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Manel Gozalbo
Habrá que despachar esto rápido. La situación climática —tormenta, corte de luz, trueno, corte de luz, etc.— me impide cumplir con ciertos asuntos pendientes.
Es conocido el relato de Borges titulado Pierre Menard, autor del Quijote. Apareció en 1944 dentro del libro Ficciones. Trata de un poeta simbolista, Pierre Menard, que quiso escribir el Quijote: «No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes.»
Más adelante, Borges ofrece una muestra de los avances de Menard:
«Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):
...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el ingenio lego Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa.»

En 1950, Pío XII hizo pública la encíclica Humani generis:
Si los antiguos hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares —lo cual puede, ciertamente, concederse—, nunca hay que olvidar que ellos obraron así ayudados por el soplo de la divina inspiración, la cual los hacía inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos. Empero, lo que se insertó en la Sagrada Escritura sacándolo de las narraciones populares, en modo alguno debe compararse con las mitologías u otras narraciones de tal género, las cuales proceden más bien de una ilimitada imaginación que de aquel amor a la simplicidad y a la verdad que tanto resplandece aun en los libros del Antiguo Testamento, hasta el punto que nuestros hagiógrafos deben ser tenidos en este aspecto como claramente superiores a los antiguos escritores profanos.

Por más extraño que resulte, la explicación de las similitudes entre ambas piezas la dio uno de los últimos grandes teólogos españoles, Juan Luis Ruiz de la Peña (†1996), en una de sus obras más conocidas, Teología de la creación, Santander 1986, p. 128:
La creación es un artículo de la fe cristiana (es decir, un misterio) y no la conclusión de un razonamiento metafísico (es decir, un saber profano). En consecuencia, hay que resistirse a la tentación de comprometer este misterio de fe con una determinada cosmovisión; la fe no puede estar ligada a esta o aquella imagen del mundo. Hoy somos muy sensibles a las funestas consecuencias que tuvo para la Iglesia su tenaz enfeudamiento en una cosmovisión fixista y su repulsa del evolucionismo; vemos claramente que una lectura de la realidad en clave de evolución es perfectamente compatible con la fe en la creación ... La fe debe conservar siempre su libertad frente a cualquier tipo de cosmología; la teología ha de proclamar siempre que el contenido de la palabra revelada desborda en cualquier caso toda teoría científica y, en general, toda formulación humana.
"vemos claramente que una lectura de la realidad en clave de evolución es perfectamente compatible con la fe en la creación ..."
Y Thor con la dureza del grafito. No hay que antagonizar.
Sí, la fe será y perdurará con independencia de los hechos, sean estos los que sean y se demuestren los que se demuestren. Así no juego >:-(