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Manel Gozalbo
El próximo domingo se cumplirán mil años desde los atentados de Al Qa'ida en Nueva York y Washington DC, más el que frustraron los heroicos pasajeros del United 93 que terminó estrellado en un campo de Pennsylvania. Los aniversarios redondos invitan a reflexionar porque es como si en tales circunstancias la perspectiva se pusiera más caballera que nunca, desaparecieran los escombros mentales que habitualmente impiden la visión panorámica y todos fuéramos capaces de parir geniales lecciones-provisionales-pero-definitivas con que conformarnos hasta el próximo aniversario redondo, cuando repetiremos el divertido diluvio de ocurrencias. Estos días habré leído unas 230 opiniones sobre la «década del 11-S» —larguísimas, largas y breves; de izquierda y derecha; de paseantes y de estrellas; de conspiranoicos hard y soft; de musulmanes y ex musulmanes; de creyentes y de ateos; de políticos y de expertos en contraterrorismo—, y aunque pareciera que tal cantidad fuera bastante para cubrir con holgura todos los aspectos de la cuestión, me resigno a reconocer que no es así.
Unos textos son mejores que otros, como es lógico —varias decenas merecen elogios parciales y algunas más piden a gritos olvido completo—, pero lo alarmante es que ninguno ilumina el fondo. Se pregunta uno si es que no lo iluminan porque, entretenidos con minuciosas cavilaciones sentimentales, yijadistas, psicológicas, culturales, religiosas, costumbristas, económicas, políticas y militares, los opinadores han interrumpido su descensus ad inferos a mitad camino o porque sencillamente su escalera tiene los mismos pocos peldaños que su visión de las cosas.
Uno entiende que a los estadounidenses les inquiete el prohibitivo coste económico de guerrear contra el terrorismo (de la manera en que guerrean), y más todavía cuando se conocen grosso modo los miles de millones de dólares malgastados, despilfarrados y robados en el intento. Está muy bien que lo critiquen y exijan responsabilidades. Igual que me parece perfecto que se irriten por las políticas de seguridad implementadas en los últimos años, plasmadas en interminables colmenas burocráticas con millones de funcionarios (sic) incapaces de procesar toda la información que les llega a diario (resic) y cuyo presupuesto y actividades son secreto de Estado (recontrasic). Que sí, que todo eso hay que optimizarlo, llamen a los abogados y a los contables, quiero un informe sobre mi mesa mañana a las nueve o tendrá que entregarme su placa y su pistola, pero una conclusión sobre el 11-S que se quiera duradera —o a la altura de un aniversario redondo— no puede perderse en tales pequeñeces relativas.
Dígase lo propio sobre premisas intrascendentes del tipo ¿vamos ganando o vamos perdiendo? que tanto han florecido al calor del cumpleaños. Si tuviera que pronunciarme al respecto diría que EEUU y sus aliados vamos ganando, aunque he de admitir que mi opinión no es la más popular entre los especialistas en yijadismo. Antes al contrario. Daveed Gartenstein-Ross, por un caso, acaba de sacar al mercado entre aplausos de sus colegas un libro cuyo título lo dice todo: Bin Laden's Legacy: Why We're Still Losing the War on Terror. Dado que todavía no lo he leído, le he pedido al autor que me indicara cuál era a su juicio la mejor reseña que se había hecho de su trabajo y me ha recomendado la publicada por J. M. Berger en Foreign Policy (por si conviniera cerrar el círculo, hace tres o cuatro noches me lo pasé teta con este vídeo diálogo-entrevista entre Berger y Gartenstein-Ross. Un must see, que se dice). No es que yo tenga nada concreto que enmendarle a Gartenstein-Ross —ex wahhabista radical— o a quienes coinciden con él, y como asiduo lector de sus piezas estoy convencido de que le asistirá la razón en lo que plantea. Pero volvemos a lo mismo: los problemas suscitados por los atentados de septiembre de 2001 no se saldan con un Bin Ladin dijo esto y nosotros bombardeamos aquello y pasó lo otro y mira cómo estamos ahora. Eso es peccata minuta histórica, material de archivo para cronistas que todavía no han nacido.
Así que deshagámonos del influjo perverso del aniversario. El 11-S no es ninguna rara avis in terris, no es un albino en el Congo, no es un día infuso, no es un acontecimiento al margen del curso de la Historia sino su consecuencia más inevitable. El 11-S, en tanto que terrorismo islamista, solo es la exportación al continente americano de un fenómeno que llevaba décadas asolando el norte de África y Oriente Medio y que en algún momento tenía que saltar el charco y —dicho en un sentido más vertical— alcanzar el presente. Que recordemos especialmente la muerte de casi 3.000 estadounidenses y no la de los anteriores centenares de miles (como muy poco) es testamento de nuestro provincianismo, también llamado etnocentrismo. Y tan encantados estamos de habernos conocido que ni siquiera concebimos que el yijadismo no es más que una mínima expresión de un conflicto mayor (no, no este).
En el plano más exterior, que es el del cual informan los medios y opinan ahora los aniversaristas, la guerra contra el terrorismo consiste en que los malos se suicidan llevándose por delante a 20 en un mercado y los buenos mueven aviones no tripulados con un joystick y castañazo que te crió, llevándose por delante a otros tantos. (O viceversa, por si viene alguien de Público y tal: los malos somos nosotros y los buenos son ellos). Hay quienes proponen ganar los corazones de los musulmanes para eliminar las matanzas y quienes piden más boots on the ground para eliminar más rápido a los que hacen las matanzas. Todo válido y todo merece discutirse, pero todo superficial. El litigio que ahora se dirime por medio del terrorismo en uno de los triángulos del miedo, Pakistán-Afganistán-India, y que antaño se libró por vías harto más sangrientas y multitudinarias, con cientos de miles de víctimas más, no se resuelve ganándose la simpatía de los musulmanes ni desembarcando el séptimo, el octavo, el noveno y el enésimo de caballería, pues no se trata en último término de una guerra religiosa. Ni allí ni en el Sahel (que empieza a ponerse peligroso again), el Cuerno de África, Israel-Palestina o el Cáucaso. Estamos viviendo en directo algo que figura en todos los manuales de Historia medieval y antigua: una guerra entre formas políticas, la inevitable guerra entre el humanismo (el Estado moderno) y el tradicionalismo (el tribalismo). En esta ocasión, por la aceleración pareja a la globalización, solo durará décadas, tal vez poco más de un siglo, pero ese período de crisis no nos lo quitará nadie.
Antes que contra los euroamericanos, ya digo que los yijadistas arremetieron contra sus compatriotas durante décadas ante nuestra perfecta indiferencia. Pero por más puros e indignados que quisieren presentarse Bin Ladin y los de su cuerda, lo cierto es que tampoco tampoco supieron esquivar la globalización en sus múltiples formas. Tuiteé anoche un revelador artículo de Yaroslav Trofimov que viene de camino en la argumentación y que adornaré con algunas apostillas diacrónicas. Trofimov es autor del mejor libro escrito sobre la cruenta captura de la Gran Mezquita de La Meca en 1979 por una banda de cientos de yijadistas, episodio germinal del moderno yijadismo. El líder de aquella banda, Juhayman al Utaibi, tan admirado por Bin Ladin, se negaba a llevar billetes en los bolsillos porque en los billetes aparecían los rostros de los reyes saudíes; solo se permitía tocar las monedas, que carecían de imágenes. Se habría horrorizado al ver la propaganda audiovisual de Al Qa'ida o de los talibanes (que tienden al gore: prefieren una víscera que un discursito del mulá), sus tinglados informáticos, sus revistas con fotografías —¡de ellos mismos!— a todo color.
Son contradicciones menores en el gran choque de las formas políticas, y hay muchas otras de tamaño incomparable. Basta mirar a los intermediarios. Como he observado decenas de veces, el yijadismo internacional solo es posible si cuenta con el apoyo —declarado o de tapadillo, activo o pasivo— de uno o más Estados, forma política que en principio resulta aborrecible para sus sobrevenidos beneficiarios. A los españoles no nos tienen que explicar cómo es que ETA ha resistido tanto tiempo, o cómo es que ha comenzado a languidecer cuando Francia se ha tomado en serio el problema. Eso mismo pero a lo bestia, en escala para nosotros inimaginable, sirve para talibanes, Hisbalá, Hamas o Al Qa'ida en sus distintas caras y ubicaciones. No existe, propiamente hablando, «yijadismo internacional privado». Dicho a la clausewizteana manera, el yijadismo es la continuación por otros medios de una guerra en la que participan Estados fallidos. Los grupos terroristas son fuerzas irregulares que no comprometen el honor nacional aunque les pillen con el pasaporte en la boca. Es una farsa en la que todo el mundo conoce su papel.
Si es que no hay más que mirar el mapa de conflictos. Muchos se engañan pensando que se trata de una guerra entre religiones, o más particularmente del Islam contra el resto del universo mundo, pero todos los países desde donde atacan los grupos yijadistas y todos los países que de algún modo les patrocinan son Estados en mayor o menor medida fallidos que todavía no han superado su estructura tribal. Sin excepción. Los hay, como Pakistán, Níger o Mauritania, que ni siquiera controlan su territorio nominal, viéndose ocasionalmente obligados a hacer incursiones militares a todo trapo en sus propias provincias para limpiarlas de ejércitos anestatales; y los hay, como Líbano, Yemen o Somalia, que ni siquiera tienen un gobierno capaz de imponer la ley en sus «dominios» y a la vez son incapaces de sacar sus divisiones de artillería. Si todos hiciéramos caso a la célebre pancarta y go home, las matanzas continuarían entre los ilustrados y los tradicionalistas del lugar, como ya sucedía cuando no había fuerzas extranjeras rondando. Qué felices éramos entonces. Muertos que no se ven, no duelen. Hasta que volvieran a verse y doler con el siguiente 11-S «surgido de la nada» y volviéramos a desbravar nuevas geniales lecciones-provisionales-pero-definitivas.
Comparto.