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    Discriminación positiva: ¿al bien por el mal?

    Manel Gozalbo


    Lunes, 15 de agosto de 2011 | 06:50 horas

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    Por razones que por lo general se hunden en la noche de los tiempos —que no es precisamente el más amable de los lugares—, en todas las sociedades aparecen grupos de personas sistemáticamente maltratadas, marginadas, abusadas o ignoradas: mujeres, negros, blancos, gitanos, judíos, cristianos, musulmanes, pobres, norteños, sureños, orientales, bajitos, gordos, homosexuales, you name it. La legislación premoderna, promulgada y acumulada en esa misma noche de los tiempos por los grupos dominantes, sanciona tales discriminaciones negativas porque, dicho sin rodeos, cuenta con el respaldo de la mayoría de la población o, en casos atípicos como Sudáfrica y breves períodos en la Argelia colonial y otros lugares, porque cuenta con la fuerza de la porra. La ley es una propiedad de la sociedad, y por consiguiente, si ha lugar, igual de miope, igual de visceral, igual de sectaria e igual de rebosante de odio, lo que explica que se produzcan clamorosas injusticias sin que a su señoría se le mueva el peluquín. Es la situación reflejada en el famoso chiste del sheriff de Alabama que encuentra a un negro muerto con 134 cuchillos clavados en la espalda y comenta que es el suicidio más cruel que ha visto en su vida, con lo fácil que resulta pegarse un tiro.

    Un juego de la izquierda

    Hay que ir, sí, a Estados Unidos, prototipo de país racista en el imaginario popular por más que, al cabo, no sea más racista que los países europeos, que salen tan benditos e inocentones en ese nuestro imaginario aunque basta una oleada inmigratoria —de las que EE.UU. ha tenido cien— para que se le enciendan los mismos demonios. Holocaustos, persecuciones, inquisiciones, matanzas y expulsiones confiscatorias de minorías no se inventaron en Oklahoma; llegaron a las costas estadounidenses como moluscos adheridos al casco del Mayflower. Lo que sí se inventó allí fue la discriminación positiva (DP). La impulsó el Partido Demócrata (la izquierda) en la década de los 60. Tiene mérito. Mucho, porque la segregación —la discriminación negativa— también había sido impulsada por el Partido Demócrata en la década de los 10, bajo la presidencia de Woodrow Wilson, líder del llamado... hum... Movimiento Progresista, y que en la campaña electoral había dicho que haría exactamente lo contrario (me suena; ha de ser algo congénito en los progresistas). En 1952-1960, cuando Eisenhower —el único presidente republicano (la derecha) entre 1932 y 1968— quiso abolirla, no pudo superar la durísima oposición del Partido Demócrata y tuvo que conformarse con parches.

    En situación: en el Partido Demócrata había una facción llamada Demócratas Sureños que durante un siglo (hasta 1964) disfrutó de un monopolio político en los estados del Sur, del que si te he visto no me acuerdo (cf. Bruce Bartlett, Wrong On Race. The Democratic Party's Buried Past). No solo arrasaban en las elecciones a gobernador o en las elecciones para Congreso y Senado: es que no tenían oposición. Las primarias demócratas equivalían a saber quién ganaba las elecciones. La aprobación de la DP supuso que los Demócratas Sureños se saltaran la disciplina de partido y, finalmente, abandonaran en bloque el Partido Demócrata. Muchos montaron terceros partidos de relativo o nulo éxito, y otros recalaron en el Partido Republicano. Los demócratas, en suma, comenzaron a perder el control de los estados del Sur a principios de los años 70 y lo perdieron definitivamente desde los años 90, esos mismos estados de los que ahora se chotean diciendo que están llenos de palurdos rednecks. Así que renovemos el imaginario popular: el chistoso sheriff de Alabama votaba al Partido Demócrata, los corruptos y populistas gobernadores larger-than-life —tipo Huey Long o George Wallace— a quienes la oronda Mami sirve una limonada mientras ellos, sudorosos y simpáticamente gruñones, se abanican en los porches de sus mansiones sureñas y disfrutan del regimiento de negros que, allá al fondo, canta Only Youuuuuu, eran del Partido Demócrata.

    Como en décadas precedentes, en los 50, en el Sur, había un problema de racismo manifiesto. Seguían vigentes las leyes Jim Crow del s. XIX (cf. Brown & Stetinford, The Jim Crow Encyclopedia (2 vols); Michael Klarman, From Jim Crow to Civil Rights. The Supreme Court and the Struggle for Racial Equality; Jennifer Ritterhouse, Growing Up Jim Crow. How Black and White Southern Children Learned Race). El resto del país no puede decirse que estuviera inmunizado. Recién elegido Eisenhower, además de un discurso al Congreso en pro de la igualdad que cualquiera aplaudiría a rabiar, aprobó medidas para abolir la segregración en restaurantes de Washington D.C. (!) y en instalaciones militares, eligió a negros para altos cargos en la Casa Blanca por primera vez en la Historia (y si no contrató a más fue porque el FBI, alegando abstrusas razones de seguridad, se lo impidió), y nombró para el Tribunal Supremo a jueces republicanos partidarios de las libertades civiles, jueces reconocidos posteriormente como los más decisivos en décadas si no en todo el siglo. Estos fueron quienes, debido en parte a la insistencia presidencial, abolieron la segregación racial en la educación (cf. Robinson & Bonnie, Law Touched Our Hearts. A Generation Remembers Brown v. Board of Education).

    Si la administración Eisenhower no hizo más fue por la oposición de los mentados Demócratas Sureños, quienes, como si fueran nacionalistas catalanes de toda la vida, amenazaron —incluidos manifiestos— con que no acatarían las decisiones judiciales. Alguno —George Wallace—, agotadas todas las trabas legales que había ido interponiendo desde mediados de los 50 para no cumplir las sentencias, llegó en 1963 al extremo de interponerse físicamente ante dos estudiantes negros camino de la universidad, escena histórica digitalmente alterada en Forrest Gump en la que se ve a Forrest, junto a Wallace, tratando de enterarse de qué sucede. Curioso mundo este, isn't it? El Partido Republicano declarando oficialmente su apoyo a la desegregación y a las nuevas condiciones jurídicas de igualdad, y el Partido Demócrata rebotado y oponiéndose oficialmente. El vicepresidente Nixon —años después presidente— yendo a Harlem a dar discursos en pro de la igualdad racial, y el futuro vicepresidente Johnson —años después presidente— maniobrando contra la desegregación en su calidad de líder de la mayoría demócrata en el Senado. Eisenhower sometiendo una ley de derechos civiles para garantizar el voto a todos los negros, y miembros del Partido Demócrata recurriendo al filibusterismo para impedirlo. Strom Thurmond batió el récord: estuvo hablando sin parar durante 24 horas y 18 minutos (cf. Gregory Koger, Filibustering. A Political History of Obstruction in the House and Senate), pero no logró impedir finalmente la aprobación.

    Todos los esfuerzos legales hasta ese momento —fueran iniciados por republicanos o por demócratas no sureños— tenían un único y loable objetivo: terminar con la desigualdad. Nada más. En este mismo empeño se mantuvo el presidente católico Kennedy (1961-1963) al aprobar ahora hace 50 años la Orden Presidencial 10925 por la cual todos los organismos oficiales, así como contratistas y subcontratistas del gobierno, deberían respetar la igualdad de oportunidades respecto del personal ya existente o del que pensaran contratar, que no podría ser discriminado por razones de raza, religión, color o nacionalidad. La orden de Kennedy pasó a los anales como la de la Affirmative Action (de ahí lo de discriminación positiva), pero en sí misma no conlleva ningún privilegio para nadie sino solo la eliminación de discriminaciones negativas. Una ley justa y razonable, aunque no completa. Kennedy, como su predecesor, se enfrentaba al racismo institucional, tan arraigado, según he dicho al principio, como pudiera estarlo en la empresa privada o en la calle estadounidense. Pero fue asesinado por un comunista en noviembre de 1963 y no le dio tiempo a más. Su vicepresidente Lyndon B. Johnson —elegido a su vez presidente en las elecciones de 1964— recogió el testigo y, definitivamente, ahora sí, promulgó la discriminación positiva.

    Reconozco una bolsa de votos en cuanto la veo

    Johnson, que se había opuesto a la ley de derechos de civiles de 1957 y que había mantenido una relación con los negros bastante ambigua —no era ningún campeón de la causa, como recordaron en 1977 en Journal of Negro History, Lyndon B. Johnson and Blacks: The Early Years (pdf)—, presentó en 1964 la suya propia, inspirada e iniciada por el difunto Kennedy y que era, con mucho, la más ambiciosa de la Historia. No solo consolidaba y ampliaba las reformas de Eisenhower y Kennedy sino que, al incluir a la mujer, las dejaba pequeñas. Se le opusieron los mismos Demócratas Sureños que a Eisenhower, sin faltar filibusterismos, dándose la insultante circunstancia de que una ley de un presidente demócrata recibiera más votos a favor —¡y menos votos en contra!— de republicanos que de conmilitones demócratas. El partido de Johnson, según he adelantado, se partió en dos, lo cual explica la inversión ocurrida en el carné de partido del ocupante de la Casa Blanca: en la primera mitad del siglo XX y hasta 1968 hubo más presidentes demócratas; desde entonces, republicanos. Insisto: curious, innit?

    Abreviando: que dice el jefe que la DP ha venido para quedarse. En los años siguientes y en las administraciones posteriores, se promulgaron decenas de leyes, decretos y reglamentos no para meramente igualar a todos en la letra de la ley o para eliminar discriminaciones negativas en la práctica, sino para reparar por exceso los abusos anteriores mediante privilegios presentes y futuros. No solo se eliminaban barreras de acceso a la educación o el mundo laboral que pudieran afectar a grupos tradicionalmente discriminados, sino que se primaba que en el acceso, de estar limitado, salieran favorecidos tales grupos. De Estados Unidos, la DP se expandió a todo el mundo, en cada lugar con sus discriminados y circunstancias peculiares. Esta es, en definitiva, la esencia de la idea: mi abuelo y mi padre te fustigaron con el látigo en la plantación y yo y mis hijos te dejaremos ponerte el primero en la cola del pan aunque llegues el último. Suena humanamente comprensible y hasta plausible. Otra cosa es ver si jurídicamente estamos ante una idea razonable y, por último, saber si el experimento ha dado los frutos apetecidos.

    En términos legislativos, es obvio que no resulta razonable sustituir unas discriminaciones por otras. En primer lugar, porque no es ese el ámbito en que deben curarse las heridas de la Historia; y en segundo lugar porque, al mismo tiempo, no se curan todas las otras heridas que puedan existir: ¿no tienen derecho a la DP, por ejemplo, los habitantes de zonas secularmente descuidadas por la administración o que, como en España los nacionalistas periféricos, se sientan «incomprendidos y maltratados»? ¿Acaso es esencialmente distinto impedir por motivos religiosos o raciales que un judío o un negro accedan a la universidad que impedir por falta de infraestructuras que un blanco o un asiático accedan a una universidad que no existe en su región y a la que tampoco podrían llegar porque no existe transporte público? Que yo sepa, cuando la administración decide por fin construir carreteras y escuelas donde no las había, los nativos no obtienen automáticamente el aprobado el mismo día que se inauguran. En ambos casos (y en otros) estamos ante discriminaciones de las que son culpables los sucesivos poderes públicos. Cae por su peso, además, que una administración no puede dedicarse a privilegiar en la ley cada vez que detecta grupos desfavorecidos, pues serían tantos y tan frecuentes los cambios que podríamos utilizar la legislación de ventilador en las noches de verano. Su función consiste en eliminar las causas de la discriminación; si son económicas, con planes económicos. Para arrepentirse de los pecados se va uno a la iglesia, y para conjurar los fantasmas del pasado se ha inventado el propósito de enmienda, porque el pasado no se puede borrar ni cambiar.

    Sí cabe compensar económicamante a individuos que hayan sido sujeto de injusticias por defecto de ley en el pasado, pero —discapacitados físicos aparte en todas estas consideraciones— crear una categoría especial de perjudicados, grupos genéricos de perjudicados, significa que no se reparan hechos materialmente ocurridos sino ideológicamente ocurridos. No es de Justicia de lo que estamos hablando sino de ideología, y la ideología siempre favorece a los suyos o a aquellos a los que quiere hacer suyos, como los inmigrantes, a quienes no cabe resarcir por pecados de nuestros padres. ¿Cuesta tanto comprender que la ideología nunca solventa problemas sino que los endulza? El racismo, por caso, no se soluciona favoreciendo legalmente a la víctima potencial, que a lo mejor jamás ha padecido ni padecerá ningún acto racista concreto; se resuelve castigando al racista consumado, a quien comete el delito. La desigualdad laboral no se soluciona favoreciendo a la mujer por el hecho de serlo; se resuelve castigando a quien la infravalore por el hecho de ser mujer. Y así sucesivamente. Coño, en el pasado no se nos ha favorecido a casi todos —o específicamente «a los vascos y vascas»— por ser potenciales víctimas del terrorismo. La Ley debe procurar igualdad, no participar en programas electorales y alentar dobles varas de medir. Así lo han ido ratificando a lo largo de los años distintas sentencias del Supremo estadounidense: «All federal, state, and local racial/ethnic classifications, "benign" or otherwise, must be narrowly tailored to further a compelling interest; and absent proof of "specifically identified" past discrimination, preferences flowing from such classifications violate the equal protection clause».

    ¿Qué ocurre si no? Pues que el sistema piensa y legisla en términos de condicionantes naturales y sociales que la propia ley dice aborrecer, no en función de ciudadanos iguales ante ella; que se incentiva la indolencia grupal y el lobbismo, no el mérito y la personalidad de cada cual; que se crea el estigma de la sospecha sobre los favorecidos, que nunca sabremos si hubieran podido conseguir esto o aquello por su propio esfuerzo y capacidad, «sin ayuditas», lo que en suma extiende una sombra adicional de animadversión hacia ellos y les repercute psicológicamente; y por supuesto, but not least at all, que se abre una inmensa puerta a las trampas y los abusos. Dado que en las instituciones educativas suele haber numerus clausus, i.e. un número tope de estudiantes, la DP obliga a los malabarismos de las cuotas preventivas: tanto por cien de negros, tanto de asiáticos, tanto de pobres, tanto de estos y tanto de aquellos. Con harta frecuencia se termina excluyendo a quien tenía que entrar por méritos pero se queda fuera por cuota, y entra por cuota alguien más tarugo que el copón (motivo de infinidad de pleitos, que obligan a las varias instancias gubernamentales a modificar o anular partes de la DP hasta quedarse en la simple protección de la igualdad). Y no digamos los casos en que alguien falsifica su perfil para hacerse pasar por lo que no es, lo que no solo ocurre en el ámbito educativo sino en la extensión de la DP a los más diversos campos (laboral, vivienda, etc.). Y mejor no interesarnos por el mundo privado, donde a las empresas se las obliga a menudo a contratar personal peor cualificado al objeto de respetar la cuota.

    De los experimentos sin gaseosa

    La DP es uno más de los experimentos sin gaseosa del progresismo a que me referí el otro día, sin duda el principal. Ayuda a fardar de sensibilidad social y esas cosas tan monas. Solo tiene un inconveniente: que han pasado cincuenta años y podemos ver los resultados. ¿Ha funcionado? ¿Es una buena idea, al margen de aspectos lógicos y jurídicos? Como estará la cosa que un libro colectivo favorable a la DP como Affirmative Action in Antidiscrimination Law and Policy. An Overview and Synthesis, de Leiter & Leiter (2002), reconoce, en su capítulo de conclusiones, que

    The judgment will be exceedingly difficult ... Separating heat from light in this controversy is at best a daunting task. To a great extent, moreover, affirmative action is still a work in progress.

    O sea, que 50 años después de que comenzaran los distintos programas de discriminación positiva en Estados Unidos no está claro si han resuelto los problemas que trataban de resolver. En mi pueblo eso significa que no lo han conseguido, pero a ver quién es el guapo que se atreve a enfurecer a las minorías afectadas, que si se les privara de esas ventajas comparativas interpretarían, no sin algo de razón, que han vuelto a ser magníficamente puteadas «por los poderosos».

    La cuestión de los resultados prácticos es la que se planteó también, en 2004, Thomas Sowell (Affirmative Action around the World. An Empirical Study), cuyo trabajo se abre con estas palabras y énfasis de advertencia:

    Many —if not most— people who are for or against affirmative action are for or against the theory of affirmative action. The factual question of what actually happens as a result of affirmative action policies receives remarkably little attention. Assumptions, beliefs and rationales dominate controversies on this issue in countries around the world. This book addresses the empirical question of just what does and does not happen under affirmative action—and to whose benefit and whose detriment.

    Así que para prescindir de la teoría se puso a comprobar casos y estadísticas oficiales en distintos países con programas de DP y tratos preferenciales y a compararlas con los equivalentes en Estados Unidos. Era la primera vez que alguien lo intentaba, lo que no deja de ser llamativo y, peor todavía, elocuente sobre las verdaderas intenciones partidistas que se hallan en el fondo del asunto. La DP genera burocracia, grupos afines, control sobre la sociedad y tiene buena prensa; ¿a quién le importan los resultados?

    For some supporters of affirmative action, it is just a matter of being in favor of helping the less fortunate, with the "details" being left for others to consider and work out. However, even a broad-brush look at what affirmative action programs have actually done in various countries reveals that a failure to achieve their goals may be the least of the problems created by these programs. Poisonous intergroup relations and real dangers to the fabric of society have also been produced by affirmative action in some countries. That should become painfully clear when we look at the "details" in the chapters that follow.

    Parte de su conclusión, a saber: que el DP había originado problemas en la cohesión de los países, fue bastante criticada; pero la referida al fracaso mundial de la DP no. Las evidencias contenidas en su trabajo ahogaban cualquier réplica.

    In short, black education rose substantially, both absolutely and relative to white education, in the decades preceding the civil rights legislation of the 1960s and the affirmative action policies that began in the 1970s. What economic changes accompanied this rise in black education? As of 1940, 87 percent of black families had incomes below the official poverty line. By 1960, this was down to 47 percent of black families. This dramatic 40-percentage-point decline came at a time when there was no major federal civil rights legislation. But this was a time not only of rising black education, but also a time of a massive exodus of blacks out of the South—more than 3 million people —escaping both the Jim Crow laws and the substandard Southern black schools. In short, this was a time when vast members of blacks lifted themselves out of poverty ... While it is an often repeated fact that the number of blacks in professional and other higher level occupations increased in the five years following passage of the landmark Civil Rights Act of 1964, it is an almost completely ignored fact that the number of blacks rising into such occupations was even greater in the five years preceding passage of the Civil Rights Act of 1964.

    El trabajo de Sowell también recoge ejemplos clamorosos de fraude, como ayudas por cuestión racial a personajes tan «necesitados» como los deportistas Julius Erving y O. J. Simpson (años más tarde de nuevo beneficiado al ser absuelto en un caso por homicidio con pruebas concluyentes en su contra) o también, hora del pasmo, un empresario negro que una vez intentó comprar Viacom, empresa valorada en miles de millones de dólares. De hecho, la muestra citada por Sowell indica que 2/3 de los beneficiados fueron negros con fortunas personales de más un millón de dólares. Lo que se dice lumpen genuino.

    Como alguna vez hay que terminar —aunque si es plan tiramos de estadísticas—, terminemos: la discriminación positiva es un burdo intento de capitalización política de desgracias ajenas. Es cómoda (no exige mantener el contacto con la realidad) y de buen aspecto (humanitario), por lo que resulta atractiva para los partidos políticos, pero no funciona ni, por tanto, en sentido estricto, puede definirse como progresista. Algún querido amigo de entre el público se enfada —cariñosamente— cuando gasto bromas sobre la zurda, pero es que esto es lo que hay.


    9 respuestas a Discriminación positiva: ¿al bien por el mal?

    1. Flashman dice:

      Muy interesante, Manel, como siempre. Por supuesto tengo que dar por buenos algunos de los datos de los que no aportas referencia ya que yo tampoco puedo refutarlos.

      A ver, haces hincapié en que gracias a la DP un puesto puede estar ocupado por alguien con una cualificación inferior. Bien, pero eso no implica que esa cualificación inferior sea insuficiente para realizar esa labor. Me explico: en las oposiciones a determinadas profesiones con determinada exigencia física existen pruebas distintas para hombre y para mujeres. El motivo es que, lógicamente, la corpulencia y el poderío físico masculino supera al femenino, y hay quien lo considera una discriminación. ¿Quiere esto decir que las pruebas a que son sometidas las mujeres son insuficientes para ejercer de bombero, soldado o policía nacional? No, ya que cumplen los baremos mínimos de exigencia para el ejercicio de estas profesiones. Las pruebas solo se adaptan a donde cada género, dentro de sus aptitudes físicas, puede llegar, sin que se baje de unos topes mínimos exigibles. Es la constatación del hecho objetivo de la diferencia fisiológica entre hombres y mujeres, pero que no es obstáculo para el ejercicio de profesiones que requieran despliegue físico.

      Permíteme una analogía: el seguro del coche, al menos el mío, es más barato para mujeres. ¿Discriminación positiva? No, es que la estadística dice que las mujeres tienen menos accidentes, hecho objetivo. ¿Injusto para el abuelete que lleva 60 años al volante sin un mal golpe? Supongo, pero válido cuando la catalogación de casos individuales se torna tan compleja que resulta más costoso llevarla a cabo que aplicar una norma general.

      En los casos descritos, y quizá en otros, la DP cumpliría además una función cohesionadora. Porque señalas al cazurro que que entró por cuota en la escuela, pero no al que gracias a la cuota logró iniciar un expediente académico brillante. Imagino que de todo habrá, si tienes estadísticas estaría bien que las colgaras. Ver a mujeres en profesiones cuyo acceso han tenido históricamente vetado a mí me parece que cohesiona socialmente; que los hombres que tradicionalmente se han movido en un entorno laboral masculino sean conscientes de que hay mujeres capaces igualmente de cumplir en puestos similares me parece bueno. Ayuda a cambiar mentalidades que, en mi opinión, merecen ser cambiadas.

      Y de momento nada más. :-)

    2. Manel dice:

      Flashman

      Gracias, como siempre, y a mandar. Cuando se suscitan temas de calado —y poco tratados en España—, es grato contribuir en lo que se pueda. Sobre los datos, no sé a qué te refieres. Si hablas de libros o eso, tengo tantos sobre esta materia —y anejas— como para poner de los nervios al monje trapense más cachazudo. Si he intercalado algunos títulos ha sido para decirte que, si los necesitas o quieres leerlos, están a tu disposición. Si hablas de otra cosa, me lo aclares.

      Con el ejemplo de las oposiciones ni siquiera te acercas al asunto de la DP. Me explico: en los países civilizados es costumbre —sana— llevar una suerte de continuo control estadístico de estudiantes. Se hacen evaluaciones regulares de la gente y se relacionan todos los aspectos imaginables: raza, barriada, entorno familiar, ingresos económicos, comparación entre ciudades, densidades de población, etc. (en España, por desgracia, gusta más el ojímetro de las apariencias). Es en base a estas estadísticas constantes —puede haber varias cada año, no siempre realizadas por entes estatales sino también por organismos mixtos o enteramente privados— que se configuran los perfiles de los desfavorecidos. Bien, aquí llega la DP. Para poder acceder a una universidad —o a una determinada alta escuela especializada: medicina, ingeniería, etc.—, los datos que se tienen en cuenta son los de esos perfiles. A ti te toca entrar porque eres coreano, das la nota mínima, y podemos admitir a cinco coreanos. El problema surge con el numerus clausus: si hay 100 plazas, es posible —vaya, de hecho muy frecuente, a juzgar por el caudal de pleitos en este sentido— que alguien más capacitado se quede fuera solo porque no forma parte de ninguna minoría o cuota. Se te da la plaza a ti porque eres coreano, no porque seas el más capacitado, lo que significa que has discriminado también negativamente por cuestión racial. No es que ambos alcancen la nota mínima (digamos un 5), sino que la DP obliga a admitir a un coreano con nivel 5 antes que a un blanco con nivel 8. Eso es lo que los tribunales de EEUU llevan años rectificando.

      En España tenemos sistemas similares (y muy criticados) en varias nacionalidades a propósito de las lenguas vernáculas, de los que se sigue que quienes hablan tales lenguas son minorías desfavorecidas. Resulta que para acceder a una plaza de médico, de funcionario, de arquitecto o técnico municipal o de cartero, puntúa más conocer la lengua vernácula que los propios conocimientos sobre la materia o la experiencia previa; lo mismo a la hora de conceder subvenciones, donde puntúa más que se realicen en la lengua vernácula que la utilidad pública que puedan tener; o que el conocimiento del euskera puntúe más que otros aspectos en la carrera de funcionario de prisiones. Esto es DP en el terreno idiomático. No se contrata a los más capacitados: se expulsa del sistema por motivos ideológicos a gente más capaz pero que no han tenido "la desgracia" de nacer en la región de referencia o no se han preocupado, siendo sevillanos, de aprender catalán, euskera, etc. Se discrimina negativamente *a priori* a los que ignoran una lengua no estrictamente necesaria para desarrollar la función con garantías, y se privilegia a gente que quizá no esté preparada para desarrollarla con igual diligencia.

      Espero que entiendas, pues, que el ejemplo de la mujer que propones no se ajuste del todo al problema. Si cumplen los baremos mínimos (volvamos al 5), tienen todo el derecho a ser admitidas como bomberos o como intrépidas exploradoras de las fuerzas especiales, faltaría plus. La cuestión sigue siendo comparativa: ¿es correcto contratar antes a una mujer con 5 porque es mujer que a un hombre con 9 (y la misma pregunta de otros modos: un gitano con 5 que una mujer con 9; un pobre con 5 que uno de clase media con 7)? Es decir, si la función es tan crítica como las que pones de ejemplo, ¿estamos más seguros con personas —mujeres, hombres, ricos, pobres, da igual— menos preparadas que otros que han sido rechazados por numerus clausus?

      La analogía del seguro no procede, ya que no hay numerus clausus. Pero, en cambio, como contraanalogía sí tiene utilidad. Si los actuarios de seguros establecen que las mujeres de 1.70 con ojos marrones y 51 kilos de peso son quienes menos accidentes de todo tipo sufren, tanto de circulación como laborales y caseros, ¿no deberían ser promovidas como conductoras de todo tipo de vehículos públicos? Y si lo admitimos como razonable, en una supuesta oposición, ¿ha de contar más su conocimiento de una lengua vernacular, sus orígenes humildes, su pertenencia a la etnia gitana o ese inesperado factor estadístico?

      No señalo al que gracias a la cuota logró iniciar un expediente académico brillante porque ese caso no existe :-) Si uno tiene la capacidad y disciplina para alcanzar un currículo académico brillante NO PASA por el sistema de cuotas. Dado el sistema de evaluaciones arriba indicado, son las instituciones académicas los que van a por ellos y les evitan el filtro, ya que les interesa que sus alumnos sean los mejores. Sucede lo mismo una vez en las universidades: hay empresas especializadas en identificar a los alumnos más brillantes para ofrecerles mollares contratos en la empresa privada desde bastante antes de que hayan terminado la carrera.

      Por otro lado, creo yo que lo que cohesiona socialmente no es que un hombre se acostumbre a trabajar con mujeres, sino que esas mujeres cobren lo mismo que él y tengan el mismo trato si desarrollan idéntica función, no se las descarte para ascensos, etc.

      Estadísticas hay un montón, y desgraciadamente (para la DP) son todas coincidentes. Como no sería correcto que hablara de estadísticas que no puedas consultar, veamos las disponibles online. Partamos de la base de los porcentajes demográficos estadounidenses para establecer desviaciones: 63.7% blancos; 12.6% negros; 16.3 latinos.

      Si nos vamos a las tres estadísticas clásicas para juzgar la situación de la integración, vemos que, en Estados Unidos en 2009, la población reclusa es desproporcionadamente negra y latina.

      Las tasas de pobreza contempladas racialmente arrojan saldo similar: las minorías están bastante por encima de lo que deberían.

      Y en la consecución de grados académicos, tres cuartos de lo mismo: las minorías están por debajo de su media demográfica.

      Algo falla. El sistema para integrar en base a la DP, sencillamente, no rula. Hay que prescindir de prejuicios y cambiar de política. A las minorías y a las mujeres se las integra de otras maneras, pero es necesario preocuparse por conocer las variables a considerar y obrar políticamente en consecuencia, no despacharlo todo con un artículo legal.

    3. Pedro Tercero dice:

      Continuando el caso expuesto en el comentario anterior sobre acceso a la universidad, no solo tienen más ventaja extranjeros, sino también personas discapacitadas, deportistas de alto nivel y personas que inician los estudios a partir de una determinada edad.

      En todos los casos la discriminación positiva únicamente perjudica a la gente mejor preparada que no pertenece a ninguna categoría. El peor caso de todos es, en mi opinión, el de deportista de alto nivel, que elige dedicar mucho más tiempo a la práctica del deporte que a los estudios, y aún así lo tiene bastante fácil para acceder a carreras de nota alta (el hecho de que necesiten mucha menos nota ya pone de relieve su baja preparación académica).

    4. Flashman dice:

      No me he explicado bien en una cosa. El acceso a, pongamos, un centro concertado de primaria de un alumno inmigrante que, a partir de ahí, inicie un expediente académico brillante es el ejemplo al que me refería. Obviamente, dicho expediente tiene que tener un inicio, y actualmeninte, al menos en Madrid, el reparto de alumnado inmigrante mediante el establecimiento de ratios es lo único que existe en lo tocante a la DP a ese nivel. De no existir ese ratio que permita a ese alumnado iniciar su expediente académico muchos no tendrían la oportunidad ni de iniciarlo. Luego quedaría elaborar estudios y estadísticas para determinar hasta que punto son eficaces tales medidas, pero no creo que sea solución abandonar a su suerte a quien no demuestre unas aptitudes que le hagan merecedor del esfuerzo del Estado. No se si me he explicado.

      Insisto en un punto: mientras se superen los baremos establecidos como mínimos para la realización de una tarea, la persona que obtenga una calificación inferior a otra está capacitada para desempeñarla. Ignoro si existen estudios que demuestren que prescindir de los mejores en favor de los beneficiados por la DP incide en los índices de peligrosidad en según que profesiones. En el caso de las mujeres, parten desde una posición de desventaja histórica que creo poco rebatible. No digo que esto se tenga que mantener de por vida; a igualdad de condiciones de partida, igualdad de oportunidades, con independencia de raza o sexo.

      Sobre lo que apunta Manel, las empresas que no paguen igual a hombres y mujeres cuando realizan el mismo trabajo, difícil es controlar que no se cumpla lo peor. Pienso que facilitar el acceso de las mujeres a según qué puestos es el primer paso para que sean valoradas en la misma medida que los hombres cuando de rendimiento idéntico hablamos. Como digo, no parten con las mismas condiciones de partida a efectos sociológicos, y en este país la mente obtusa aún predomina en muchos ámbitos laborales.

      Coincido con Manel en que con las lenguas periféricas se ha hecho mucha política, contra los que no las hablan disfrazada de política de recuperación lingüistica.

      De todas formas, tampoco quiero ser yo un obtuso y negar la evidencia de las estadísticas. Si estas dicen lo que dice Manel, es evidente que algo no está funcionando, y cuando algo no funciona o no es eficaz lo suyo es cambiarlo o modificarlo.

    5. Nituniyo dice:

      ha sido muy instructivo leer las tres últimas entradas y el debate en los comentarios

      sobre la discriminación positiva no tengo una opinión formada, aunque en principio me da cierto repelús. Sigo pensando que lo del matrimonio gay no es discriminación positiva (lo de repartir millones es otra cosa, ajena a mi argumentación). Creo que no tiene sentido en el siglo XXI hacer una legislación sobre las uniones civiles de personas igual en derechos pero diferente en nombre en base a la orientación sexual. No tendría ningún inconveniente en eliminar del código civil la palabra matrimonio y llamarlo janderklander si hace falta. No puedo con los cristofrikis (estoy con Carlos en que sin ellos esto no habría dado para tanto escándalo), y no por cristos sino por frikis. Su homofobia me resulta tan evidente, tan fácilmente desenmascarable, tan hipócrita. Y esa actitud santurrona "son desviados, enfermos, pero también son criaturas de dios" ufffff

      por último, tengo que decir que ver a Manel argumentar contra el derecho natural es una de mis aficiones preferidas. Lo clavas. Me imagino a un ancap y a un cristofriki retorciéndose de dolor cual vampiro rociado con agua bendita

      saludos

    6. Javier dice:

      El derecho natural tiene agujeros colosales, pero el positivo tiene otro. Y también es muy grande.
      Consiste en no poder decir “eso está mal”. Un iuspositivista no puede decir “eso está mal”, porque es una afirmación moral e iusnaturalista. Sólo puede decir “eso no es acorde a derecho”.
      Pero como ha expuesto Manel, el derecho se deduce del acuerdo de la sociedad, o como quieras llamar a la producción democrática de una Constitución y unas leyes. Y la voluntad de hacer cosas que “están mal” (véase genocidio, esclavización, etc.) puede llegar a poner de su parte a gran parte de la población. Tanta como para poner de su parte al legislador de un país. Tanta como para permitirle cambiar su constitución legalmente. Qué narices, eso ya ha pasado, muchas veces. Tanta como para alcanzar el poder legalmente en muchos países simultáneos y para reescribir legalmente la declaración universal de los derechos humanos. Para que no incluya como “humanos” a un grupo muy minoritario, por ejemplo.
      Eso le hace carne de Godwin. Un Godwin perfectamente justificado. Desde un punto de vista iusposiutivista, los nazis hicieron todo acorde a derecho. Toda su Machtergreifung estaba exquisitamente fundamentada en leyes y cambios constitucionales producidos de forma acorde a la ley. Lo único que se podía decir en contra de ellos es que lo que hacían “estaba mal”.
      El iusnaturalismo tiene agujerazos, pero ante Hitler al menos puede decir “esto está mal”. El positivismo no puede sino callar. O dar volteretas.

    7. Manel dice:

      Javier

      ¿Ein? ¿La legislación nazi Derecho Positivo? ¿De dónde sacas eso, por Dios? No confundas una tiranía con Derecho Positivo, pues están en las antípodas. Por otra parte, y antes que eso, también confundes Derecho con Moral. Un iuspositivista puede decirle "esto está mal" a quien sea, también a los iusnaturalistas. El iusnaturalista querrá llevar todo lo "está mal" a las leyes; el iuspositivista solo si incurre en delito.

    8. Javier dice:

      Pues parece ser que el tema del iuspositivismo y su no deslegitimación de las leyes nazis trae cola. No debe ser un tema tan meridianamente claro ni tan baladí cuando tan insignes juristas se han preocupado de él. Éste es un paper que me parece bastante interesante:
      http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1680846

      La primera pregunta de tu respuesta es si la legislación nazi era "Derecho". “Derecho Positivo”. Y en ese sentido los autores difieren. ¿Fueron "leyes" las leyes nazis? No lo fueron, si consideramos que las deslegitima como leyes el ser moralmente injustas. Un argumento iusnaturalista, pero irrelevante para el positivismo. Está claro que los nazis llegaron al poder legalmente, según la constitución y las leyes de la república de Weimar. Y promulgaron sus leyes legalmente. Y por lo tanto desde un punto formal, eran leyes. Y el positivismo no tiene otros criterios que el formalismo.
      No veo que sea tan evidente que estén en las antípodas tiranía y iuspositivismo. Mientras la tiranía respete las formas externas, cabe una tiranía apoyada por la voluntad de la inmensa mayorñia, con formas democráticas, con una legislación positiva. Véase el III Reich, el consulado de Napoleón, la ginebra de Calvino, etc. Es el diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu.

      Al parecer la cuestión no es tan evidente en el artículo para autores positivistas como Hart, que en el artículo afirma que "las leyes pueden ser leyes pero demasiado malvadas como para ser obedecidas" (lo que significa que "pueden ser demasiado malvadas para ser obedecidas pero son leyes").

      No creo confundir derecho con moral cuando escribí que un iuspositivista no puede decir "eso está mal". Sólo es una imprecisión. No digo que un iuspositivista sea un autómata incapaz de juicios morales. A quien no puede decir "eso está mal" es a una ley. El iuspositivista es capaz de juicios morales pero se priva voluntariamente y de forma absoluta de juntar moral y práctica del derecho. En temas de derecho el positivismo se basa en un total y absoluto relativismo ético. El iuspositivista puede tener opiniones morales y aplicarlas... En su vida privada. Si es juez, puede aplicar la ley siempre o dimitir. No puede decir “esa ley no es una ley acorde a derecho porque eso está mal”. Incluso en el caso de las leyes nazis. De nuevo cito el artículo.

      De acuerdo con que "el iusnaturalista querrá llevar todo lo "está mal" a las leyes". De acuerdo que "el iuspositivista solo si incurre en delito". ¿Pero qué es delito? Según el iuspositivismo, lo que diga de forma positiva la ley. ¿Y si la ley tipifica como delito pronunciar blasfemias? Una ley -o modificación constitucional- formalmente válida, refrendada democráticamente, con el apoyo absoluto del 99,999% de la población mundial y del país, que siga todos los requisitos legales formales…

    9. Manel dice:

      Trae cola para quienes mezclan churras con merinas, como sucede en ese pedeefe, que ya conocía. Según habrás visto por mi artículo anterior —francamente, no sé por qué suscitas esta cuestión en un artículo donde se habla de otro asunto—, el Derecho Positivo parte de la igualdad, arbitra desde la igualdad y procura la igualdad legal entre los ciudadanos, lo que presupone democracia. En ese sentido, digo también en algún comentario que la legislación se modifica por consenso, lo cual de nuevo excluye decretazos y tiranías.

      Pero la tergiversación del pedeefe —y de muchos autores— es todavía peor, ya que, excusados en injusticias y holocaustos, se da por hecho que las leyes nazis eran amorales. Pero eso es falso de toda falsedad. Eran leyes de moralidad nazi, según la cual los judíos y otras minorías y extranjeros no eran humanos sino Untermenschen. Lo mismo cabría decir, con sus características, de la legislación soviética o de cualquier otra legislación tiránica.

      El Derecho Positivo tiene poca relación fontal con las "leyes positivas" o las "leyes formalmente legítimas". Para que estas sean "legítimas" solo deben respetar los procedimientos establecidos, por monstruosas que sean las consecuencias; para que estén amparadas en Derecho —contrato entre dos— Positivo tienen que cumplir los requisitos indicados. Ninguna tiranía es un contrato.

      Y reitero que sí, que un iuspostivista puede decir que una ley está mal, que es injusta, aunque cuente con el respaldo de toda una nación salvo el suyo. Si esa determinada ley está mal, estate seguro al 99.999% que es reflejo de alguna moral determinada, no de la igualdad racional.

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