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    El relinchamiento (anexo político)

    Manel Gozalbo


    Jueves, 29 de diciembre de 2011 | 09:22 horas

    URL corta:

    El linchamiento. La liquidación de la COPE y la aventura de EsRadio, último libro del profesor Federico Jiménez Losantos, es un título con fundamento. A qué negarlo. El autor ha afrontado en los últimos años sucesivas querellas de políticos, periodistas, peatones, partidos, espontáneos y sindicatos policiales, además de canciones burlescas y amenazadoras y frecuentes ataques mediáticos. Yo mismo, en 2005, critiqué duramente varias iniciativas internéticas organizadas con el propósito de callarle o de ponerlo de patitas en la calle de la COPE (lo que me supuso la correspondiente ración de insultos y que, más tarde, El Plural me dedicara dos desinformados ataques en menos de un mes). Todo eso es verdad. El problema es que no es toda la verdad.

    Comparando la potencia de los megáfonos que cada parte contratante ha tenido a su disposición, no es ni una cuarta parte de la verdad. Losantos, que en el libro se presenta a menudo como un negrito en Alabama a merced de un Ku Klux Klan cuyo Gran Maestre es Gallardón (p. 250), omite que querellas, ataques y campañas de burla tienen causa en su forma poco convincente de trabajar (a mil millas de los artículos que publicaba en los años 80-90). Hace tiempo que no es capaz de criticar a nadie sin motejarle antes, durante o después, con palmaria voluntad de ridiculizarle; ya no argumenta opiniones cuya consistencia sea mayor que la de un flan de gelatina; difunde interpretaciones prematuras, alicortas y rencorosas de la actualidad política, muy similares a lo que se lee en los comentarios anónimos de los blogs; y no sabe mantener distancias ni con la información ni con sus protagonistas, llegando al colmo de comportarse con frecuencia como si él fuera el protagonista de la información. Su programa matutino de radio es, de largo, el que menos información ofrece, y aun sus pocas noticias merecen un tratamiento maniqueo salpicado con las imprescindibles obsesiones vitales del locutor. Por algo se le llama predicador. Su idiolecto populachero, faltón y reiterativo es retrato del propagandismo más cutre, carne de agitprop de primera regional, y por tanto se arriesga a las consecuencias negativas típicas en estos casos en cualquier país del mundo, tanto judiciales como en la opinión pública.

    Pero en el libro no se contemplan estas obviedades ni el autor trata nunca de justificar su pobre enfoque periodístico: solo existe una campaña universal en su contra. Los ataques que recibe jamás responden a la lógica de cada individuo que se haya sentido agredido por él; son ataques concertados. Losantos es un mártir de la libertad de expresión.

    Hay un elefante en la tienda

    Conviene reparar en el enorme elefante que está sentado enmedio de la tienda, aunque sus fans no lo hayan visto. Se llama sectarismo partidista. La lucha sin cuartel de Losantos contra los progres, Polanco, Gallardón, el PSOE, los nacionalistas «y demás ralea» no se debe a su espíritu arcangélico ni a ninguna vocación de ecuanimidad: Losantos reconoce —y dice, y "se le escapa"— que desde que «el lunes 15 de marzo de 2004 a las 6 de la mañana dijo en antena que se haría cargo de los 10 millones de huérfanos del PP» solo es un mero agitador al servicio del contingente post-aznarista del PP. En este sentido, apenas es el espejo de esos adversarios a los que moteja. Todo el compadreo de que se acusa a ciertos periodistas y medios de izquierda tiene en él su versión de derechas, sin quitar ni añadir.

    En consecuencia, en tanto que comunicador confesamente partidista, no aspira al equilibrio en el juicio ni se desvive especialmente por que sus comentarios políticos tengan el respaldo de los hechos. De ahí que su labor consista mayormente en comentar las noticias que otros —frecuentemente El Mundo— publican; lo que le importa es poder dar o devolver golpes al amparo de su peculiar interpretación de las cosas, «cargarse de razón», podríase decir, aunque dicha razón tenga la lógica a la virulé. En el trance, que su audiencia aplaude con las orejas, abusa de técnicas de propaganda totalitaria harto conocidas desde principios del s. XX. Él mismo las refiere, aunque aplicadas por sus enemigos contra él: «La técnica está al alcance de cualquiera: burla mil veces repetida y agresión personal o profesional con cualquier motivo. Si no hay motivo, se inventa» (p. 41; cf. pp. 39; 49). Digo yo que hace falta ser inconsecuente para no percibir que de eso mismo cabe acusarle a él. Los párrafos que dedica al suicidio de la mujer del comisario Rodolfo Ruiz en la p. 532s muestran que, si no es inconsecuencia lo que le falta, lo que le sobra es cinismo de la peor especie. Haría bien suprimiéndolos en ulteriores ediciones.

    Se ha visto en las dos entregas previas de esta serie que el locutor de EsRadio está muy verde en su dominio del 11-M, pese a la importancia cambioderregimenesca que atribuye a la esotérica suma de atentados, falso golpe mediático y elecciones del 14-M. Pero es que Losantos, pedazo de estratega, no está por la labor de perderse en la letra pequeña. Sobre la parte post-aznarista del PP cayó imperecedera infamia por apoyar la conspiranoia con animus enredandi fuera de plazo («socializar la duda», que dijo Luis del Pino), y él unció sus bueyes a ese carro para librarles de tal deshonor entre aquellos susceptibles de votarles, muchos de los cuales, al menos a nivel internético, se han tragado el camelo de la conspiranoia y se han entregado a él con pasión de microscopista en prácticas. Pero a Losantos solo le priva la utilización politiquera del 11-M. En 2006 ya mostré in extenso cómo habían evolucionado sus opiniones respecto de los atentados, siempre al compás de conveniencias coyunturales: si al principio le servían para llamar al PSOE «el partido de Al Qa'ida», semanas después le servían para justificar que el PSOE fuera llamado «el partido de ETA». Sin despeinarse. Y, siempre, todo lo suyo, teñido con detestables compadreos con políticos afines.

    Periodismo de cabildeo y mistificación

    Así, se pregunta uno qué pintaba Losantos de intermediario de tapadillo entre la AVT de Alcaraz y el ex ministro Acebes en aquellos años de manifestaciones y «rebelión cívica». ¿Cómo narices va uno a concederle el beneficio de la duda a Losantos respecto de su función periodística? ¿Cómo quiere que sus opiniones no aparezcan requetemanchadas de parcialidad y prejuicios? El hecho de que ataque contumazmente a Gallardoy o a Rajordón no demuestra la imparcialidad del que «ataca a todos por igual» sino que más bien resalta con amarillo fosforito su arbitrariedad a favor del PP post-aznarista (p 62):

    Con Zaplana, portavoz parlamentario del PP, nuestra relación era excelente, adobada, por no decir melificada, por la cordialísima amistad que mantenía con Luis Herrero, Aragonés, Pizarro y otros amigos comunes. Con Acebes era buena y mejoró con las grandes movilizaciones de la AVT contra la política antiterrorista de ZP, cuya pieza clave era el acuerdo con los terroristas. Como Francisco José Alcaraz era capaz de tirarse a la piscina de una movilización sin mirar si había agua, podía suceder que, a eso de las ocho y media, al final de su jornada, Acebes me citara discretamente en Génova 13 para ver cómo evitábamos el fracaso de la nueva manifestación de aquella heroica AVT, la que convirtió la "rebelión cívica" contra el apaño del gobierno y la ETA en un banderín de enganche al que nunca jamás le falló la legión del PP, es decir, de aquel PP.

    Conviene aclarar este extremo. Ni una sola manifestación de la AVT y sólo una de las gigantescas movilizaciones populares contra Zapatero fue iniciativa del PP. Alcaraz siempre fue por libre, pero siempre contó con el apoyo incondicional de la COPE, la eficaz simpatía de El Mundo y la considerable influencia de Libertad Digital, cuyo periódico acogió el nacimiento de otro movimiento de hondo calado, los "Peones Negros" de Luis del Pino, que demolieron todas las trolas oficiales sobre el 11-M ...

    Esta bodeguiya bis —«de aquel PP», que es para tentarse la ropa una y mil veces o, en su defecto, salir corriendo espantado y no parar hasta Pernambuco— revela más cosas de las que se leen ahí. No solo un supuesto informador independiente como Losantos comprometía su integridad profesional en trueques gargantaprofunderos con Acebes y Alcaraz, que tantas veces tendría tribuna de opinión y tratamiento de favor en «la influyente» Libertad Digital; explica además por qué Rajoy estaba harto de intrigas. La miopía de Losantos es de tal calibre como para afirmar, rozando el ridículo, que «la "rebelión cívica" ... casi llevó al poder al PP, pese a hacer una oposición tan nula como en las jornadas del 12 al 14 de mazo de 2004» (p. 31). Dejando de lado que en aquellas señaladas fechas el PP estaba en el gobierno y no en la oposición, y prescindiendo del hecho de que Losantos culpa al PP de no haberse aprovechado políticamente (mejor) de los atentados (de nuevo, porque ya lo reprochó también en 2004 y 2005), lo que queda es que el PSOE aventajó en un millón de votos al estridente PP de la «rebelión cívica». A los demás no es que nos sorprendiera esta nueva derrota pepera; personalmente la anticipé aquí en HL en 2006 y 2007, apuntando como motivos todo lo que a Losantos le parecía chachipiruli. A Rajoy tampoco debió sorprenderle, y por eso se deshizo de los extremistas y trató de centrar el partido.

    La purga y el silencio

    Tras las elecciones generales de 2008, los que se mencionan en la cita fueron apartados, descartados o invitados cordialmente a callar la boca. Alcaraz anunció su retirada de la presidencia de la AVT en marzo de 2008 (justo antes de las elecciones) alegando motivos personales, y le siguió un chorreo de dimisiones; Zaplana se marchó en dos tiempos (primero renunció a ser portavoz, después a ser diputado); mi paisano Luis Herrero no repitió como eurodiputado popular al concluir su mandato en 2009; Manuel Pizarro, diputado raso tras los fuegos artificiales de la campaña electoral, abandonó su escaño en enero de 2010; Ángel Acebes estuvo de diputado silente desde 2008 y finalmente renunció al escaño en junio de 2011; y Carlos Aragonés, que con ocasión del congreso del PP en Bulgaria-capital-Valencia no dejó de incordiar y malmeter con la tranquilidad de ser un protegido de Aznar, llevó a cabo en la anterior legislatura actividad tan frenética que terminó recibiendo el premio "Desconocido en el Parlamento" por motivos más que sobrados, y no se espera que en la presente legislatura bata su propio récord porque es imposible.

    Y nunca renovamos el dramatis personae de la bodeguiya bis: Acebes, Zaplana, Aguirre, González (segundo de Aguirre), Alcaraz, Luis Herrero y Pedro J. Ramírez fueron los testigos de Losantos en el juicio de Gallardón (los cuatro primeros, como es lógico, le dejaron colgado de la brocha). De aquellos polvos conspiranoicos de 2004-2007, que tenían mucho más que ver con el rumbo del PP que con (cualquier investigación de) los atentados del 11-M, vinieron los lodos de la purga de Rajoy entre marzo y junio de 2008, que se solapó parcialmente con ese juicio. Losantos se muestra muy lacónico y olvidadizo sobre su papel en el interregno entre las elecciones de 9 de marzo de 2008 y el XVI Congreso del PP celebrado en Bulgaria-capital-Valencia a finales de junio de ese año, prefiriendo pasar los trastos de matar a fragmentos de un libro no publicado de Nacho Villa y a la crítica que del mismo hizo un mandado de Libertad Digital (que posteriormente tendría problemas con Carmen Martínez Castro, jefa de prensa de Rajoy desde 2006 y ahora secretaria de Estado de Comunicación).

    Ni palabra sobre la insidia de que Rajoy se había iniciado en la masonería mexicana, falsedad que corrió como la pólvora. Ni palabra sobre un exaltado Pedro J. Ramírez que, desde la COPE, sentado al ladito de Losantos, llamó a grito pelado a los oyentes/afiliados/votantes para que acudieran a manifestarse ante la sede central del PP en la calle Génova y exigieran la dimisión de Rajoy, al más puro golpemediáticodel-13M style. Ni palabra de su propio dramático cabreo con palinodia. Ni palabra sobre un Pío Moa llamando proetarra a Rajoy, casi que anticipando la majadería que soltó el mismo Losantos el pasado 22 de diciembre a propósito de Gallardón como nuevo ministro de Justicia: que por eso Amaiur se había abstenido en la investidura de Rajoy y el PNV estaba tan contento, porque ya lo sabían, porque sabían que Rajoy seguiría negociando con ETA, «porque, claro, un tío que pasa por encima del 11-M por supuesto que va a continuar la política del partido socialista del compincheo con la ETA». Ni palabra de la advertencia vitocorleonesca de Esteban González Pons tras dos meses de escandaleras y presiones: «Tendría poco sentido que la Iglesia, que va a necesitar al PP, utilice su emisora para machacar al aliado que puede tener para muchos de los asuntos que van a plantearse en esta legislatura». Ni palabra sobre el aviso de Celia Villalobos, del clan Arriolalobos según Losantos, cuando observó que «a ver qué consideramos como prensa amiga, porque si es la que nos dice lo que tenemos que hacer o no, eso no podemos considerarlo como prensa amiga». Ni palabra. No debió suceder nada de eso, a juzgar por las memorias a las que más falta les hace amorrarse al DeMemory (p. 183):

    Luego, Rajoy, completamente gallardonizado a la vuelta de México, atacó a El Mundo y la COPE porque «querían decirle lo que tenían que hacer»; e hizo lo que le pedían Prisa y la SER: insultar a quienes más debía.

    La batalla de 2008 que se pierde en 2011

    Sí, nadie negará que quien atacó e insultó fue Rajoy. Uf. Pero es que así de mal, así de torcido y retorcido todo, cuenta Losantos los episodios que constituyen el linchamiento. El discurso de los ataques y los insultos de Rajoy cayó como pedrisco en casa Losantos, donde, a más de terremotos, maremotos y plagas bíblicas, se operó el milagro de la refundación de su línea editorial con el pelillos a la mar más portentoso que se recuerda: «Libertad Digital, coherente con su defensa de la libertad individual, la igualdad ante la ley, la economía de mercado y la nación española, nunca ha sido ni será un medio de comunicación "de partido"». Se acordaron de que no eran un "medio de partido" justo el día en que, según su singular interpretación del mundo en derredor, Rajoy abría una guerra en el PP que llevaba semanas abierta y le arreaba un soplamocos a Esperanza Aguirre. Justo ese día.

    Rajoy se deshizo de presiones externas e intrigas internas afirmando que, a diferencia de Aguirre y de otros frustrados candidatos a sucederle al frente del PP, «a mí no me lo ha pedido ningún periódico ni ninguna radio». Se armó la de San Quintín, porque a los liantes les sabe a cuerno quemado que les señalen con el dedo y les desautoricen el lío (aquí una versión comentada). Tres años y medio después, en plena recta final de la campaña electoral del 20-N, Losantos, Rajoy y Carmen Martínez Castro demostraron que no habían olvidado la guerra de 2008. Losantos solicitó una entrevista con Rajoy para EsRadio, Martínez Castro se desentendió del asunto —motu proprio o por indicación de su jefe—, Losantos amaneció amenazador contra Martínez Castro el martes 15 de noviembre y Rajoy completó la voltereta al día siguiente: «Ningún medio, banco, empresa o sindicato ni nadie me puede dar órdenes». Yo tampoco había olvidado el berrinche de 2008 y una semana más tarde, 23 de noviembre, habiendo ganado las elecciones el Partido Popular, le predije al benemérito founding father de HispaLibertas que el anticonspiranoico Gallardón iría a Interior o a Justicia (que aprenda el «comando Rubalcaba»).

    Losantos, en suma, viene librando una guerra privada impropia de un periodista desde 2004-2005. Y con magros resultados. Sus amigos post-aznaristas fueron descabalgados u orillados por Rajoy. Esperanza Aguirre y el tótem Aznar perdieron. Y ahora Rajoy y Gallardón han ganado. Han ganado desoyéndole, teniéndole como enemigo jurado; han ganado con tanta holgura que hasta se permiten la frialdad de proponer como Fiscal General del Estado a Eduardo Torres Dulce, uno de los Cowboys de Medianoche de EsRadio junto a Luis Herrero y José Luis Garci. No me cabe duda de que, si el nombramiento sale adelante, será un excelente Fiscal General. Gallardón, al proponerle, ha bordeado la genialidad: fastidiar haciendo el bien. Federico Quevedo, despreciado a diario durante meses por Losantos por haberse apeado en su día de la conspiranoia, y a quien motejó Nini por no ser ni Federico (García Lorca) ni Quevedo, acaso lo resumiría con esa lírica que a veces le invade: «¡Os jodéis!»


    2 respuestas a El relinchamiento (anexo político)

    1. José Donís dice:

      Este, el anexo, me parece el más interesante de los tres. Los otros, en fin, es de esas cosas necesarias y "alguien tiene que hacerlo" ;-)

      Porque conspiraciones o no, lo que cuenta y de lo que habla el libro es de Losantos, y Losantos solo habla de sí mismo sea cual sea el tema. Con él toda una cohorte áulica (los "huérfanos") que son punta de iceberg de una amplia corriente social.

      Y un excurso... estoy harto del coñazo que nos dan unos y otros con los masones. Pesaditos, joer, son la murga de la conspiración judeo-masónica rediviva. Odiqan a los masones como Jinks a los mardito roedore, al mismo tiempo que idolatran a los padres fundadores americanos, todos masones, el gran maestre Mario Conde nos tortura con su mística, y cuando encuentran un héroe contra el aborto, el presidente de Uruguay Tabaré Vázquez, resulta que es socialista y masón.

    2. Sergio dice:

      Siempre había creído que lo de Federico no va por Gracía Lorca sino más bien por él mismo.

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