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    Liberalismo sin rostro humano

    Manel Gozalbo


    Jueves, 12 de enero de 2012 | 01:25 horas

    URL corta:

    Post originalmente publicado el 30 de diciembre de 2004. Se republica por esto.

    A propósito de las recientes polémicas ocurridas dentro y fuera de Red Liberal pero con epicentro en ella, llama bastante la atención un tema ancestral: la naturaleza del liberalismo. Por lo que se ve, el mote liberal es una invalorable perla enclaustrada en una ostra enterrada en un banco de arena sumergido en una impredecible fosa abisal, y nadie confía demasiado en los pescadores que suben demacrados a la superficie gritando "¡La tengo!, ¡la tengo!". Enseguida, los demás levantan sus propias perlas y rivalizan en autenticidad. No es necesario que pesquen en aguas de Red Liberal; también en piélagos lejanos, turbios e inestables, brincan pescadores tatuados y alucinados que enseñan con una mano aljófares rescatados de barcos hundidos mientras con la otra cañonean en la oscuridad el siguiente navío del que limpiar la caja fuerte. En el mercado del puerto de la vida, los compradores se arremolinan a ver los ejemplares. Algunas perlas brillan, otras seducen, otras maravillan por su tacto, las irisaciones del nácar de varias de ellas parecen imposibles, pero las hay también fofas, descascarilladas y mates. Se monta tal griterío que ni unos se deciden a comprar ni los gollums a desprenderse de su tesoro. Y todo ello sin que nadie acierte a preguntarse por la utilidad política del liberalismo en España, que es literalmente cero. Ninguna. Zip.

    A menudo ha surgido el minidebate clásico: habida cuenta de la inexistencia de un gran partido liberal en España, ¿a qué partido es más afín el liberalismo?, ¿a qué partido debe apoyar —por simplificar la cuestión— en unas elecciones? La gran mayoría estima que al PP. La minoría, con el netclown y sus netuseful netfools en gallinero o en primera fila, aventuran que también podría ser el PSOE. Otros, livingstones de safaris dignos del XIX, todavía sueñan con que las soviéticas Juventudes Liberales alcancen a salvar las doscientas sesenta y tres medallas del pecho, ya que no mucho honor. Emilio Alonso, en una sólida reflexión que solo empañan algunas ligerezas menores y cierto voluntarismo, ha rebatido de raíz la posibilidad de que el liberalismo se alíe naturalmente con la izquierda; sin embargo la pieza liberal se le ha escapado viva. No se ha dado cuenta de que su definición del liberalismo, que muchos de Red Liberal firmarían sin reservas y que parece razonable, es un agujero negro. Si se invierte la pregunta, ¿a qué partido le interesa contar con el respaldo de ese liberalismo?, la respuesta es desoladora: a ninguno. Somos un simpático espectáculo para los políticos populares que nos visitan, que solo esperan poder arramblar con alguna intuición aprovechable, y un espectáculo grotesco para los políticos socialistas que se dejan caer a diario en alguna de estas manías de letras, a las que acuden con la prevención con que uno entraría en la jaula del tigre y más que nada para poder presumir de que se ha estado allí (been there, done that, que diría Golan). El liberalismo español no es sino una soberbia colección de torres de marfil, un desfile de monstruos en blanco y negro, doctores moreau sin puñetera isla.

    ¿Que por qué? Pues solo hay que ver qué definición hace el liberalismo de sí mismo. En ella está el agujero negro que nos priva de utilidad. En última instancia y en el mundo real, resulta incompatible con la democracia, además de con el mundo real en cualquier instancia. La sociedad está compuesta por personas con circunstancias, no por individuos idealmente descomprometidos de la raza humana. Hay personas tontas, rápidas, infelices, miedosas, sentimentales, enfermas, despolitizadas, aculturizadas, elitistas, vividoras, pacientes, compasivas, mentirosas, familiares, pedantes, románticas, cómodas y así hasta diez mil. ¿Y qué? Que se fastidien con jota. Al teorizar pensamos en individuos lanzados, casi suicidas en su unicidad, sin padres ni madres ni esposas ni maridos, sin hijos ni socios ni patria ni raíz, sin pasado ni futuro, perfectos max stirners que venderían los edificios públicos por menos de lo que costaron los ladrillos.

    A nadie preocupa que tales especímenes de laboratorio no existan ni siquiera dentro de nuestros pantalones, y tampoco nadie se demora en llevar ese concepto indianajonesco del individuo a sus aterradoras consecuencias lógicas, que se aproximan más —dónde vas a parar— al gulag comunero de Noam Chomsky que al pisito de soltero de una persona razonable. Somos teóricos, señora, no pida milagros. Los anarco-equis, por ejemplo, no han perdido el minuto de sensatez que merece toda teoría general, porque salvo que se pirren por las construcciones mentales pueriles y absolutamente irrealizables no se entiende qué les ha sucedido en ese minuto. Quizá fascinación por el abismo de la nuda sociopatía. Todo lo suyo queda en un aparatoso juego de manos, sin utilidad y sin interés para quien no sea prestidigitador gremiado. A fuerza, sin embargo, de querer desatarse de tantas cosas que tachan de depravadas, solo se han desatado de lo humano, y dígase lo propio de otras corrientes, que nadie se salva. (Incidentalmente, y aunque he tenido que adivinarlo sin ayuda, pienso que a esto es a lo que una vez se refería Franco Alemán en un comentario de HispaLibertas™ cuando expuso tímidas esperanzas en la existencia de una presunta y necesaria izquierda razonable de la que, por comparación, no se consideraba tan lejano en algunos aspectos).

    Y luego están quienes suponen que el pegamento que cohesiona a los distintos tipos de liberales es su pasión por la libertad, idea que suele repetirse como mantra relajante. Por todos los diablos de Babilonia: ¿dónde se ha visto que una facultad insubordinadora sirva para cohesionar nada? La libertad desliga, da alas como vulgar bebida isotónica, invita a escapar, a decir no, a romper vínculos heredados, a ser uno mismo, autogénito, autarca y mareaperdices... ¿Por qué, si no, existe Red Liberal y no Ohmy? ¿Qué impide que encajemos todas las opiniones en un único gran blog multiautor, multilingüe y multiliberal cuya repercusión sería inimaginable? La libertad, facultad del ego. La contradicción es tan aparatosa que pasa inadvertida bajo el velo de las bien sonantes abstracciones, casi como si fuera un mueble del abuelo en el paisaje ideológico. Pero se trata del típico error de especialista que un profano percibe a la primera. La pureza es mala. La libertad máxima llena cementerios. Toda sustancia como dieta única es mortal. El liberalismo perfecto es imposible.

    Por impericia en la alquimia, empero, el liberalismo español se abandona al integrismo ideológico, maximalista de cojones, colmado de exageraciones doctrinales, de pendientes sin final a la vista, y solo sobrevive en el mundo de las apariencias por su carácter finalmente acomodaticio, al que ya he aludido en otras ocasiones. Y es que, al cabo, uno saca la conclusión de que el liberalismo es una fase de la vida, pero no un concepto político que se quiera que gobierne todas las fases de la vida. Del PP o del PSOE no nos alejan las disquisiciones en pro o en contra del aborto, la legalización de las drogas, el contubernio gay o el uso de armas; eso son, como bien puntualiza Emilio, aspectos irrelevantes en el gran cuadro. Lo que nos separa sine die de ellos es la irrealidad de nuestras ideas básicas, el montón de humo que todas juntas representan. Por demás, somos tan exquisitos que baste que esa situación de irrealidad aconseje una reflexión radical a fondo basada en la pragmática moderación para que nos hundamos aun más en fantasiosas categorizaciones de colegial (a las que ponemos, eso sí, nombres estupendos). Somos unos hachas en cuestión de asustar.

    Lo expuesto nos aboca a ser lo que somos: una impasible máquina de criticar, un vertedero de bilis sin remedio, un erial de propuestas. Y en eso nos quedaremos: en espectáculo. No, no se me confunda: los peores siguen siendo ellos, y por más submarinos que boten o más erudiciones que finjan tampoco esos salen mejor en la foto, al contrario. Esta crítica del liberalismo de Red Liberal —que algunos no dudarán en juzgar feroz e inmerecida; y no saben que he frenado cien metros antes— es un simple reconocimiento de que, siendo los buenos, nos hemos distraído en nuestra bondad. No somos tan buenos, si no sabemos generar confianza en aquellos que, en principio, debieran sintonizar. En este sentido, mi vida ha ido del sindicato del crimen refugiado en Antena 3 de Radio a la sindicación del crimen refugiada en Red Liberal, y mientras pueda seguir disfrutando de agados, Policronio, Franco Alemán, el propio Emilio y algún otro a quien no quiero poner en un compromiso, consideraré que la batalla liberal no está perdida. Solo lamento que tantos que podrían dar mucho más de sí, y uno muy en concreto —yes, I'm talking to you, fuck-me-up-this-idea-please—, repriman su pluma. Pero es lo que nos merecemos por abogar por un liberalismo sin rostro humano. Que los mejores callen.


    3 respuestas a Liberalismo sin rostro humano

    1. Golan dice:

      Oh, ah. Sí. Me acordaba de éste.

    2. copypaste dice:

      Esta crítica del liberalismo de Red Liberal —que algunos no dudarán en juzgar feroz e inmerecida; y no saben que he frenado cien metros antes—

      Y lo que quedaba por caer, ¿eh?

    3. Manel dice:

      Pos ya ves, copy. Luego dijeron que no lo había explicado.

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