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    Neocón. 5. Los tiempos ellos están a-cambiando

    Manel Gozalbo


    Viernes, 22 de abril de 2011 | 08:01 horas

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    Greenwich Village, al sur de Manhattan, era desde los años 10 del pasado siglo el barrio bohemio por excelencia en los Estados Unidos, lugar de residencia de músicos y artistas marginales (o no tan marginales pero que buscaban estar en contacto con «los suyos»). Sus casas viejas se alquilaban por cantidades míseras —nadie cuerdo quería vivir allí— y en los sótanos proliferaban todo tipo de cafés, clubs de jazz y folk, librerías y establecimientos más o menos culturales donde un buen día igual había un recital de poesía modernista y al siguiente un mítin político para sindicalistas concienciados. En 1917, seis activistas, entre ellos Marcel Duchamp, para subrayar que aquello era tierra conquistada treparon a lo alto del Arco de Washington Square, el epicentro del barrio y escenario de improvisados festivales callejeros, contiguo a la Universidad de Nueva York, y proclamaron la República Libre e Independiente de Greenwich Village. El panorama no cambió durante las siguientes décadas. Las modas culturales iban y venían: en los 30 fue el turno del folk y el estalinismo, en los 40 del jazz y el trotskismo, en los 50 del nuevo folk y el nuevo jazz (bebop), ambos de sólida raíz socialista o de vaga tendencia comunista —la desestalinización de Jrushev puso muy difícil seguir siendo estalinista—, pero Greenwich Village siguió siendo un barrio pobre, bohemio y de izquierdas.

    Salvo un breve período a principios de los 50 en que la música folk rompió las barreras y vendió millones de discos —gracias sobre todo a The Weavers, viejos comunistas del Village, que ganaron varios discos de platino—, el resto de la década fue un suplicio para los folkies, y específicamente para Pete Seeger, que tocaba el banjo en The Weavers. Las simpatías del grupo por la izquierda eran públicas, pues no en vano llevaban años animando reuniones sindicalistas y protestas sociales, y lo mismo podía decirse de otros artistas (Woody Guthrie, Cisco Houston, etc.). El maccarthismo les convirtió en sospechosos y fueron investigados por el FBI. Todo ello se tradujo en una súbita y completa marginación de los círculos musicales. Nadie quería tener relación con comunistas o siquiera con su sombra, de modo que pasaron de actuar en programas de radio y televisión a no ser contratados ni para animar las fiestas de los sindicatos más cutres. Lee Hays, el gordo orejudo del vídeo, contaría con cierta gracia la rápida defenestración del grupo, que era con mucho el más exitoso: en vista de las dificultades que encontraban para actuar, decidieron tomarse «un año sabático. Y luego uno lunesático, y otro martesático, y otro miercolesático...» El folk político volvió a las catacumbas bohemias y allí permaneció el resto de la década, viviendo de pasar el sombrero en sótanos con 50 ó 100 espectadores como mucho. Pero tampoco necesitaban más para poder pagar sus alquileres, siendo frecuente, además, que en los pisos de los más acomodados vivieran también amigos y recién llegados a la ciudad no tan acomodados.

    El género renació en 1958-1959 gracias al éxito de The Kingston Trio, de Harry Belafonte o de Joan Baez (proclamada entonces la Reina del Folk). No fue casualidad. La primera generación de estudiantes nacidos durante —o inmediatamente después de— la Segunda Guerra Mundial estrenaba adolescencia, y como todas las adolescencias que en el mundo han sido necesitaban reinventar la rueda. Habían crecido en un país aterrorizado con una posible guerra nuclear y muchos necesitaban «volver a las raíces», lo que incluía la música popular (folk). Sin embargo, para la vieja guardia de los años 30-40, encarnada por la revista Sing Out! (pdf; buen chiste en pag. 2), claramente filocomunista, The Kingston Trio y otros se habían vendido al capital, al comercialismo: lo suyo no era música folk, pues no basta que «se interprete con guitarras y banjos para que lo sea»; faltaba la conciencia social, faltaba la denuncia, faltaba la protesta. Fue la «primera guerra del folk», apenas un débil anticipo del apocalipsis mundial que estallaría en 1965 con Bob Dylan.

    En el Village coincidía que la universidad estaba ahí mismo, mezclándose estudiantes, activistas y bohemios en la Washington Square y calles adyacentes. En los clubs —Gerde’s Folk City, Café Wha?, The Bitter End— actuaban desde John Lee Hooker, entonces un semi desconocido bluesman, a cómicos como Woody Allen, Bill Cosby, Richard Pryor o Lenny Bruce, por no mencionar a decenas de folkies. La zona estaba a rebosar de turistas, i.e. gente normal de otras partes de la ciudad, que acudían allí a almorzar o al salir del trabajo para codearse con personajes pintorescos con la guitarra al cuello, mimos, poetas recitando a grito pelado, equilibristas y todo tipo de perfomances callejeras. Pero no se pierda la perspectiva: el mayor de todos los clubs no tenía capacidad más que para 350 personas. Los músicos y los cómicos actuaban por un puñado de dólares, como la película de Sergio Leone, y los más desesperados solo a cambio de comida o de poder pasar el sombrero entre el público... que la mayoría de las veces eran los músicos y cómicos que habían actuado antes o que actuarían después. En las mesas se servían comidas y cafés y no se dejaba de discutir sobre política, pues, como recordaba entre risas el gran Dave van Ronk, quien entonces no era trotskista era comunista, socialista libertario o activista de alguna causa perdida, «menos Bob [Dylan], de quien nos reíamos entonces y que con el tiempo resultó ser el más sofisticado políticamente de todos nosotros».

    Soplando en el viento

    Dylan no solo resultó el más sofisticado —eufemismo de apolítico en la observación de su amigo van Ronk— sino que en poco más de un año le dio la vuelta al género. No era el mejor guitarrista ni el mejor armoniquero, ni siquiera un buen cantante, pero sí un compositor competente y, de largo, el mejor letrista (de la historia del folk y luego de la historia del rock, hasta la fecha). Pronto, todos —músicos y público del Village— se vieron reflejados en sus letras y le auparon a la posición de profeta, de mesías, de líder, de Voz de una Generación. Cuando salió al mercado su segundo álbum, The Freewhelin' Bob Dylan, su influencia trascendió el barrio, la ciudad y el país (The Beatles, pese a que por entonces cantaban Love Me Do y Me la pillé, llé, llé, no dejaban de escuchar ese disco del lejano cantautor neoyorquino, según confesaron McCartney y Harrison). Una estrella así era lo que necesitaba el folk político y la izquierda estadounidense, pero no por el bien que pudiera hacerle a la música popular sino por su capacidad para representar una determinada cosmovisión. Dylan, 21 años recién cumplidos, ennoviado con Suze Rotolo, hija de comunistas de la Vieja Izquierda y activista muy relacionada con el ACLU, le ponía letra a las injusticias y proporcionaba canciones a cuyo son marchaban los manifestantes en las luchas juveniles, sindicales o raciales. Cuatro o cinco piezas se convirtieron en himnos, y siguen siéndolo 50 años más tarde.

    Oh, sí, los tiempos ellos estaban a-cambiando, pero no porque en 1963 lo proclamara tito Bob en emblemática canción gracias a sus habilidades proféticas. Dylan «solo» captó la época y le puso letra. Véase, por caso, el sutil retoque de perspectiva operado entre 1949 y 1962 con If I'd Had a Hammer, un tema combativo compuesto por Pete Seeger y Lee Hays. La letra es una típica alegoría-protesta con dobles sentidos (una variante de lo que en España, años después, harían Los Sirex con Si yo tuviera una escoba). La sutileza afectó a una línea del estribillo, que pasó de ser «I'd hammer out love between all my brothers / All over this land» en 1949 a ser «I'd hammer out love between my brothers and my sisters / All over this land» en la versión de 1962 de Peter, Paul and Mary, de la ganadería de Albert Grossman, manager de Dylan y luego de Janis Joplin y otros (ese mismo año, Seeger y Hays renovarían el copyright de la canción con la nueva letra). Habían llegado los vascos y las vascas.

    Existían causas por las que luchar, y Dylan se apuntó a todas. Canciones antimilitaristas, pro derechos civiles, contra la segregación; era una máquina de componer, era El Poeta de América. Sus palabras empezaron a interpretarse en busca de significados ocultos como las Sagradas Escrituras, y no hay ni un pelo de exageración en la figura (al día de la fecha habrá unos 250 libros dedicados a interpretar las letras de Dylan, y miles de fanzines y artículos en prensa). La cosa subió de nivel cuando, rota su relación con Rotolo, en enrolló con Joan Baez, siendo El Rey y la Reina del Folk durante año y pico (en 1975, Baez le dedicaría una punzante y hermosísima canción llorando por el amor perdido; incidentalmente, es lo único que puedo escuchar de Baez sin que me entren ganas de llamar a la policía, aunque admito que me gusta más la versión de Ritchie Blackmore y señora, of all people, herejías | aparte). Allí estaba él, 23 años, Already a legend / The unwashed phenomenon / The original vagabond cantando en Washington D.C. ante decenas de miles de personas y retirándose del micro para que Martin Luther King soltara su histórico I Have a Dream.

    Pero precisamente por ser apolítico, Dylan comprendió que algo no funcionaba bien a su alrededor. El papel mesiánico le pesaba en cada nueva actuación, en cada gira, pues le exigía ser portavoz de otros, no de sí mismo. Vio claro que la izquierda le estaba manipulando y se apartó. Su primer sonado acto de rebeldía contra la rebeldía ocurrió con motivo del Premio Tom Payne que le entregó el ECLC, organización de la Vieja Izquierda neoyorquina a la que escandalizó con su heterodoxo discurso de aceptación. Lo siguiente, un disco (Another Side of Bob Dylan) donde se alejaba del frente de batalla del folk protesta y se burlaba de la izquierda, con mención expresa de Barry Goldwater, candidato republicano a las elecciones presidenciales de 1964:

    Now, I'm liberal, but to a degree
    I want ev'rybody to be free
    But if you think that I'll let Barry Goldwater
    Move in next door and marry my daughter
    You must think I'm crazy!
    I wouldn't let him do it for all the farms in Cuba

    Sí, soy progre, pero hasta cierto punto
    Quiero que todos sean libres
    Pero si piensas que permitiré que Barry Goldwater
    se mude a la casa de al lado y se case con mi hija
    ¡debes pensar que estoy loco!
    No se lo permitiría ni por todas las granjas de Cuba

    Después, otro álbum que comenzaba con un mazazo protopunk que incluía el descreído «Don't follow leaders / Watch the parkin' meters» (en el vídeo, el calvo barbudo de la izquierda es Allen Ginsberg). Pero ni así se libró del estigma, como si la izquierda fuera inseparable de los cultos a la personalidad. A su pesar, Dylan sería el héroe de la New Left que en 1962 llamaba a la puerta de sus mayores, hasta el punto de que una de las líneas de esta última canción daría nombre a un grupo terrorista. Y la misma línea, 30 años después, sería el fragmento de canción más citado en resoluciones judiciales.

    A Perfect Hard Rain's A-Gonna Fall

    Fin de prólogos y rodeos. Ya disponemos de todos los elementos de la tormenta perfecta: intelectuales de la Partisan Review, movimientos juveniles, rock, antiintelectualismo, jamesdeanes en la carretera, racismo, liberación sexual, canciones protesta, literatura subversiva, drogas. A partir de aquí es cuando la historia empieza a ponerse fascinante, porque lo primero que haría la izquierda sesentera sería constituir una asociación nacional de estudiantes que acabaría patrocinando actos violentos y pariendo grupos terroristas, y lo segundo sería matar al presidente Kennedy. Este es un punto interesante. Mediante campañas de prensa, mil conspiranoias, libros y películas —¿quién no se acuerda de la patochada de Oliver Stone, tan obsequioso por otra parte con comunistas, islamistas y terroristas?—, la izquierda estadounidense ha intentado todo lo posible para que se ignorara o se olvidara que a Kennedy le mató un comunista.

    Pero solo así se explica que un presidente tan cuestionable y políticamente tan endeble —del nivel de Zapatero— se haya convertido en mito. La parajoda tiene bemoles. El hombre que inició oficialmente la detestada guerra de Vietnam, el hombre que invadió la Cuba de Fidel Castro, el más putero de toda la historia de la presidencia de Estados Unidos.


    4 respuestas a Neocón. 5. Los tiempos ellos están a-cambiando

    1. José Manuel Rodríguez (a) "Bazán" dice:

      Y yo me voy a por el cubo grande palomitas, porque me parece que la bestia acaba de despertar, y eso significa que vamos a divertirnos de lo lindo. Muchas gracias por estos textos, Manel.

    2. José Manuel Rodríguez (a) "Bazán" dice:

      El cubo grande de palomitas, quise escribir.

    3. Hlupus dice:

      Me sumo a las palabras de José Manuel. Cuando leí la crónica de la beat generation hasta me entraron ganas de revisionar "Shadows"

    4. Manel dice:

      Bazán & Hlupus

      Por hacerme saber que existe vida al otro lado, un regalo: Radical America. March-April 1977 (pdf). Es la revista que publicaba el SDS de la New Left. Es de un momento muy posterior al tema de la serie, pero para que vayáis haciendo boca. He elegido ese número de entre las decenas que tengo porque está dedicado a la España del momento, con un gris antidisturbios en portada :-)

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