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    Neocón. 4. Jodidos y colgados

    Manel Gozalbo


    Miércoles, 20 de abril de 2011 | 07:51 horas

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    Salía yo del cine de ver Perros callejeros (1977) y una pequeña multitud aguardaba en la calle para la sesión de las 22:30 horas. La película de José Antonio de la Loma arrasaba en las taquillas. Los españoles estábamos ávidos de manjares prohibidos, tetas, violencia. Entre los amontonados en la acera, un amigo y su novia. Nos saludamos. Me preguntó por la peli, si valía la pena. Habíamos compartido pandilla y aficiones, comprábamos las mismas revistas —Star, Ajoblanco, El Viejo Topo—, así que le llevé a territorio familiar: «¿Has leído En el camino de Kerouac, verdad? Pues esto es lo mismo pero con Seats 124 y gitanitas en vez de negras y californianas». Resignadamente, sus hombros se aflojaron y miró de reojo a su novia, que me estaba poniendo de cara de interrogante. La saqué de dudas con la más cultivada de las expresiones cinéfilas: «Menuda mmmmieeeeerda». No pocos vecinos en la cola se sintieron debidamente informados y escamparon.

    La Generación Jodida

    Sí, suena fascinante en inglés: Beat Generation. Por culpa de varios anacronismos solapados, uno percibe simpáticos ecos musicales flotando a su alrededor, imágenes melenudas, rebeldía juvenil, ritmo, yeah. Pero en origen significa única y precisamente eso: Generación Jodida. Y si uno se pone estupendo con intertextualidades y posmodernidades, vale decir también Generación Malvada o Generación Arruinada, siempre en sentido peyorativo. No es de extrañar. Antes de convertirse en etiqueta con la que definir a un lamentable e inseguro movimiento literario o cultural, Generación Jodida hacía referencia a las miles de personas anónimas —alcohólicos, drogadictos, chaperos y delincuentes— que se arrastraban por los subsuelos de las grandes capitales estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial. Excusados en infancias difíciles o filosofías nihilistas, eran incapaces de buscar o mantener un trabajo decente —from nine to five— y malvivían en condiciones penosas —a menudo en pisos compartidos— vendiendo droga o robando para pagar el alquiler. Se convirtieron en carne de cultura gracias a la atención personal que tres aspirantes a literatos —Burroughs, Kerouac y Ginsberg, los tres con serios problemas mentales y adicciones— prestaron a dos de los jodidos, Herbert Huncke y Neal Cassady.

    El mote beat, de hecho, lo soltó Huncke en una conversación con Jack Kerouac («—¿Qué tal?, —Estoy jodido»), que lo engrandeció allende sus límites iniciales hasta que su amigo John Clellon Holmes lo consagró en un artículo publicado en 1952 en el New York Times, This Is The Beat Generation. Huncke era un chorizo vulgaris que pululaba por la zona de Times Square en Nueva York, donde además ejercía de camello y de chapero, o sea prostituto para hombres. Pero tenía labia, cierto carisma como narrador de peripecias personales, y eso enamoró sucesivamente a Burroughs, Kerouac y Ginsberg. Los dos primeros le retrataron en sus novelas bajo diferentes pseudónimos, y el tercero llegó a alojarlo en su apartamento luego de habérselo encontrado tirado por la calle. Una vez repuesto, Ginsberg le dió permiso para que siguiera viviendo con él, y sucedió lo que tenía que suceder: Huncke era un ladrón habitual y aprovechó la hospitalidad para almacenar material robado en el piso. Cierto día, envuelto Ginsberg en un aparatoso accidente de tráfico a bordo de un coche robado —no lo había robado él, pero había papeles suyos en el coche—, llamó a casa y urgió a Huncke para que «limpiara el apartamento» de inmediato, sabedor de que la policía estaría al caer. Cuando llegó Ginsberg al piso, Huncke, en efecto, había fregado y quitado el polvo, pero la mercancía robada seguía allí. Uno a la cárcel otra vez y el otro a una institución mental. Admiraban a Huncke por detalles así.

    Neal Cassady, alias Dean Moriarty o Cody Pomeray en diversas novelas de Kerouac, era otro pájaro de cuenta. Era un experto ladrón de coches —robó más de 500 en unos pocos años—, alcohólico, adicto, bígamo y salido. Sobre todo salido: además de circular por ahí en pelotas de manera habitual, se follaba a todo lo que tuviera patas, fuera él, ello, elle, elli, ellu o ella, tanto en sus correrías por el país como en su propia casa, donde Carolyn, su esposa de California —la otra en Nueva York—, le sorprendió en distintas ocasiones en pleno acto sexual, una vez con una prostituta y Jack Kerouac, otras en solitario con Allen Ginsberg. En el camino versa precisamente de las juergas que se corrían Kerouac, Cassady y la adolescente LuAnne mientras Carolyn esperaba su primer hijo. Una Carolyn, por cierto, que siempre ha mantenido que las vidas públicas de los escritores de la Generación Jodida no fueron más que una farsa, una doble vida muy diferente a sus comportamientos en privado, propios de gente conservadora.

    Ella sabrá. Lo que sí es cierto es que la carrera beat de Burroughs, Kerouac y Ginsberg —y al calor del éxito, la de muchos otros— arrancó varios años después de que hubieran conocido o vivido tales hazañas delicuenciales y sexuales —incluida la pederastia—, de sus pasos por la cárcel, sus ingresos en instituciones mentales y demás. Puede concluirse, pues, que explotaron el morbo por el lumpen criminal antes de hora y, pese a cuanto se haya querido disfrazar después mediante etiquetas y palabros, lo hiceron con harto limitado talento e imaginación. En el caso de los dos novelistas no es posible siquiera atribuirles ninguna trama, ninguna historia. Contaban sus propias vidas en el lado pericoloso, sus borracheras, encamamientos y chutes. Tampoco tuvieron ninguna teoría literaria común; solo coincidía la temática, siempre en los lindes exteriores de la sociedad. Otros autores beat menores, por ejemplo el poeta Gary Snyder, se volcaban en el misticismo oriental o escribían florituras sobre el jazz. Fueron la Generación Jodida solo porque habían sido amigos, y ni siquiera eso fue verdad cuando alcanzaron la notoriedad.

    Kerouac, desde 1960, prácticamente no dirigió la palabra a Ginsberg, al que llamaba con frecuencia «maldito judío», y consideraba que Burroughs —que mató de un tiro a su esposa en 1951 jugando a Guillermo Tell con balas— era un «maricón degenerado». Cassady pasaría sus últimos años de vida en plan zombi, de payaso entre los Merry Pranksters de Ken Kesey, y moriría de sobredosis en 1968 (Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, también acabaría zumbado, con alucinaciones y manías persecutorias). Kerouac murió un año más tarde, alcohólico perdido —se soplaba unas 14 botellas al día— y más católico y ultraderechista que nunca, olvidado y abandonado por todos, tras que sus últimos balbuceos literarios —Big Sur, por ejemplo— mostraran el nivel de autodestrucción al que había llegado (y que imitaría su hija Jan, embarazada a los 15 años, drogadicta y prostituta). William S. Burroughs, de familia acomodada —pudo financiarse sus adicciones y viajes gracias a la sustanciosa paga mensual que recibía de sus padres—, tampoco disfrutó del éxito fuera de la comunidad de exploradores de basuras humanas. Solo Ginsberg conoció mieles y glorias por haberse sabido reciclar a principios de los 60. De ser el poeta beat a, Timothy Leary mediante, el bardo budista del LSD, y luego a, Bob Dylan mediante, el poeta jipi, momento a partir del cual pudo vivir en plan Héroe de Mil Batallas. Lo que no significa que mejorara jamás su calidad poética, más bien escasa.

    Es evidente que vidas tan turbias —las reales y las literarias— solo pueden interesar a los jóvenes, que salvo excepciones carecen de formación para comprender la justa naturaleza de las cosas. Nada más atractivo para un chaval que burlar «el orden establecido», nada le tienta más que romper las reglas de los padres, nada más seductor que dudar sexualmente, cometer pequeños delitos a modo de ritos de paso o de iniciaciones en vete tú a saber qué grados de madurez corporal, mental o metafísica.

    Hombre blanco malo

    La de la Generación Jodida, literatura juvenil escrita por viejos pervertidos, estaba marcada, además, por omnipresente racismo inverso. Dado que esta expresión tiene múltiples sentidos, afinemos: los protagonistas de las novelas beat y sus autores querían llevar vidas de negros siendo blancos, mayormente porque la imagen que tenían de los negros era de la de un inagotable semental tocando bebop o bailando jazz en los clubes de Greenwich Village. Así, Kerouac había puesto en boca de Sal Paradise, álter ego suyo en On the Road, tan truculento deseo, muy similar a querer ser un toro —por su fuerza o por cualesquiera otras virtudes— pero sin ser rejoneado, toreado ni estoqueado:

    Al atardecer malva caminé con todos los músculos doloridos entre las luces de la 27 y Welton en el barrio negro de Denver. Y quería ser negro, considerando que lo mejor que podría ofrecerme el mundo de los blancos no me proporcionaba un éxtasis suficiente, ni bastante vida, ni alegría, diversión, oscuridad, música; tampoco bastante noche. Me detuve en un puesto donde un hombre vendía chiles en bolsas de papel; compré un paquete y me lo comí paseando por las oscuras calles misteriosas. Ojalá fuera un mexicano de Denver, o incluso un pobre japo agobiado de trabajo, cualquier cosa menos eso que tan sombríamente era: «un hombre blanco» desilusionado.

    Norman Mailer, uno de los pocos INY que saldría en defensa de la Generación Jodida, expuso en la revista Dissent, en 1957, apenas publicado En el camino, su visión de este fenómeno transrracial en un texto polémico —y de moralidad cuestionable— que marcaría su futura carrera, The White Negro: Superficial Reflections on the Hipster (pdf). Mailer, que publicó antes y después varias piezas tratando de deslindar lo hip (mola, rebelde) de lo square (chungo, conformista), veía en el hipster blanco al «existencialista americano» que sabe que la muerte espera a todos, pero que se puede morir por la explosión de una bomba atómica (mola) o después de una vida de aburrimiento y represión de los instintos (chungo). Por su oposición a los roles sociales y familiares tradicionales, el hipster blanco estaba dispuesto a vivir la vida peligrosa de los negros, hipsters naturales, que eran psicópatas filosóficos obligados a ello por el racismo ambiental.

    A nadie escapó que estas estupideces de Mailer se debían a su propio racismo mezclado con ganas de provocar (y esto último es lo que haría sin descanso a partir de ese texto). Como han indicado varios biógrafos, también él tenía una imagen sexual en la cabeza. Un negro era un pene andante, un pene más grande y más irresistible que el suyo, y su virilidad no requería sino un puñado de palabras multiuso para ser expresada, el lenguaje hip, en el que los significados dependen del tono y del contexto —como sucede en toda jerga juvenil—, mientras que la virilidad blanca, la de Mailer, exigía retórica de Meistersinger para suplir las carencias genitales. Varios INY —Howe, Podhoretz, McDonald— le recriminaron a Mailer la pieza, McDonald incluso le llamó loco, y se le refutó su teoría del hipster blanco con el dato de que los hipsters abundaban en Europa, donde apenas había negros (y por tanto no podía tratarse de un caso de imitación o envidia racial).

    La reacción más furibunda, sin embargo, llegó de los propios beats, Kerouac sobre todo, que atravesaba su fase budista y estaba harto de tergiversaciones. Los beatniks —sufijo nik peyorativo inventado por Herb Caen, por contagio del Sputnik ruso entonces en boga— no eran violentos sino beatíficos, ese era el sentido que siempre había tenido para él el término beat. Lo cual contrasta, y no poco, con el género de vida que había inmortalizado en sus libros.

    Norman Podhoretz, que entablaría amistad personal con Mailer en una fiesta en casa de Lionel Trilling poco después de la publicación de The White Negro y le llamaría ex friend años más tarde, había elegido otro camino más recto para lamentar el racismo inverso evidente de la Generación Jodida:

    Será noticia para los negros saber que están tan felices y extasiados; dudo que se haya pintado un cuadro más idílico de las vidas de los negros desde que ciertos ideólogos sureños intentaron convencer al mundo de que las cosas marchaban estupendamente para los esclavos en la vieja plantación.

    Tres años más tarde, en 1961, James Baldwin, famoso novelista negro con quien Mailer mantuvo una tensa amistad-envidia a lo largo de muchos años, zanjó la polémica burlándose de aquel párrafo de Kerouac con otra imagen equivalente a la de Podhoretz: «Esto, por supuesto, objetivamente considerado, es un completo absurdo, y en tanto que tal resulta ofensivo: odiaría ponerme en la piel de Kerouac si estuviera tan loco como para leerlo en voz alta desde el escenario del Teatro Apolo de Harlem».

    Los bohemios analfabetos

    Para los de la Partisan Review, el mayor peligro de los beatniks no era su racismo inverso, sino su patente antiintelectualismo. Era el diagnóstico de Paul Goodman, Alfred Kazin, Norman Podhoretz, Ned Polsky, Irving Howe, Delmore Schwartz, Richard Hofstadter y otros. Por más que sus objetos literarios fueran los propios de los alienados y la vida en los márgenes de la sociedad, no eran disidentes políticos de ningún tipo. Concidían con estos en los aspectos más básicos de cualquier disidencia —horror ante la sociedad de consumo, carrera nuclear, etc.—, pero carecían por completo de formación para concretar su radicalismo en ninguna propuesta distinta de la de apartarse del mundanal ruido (un poco como sucede ahora con varios movimientos dospuntoceristas, que prefieren salirse de la foto política que contribuir a mejorarla). Además del racismo también invertían la moral, y unos peligrosos maleantes como Cassidy o Huncke pasaban a ser considerados seres angelicales, beatíficos y hip, por no hablar de las prácticas de emborracharse y drogarse, que se tenían por vías de iluminación personal. Lo intelectual no tenía cabida en el mundo de sensaciones y emociones baratas de la Generación Jodida, y por tanto no era de extrañar que se mostraran irracionales y propensos al misticismo de pandereta e incienso.

    Podhoretz, en un durísimo artículo en la Partisan Review titulado The Know-Nothing Bohemians (pdf) —que servidor suscribe de la cruz a la raya, y no solo porque se vio completamente confirmado en los años 60—, subrayó prácticamente todos los vicios de la Generación Jodida: su primitivismo, su apología de la violencia y los delitos contra la propiedad, su sexualidad desenfrenada como símbolo de rebelión, el racismo inverso ya tratado, su falsa espontaneidad, que solo esconde un pobre vocabulario —«Kerouac responde a todo diciendo ¡Guau!»—, su perfecta inanidad literaria. Y el corolario:

    Los hipsters y amantes de los hipsters de la Beat Generation son rebeldes, vale, pero no contra nada sociológico o tan histórico como la clase media o el capitalismo o incluso la respetabilidad. Esta es una revuelta de los desfavorecidos espirituales y los lisiados del alma ... Para decir la verdad, cada vez que oigo hablar de los instintos y el ser y los secretos de la energía humana me pongo nervioso; lo siguiente será que la violencia está bien, y entonces me pongo a pensar si realmente quiere decir que pegarle una patada en los dientes a alguien o clavarle una navaja entre las costillas son actos admirables. La Historia, después de todo —y especialmente la moderna—, enseña que hay una estrecha conexión entre las ideologías de vitalismo primitivo y la disposición a mirar con complacencia la crueldad y las orgías de sangre, si es que no se ven con puro entusiasmo.

    Volvamos arriba, al artículo que oficializó la etiqueta Beat Generation en 1952. Clellon Holmes la comparaba con la generación de jóvenes rusos que Dostoyevski dijo que buscaban respuestas a las preguntas eternas. Pero no se pueden comparar, concluía, ya que, después de todo, treinta años después, la generación sobre la que escribió Dostoyevski se estaba reuniendo en sótanos y poniendo bombas.

    Qué suerte la de los rusos. A los estadounidenses les bastaron 10 años para empezar a poner bombas y vivir en pisos francos. Y mientras, Timothy Leary, en compañía de Allen Ginsberg, entonces santón disfrazado de mahatma, anunciaba aquello tan célebre:

    Como toda gran religión del pasado, buscamos encontrar a la divinidad dentro nuestro y expresar esta revelación en una vida de glorificación y adoración de Dios. Estas antiguas metas las definimos con una metáfora del presente: excítate, sintoniza y lárgate [turn on, tune in, drop out]. Lo que quiero decir es que te largues del instituto, que te largues de la universidad, que te largues de la escuela.

    Hasta sacó un disco, que se puede descargar aquí.


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