aunque sin aludir a nada similar al caso de Hiss. Fue Witness quien rescató del olvido la novela de Trilling, porque Chambers —magnífico escritor, entonces crítico literario en Time— contaba su dolorosa odisea en primera persona y con lujo de detalles. Todo un descenso a las profundidades del alma, una descripción de los infiernos comunistas en los Estados Unidos, que añadió mordiente psicológico a las frustraciones teóricas de los INY.

    Todo junto, psicología y frustraciones teóricas, derivó en su desapego de la ideología, acentuado tras que entablaran relaciones 'formales' con distintos pensadores de la naciente Escuela de Frankfurt (lo que empezó siendo amistad y coincidencias globales terminó siendo una guerra sin cuartel a mediados de los años 60). La idea del fin de la ideología no era nueva, siendo por el contrario recurrente desde hacía tiempo: Max Weber, Karl Mannheim, H. Stuart Hughes, Raymond Aron o la propia Escuela de Frankfurt figuraban entre sus sucesivos proponentes. En 1960, Daniel Bell usaría la expresión de Engels —The End of Ideology— como título de una recopilación de trabajos suyos acerca de cuanto había ido cociéndose a fuego lento desde los primeros años 40 entre los INY. A juicio de Bell, fallecido en enero de este año y que en tantos particulares se anticipó al Fukuyama del fin de la Historia, las grandes ideologías de los s. XVIII-XX estaban exhaustas y debían ser reemplazadas por nuevos discursos morales basados en la superioridad del racionalismo pragmático y la tecnocracia (que no se diga que Gonzalo Fernández de la Mora, tan alabado en esto por el inopioso Sánchez Dragó, no fue un «adelantado» a su tiempo: cinco años después de Bell publicó en España esa misma tesis titulándola, en nuevo alarde de originalidad, El crepúsculo de las ideologías).

    Pero cuidado. No se entienda que la expresión significa el fin de todas las ideologías, de todas las formas políticas de pensar. La expresión, que es maximalista, solo se refiere a las ideologías maximalistas que aspiran a gobernar todos los aspectos de la vida personal y social, caso del fascismo (mero socialismo nacionalista) pero sobre todo del marxismo y sus derivados. No podría haber sido de otra forma, dada la displicencia con que los izquierdistas han estudiado siempre las doctrinas políticas de sus adversarios, denigrados sin matices con etiquetas dignas (conservadores) o indignas (fachas) que dicen más de la superioridad moral que se atribuyen quienes las emplean que de su capacidad de análisis. En términos de Bell:

    Una ideología total es un sistema comprehensivo de la realidad con todo incluido, un conjunto de creencias movidas por la pasión y que buscan transformar por completo la manera de vivir. Este compromiso con la ideología —el anhelo de una 'causa' o la satisfacción de profundos sentimientos morales— no es necesariamente el reflejo de intereses expresados por medio de ideas. La ideología, en este sentido, y en el sentido en que la empleamos aquí, es una religión secular.

    El mencionado H. Stuart Hughes, historiador izquierdista con experiencia y vínculos familiares en Europa —casó con una rica heredera francesa—, ya había trazado los confines de la cuestión unos años antes que Bell en un estudio titulado The End of Political Ideology:

    El proceso de disolución ideológica que comenzó hace 30 años con los primeros éxitos del fascismo y que con las desilusiones que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se aceleró notablemente parece haber llegado ahora [1951] a su conclusión lógica.

    De modo harto predecible, la izquierda es la más herida. La izquierda, ruidosamente ideológica y doctrinaria, era más vulnerable a esta suerte de lenta corrosión que la derecha, que ha aprendido escepticismo y adaptabilidad desde sus derrotas del siglo pasado. De hecho, el fin de la mística de la izquierda es el signo más claro de lo que ha sucedido ...

    Incluso la palabra 'democracia' está perdiendo su sacrosanto carácter ... De las dos grandes partes en que dividen la democracia las definiciones más generalizadas, libertad individual y gobierno de sufragio universal, solo la primera retiene su poder para inspirar entusiasmo y sacrificio.

    Lo que de verdad ha empezado a parpadear es la promesa de igualdad social. En 1950, el único tipo de igualdad que muchos europeos cultivados son capaces de ver ante sí es una nivelación por arriba y por abajo para desembocar en una clase media-baja cuyo grado de mugre resulte admisible: la clase de vida de la que George Orwell dió una escalofriante descripción en 1984 y de la que el gobierno laborista ha dado en Reino Unido un digno anticipo. Esta no es la noción de igualdad que antaño inspiró muertes en las barricadas y vidas de revolucionarios consagradas a ella.

    Abstrayéndonos de la actualidad de tales reflexiones —¿críticas a la excelencia educativa propuesta por Aguirre anyone?; o saltando el charco, ¿de qué va Obama?—, volvamos a los INY. Bell tuvo una influencia enorme entre los sociólogos y provocó el efecto secundario de paralizar la investigación sobre ideologías (pdf) durante algunos años (su libro fue distinguido por el Times Literary Supplement como una de las 100 obras de no ficción más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial). En 1965, su credo se materializó en la enésima revista afiliada a los INY con los pies la tirada de barro: The Public Interest, apartidista, centrada en la política interior (no exterior), criadero de futuros neocones, entre ellos Huntington, Fukuyama o Charles Krauthammer. Las interminables veladas en Greenwich Village discutiendo sobre pormenores marxistas o trotskistas habían dado paso a un nuevo enfoque asentado en análisis sociológicos y económicos altamente especializados. Las políticas concretas de las administraciones ya no se aprobarían o se despreciarían por ser más o menos ortodoxas desde el punto de vista teórico, sino por sus resultados en la práctica. Los números producto del meticuloso seguimiento de las medidas políticas tumbaron muchos dogmas centenarios. En suma, resultó ser verdad que las ideologías holísticas no daban la talla ante un mundo crecientemente complejo.

    (Es divertido comprobar las fuentes de desinformación de las que se nutre ese Jorge Valín tan obsesionado con los neocones como Enric Sopena. Es lo que tiene el extremismo, que pare hijos iguales en los dos extremos.)

    The best minds of my generation destroyed by madness

    A finales de los 50, mientras los INY disertaban sobre los grandes mecanismos cósmicos que explican los aleteos de una mariposa, un tren caótico tomaba velocidad y se dirigía hacia sus atalayas de marfil. No venía de muy lejos pero los arrollaría. En realidad también procedía de Nueva York, de judíos, de la izquierda, de ex compañeros de clase (música y letra apropiadas para realzar el efecto dramático).

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